miércoles 21 de mayo de 2008

... para ser tan tímido, Octavio les gusta a las chicas,,,

Gracias, Cristina

Uno piensa que su novela, después de un año de camino, ya quedó en el pasado. Nadie te invita a presentar la nueva en el teatros llenos de periodistas, sigue ahí, en las librerías, vendiéndose a su ritmo, que es el de Fernando Aloso, pero esta temporada, es decir que no es tan malo como para suicidarse, pero el podio lo ves lejos. No te deprimes, porque sabes que esto de los librso, ahora, es como lo de los discos, parece. Y como tiene nueva novela, a rema por ella. Pero miras hacia atrás, y ves la primera y te sigue pareciendo que ya nadie piensa en ella ,salvo tú, y los lectores que has conocido en estos meses y te han cargado las pilas para seguir gastando teclas...
Entonces... encuentras reseñas, críticas,comentarios, recientes y relucientes, de ayer nomás, y te alegras, porque el tímido de Octavio Rincón sigue encontrando gente que lo acompañe en su
"Camino de ida".
Reseñas como la del blog "Agujas en el pajar", de Cristina Macías, que linkeo ahora mismo, para que len en el orginal, y de paso visiten su propuesta sin pelos en la lengua.

http://www.cristinamacia.com/?p=5

"Camino de ida" en Carrusel Deportivo


Gracias, Pepe!
Fue hace dos domingos, en la previa de la jornada en que el Atleti se jugaba -y por suerte logró. uno es madridista pero con un cachito de corazón rojiblanco- el pase a Champions. A eso de las 19.00 horas. Yo había dejado el libro el viernes, pensando que igual Pepe domingo Castaño lo recibiría, pero sin soñar que tuviera tiempo de ocuparse de una novela de un tipo desconocido. Vale que en "Camino de ida" el telón de fondo es un Mundial de Fútbol en el que -aquí entra, tal vez, el elemento fantástico y/o de ciencia-ficción-, la Selección Española juega la final, pero aún así, no esperaba una respuesta tan generosa y pronta. Según me cuentan,(yo estaba en el metro, siempre me pierdo las mejores, ), Pepe hizo referencia a la novela, comentó de qué iba y dijo que la leería y recomendaría si le gustaba. Eso parece fácil, pero a esta gente le llueven miles de movidas y no dan a basto para todo, así que es un detallazo que quiero agradecer públicamente.
Ojalá que te guste, Pepe.
Y GRACIAS OTRA VEZ

martes 20 de mayo de 2008

La mejor entrevista que me han hecho hasta ahora




La perpetró un sospechoso conocido como El Poetastro, alias Gsus Bonilla, y se puede leer en el original en:

Sobre "Matar y guardar la ropa", publicado en La Balacera, uno de los mejores blogs de novela negra

Leer el original en La Balacera:
http://balacera.blogia.com/2008/051901-carta-abierta-a-don-carlos-salem-y-a-quien-la-quiera-recibir-.php

Carta abierta a don Carlos Salem (y a quien la quiera recibir)

Estimado don Carlos:
Buena la ha hecho usted con sus dos últimas novelas, Camino de ida y Matar y guardar la ropa. Porque si hace unas semanas, con Camino de ida, me pasaba un par de tardes ignorando los lloros de mi perro, que reclamaba como procede su derecho a salir al parque a evacuar, con Matar y guardar la ropa he tenido que aguantar sus exigentes mordiscos en los tobillos mientras devoraba (yo, que mi perro, no muy dado a la lectura, muestra una respetable preferencia por el pienso del Mercadona) la segunda de sus novelas.
Claro, es muy fácil lo que usted hace, enganchar al lector con una trama imposible y aparentemente ligera. Aunque fácil no es la palabra, y si no que nos lo pregunten a quienes, de vez en cuando, tratamos de inventar algo que ofrecer a nuestros lectores.
Y es que uno lee la contraportada de la novela y se dice que una historia en la que el protagonista es un asesino a sueldo de vacaciones en un camping nudista de Murcia en el que veranean también su ex mujer, la nueva pareja de esta (un juez implacable con la delincuencia organizada), un inspector que hace tiempo que sospecha que el protagonista no es trigo limpio y un amigo de la infancia, uno se dice, repito, que esa historia no puede desarrollarse sino en una novela intrascendente, facilona, divertida, para pasar el rato sin hacerse demasiadas preguntas.
Craso error, por supuesto. Sí, las delirantes situaciones expuestas en la trama de la novela llevan a pensar así, incluso en ocasiones me sorprendo pensando que tal demostración de capacidad imaginativa sólo puede ser fruto de la ingesta masiva de psicotrópicos varios por parte del autor. Sin embargo, la lectura calmada de la novela (siempre y cuando seamos capaces de contener la carcajada) destapa algo mucho más interesante, una serie de cargas de profundidad que dejan patente que actúa usted con absoluta lucidez (o que los psicotrópicos le sientan mejor que a la mayoría de los mortales, al menos mejor que a mí). Porque a través de esas situaciones absurdas a las que usted somete a su pobre protagonista, obligado a ocultar sus continuas erecciones mientras deambula por el mundo desnudo y casi desarmado, encontramos a un padre de familia corriente y moliente pero obligado a ocultar algo menos evidente que una erección en un camping nudista: su doble vida como visitador médico y asesino a sueldo al servicio de la Empresa.
Como padre de familia deberá enfrentarse a la evolución que experimentan sus hijos conforme van descubriendo que detrás del padre comercial se oculta alguien con un trabajo y unas virtudes mucho más interesantes o a una ex mujer que se sorprende cuando, años después, vuelve a reconocer al hombre del que se enamoró y que quedó eclipsado por una profesión poco glamourosa.
Como asesino a sueldo deberá debatirse entre la misión encargada (de la que no conoce los detalles), la protección de los seres a los que quiere y la sensación permanente de que alguien le quiere tender una trampa.
Pero, don Carlos, ¿qué le ha hecho a usted este pobre hombre para que me lo maltrate de este modo? Menos mal que ha tenido usted el detallazo de ponerle un acompañante de excepción, ese Andrés Camilleri, profesor de literatura retirado y actualmente escritor de novelas policíacas, desempeñando un papel para el que parece haber nacido. De hecho, cuando a partir de ahora lea una novela de este buen hombre, no podré dejar de imaginármelo en pelota picada y hablando de pintura o gastronomía mientras disfruta con unas copas bien cargadas.
De momento, y a la espera de que nos obsequie usted con una nueva muestra de su portentosa imaginación y talento literario, me quedo con una máxima de uno de sus personajes que trataré de llevar a rajatabla: “Cuando te encuentres en peligro, utiliza primero la cabeza. Si no funciona, usa las manos. Y si todo falla, utiliza los cojones.” Una frase con más trascendencia de la que puede parecer en un principio.
Suyo siempre,

