lunes, 23 de octubre de 2017

Cracovia sin ti. Capítulo 1

Daniela, lágrima de arena

DANIELA ABRE LA puerta, recibe la caricia de Gato procurando no agradecerla y al cerrar da dos vueltas completas de llave, coloca el pasador, la cadena y ajusta el pestillo. Se deja arrastrar por el gato hasta la nevera y el ritual de la leche, la música antes que la desnudez, el cigarrillo número doce aunque lo que le apetece es un café, reguero de ropas hasta el cuarto, la cama inmensa y vacía de él, que la llenaba tanto.
A la cama, piensa, a la cama.
Yo estoy bien, yo estoy bien, yo estoy bien.
Para.
Sabe que repetirse esa obviedad (porque estoy bien) media docena de veces (pero estoy bien), equivale a reconocer que está fatal.
—¡Y yo estoy bien! —le grita a Gato.
Gato no se inmuta.
El gato es el mejor amigo de la mujer, piensa Daniela, el perro lo es del hombre.
Igual puede sacar algo de eso, mañana, en la agencia.
Una buena idea que antes de llegar a convertirse en spot para la tele pasará por mil filtros para que otros, más encumbrados, con más experiencia, y HOMBRES, puedan apuntarse el tanto. Aunque todos sepan que la idea, como tantas otras, ha sido de la chiquita ésa, ayudante de ayudante de copy, becaria hasta hace unos meses, y suerte que has tenido, porque su título de universidad privada de provincias, pagado con tantas noches trabajando de camarera, no es un título de VERDAD, y haber llegado al oficio de la publicidad con veintitrés y usando sujetador es un impuesto a pagar.
«“Un sujetador lleno de talento»”, como le dijo hoy el cerdo de Bermúdez, supuesto Director Creativo que ni crea ni dirige: “«¿por qué no tomamos una copa después de la oficina, Daniela? Sabes que puedo hacer mucho por ti ... y espero que no me interpretes mal... ”punto“ Que no, Bermúdez, bien que te interpreto, me quieres comer la cabeza para llevarme a un hotel y que yo te coma otras cosas. ¿Sabías que las chicas de la agencia te llaman Fernando Alonso, porque al parecer ostentabas un récord de velocidad insuperable, pero ahora dicen que no llegas nunca al final de la carrera?”» punto.
—Y un nuevo enemigo ganado, no tenías que irte a la cama con él y te sobran tablas para esquivarlo el tiempo suficiente como para asentarte en el trabajo y que deje de IMPORTAR lo que opine un jefe de segunda fila, porque una vez que conocen tu trabajo… No estarías de casi lleva cafés, hazme fotocopias, avisada a última hora de las reuniones creativas de base, porque a las otras, las reuniones de la sexta planta, no te llaman.
Daniela sacude la cabeza.
Juraría que Gato HA DICHO todo eso, ella vio cóomo su boca partida se movía.
Se despoja de la ropa interior y gatea hasta el gato.
Lo acaricia y recibe su ronroneo. El gato se llama "«Gato"» porque Daniela no quiere ponerle nombre a nada.
—Eres lo único masculino que no detesto —susurra.
Entonces recuerda que hace un año, cuando Gato llegó por la ventana a este piso cuyo alquiler consumía casi los ingresos de Daniela deseecque debía pagarlo sola, lo llevó al veterinario para que lo castraran, pero cambió de idea en el a último momento.
Y jura, una vez más, que no era un acto simbólico y que no tuvo nada que ver con Daniel.
Ya cometió el error.
Nombrarlo.
Padecer ese temblor que odia y que la sacude hasta cuando escribe su propio nombre, antes de llegar a la "«a"» salvadora.
Daniel por todas partes, encima, debajo, escribiendo en las paredes con mil colores y mil tipos de letras la palabra siempre.
