.
Carlos Salem.
.
RAÚL ARGEMÍ
A veces pienso que Carlos Salem reventó, como una supernova, hace tiempo, y que uno lo sigue viendo por esos engaños de la persistencia de la luz. Hace tantas cosas al mismo tiempo que se puede sospechar que, en rigor, tiene varios gemelos o es un producto de las incubadoras multiplicantes de Un mundo feliz de Aldous Huxley.
Cómo sea, y porque hasta ahora la clonación no llega más allá de las ovejas, hay que admitir que tiene pilas por cuatro, y que oculta algún truco para sostener tanta actividad. El truco, estoy seguro, está en el humor.
Alguna vez dije, en un blog personal que hoy se llena del moho del abandono, que lo veía como un heredero por derecho propio de Osvaldo Soriano. Como aquel, Salem no titubea en jugar en el terreno del humor con que los argentinos —en todo menos en la literatura— soportan una vida desde siempre maniaco-depresiva.
En todas sus novelas la ironía, ese humor oscuro que llevaba a Gila a decir que los mejores chistes se te ocurren cuando te van a fusilar, talla a la hora de narrar circunstancias a veces feroces.
En su última novela, Un jamón calibre 45, la contradicción “melancólico-divertida-tanguera”, lo acerca a la mirada de otro argentino, Guillermo Orsi. Seguramente porque uno es el barrio donde nació hasta que estira la pata, su protagonista es un argentino llamado Nicolás, que mochila en ristre o a la rastra, está en Madrid huyendo de una ruptura sentimental al otro lado de la mar atlántica.
Con mucho de vagabundo filósofo, Nicolás deambula sin rumbo y acepta las llaves de un departamento que su dueña no usa porque está de viaje. Nada del otro mundo, hasta que se instala y llaman a la puerta.
El tipo es un ropero para familia numerosa, con manos como jamones, y la mala intención de una pistola calibre 45.
—¿Dónde está Noelia? —pregunta.
Nicolás quería decirle que, por casualidad sabe que la dueña del piso se llama Noelia, que él nunca la ha visto, que…
Pero el tipo tiene el libreto grabado.
-Te doy hasta el lunes para que aparezca Noelia, si no…
A partir de ese momento, el “jamón calibre 45” se convertirá en su sombra, y en la seguridad de que si no encuentra antes del plazo a la elusiva, misteriosa y/o tramposa Noelia, le convertirán la cabeza en una calabaza agujereada para el halloween.
Lidia y Nina son las dos mujeres que, sumadas a la sombra de la tercera que quedó en Argentina, acompañan, seducen y manipulan, cuando pueden, al blanco móvil Nicolás. Lidia, que oscila entre la novia platónica y la puta sin límites; y Nina, que, amiga de la buscada Noelia, gasta cama, misterios y engaños, con este argentino forzado a hacerse detective para salvar el culo.
Si cuento más, alguna de las múltiples personas que conforman ese ente llamado Carlos Salem puede matarme por la espalda.
Cerramos, entonces, diciendo que en Un jamón Calibre 45, editada por RBA, hay más sexo que en toda la producción de Osvaldo Soriano, pero la misma necesidad de narrar sin concesiones al melodrama. Carlos Salem, con su pañuelo de pirata a la cabeza y su voz aguardentosa, narra con una brillantez poco usual y, aunque los gradilocuentes no lo crean, demuestra a cada paso que el humor es cosa seria. Y bien seria.
.
UN JAMÓN CALIBRE 45
Carlos Salem
RBA
No hay comentarios:
Publicar un comentario