Ricardo Bosque

MATAR Y GUARDAR LA ROPA
Carlos Salem
SALTO DE PÁGINA

lunes 19 de mayo de 2008

David Torres, en El Mundo, 6 de mayo de 2008

AQUI NO HAY PLAYA

Matar y guardar la ropa

David Torres


Siempre da un poco de tristeza, y también de vergüenza, ver cómo está el patio literario de la capital. Cerraron ya casi todos los garitos donde la poesía podía fornicar al aire libre. Que yo sepa, sólo el Bukowski sigue vivo en la calle San Vicente Ferrer, para que todas las noches de los miércoles la peña vaya a leer sus versos como el que sube a tirarse de cabeza a un trampolín de orejas. El demiurgo del Bukowski es Carlos Salem, un madrileño de adopción con apellido de bruja a la plancha que no sólo lleva pañuelo de pirata en la cabeza sino que gasta un par de lóbulos donde sólo falta el anillo caribeño y el loro balanceándose al hombro. Carlos se mueve en el camarote marxista (rama Groucho) del Bukowski como un maestro de ceremonias de voz ronca que todavía cree que del azar puede brotar un verso con la misma facilidad que el universo se hace y se deshace en las frescas burbujas del gin-tonic. En sus ratos libres, cuando no está tras la barra, ejerce la novela negra y su último libro, Matar y guardar la ropa, que me he leído este fin de semana en apenas un tirón, tendría que dar que hablar, si hubiera justicia poética en el mundo, más que toda esa agua de sifón que inunda las librerías de la capital.
Porque, ya que hablamos de literatura y de Madrid, es sencillamente una vergüenza que una de las capitales más negras de Europa no rinda todavía el homenaje que se merece al género criminal. Hay un Gijón negro, y una Barcelona negra, y hasta una Salamanca negra y un León negro, que ya es contra-natura. Creo que hace tiempo que se postula, en esas sombras propicias donde se mueven el sombrero de Marlowe y la pipa de Sherlock Holmes, un Getafe negro. ¿A qué están esperando la Alcaldía, la Comunidad o quién diablos pinte en bastos para tomar cartas en el asunto y montar de una buena vez una semana negra o roja o lo que sea? Una ciudad que pare un apuñalamiento a la semana, varias corruptelas al año y unas cuantas novelas alfombradas de muertos, bien que se lo merece, creo yo.
En Madrid, en el barrio de Argüelles, tenemos incluso una librería especializada, Estudio en escarlata, que ha tomado su nombre del título de la primera aventura de Sherlock Holmes. Su propietario, Juan, no fuma en pipa, pero como si lo hiciera porque en sus estanterías, repletas de hallazgos y de clásicos (desde Arthur Machen a Jim Thomson) se respira ese humo balsámico que despiden los buenos libros y los buenos amigos. Aquí se mata cara a cara, sin guardar la ropa, y los cobardes no pueden disfrazarse tras sus tristes máscaras de turno.
Madrid, a pesar de sus seis millones de habitantes, es tan pequeña como un pueblo. Por eso, entre otras cosas, Madrid no tiene estatua al soldado desconocido, porque aquí nos conocemos todos.


http://hotelkafka.com/blogs/david-torres

http://espaicritic.blogspot.com/2008/05/matar-y-guardar-la-ropa-de-david-torres.html

La "cosa nostra" en pelotas

Gracias a Mariano Crespo por la mención que hace de Matar y Guardar la ropa en un acertado artículo de opinión publicado en el blog de CCOO Administración Pública de Madrid.
Texto completo, aquí:

http://www.ccoocm.es/content/view/913/135/

martes 13 de mayo de 2008

Un asesino a sueldo en un camping nudista de Murcia




“Matar y guardar la ropa”, de Carlos Salem, aborda con ironía la crisis de los cuarenta en clave de novela negra

El libro es también un homenaje al escritor siciliano Andrea Camilleri

El pasado 7 de mayo fue presentada en Madrid la nueva novela de Carlos Salem, Matar y guardar la ropa, editada por Salto de Página. El autor hispanoargentino, que hace menos de un año debutó como novelista con Camino de Ida (de la misma editorial), confesó ser un apasionado del género negro, aunque se definió como “amante, más que novio formal” de la novela policial, y contó con el apoyo de los escritores Juan Madrid y David Torres, en sendas presentaciones, a los medios de comunicación y al público en general.
En la primera cita, en Casa de América, Juan Madrid señaló ante los periodistas que “la novela negra es el género más vivo que existe en este momento, y Matar y Guardar la ropa es una prueba más de ello”. Para el autor de Pájaro en mano, Tánger, o Días contados (y casi cuarenta títulos más), Salem “ha escrito una novela policial irónica, riéndose de los convencionalismos del género y también de las novelas de espías, pero al mismo tiempo ha construido un texto literario muy bien contado, que me ha divertido mucho”. A su juicio, este libro constituye “un comienzo extraordinario en la novela policial, tanto si decide continuar con el tono irónico como si opta por probar otros registros”. Tras asegurar que “el mundo libresco es como una plaza de toros” y prevenirlo “contra las cornadas”, Madrid se mostró satisfecho de “dar la alternativa” a Carlos Salem.
Por la tarde, en el Forum de la FNAC, fue David Torres el responsable de presentar el libro al público. El que fuera finalista del Nadal en 2003 con El gran silencio, y ganador del Premio Tigre Juan con Niños de tiza, declaró que “no es fácil descubrir a un novelista con la raza y la imaginación que tiene Carlos Salem”. Para Torres, la novela “es extraordinaria, la leí en unas horas y como una de esas partidas de póquer descubierto, en las que ves las apuestas. Y las apuestas narrativas no dejaban de subir”. El peligro de este tipo de juegos es que “al llegar al final descubras que todo es un farol y te sientas estafado, pero Salem no sólo lo resuelve, sino que además consigue elevar la tensión tremendamente”. Otro valor que rescató fue “la ternura que sabe incluir en la trama, en un tipo de novela en la que eso no es frecuente”. En cuanto a los personajes, destacó que “tienen vida propia: Los malos no son malos hasta durmiendo ni por obligaciones del guión, y los buenos también tienen sus sombras: prácticamente no hay un personaje que no tenga algo que ocultar, en un sitio como un camping nudista, en el que teóricamente no puedes esconder nada”.

Homenaje a Camilleri
Carlos Salem explicó que, “más que ironizar sobre un género del que soy un lector infatigable desde que era niño, he querido utilizar sus claves para parodiar ciertos aspectos de la vida. En especial, la llamada crisis de los cuarenta, de la que el protagonista, un asesino a sueldo y padre de familia a la vez, es una víctima más”. Para el autor, “la ironía es un medio para acercarme a temas que, de otro modo, me resultarían muy duros de tratar”. La novela es también un homenaje al escritor siciliano Andrea Camilleri, creador, entre otros libros, de la saga del comisario Montalbano, del que Salem es “forofo declarado”. De hecho, indicó que uno de los personajes de Matar y guardar la ropa lleva el nombre “traducido a medias”, del novelista italiano, “y aspectos de una personalidad que le he inventado desde la admiración más rendida”. Siguiendo a Camilleri, Salem apuesta en esta segunda novela por la sencillez de un lenguaje directo, interno incluso, ya que está narrada en presente y en primera persona por el protagonista, “y el absurdo surge porque la vida lo es por momentos”.
La novela narra cuatro días cruciales en la vida de Juan Pérez Pérez, ejecutivo medio de treinta y nueve años, divorciado y con problemas de comunicación con sus hijos. Pero Juan es también el Número Tres, eficaz asesino a sueldo de una multinacional del crimen para la que ya ha entregado quince “pedidos” en ocho años. Un encargo de última hora, durante las primeras vacaciones a solas con sus hijos, lo lleva hasta un camping nudista de Murcia, en el que Juan se encontrará con buena parte de su pasado y también con una promesa de futuro tan incierta como es el amor, mientras descubre que, en esta ocasión, la víctima puede ser él.
Según Gonzalo Torrente Malvido, autor del prólogo del libro, éste “marca un hito en el entendimiento literario del asesinato y de la novela negra, al tiempo que señala una modalidad de ficción insólita en el tratamiento estético y necesaria en la novela en general”.