Daniel guisando, peligro inminente, caos de cacharros, salsa en el techo y sangre en la arena. El futón de color arena, la alfombra de color arena, su piel de color arena. La misma arena en la que trató de enterrar el cuerpo voluptuoso (se había operado las tetas, joder) de Leticia cuando los pilló juntos en su futón de color arena y se le cayó el castillo para siempre.
Manotea el aire para espantar el recuerdo pero permanece, en esta nueva casa ya no hay NADA de color arena, y aún así, Leticia desnuda y, pese al dolor y el espanto, el resquicio para captar, notarial, su cuerpo (lo que me faltaba, además de cornuda, lesbiana reprimida, piensa que pensó aquella mañana al volver y sorprenderlos), su cuerpo hundido en el futón, putón, putón, gritó o creyó gritar mientras se comía las palabras, porque la música, en casa siempre la música y por eso no la oyeron llegar y hasta se permitió el gritito cómplice y ridículo, nunca lo llamaba Osito delante de los demás, para proteger su aspecto de ejecutivo alternativo de empresa de Comercio Justo pero Daniel no había respondido, sordo por sus propios gemidos y el sobresalto de pensar un ataque, se está muriendo y he llegado a tiempo, un ataque y correr al cuarto y verlo hincado sobre el putón, sobre el futón, Leticia, amiga-lapa a la fuerza, “«pero Osita, no puedes ser tan ermitaña, si la chica cree que eres un genio y quiere ser tu amiga, para qué rechazarla, quiere ser como tú” », había dicho él, tan razonable; y como Daniela era, la cabeza hundida en el futón (¿cómo no me ahogo cuando hacemos eso?, alcanzó a pensar su mente antes de comprender que NO ERA ella la que estaba debajo de Daniel. 
Más que rabia, lo que Daniela sintió fue caparazón.
Caparazón no es una superficie que cubre el cuerpo de ciertos animales, caparazón es una sensación y, no señor, digan lo que digan los herederos de Jaques Costeau, caparazón va por dentro. Es algo que se cierra y no volverá a abrirse nunca más. Caparazón.
Ahora, en esta casa sin huellas de Daniel y sobre la alfombra azul, no más arenas en su vida, evoca con un triste vestigio del orgullo su reacción frente a la simbiosis putón-futón.
Recuerda que retrocedió hasta tener el mejor angulo y los grabó con su teléfono mientras se fundían, con sonido y todo, qué ridículo el orgasmo de Leticia, que sólo sabía maullar al borde de la histeria. Luego dejó la el movil sobre la cómoda, grabando , y mientras él se derrumbaba sobre ella y sobre la arena, mientras volvían al mundo terrenal, Daniela empezó a aplaudir, acompasada y feroz.
Poco más.
Solo la explicación sin explicación de Daniel, el pánico de Leticia, y el pecado imperdonable de manchar en el descuido el futón color arena. Antes bromeaban sobre la conveniencia de ponerle fecha a las manchas, a las constelaciones manchadas del futón, el amor resiste hasta el wip exprés, decía él cuando entre abrazo y abrazo pasaban revista al mapa de viejas manchas.
El resto, borroso.
Sólo el aplauso vengador y lento que no cesó mientras buscaban la ropa, se vestían cómo podían y Leticia partía primero y él estaba a punto de seguirla, pero vacilaba y volvía atrás, para boquear una disculpa, una fórmula mágica, todo inútil frente al aplauso gélido de Daniela, que siguió marcando en cada golpe una porción de caparazón al cerrarse, siguió cuando ya era de noche, cuando revisó el vídeo y lo vio cien veces para dejar de llorar, y lo envió por whatsapp y por mail al querido y adinerado novio de Leticia, al padre de Leticia, al trabajo estúpido pero bien pagado de Leticia, y, por supuesto, al correo electrónico de Leticia.
Se duerme así,  herida, sobre la alfombra azul y con el gato sobre el pecho. Se duerme de espaldas al espejo y eso le ahorra la humillación de comprobar que, en esa media luz, su piel tiene color de arena.