martes 29 de abril de 2008

Altazor, una isla de libros en Majadahonda

El pasado miércoles 23 de abril me tocó firmar, dentro del programa de "La Noche de los Libros", en la Librería Altazor en Majadahonda. Llegué un poco tarde, porque a mi natural despiste se sumó la vocaciñon laberíntica de la ciudad para el que no conoce sus senderos, pero llegué. Y me llevé una sorpresa más que agradable, tanto por el trato de Paco y África, los dueños y dos libreros de los que aman su trabajo, como por la gente que se dio cita y aguantó, pese al frío de esta primavera esquizofrénica, mi charla sobre "Camino de ida"y sobre "Matar y guardar la ropa", mi segunda novela que ya está saliendo del horno.
Gracias a todos los que estuvieron y nos vemos en junio, si quieren.
Para cualquiera que viva cerca o pase por Majadahonda, queda en pie la recomendación de pasarse por ALTAZOR, que tiene un fondo de libros verdaderamente cuidado y se muda en breve a un local aún más grande.

http://www.altazor.es/Altazor.html

Gracias, NOVELPOL y Jesús Lens Espinosa de los Monteros.

(Octavio sigue en su camino de ida y yo que me alegro. Esta reseña apareció en el blog de NOVELPOL, asociación deaficionados y/o expertos en novela negra, que nuclea a numerosos blogs de habla hispana. El autor es Jesús Lens Espinosa de los Monteros, y sólo puedo dar las gracias a quienes, al tropezar con la novela, la hacen suya, la leen y pretenden contagiarla. Ojalá que con "Matar y guardar la ropa" pase lo mismo, aunque, como es natural, estoy acojonado...)

28/04/2008
CAMINO DE IDA
Carlos Salem

SALTO DE PÁGINA

No sé, querido lector, en qué onda literaria te mueves. No sé si eres uno de esos sufridos lectores, capaces de aguantar que el protagonista de una novela tarde quince páginas en subir unas escaleras mientras medita sobre el ser y la nada o, al contrario, eres un fuguilla al que le encanta que pasen cosas en los libros.

Muchas veces, desde este lado del teclado, no sabemos cómo ni a quién nos dirigimos. Entonces, podemos escribir que “Camino de ida”, de Carlos Salem, es una novela cojonuda y, quizá, si eres de la facción plúmbeo-lectora, te mosquees conmigo y me consideres una persona frívola, poco seria e indigna de ser tomada en cuenta.

Porque en cuanto cruzas las primeras páginas de “Camino de ida”, publicada por la editorial Salto de Página, y transitas de la Argentina de 1911 al Marrakech del siglo XXI, te das cuenta de que estás ante una novela distinta, una novela espídica, loca, salvaje, libertaria, caótica, hilarante, demencial y, sobre todo, una novela fantástica. Una novela mestiza en que se mezclan géneros, paisajes y personajes. Una novela que transcurre en tiempos imposibles para convertirse en una feliz ucronía. Una novela global en la que los viajes, el fútbol y los traficantes se dan la mano en una trama imposible cuya lectura se hace ineludible y obligatoria.

Me lo había advertido Cristina, lectora voraz poco dada al elogio desmesurado: “Ten en cuenta que, cuando empieces a leerla, te quedarás sin vida social hasta que la termines”. Y tanto que sí. Una novela para leer de un tirón, dejando descoberturizado el teléfono móvil y poniendo el cartel de “No molesten” en la puerta de casa.

“Si hay miseria, que no se note”. Bajo esa premisa, un calzonazos llamado Octavio, que cree haber matado a su mujer en un hotel de Marrakech, iniciará una vertiginosa carrera delincuencial que le hará transformarse en el héroe proteico y desfacedor de entuertos que todos hemos querido ser alguna vez en nuestra vida. En su huida hacia delante, coincidirá con Soldati, un empresario y guerrillero argentino que se encuentra en una encrucijada, al haber fracasado su último negocio: vender helados en el desierto. Y entrará en escena un tal Charlie, hippie sesentón con una idea fija en la cabeza: cobrarle una deuda de honor al mismísimo Julio Iglesias.

Sí. Con esos mimbres se puede construir una novela. Hace falta, eso sí, sentido del humor y talento a raudales. Y de ambos está bien sobrado un Carlos Salem que, en “Camino de ida”, lo borda, a través de una prosa afilada y cargada de sentido.

“-Todavía no sé porque nos fuimos- objetó Octavio.”
-Porque siempre hay que irse, Octavio. ¿O es que a su edad todavía no sabe que la vida es camino de ida?”

Uno, a estas alturas, sí tiene plena conciencia de que la vida se vive una vez, de que hay que disfrutarla, reivindicando un Carpe Diem aplicable a todas y cada una de las esferas de nuestra existencia. Como es la del leer. Y, por eso, conmigo no cuenten para leerme tochos infumables de literatura trascendental. A mí, recomiéndenme muchos “Caminos de ida”, por favor. Les quedaré eternamente agradecido.

Jesús Lens Espinosa de los Monteros.
http://pateando-el-mundo.blogspot.com/

lunes 21 de abril de 2008

No paran (y eso es bueno)


La gloria en zapatillas

“El forro”, Gsus Bonilla



Del mismísimo forro, del alma y de lo demás, se saca Gsus Bonilla este primer libro de poemas, que es más que eso. Bastante más. Porque tiene como fondo la música de la calle y de la vida, melodía de pasos que no se pierden porque se han dado, y que no siempre nos llevan donde queríamos, pero nos llevan y ya es mucho. En su caso, Bonilla tiene tan claro lo que quiere decir que su voz poética pasa de artificios y de la búsqueda morosa del verso que salve el poema. Sus poemas no necesitan trucos, porque se salvan solos, y nos salvan, a menudo, de nuestra propia indiferencia de andar por casa.
Harto ya de estar harto de leer proclamas de pretensión macarra y andares de visa o mastercard, los poemas de este libro son un soplo refrescante de talento en estado puro. Porque cuando habla de injusticias, no te parece ver, a través del papel, como tantas otras veces, a un poeta que apunta su pluma adónde conviene para quedar bien. Y cuando habla de amor, el muy cabrón, es capaz de convertir lo cotidiano en excepcional, que es lo que se supone que debería hacer un poeta.
Poeta urbano aunque guste de dibujar árboles procreándose a si mismos, Gsus trasciende el credo sabinero (respetable, por otra parte, si es más que una pose), para inventarse sin alharacas un rezo descreído pero fervoroso a la ciudad, de la que, sospecho, cree como yo que su mejor paisaje es la gente.
Al releer El Forro, para escribir este comentario que me apetecía hacer desde hace tiempo, me vinieron a la memoria unos versos del poeta-letrista (pero primero poeta) Adrián Arbonizzio, en El Témpano, cuando dice algo así como: “…la gloria en zapatillas/ el florero vacío/ quién sabe si se puso a pensar/ para qué vivo/vivo para no perder/ voy hacia el fuego como la mariposa/ y no hay rima que rime con vivir/ no se paren/ no se maten/ sólo es una forma más de demorarse”.
(Sé que no es de buen gusto ilustrar la reseña de un poemario con versos de otro autor, pero me niego a destripar lo que Bonilla une con esa impaciencia calmada tan suya. Además: ¿quién dijo que yo tuviera buen gusto?)
Esa desesperación sin dramatismo es la que convence y contagia en El Forro, y es un sabor que nunca será tan amargo como para hacernos olvidar que vivir, al fin y al cabo, es más que durar. Ni tan dulce que empalague las ganas de seguir leyéndolo.
Frente a tantos arquitectos de la palabra que acaban por escoñarse cuando caen de los altísimos andamios a los que habían trepado, Gsus Bonilla edifica sus poemas con la sabiduría del buen albañil: el conoce los materiales, lo siente y los mezcla para lograr algo que perdure.
Cuando lo conocí, le gustaba llamarse a si mismo “juntaletras”, como una vacuna contra el ego. En realidad, Gsus Bonilla es un juntavidas formidable, que las va recogiendo donde las encuentra, las cura con sus versos y luego, las deja volar, sólo para ver cómo lo hacen.

Carlos Salem

miércoles 16 de abril de 2008

Se va la segunda

Nadie lo impidió a tiempo y un año después de Camino de Ida,
ya estoy dando por saco con otra novela.
Se llama Matar y Guardar la Ropa
y la publica, por supuesto, Salto de página,
La presentamos en Madrid el miércoles 7 de mayo
en la FNAC de Callao, a las 20,00 horas,
y en Barcelona el 16 de mayo,
en la FNAC de Plaza Cataluña, también a las 20.00 horas.
Hay un par de presentaciones previstas,
creo que en Sevilla y en Murcia, pero aún no tengo la fecha.
Y en cuanto podamos,
la presentación macarra en el Bukowski club,
como está mandado.
Un lujazo: el prólogo es del maestro Gonzalo Torrente Malvido
¿Y de qué va?
Pues más o menos, de esto:

Reseña:
En un camping nudista de Murcia alguien debe morir. ¿Pero quién? Esto es lo que tiene que averiguar Número Tres, uno de los mejores asesinos a sueldo a quienes la Empresa asigna sus pedidos. Todo sería más sencillo si Número Tres no se escondiese bajo la anodina identidad de Juanito Pérez Pérez, un apocado comercial al borde de los cuarenta; si en el camping no coincidiesen sus hijos, su ex mujer, el juez estrella de la lucha contra el crimen, un amigo de la infancia, otro asesino particularmente despiadado, un inspector que lleva años sospechando de él y una incógnita llamada Yolanda...
(chan chan chan chan!!)
Y aquí copio el prólogo de Gonzalo:
La muerte en la Literatura

Gonzalo Torrente Malvido

La irrupción de los libros en el amplísimo panorama de la historia de la humanidad supuso una difusión de los avatares de la existencia donde la muerte ocupará para siempre inmensas parcelas, iguales o incluso mayores que las dedicadas a la vida. La muerte natural, las muertes violentas, y las muertes casuales, absurdas, como la vida misma. No puede entenderse el fenómeno de la escritura sin la sombra de la muerte planeando sobre sus páginas: desde la Biblia, a los Vedas o la literatura griega, desde los romances, al Siglo de Oro español. Sin la presencia de la muerte no tendríamos las páginas de Manrique, ni las de Petrarca, ni las de Garcilaso, ni las de Shakespeare, ni las de ninguno de los vértices de la geometría literaria universal: rusos, ingleses, franceses, españoles; todos ellos autores con la muerte al fondo de sus obras.
El tratamiento de la muerte, sin embargo, ha sido muy variado: desde la dramática griega hasta la shakespeariana, no obstante la común presencia de la daga; de Lucrecio a Garcilaso; de Chaucer a Maupassant; de Balzac a Dostoyevski. Múltiples maneras de considerar la vida a la sombra de la muerte o de considerar la muerte a la luz de la vida, desde las más diversas temáticas.
La presente novela de Carlos Salem, bajo una aparente envoltura de serie negra –titulo y tema-, va mucho más allá gracias a la constante ironía que sus páginas encierran, por la espléndida sencillez de su estilo, y por el novedoso tratamiento de la muerte como mercancía.
Aquí el asesinato es un producto a cargo de una empresa cuya metodología de trabajo origina la trama por la que transitan los personajes. Personajes que resultarán estar ligados, por unas u otras razones, al protagonista y narrador, Juan Pérez Pérez, eficaz asesino de la empresa, pero también un hombre corriente al filo de los cuarenta años, ex marido y padre lleno de dudas. ¿Lo han enviado allí para “despachar” a alguien, como es habitual, o en realidad es él quién será despachado? Todo ello en el marco de un camping nudista, en el que poco se puede esconder, pero se oculta, como siempre, lo más importante. No es casual que por este ámbito desfilen, sin ropas pero vestidos de sus propios motivos, diferentes aspectos y personas del pasado de Juan, y también de su incierto futuro. A la hora del balance y tal vez de su propia muerte, todo hombre está desnudo.
Con una trama en ocasiones vertiginosa y en tramos más pausada no obstante el ritmo de constante sorpresa que marcan los personajes y los acontecimientos de principio a fin, “Matar y Guardar la ropa” marca un hito en entendimiento literario del asesinato y de la novela negra, al tiempo que señala una modalidad de ficción insólita en el tratamiento estético y necesaria en la novela en general.





Gonzalo Torrente Malvido (Ferrol, 1935) ha publicado una vasta obra narrativa en la que destacan las novelas Hombres varados, finalista del Premio Nadal 1961; La Raya, Premio Café Gijón 1963; Balada de Juan Campos, ed. Luis de Caralt; o Tiempo provisional, Premio Sésamo 1969. Siempre ha demostrado debilidad por el género negro, y en este campo ha logrado novelas memorables como El Crimen de la Herradura y Teorema del mal.

lunes 7 de abril de 2008

Leonardo Oyola, el talento que vino


Ha publicado en España las novelas “Chamamé” y “Gólgota”