El timbre, destemplado. Esa palabra tiene posibilidades, piensa mientras va hacia la puerta.
¿Qué hora es? Posibilidades pero difícil de pronunciar y en un anuncio es importante que las palabras queden. Son las tres de la mañana. Mira por la mirilla (apuntar el juego de palabras), y dice algo que nunca podría usar para un spot:
—¡Me cago en mi puto padre!
Rescata una camiseta de la cesta de la colada, se la pone y abre la puerta.
Es su puto padre.

—No entiendo.
—¿Qué hay que entender, hija?
—No me llames hija. Tengo un nombre, aunque igual no te acuerdas.
—Joder, Daniela, si acudo a ti es porque…
—… porque no tienes a nadie más. ¿Y crees que eso lo mejora?
El puto padre tiene unos 50 años y lleva el pelo como si nadie le hubiera avisado que los 70 han quedado atrás. Es delgado y después de tanto tiempo sin verlo, Daniela ODIA reconocer en sus rasgos algunos rasgos que ve cada mañana en el espejo.
El puto padre lloriquea, sin lágrimas, en letanía, como si a ella le importara el resumen de sus fracasos:
—…y ya sabes que mamá tenía sus asuntos, desde que eras pequeña siempre has sido muy lista y supongo que lo sabías. Incluso cuando te fuiste…
—Cuando me echaste.
—…ella ya salía siempre sola, me había perdido el respeto.
—El respeto se gana. Si te lo pierden, será por algo.
—…y además, la fábrica cerró, me echaron a la calle, Daniela, ¡Después de tantos años de servir sin rechistar!
—Eso es cierto: hasta donde recuerdo, cada vez que tocaba despedir gente, te encargaban hacerlo a ti. Creo que disfrutabas con eso.
—No seas cruel. Después, tú no lo sabes, como nunca llamas ni escribes…
—Escribí cuando me moría de hambre y me devolvías las cartas.
—…después intenté montar un taller de confección por mi cuenta, pedí un crédito, pero todo está organizado para que el pez grande se coma al chico, y …
—Abrevia, Manuel. No tengo toda la noche, ¿sabes?
—¡Que tu madre me ha echado! Quiere rehacer su vida, creo que tiene a alguien…
—Y entonces…
—Entonces me vine a Madrid, a buscar trabajo. Sabes que soy bueno en lo mío y …
—¿Cuánto tiempo, Manuel?
—¿Qué?
—¿Qué cuanto tiempo necesitas quedarte en MI casa, a la que llegas seis años después de haberme ECHADO de la TUYA?
—Yo… en un par de meses estoy seguro de que conseguiré algo.
Manuel tiene ojos de perro triste.
Daniela recuerda lo que hace unas horas pensó de los perros: son amigos del hombre, pero no entienden a la mujer. Su puta madre nunca le cayó bien, pero al menos tenía carácter.
Manuel siempre ha vivido como pidiendo perdón por respirar.
La primera imagen de él que recuerda viene del pozo del tiempo: le parece verlo desde la cuna, cantándole una nana que sonaba a disculpa.
Daniela ha buscado dos mantas y una almohada en el armario, las ha tirado sobre el sofá donde su puto padre sonríe agradecido, y siente ganas de patearlo.
No es su padre ya.
Nunca lo fue.
Es un hombre. Si se queda más de dos meses tendrá derecho a caparlo.
Y esta vez no dudará, como con Gato.
—Este es el trato, Manuel: esta noche te quedas, en el sofá. Mañana, veremos. Pero te advierto: es MI casa, son MIS reglas y procura no tocarme MIS ovarios.
Su puto padre asiente, acaricia a Gato.
—¡Y deja de malcriar a MI gato!