A los dos lados del charco, los escritores nacidos después de 1970 se lanzan a la tarea de contar un tiempo sin tiempo, el que vino tras el desencanto ideológico de sus padres y la muerte oficial (siempre hay alguien dispuesto a firmar el certificado) de las grandes utopías. Había que contar una España que no siguiera navegando novelísticamente en el charco de la Transición o en el pozo negro de la guerra Civil. Había que contar, por ejemplo, una Argentina después de Videla & cía (y la CIA, of course); una Argentina crecida en el desengaño cuando la democracia volvió pero volvieron con ella los mismos de siempre, y otros clonados de la misma célula de su puta madre.
De momento, allí lo van consiguiendo más que aquí, donde parece que el bienestar tambaleante y el ansia de ser considerados europeos de verdad y no sólo españoles, ha llevado a muchos a jugar a la pijería literaria de la globalización, olvidando que la palabreja viene de globo.
Y que los globos se pinchan. Los condones también.
Larga introducción, espero que necesaria, para presentar a un novelista que se presenta solo, con su obra. Leonardo Oyola es uno de los que “allá” se ha echado encima esa tarea de contar y contar bien. Para muestra, dos botones, ambos publicados en España en menos de un año, por la editorial Salto de Página.
“Chamamé” es una historia de delincuentes que no pueden ser otra cosa, que se engañan y trampean y persiguen por la tropical zona de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Pero es mucho más que eso. Es también una novela llena de ritmo y maestría narrativa, en la que el pop, el rock y la televisión son elementos aglutinantes de la cultura popular, pero no mirada con el monóculo del pijo que va buscando frikadas para elevarlas al altar de lo kitch; sino desde abajo, desde cerca, como puntos de encuentro emocional, puntos de partida al fin. De esta primera novela de Oyola en España (la segunda en publicarse, antes lo fue en Buenos aires “Siete y el Tigre Harapiento”, finalista del Premio Clarín-Alfaguara), se ha dicho que huele a pólvora y a Western moderno, y se ha dicho como un elogio.
Pero a mí Oyola no me engaña. Los dramas que él cuenta, aunque sucedan en las villas miseria sembradas de chabolas que rodean la Buenos Aires de postal, son dramas de factura shakespeariana, y beben de esa copa universal: amor, traición, amistad, venganza. El coctail de la vida desde siempre, pero tan bien mezclado que incluso cuando innova, no lo hace como el que niega todo lo que antes se ha escrito. Él escribe lo nuevo porque leyó y respeta lo viejo, y desde ese trampolín salta. Y cae bien.
“Chamamé” nos muestra a dos personajes de fuerte perfil: Manuel Ovejero, El Perro, convicto y fugitivo, de si mismo y de una Justicia que estando en la cárcel lo sacaba para robar en su beneficio; y su contrapartida, el Pastor Noé, un mesiánico delincuente convencido de que Dios le habla desde las canciones de la radio. Hay también un botín birlado, una novia que pudo ser más, y toda una lección sobre los códigos de honor de los malandras. Cualquiera (yo mismo, sin ir más lejos), con estos materiales, se hubiera dejado tentar por la sátira o por lá épica, igual de cómicas cuando se preparan con recetas y elementos pre-cocinados. Oyola no cae en esa trampa y factura una novela en perfecto equilibrio, rebosante de talento y madurez. Quién no sepa que tiene treinta y pocos, creerá que está ante un autor con experiencia de décadas y frescura intacta.
Y el segundo botón, presentado en marzo en Madrid, no brilla menos que el primero. Novela del desarraigo y la pertenencia, “Gólgota” es más breve que la anterior, pero no menos intensa. Narra la historia de dos policías de la periferia bonaerense, vecina de las chabolas y en la que la ley es apenas una bandera raída y un escudo en la fachada de la comisaría. Uno de esos maderos, Lagarto, es el cínico observador de todo lo que ocurre y frecuenta ambas orillas de este río sin agua y con fronteras sutiles, sin sentirse incómodo en ninguna de ellas. Su compañero, más joven, Calavera, viene de las chabolas y no se ha alejado mucho geográficamente, pero sí en la escala social, al precio de hacerse policía. Ya no pertenece a ese mundo, nunca ha dejado de pertenecer a él. Y en esa contradicción compartida se teje el drama cuando los que tienen el deber de impartir justicia deciden hacerlo, pero hacerlo de verdad.
Estremecedora y basada, según el autor, en la convicción de que todos podemos ser crucificados, pero también podemos crucificar, “Gólgota” es universal porque habla de algo que no pasa de moda: la actitud del hombre frente el sistema. Aunque en este caso el sistema sean los Pibes de Scaso, mafia pobre y mortal, pero mafia al fin, que se traga todo lo que tiene alrededor y se atraganta cuando alguien dice “no” y está dispuesto a pagar el precio por hacerlo.
Oyola estuvo unas semanas entre nosotros, y ahora, en Buenos aires, trabaja ya en la cocina de la novela de 2009, de la que conozco la trama pero no pienso contar nada. Mientras llega, tenemos tiempo para darnos dos buenos atracones de talento. Un talento que vino y que, afortunadamente, volverá.

Carlos Salem

miércoles 19 de marzo de 2008

¿Viste, Funes, que estaba vivo?


TRES EN LA FRENTE
(relatos muy negros y presentación inforrmal de la novela GOLGOTA,
de Leonardo Oyola, editada por Salto de Página)


GONZALO TORRENTE MALVIDO
LEONARDO OYOLA
CARLOS SALEM

Gonzalo Torrente Malvido (Ferrol, 1935) ha publicado una vasta obra narrativa en la que destacan las novelas Hombres varados, finalista del Premio Nadal 1961;
La Raya, Premio Café Gijón 1963; Balada de Juan Campos, ed. Luis de Caralt; Tiempo provisional, Premio Sésamo 1969. Siempre ha demostrado debilidad por el género negro, y en este campo ha logrado novelas memorables como El Crimen de la Herradura y Teorema del mal. Se mueve con especial eficacia en la narración corta, y prueba de ello son
las colecciones de relatos Cuentos de mala vida, ed. La Gaya Ciencia; Doce cuentos ejemplares, ed. Alfaguara,o Puro cuento, entre otros libros.

Leonardo Oyola Nació en Buenos Aires en 1973 y es licenciado en Ciencias de la Comunicación. Su debut literario, Siete & el Tigre Harapiento (Gárgola, 2005) fue finalista del Premio Clarín-Alfaguara en 2004. Su segundo trabajo, Hacé que la noche venga, será próximamente publicado por Editorial Sudamericana, y Salto de Página editó en 2007 su tercera novela, Chamamé . La cuarta, también con Salto de Página, es Gólgota, que será presentada durante el recital.
Carlos Salem Sola nació en Buenos Aires en 1959 y estudió Ciencias de la Información en Córdoba, Argentina. .Ha publicado los poemarios Te he pedido amablemente que te mueras (1986), Foto borrosa con mochila (2005) y Poemas al otro lado de la barra (2007), y sus relatos han sido recogidos en diferentes revistas y antologías de España, Argentina y México. En 2007 publicó su primera novela, Ca mino de ida, y en abril sale a la venta la segunda, Matar y guardar la ropa, ambas con Salto de Página.

jueves 13 de marzo de 2008

...y el tigre se vino

Previa escala en Ibiza para participar en unas jornadas, llega a Madrid Leonardo Oyola, representante de lo mejorcito que se está haciendo en Argentina en literatura en la Era pos-corralito, que no es poco.
Al margen de modas y de modeces, Oyola es un narrador poderoso, capaz de combinar al mismo tiempo la ironía con la dureza de los mundos que narra, que son también el nuestro. Ha optado por usar los ingredientes del género negro para contar, incluso cuando la acción ocurre en el pasado, el aquí y ahora, de su país y su generación, pero también de los nuestros, sean los que sean.
Llamó la atención de la exigente -y puñetera- opinión literaria bonaerense con su primera novela, "Siete y el tigre harapiento", y también el interés de la Editorial Salto de Página (que publica unos autores cojonudos, je ,je), lo que se plasmó con la publicación en 2007 de su primera novela en España: "Chamamé".
Ahora, viene por estas tierras a presentar lo nuevo: "Gólgota", otro policial duro que habla, en realidad, de la entereza y la corrupción, presidenta y vice de las vidas de cualquiera, en Malasaña o en Morón.
Algo organizaremos con él
BUKOWSKI CLUB y ya avisaremos.
Mientras tanto, el que quiera abrir boca, puede conseguir Chamamé en cualquier librería. Y en un par de días, también estará a la venta Gólgota.
Recomendado: si no te gusta, no te devolverán el dinero,
pero tampoco la inocencia que se pierde cada vez que lees una buena novela.
Y éstas son de las buenas.

jueves 28 de febrero de 2008

Gracias, Rafael

Reseña de Camino de ida publicada por Rafael Sarmentero en su blog "Poeta y caballero". Para ver el original y los poemas de Rafael (recomendados), pinchar en
http://www.rafaelsarmentero.com/?p=186


Camino de ida
Carlos Salem.Salto de Página.ISBN: 978-84-935635-2-3224 páginas.

Esta es la primera novela publicada por Carlos Salem, un escritor argentino que parece tener una única cosa clara en la vida: que ama la Literatura. Así, si leemos la pequeña biografía con que todo libro suele obsequiarnos, enseguida nos damos cuenta de que lo único que ha permanecido constante a lo largo de la misma son los libros.
Debuta para las grandes masas con una curiosa novela que, como ya le dije, son dos: Una, la de fuera, graciosa, surrealista, sarcástica casi siempre, que describe un mundo gobernado por la física de los dibujos animados: todo puede suceder. La otra, la de dentro, es mucho más sosegada, más real, y está empañada por un vaho de tristeza. El contraste de ambas partes conduce al lector a través de una interesante ciclotimia, y le provoca el deseo continuo de transitar de una a otra parte y viceversa.
Es un libro para aquellos que buscamos algo más que pasar el rato cuando leemos. No sólo nos hace sonreir, sino también sentir, algo que se echa de menos en muchas de las novelas con pretensiones de entretenimiento. Ya sólo queda esperar a que la próxima salga a la venta, algo que ocurrirá poco antes del verano. Un regreso que yo aguardo ansioso, aunque los regresos no existan porque todo camino es de ida, y volver nunca sea volver. Volver adónde / volver a cuándo / volver a qué.

jueves 21 de febrero de 2008

Dolce far niente

El verano en que cumplí los 18
supe que debía dedicar mi vida
a no hacer nada.
Dejé de perseguir a las muchachas
de mi barrio
y de los barrios adyacentes
abandoné mi promisoria carrera
de ladrón de coches
sin afán de lucro
renuncié a idear el futuro
como un ascensor sin botones
postergué mi sueño de una revolución
más sexual que comunista
y me arropé con la sombra de un árbol
a la orilla de mi río de deshielos
para leer las memorias de neruda
y otros libros vagamente prohibidos.


A la hora de comer
robaba unas manzanas
o cocía un arroz con huellas de carne y tomate
mientras alrededor
el resto de viandantes asaba vacas lentamente
a la sangre de las brasas.
Y sólo algún amigo fiel lograba invadir mi sombra
para planificar algún proyecto delirante
como el de construir un coche con desechos
y los motores de tres motos diferentes
o dotar de propulsión a vela unas cuántas bicicletas
para recorrer las cercanías.

Yo asistía a todo aquello desde lejos
y sin soltar mi libro por si acaso.
Dejé de pelearme con mi viejo
y de preocuparme por mi hermana
mi único esfuerzo vital consistía en leer
y en evitar que los demás que arrebataran
la delicia de no hacer
nada de nada.
Las muchachas que antes perseguía
y escapaban
comenzaron a rondar mi árbol
atraídas por mi ausencia.
En ese verano me surgieron tres trabajos
y no acepté ninguno
se me ofrecieron seis muchachas
y sólo rechacé a una
que era hiperactiva.

Se me ofreció el suicidio
me dio pereza
y le pedí que volviera
cualquier otro día.
Creo que me bañe en el río un par de veces
que no escribí ningún poema
que dejé de robar cubos de basura por mi barrio
para encenderlos en pira funeraria
a las tres de la mañana
y la gente que en primavera se quejaba
de mi andar interminable en busca de problemas
se preocupaba ahora por mi abulia.

Imagino que todo lo bueno tiene su telón
y el mío tuvo un color
tirando a verde oliva militar
Cuando llegó el otoño me reclutaron
para el servicio obligatorio
me extirparon del árbol
del río
y de la sombra
y si no me pegué un tiro
en la mitad del aquél infierno
por que supe recordar ese verano
el tiempo
en qué más cerca estuve
de la gloria.

martes 19 de febrero de 2008

Si muero antes de tiempo

(otro añejo, de "Foto borrosa con mochila")


Si muero antes de tiempo
de mi tiempo
-que será en domingo
sólo para fastidiar a los amigos-
que alguien se encargue de mi cuentas
que el hígado lo donen a la ciencia
y hagan con los poemas
papiroflexia.

Pero como me iré sin previo aviso
o sin reconocer avisos previos
ruego que alguien termine ciertos cuentos
y busque un sobre con el final de mis novelas
eternas inconclusas
seguramente inéditas.

Que le digan a mi padre que lo quiero
y a mis hijos que mejor no pude hacerlo
a Ella no le digan que estoy muerto
sólo más distraído menos despierto.
Y por favor suplico algún respeto
para este domicilio de mi cuerpo
no lo quiero enterrado ni a cubierto
soy un pésimo abono estoy seguro
y detesto los nichos- casillero.
Tampoco creo en dioses
y si muero antes de tiempo
que no les den trabajo por mi alma
que ni ellos existen ni yo tengo.

Y ya que lo de irme en un polvo
sería necrofilia a esas alturas
que me quemen y polucionen otro poco
el cielo al fin y al cabo sólo es humo
y yo seré un esmog muy educado.

Y las cenizas que siempre voy dejando
serán entonces residuo y testimonio
que las echen al océano y si estoy lejos
-siempre lo digo y nadie me toma en serio-
que desde un inodoro me despidan
y tiren sin dudar de la cadena
para llegar al mar
me las arreglo.
Me va a sobrar el tiempo.

Para cruzar un charco

(Tan viejo que casi me provoca ternura)


Hay que saberse el charco
temerle tempestades
dibujarle el contorno
y no pensar jamás
en sus profundidades.

Teólogos que abundan
de la charqueología
afirman que rodearlos
es más limpio y correcto
pero callan
por antiguas cobardías
que un charco no es un charco
sin el salto y el riesgo.

Tampoco valen puentes
ni cuerdas
ni tablones
que un charco que se precie
no admite condiciones.