Daniela no logra dormirse y extraña el maldito fantasma de Daniel, aunque cada vez se parece menos a Daniel y más al recuerdo perfeccionado: Daniel muere el día ANTES de que ella lo pille con Leticia en su futón arena. Daniel es aplastado por un piano que cae de un piso 122, y su último adiós es musical. (Tal vez podría sacar una mano vacilante entre las tablas reventadas, desde abajo, y con tres dedos quebradizos trazar un acorde lúgubre, una canción de amor y despedida, ¿algo en plan celta, con praderas verdes y demás? No hay que pasarse, piensa Daniela mientras gira en la cama porque acaba de recordar algo que había olvidado de su puñetero padre: RONCA.
Y el bramido atraviesa las paredes y retumba en su cuarto.
En cualquier caso, lo del piano, aunque clásico, tiene su encanto.
Ya que no ha de dormir, bracea bajo la cama hasta hallar el iPad, único tesoro que pudo permitirse desde que tiene que correr sola con todos los gastos de la casa tras la fuga-desalojo de Daniel.
En realidad, se dice, yo no corro con los gastos, ellos me persiguen. Y siempre me alcanzan.
Acaricia el aparato como lo haría el bicho asqueroso de El Señor de los anillos,  lo enciende y abre el archivo titulado:

Muertes perfectas para Daniel (Listado provisional)
Es un archivo largo.
Daniela duda si colocar lo del piano al final o proceder de una vez a la  clasificación por variedades mortales, que van desde las rápidas e indoloras (7 propuestas), a las lentas y penosas (123 propuestas), pasando por las absurdas e indignas (233).
Decide que dejará esa empresa para otra noche en blanco. Y coloca lo del piano en una carpeta accesoria, titulada «Muertes a revisar».
Ojea los documentos y ríe: lo de las hormigas carnívoras en sus calzoncillos (color arena), eso sí que fue bueno. Si sigue así, podrá escribir un libro sobre venganzas para castigar hombres infieles, que sería un éxito de ventas seguro, con tanto cabrón suelto y salido.
Pero no lo firmaría con su nombre.
No, si escribe el libro de las venganzas, lo firmará con un seudónimo: Leticia. Leticia Futón.
Ríe tanto que llora, ¿por qué no podré hacerlo al revés, también, cuando lloro hasta el páncreas, los cartílagos, las gotas de sangre, el vino que bebíamos a morro y bien frío, manchas sobre el futón, vino de botella, vinos de nuestros cuerpos, lágrimas de incredulidad feliz, vino in véritas para mojar de lágrimas toda la mentira?
Daniela abre la puerta y Gato entra huyendo del huracán de ronquidos de su puto padre. Y piensa que su puta madre, por lo menos, puede presumir del mérito de haber logrado dormir junto a eso durante un montón de años.
Salvo que fuera sorda.
Que Daniela recuerde, nunca dio señas de escucharla cuando más la necesitaba.
Abraza a Gato y al estirar la mano choca con algo frío. Botella vacía o casi, resto delator de vino blanco.
O sea que había bebido y por eso.
Lloraba por eso.
Borracha, tumbada, se mira en el espejo.
Es el único mueble que conservó de la casa, el resto fueron a la basura.
Y guardó el espejo para que con su ojo ciego le recordara la escena que aún conserva en video y visiona cuando el vino es mucho y las lágrimas más.
Hace meses que dejó de enviarle copias a todas las amigas comunes que tuvo con Daniel. Una noche lo vio sobria y tuvo que admitir que el cabrón salía muy bien parado en esa escena.
Y las perras de sus amigas comunes la miraban de un modo extraño. Por eso tiró a la basura a esas amigas, cada mueble y cada foto, y sólo se quedó con el vídeo y con el espejo. Para recordar algo importante:
—Nunca volveré a confiar en un tío, Gato. Aunque ame como un tigre y ría como un cachorro. Nunca.
El espejo le muestra una Daniela ebria y de mirada triste en grandes ojos.
No es ella.
Tiene un cuerpo maldito que lleva a los tíos a mirar antes su culo que su inteligencia, y odia eso.
—Mañana iré al trabajo con un tanga en la cabeza, a ver si así me miran el cerebro —dice. Y luego recuerda que lo más probable es que mañana se quede sin trabajo.
Luego se duerme, soñando nada.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Prólogo de Loreto Sesma para Cracovia sin ti.