Si acaso y sólo a veces
un sendero de piedras inseguras
en el que cada paso
es una duda.
De modo que cruzar un charco
no es una ciencia exacta
ni es un deporte olímpico
ni un hobby para yupis.
No hay nada en Internet
ni en tertulias de radio.
Lo ignoran
-como no-
los gobernantes.
Y es que cruzar un charco
to be or not to be
sigue siendo algo que se hace
o no se hace
Que usted lo salte bien.

domingo 10 de febrero de 2008

Se viene MATAR Y GUARDAR LA ROPA, RAYOS X sigue en el banquillo, por ahora

Me explico fatal. Y con resaca, peor.
El caso es que hace unos días publiqué el arranque de la novela inédita
RAYOS X, y unos cuántos amigos (después de todo, tenía),
creyeron que era la nueva novela que publico
en SALTO DE PAGINA
en mayo, si todo sale según lo previsto.
Y no es.
RAYOS X es algo así como una novela pseudobiográfica
que he tardado 2o años en escribir,de a saltos en mi tiempo
y en el del protagonista, un niño gilipollas (léase boludo en el original),
que de todos los poderes de Súperman, el único que envidiaba
era la visión de Rayos X.
Para ver lo oculto, y para verle las bragas a las niñas.
Escrita en capítulos que espían escenas del niño imbécil
en diferentes edades, desde los tres a los diecisíes años,
he leído varios de ellos en el BUKOWSKI
y en algún otro sitio en el que, por error o descuido, me han invitado a leer.
RAYOS X seguirá esperando, de momento, su momento.
La nueva, la que verá la luz en mayo (cruzo los dedos),
se llama MATAR Y GUARDAR LA ROPA,
y no cuento todavía de qué va, que si no luego no la compran.
Lo que sí está claro es que, entre las dedicatorias,
habrá una muy especial,
a toda la gloriosa pandilla de tarados del Bukowski club.
Y el epílogo lo abrirá un trozo de un poema gentilmente cedido por Victor Sierra.
No obstante, pro si alguien se quedó con mono, más abajo
va el segundo capítulo de RAYOS X.

...y digamos que así siguió la cosa




(Continuación de la novela inédita "Rayos X")


II

Había un fantasma en la cocina. En realidad, era una cocina-comedor, porque ahí estaba también la gran mesa, que no era un territorio colosal como la de mi abuela, pero para mi tamaño era enorme. Y la cocina se comunicaba con el salón por un arco. Pero eran dos ambientes diferentes. No se comía en el salón, ahí se veía la tele, en blanco y negro, o de ahí tenías que irte cuando llegaba alguna visita. Venían pocas visitas. Creo que vivíamos lejos del centro y éramos un poco pobres. Mamá decía que "estábamos empezando" cuando hablaba con esas visitas, que eran señoras bien vestidas que lo miraban todo como si les gustara. No teníamos teléfono y sé que mamá quería uno. Ella y el Viejo trabajaban mucho. Él salía de madrugada, sólo lo veía irse cuando me desvelaba por culpa del fantasma, porque se iba casi de noche. Y estaban contentos, cansados, pero contentos.
Y yo tenía un fantasma que casi no me daba miedo y vivía en la cocina.
Todo era un secreto y la tele no me alcanzaba. La primera vez que se rompió tuvieron que echarme del salón porque no me despegaba del técnico que la destripó. Tenía unas lámparas y estaba llena de cables y de puntitos plateados sobre unas placas verdes y marrones. Dentro no había nadie: ni Batman, ni los vaqueros de las películas, ni dibujos animados. Me gustaba mucho Campanilla cuando volaba sobre el castillo de Disneylandia, y soltaba al pasar esa estela dorada. En la tele se veía gris, pero yo sabía que era dorada. Una vez dije que Campanilla se estaba meando sobre Disneylandia y me hicieron callar. Alguien se rió, no recuerdo quién. Había mucha gente ese día en casa, creo que era un cumpleaños, pero no el mío ni el de mi hermanita. Hice como que me iba a jugar pero me quedé escuchando, porque sabía que hablarían de Perón.
Siempre hablaban de Perón cuando venía gente, y lo hacían en voz baja y mirando hacia la puerta, como si fuera un secreto. Yo pensaba que Perón era un súper héroe, como Batman y Robin, y que por eso hablaban de él en secreto. Una noche, creo que fue esa misma noche, pregunté si Perón tenía un coche atómico como el de Batman, y se rieron mucho, pero me mandaron a dormir más temprano.
Antes, Mamá me dijo que Perón no era ningún súper héroe, pero el Viejo no estuvo muy de acuerdo, aunque los dos me pidieron que no nombrara a Perón en el colegio ni en la calle.
Yo me dormí pensando que me habían mentido, porque a veces los escuchaba hablar con otra gente por la noche y algunos decían que todo se arreglaría cuando volviera Perón, en un avión negro. Como el coche de Batman, pensé, y me dormí más tranquilo.


Detrás de la nevera había alguien. Lo intuía. Y además se veía algo negro que vibraba y de ahí salía el ruido. La nevera estaba en un hueco pero entre ella y la pared había algo de espacio. Me metí hasta donde pude y sólo pude ver la oscuridad de una cosa de metal, que no sé cómo fabricaba el frío. Cuando quise salir, la cabeza se me quedó trabada y no supe qué hacer.
Mamá me encontró así, no sé cuánto rato había pasado. Y me tranquilizó. El Viejo quería mover la nevera y ella le dijo que no, que me podía aplastar. Empezó a hablarme, a hacerme reír por la cabeza tan grande que tenía, y al final consiguió que me tranquilizara y pude salir.
Me preguntaron qué buscaba ahí y no dije nada.
No lo hubieran entendido.

El fantasma se asomaba en la cocina. Nunca se acercaba a mí. Pero me hablaba. Yo lo veía desde mi cama, porque la casa era pequeña y mi hermana y yo dormíamos en el salón, en unos sillones individuales que se convertían en cama. Yo despertaba a mitad de la noche, cuando todos dormían, y no sabía por qué. Me sentaba en la cama y miraba a la oscuridad, tratando de ver.
Todo estaba oscuro.
A la izquierda, en su cama-sillón, mi hermanita dormía y roncaba un poco. Podía oírla. Más allá estaba la puerta del dormitorio de mis padres. Abierta, pero también era un recuadro oscuro. La tele se adivinaba contra la pared, pero supongo que la veía porque era algo importante en la casa. Muchos vecinos no tenían tele y cuando había un programa especial, venían a casa. Como cuando ponían un partido y mi tío venía y nos traía caramelos.
Pero de noche, la tele apagada tenía algo de cosa muerta, asustaba un poco.
Y a la derecha, más allá del arco que separaba el salón, en la cocina, estaba mi fantasma y me hablaba.