(cuando alguien escribe algo así solo una novela tuya y sabes que lo siente de verdad, a la palabra gratitud le faltan letras).

La mayoría de nuestro pasado se escribe en personas, en nombres que pasaron por nuestra vida dejando un rastro de minas o de flores (a veces dudo de si son lo mismo). Quizás el amor y el odio sean igualmente lo mismo, quizás el recuerdo y el olvido también. ¿En qué se diferencian pasado y futuro si el último se escribe a partir de lo sucedido en lo primero? A lo mejor todo es una misma manera de mirar pero con un horizonte distinto. El tiempo tiembla y tambalea porque sabe que en el fondo sólo pone el camino, y que nosotros somos los que ponemos la historia.

Salem dice que “volver es el título de un tango y un verbo con trampa”, y tiene razón. Nunca se sabe si el que vuelve es el cobarde o el valiente, el hijo pródigo de una historia sin terminar o la pieza indispensable para que vuelva a funcionar el engranaje. El amor dispara y la vida se improvisa, y esa es la premisa que rige el mundo. Las estaciones y el amor construyendo el camino, como ocurre en este libro. Esta no es más que la historia de dos tarados (porque sólo los locos se enamoran hasta la médula) que deciden venir a sacarte de tu rutina de raciocinio y oficina, de trayectoria pactada. Te das cuenta, sin embargo, de que a tu vida le hace falta una pizca de magia y vuelo, de locura y desenfreno, de Cracovia. Pero bueno, eso es lo que ocurre cada vez que uno se sienta a hablar con Carlos, porque es lo que se llama un contador de historias. Siempre he admirado la manera en la que cose y teje, enreda y libera los hilos perdidos de una anécdota y, sin saber cómo, acaba convirtiéndolos en historia.

Salem ronda el rock y el tango, como una canción que te hace bailar incluso cuando todo lo de alrededor se derrumba. Justo como el amor. Justo como todo lo que merece la pena. Por eso también este libro se lee en braille, como un corazón se puede descrifrar en morse, como se puede sobrevivir a la hecatombe de una historia que ya no fluye sino que cruje. Un recuerdo es una telaraña, un buen libro también. Y por eso tienen la capacidad de atraparte hasta querer convertirte en víctima sólo por el placer de poder compartir hilo y boca, justo antes del primer mordisco (que además tú imaginas como beso), con tu asesino. Somos todo lo que hemos leído, todas las historias que hemos vivido entre las páginas de un buen libro. Buscas convertirte en el espejo de sus personajes, quieres encontrar el paralelismo con la realidad, y yo sólo sé que al terminar estas páginas vas a querer vivir esta historia. Vas a querer ser Daniela y Daniel, Gato, incluso primavera.

Empecé a leer a Salem hace algunos años y no sé cómo lo hace que siempre acaba sorprendiéndome. Cada vez que la vida y un bar nos ha juntado, he acabado escuchándolo y asistiendo a sus historias como si fueran el oráculo de Delfos, ahí donde los griegos se consagraban a las musas. Decía antes que es un contador de historias, pero también es un maestro. Y con este libro no hace más que demostrarlo una vez más, jugando a un ajedrez en el que incluso los detalles que aparentemente son insignificantes luego se convertirán en alfiles desafiantes, como queriendo recordar que una guerra la gana un ejército, y no un sólo rey.

Juntando azar y destino, amor a destiempo y tiempo conjugado en un “quizás” que al pronunciarse se confunde con promesa; Salem consigue de nuevo combinar el desastre de dos historias que parecían imposibles en un amor tan real como la herida y tan dulce como un reencuentro. Parece sonreír al otro lado de las páginas, como observándote en su tela de araña mientras tú sólo quieres ser víctima sólo por el placer de compartir historia con tu depredador. Ese es el pacto que asumes al empezar esta novela: dejarte atrapar sabiendo que la trampa, como es propio de Salem, es una buena historia. Sabiendo que él siempre gana, quizás porque es el primero que nunca sabe cómo acabarán sus propias historias, “acaso por sabe algo que los demás ignoran”.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Dicen que murió mi padre. Yo solo sé que estuvo vivo

Hoy murió mi padre.
A medio mundo de distancia, en este costado de mí donde se pudre todo lo que no le dije.

Cuando yo era un nene, esperaba que él fuera un superhéroe.
Y no supe ver que lo era, que lo siguió siendo cada día de esos 86 años que se acabaron anoche, aunque todos esperábamos a pie de página ese "te be continued" al que tanto nos acostumbró.

Deja detrás una familia frondosa, en la que su huella permanecerá, no como signo de propiedad, si no como las marcas del amor, invisibles y evidentes.

La última vez que lo vi en persona, hace unos meses, acababa de salir, casi intacto como casi siempre, de uno de esos valses que bailaba con la muerte.
Me fui sabiendo que una noche él no podría parar de bailar antes del final del disco.
La muerte también lo sabía, pero volvía desde hacía años a pedirle un baile más, a dejarlo ir para que regresara otra noche a decirle al oído esas cosas que les dicen los poetas a la muerte.

Al otro lado del mundo, un certificado médico dice que el baile de mi viejo se acabó.
Los certificados no tienen ni puta idea, son todo lo contrario de un poema.

Te quiero, viejo.
Te quise siempre, como eras.
Te lo dije poco.
Porque vos sabías que yo sabía que sabías.
Y en ese juego de palabras me perdí un montón de abrazos.
Aprendí a no extrañarte para que esta distancia de medio mundo no me hiciera daño cuando este momento llegara.

Ahora tengo que aprender a extrañarte cada uno
de los días que me queden.

Nunca te dediqué un libro en particular, porque te los dedicaba todos.
Me hice escritor para cumplir tu sueño, en lugar de ayudarte a  cumplirlo.
Ahora no puedo dejar de serlo.

No puedo ordenar a mis palabras que dejen de llorar.

Soy tu sombra.
Antes de irte, dejaste el sol encendido, para volverme nítido.

Y aquí sigo, mirando al sol a los ojos, como si fuera ese Dios en el que creías, esperando una explicación que no podría darme aunque existiera.

Te llamabas Lázaro, por eso cada vez que te morías volvías a nacer.

A lo mejor esta vez alguien escribió mal tu nombre, ignorando que las palabras son la vida.

Me quedo acá, más vivo que nunca, porque se reparte entre todos los tuyos esa vida que te salía por los cuatro costados.

Más vivo.
Más solo.

Chau,viejo.
Nos vemos en los espejos.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Mi viejo

MI VIEJO

Mi viejo es la breve admiración
que duró lo que mi infancia
una desconfianza adolescente
y después
desde hace un tifón de años
este amable desencuentro.

Es la rabia de recordarlo cantando
feliz
como si supiera.
Mi envidia por su labia capaz de vender
helados en el desierto.
Su falta absoluta de pudor
que es la otra cara
de esta timidez
que disfracé de osadía
y ya no sé como quitarme.

No soy justo con él.
Sé que ha sido un hombre bueno
que intentó ser un buen padre a su manera
también un buen abuelo
y un buen marido para sus mujeres.�

Cuando los dos aun éramos jóvenes
renunció a tratar de entenderme
y yo a necesitar que me entendiera.

Alguna fuente oficial malinformada
dirá que aún estamos a tiempo
de decirnos todo esto.

Pero mi viejo y yo siempre supimos
que para nosotros era tarde
cuando todavía era temprano.

Somos dos charlatanes que no se hablan casi nunca.

Mientras escribo esto
mi viejo sigue vivo
o eso creo.
En 11.000 kilómetros
caben todas las noticias puntiagudas
que vendrán a apuñalarme
un día cualquiera.

Mi viejo y yo
tenemos tanto en común
como un viandante y un astronauta.�
Pero yo no descubrí ninguna estrella.
Y él
por lo que sé
pasea cada vez un poco menos.

Mi viejo
es ese tipo
al que me voy pareciendo
cuando me miro
con la luz apagada
en los espejos.