Me gustaba entrar en el cuarto de ellos cuando no había nadie. Era un lugar prohibido y por eso valía la pena. Sólo había estado ahí cuando me operaron de la garganta y el médico me mandó tomar mucho helado y no hablar ni una palabra. Pero estaba tan entusiasmado porque habían venido todos a verme, que no paraba de hablar. Por la noche volvía a mi sillón cama, pero durante el día, estaba en la cama de ellos, mirando revistas y tratando de leer.
Cuando no había nadie era otra cosa.
Porque él insistía tanto en que no entráramos, que daban ganas de arriesgarse mientras mamá tendía la ropa o se escapaba un momento a comprar. Me quedaba mirándolo todo: las mesitas a los costados de la cama, la cómoda, el armario. Quería ver lo que había dentro, pero sin abrir puertas y cajones.
En parte porque podían notarlo. Y porque así no tendría gracia.
Además, no quería que el Viejo volviera a enojarse conmigo, como cuándo lo del pañuelo.

Una vez pasó algo y todos querían ver la tele, estaban nerviosos. Aparecía un señor con bigote, vestido de uniforme, que hablaba como si estuviera enfadado pero casi nos perdonara. Como cuando yo rompía algo y el Viejo me castigaba y seguía serio conmigo durante horas. Me dijeron que era el nuevo Presidente y yo no sabía lo que era un Presidente. Entonces me explicaron que era la persona que mandaba más en todo el país, el que podía hacer lo que quisiera. Sí, también ver la tele por la noche y los programas para mayores, me respondieron sonriendo. Y decidí que cuando creciera, quería ser Presidente, porque me daría todos los gustos y fabricaría una piscina enorme y la llenaría de ravioles con salsa de carne. Me encantaban los ravioles. Dije que ser Presidente era fantástico y que dónde había que estudiar para eso. Se rieron e insistí. Al Presidente lo elige la gente, dijo Mamá. Toda la gente del país decide quién de ellos será el Presidente. Miré al señor de uniforme que seguía enfadado en la tele y pregunté si a él lo había elegido la gente. Se rieron incómodos y se miraron unos a otros y me mandaron a jugar al patio.
Esa noche, mi fantasma llevaba uniforme y por primera vez me asustó y grité y ellos se levantaron y encendieron las luces. Miré hacia la cocina pero ya no había nada. Mamá me preguntó qué había soñado y le dije que el Presidente me había asustado. Dijo que a ella también, le daba miedo, pero el Viejo se enojó y dijo que no había que decirle esas cosas al chico.

Había llovido mucho y la ropa no se había secado a tiempo. Bueno, mi ropa de ir a la escuela, sí. Todo, salvo los pañuelos que Mamá me metía siempre en el bolsillo. Por eso el Viejo me dio uno de los suyos, muy serio, y me dijo que lo cuidara porque era importado. Pensé que eso quería decir que era importante, pero no me parecía que un pañuelo lo fuera, aunque ese era muy suave y tenía un dibujo bordado, unas rayas todas iguales, rojas y azules. Dije que lo cuidaría y me fui a la escuela.
En realidad no era la escuela todavía, pero nos hacían pintar, nos contaban cosas y la maestra me decía siempre que para aprender a leer, tendría que esperar por lo menos un año más. Era tonta. Yo quería decirle que ya sabía leer, que lo hacía en los libros que mamá me había traído cuando tuve el sarampión, y de tanto repetírmelos mientras la espiaba, entendía las palabras. Lo que no entendía era lo que los niños mayores escribían en sus cuadernos, eran letras diferentes a las de mis libros. Pero a pesar de eso, me gustaba ir. Tenía un amigo, Jorge, que tenía un año más que yo y me parecía muy grande porque ya iba al colegio de verdad, que estaba en el mismo edificio que el nuestro. Creo que por eso le mostré el pañuelo importado y le gustó mucho. Después, entre jugar y dibujar, me olvidé del pañuelo. Hasta que en el último recreo me di cuenta de que me faltaba el pañuelo y le pregunté a todo el mundo y me puse nervioso. En el recreo, se lo pregunté a Jorge y me dijo que lo tenía él y me lo dio. Yo pensé que no era le mismo pañuelo, no tenía las rayas y llevaba pintada una de esas palabras como escritas a mano, que yo no entendía.
—Claro que es el tuyo, nene —me dijo Jorge, riendo—. ¿No ves que tiene tu nombre? Leé: “Nicolás”.
No terminaba de creerle, pero le llevé el pañuelo a la maestra y le pedí que me leyera la palabra:
—Nicolás, como tu nombre —me dijo con una sonrisa.
Yo pensé que las palabras no mentían y me llevé el pañuelo a casa.

El Abuelo hablaba en voz baja. Mi tío también, pero creo que lo hacía para imitarlo. Mamá estaba preocupada y el Viejo parecía tener una urgencia que lo hacía caminar de un lado al otro de la cocina. Yo fingía dormir en mi cama-sillón, pero estaba impaciente porque se fueran, para que viniera el fantasma. Ellos Hablaban de quemar algo, "hay que quemarlos", decía el Viejo. Ella decía que era una manera de "rendirse" y que cada uno era dueño de su pensamiento. El Abuelo estaba abatido y mi tío también, pero se notaba que estaba impaciente por subirse a su moto negra para ir a ver a una de sus novias. Mi tío tenía muchas novias desde que tenía esa moto. Mamá le decía siempre que fuera con cuidado y yo creía que era por la moto. Pero una vez le dijo que tenía toda la vida por delante y no se quedara con la primera que le hiciera "tilín".
No entendí mucho, pero supe que hablaba de las novias y no de las motos.

Mi fantasma sonreía, cuando yo me despertaba y lo veía pasar la aspiradora por la cocina. Era como si me invitara a acercarme. Pero yo me quedaba ahí, sentado. Sospechaba que en mi cama estaba seguro, pero que si cruzaba el arco hasta la cocina, si pasaba al otro lado, estaría indefenso frente al fantasma. Y él hablaba todo el tiempo, con una voz muy cómica, y creo que yo le contestaba pero sin abrir la boca. Y el me preguntaba cuál era mi equipo de fútbol preferido, y a qué se dedicaban mis padres y en qué trabajaba el Abuelo. Era un fantasma muy curioso.


A veces ellos se daban cuenta de que yo estaba despierto hasta muy tarde y pensaron que le tenía miedo a la oscuridad. Una noche, El Abuelo me llevó al patio después de cenar y me mostró el cielo. Me habló de las estrellas y me señaló la Cruz del Sur. Aunque con las demás yo me hacía un lío, a la Cruz el Sur la encontraba enseguida. Le pregunté si cuando él era chico también miraba el cielo por la noche y me dijo que sí, pero que en España, dónde había nacido, había otras estrellas. No entendí eso de que hubiera otros cielos y me lo explicó. Me dió un poco de pena El Abuelo, porque cuando era chico, no podía ver la Cruz del Sur. Después, o fue otra noche, me contó que la mayoría de las estrellas que veíamos ya se habían apagado mucho antes de que él naciera, y que sólo nos llegaba su luz. Tuve ganas de llorar y le pregunté si TODAS estaban muertas. Me dijo que no, pero como estaban tan lejos, era imposible cuál seguía encendida y cuál no.
Yo miré hacia la Cruz del Sur y decidí que estaba viva, y que cuando fuera grande sería astronauta, para viajar hasta la Cruz del Sur y verla.
Verla de cerca.

Aquella noche que hablaban en voz baja de quemar algo, me dormí sin querer.. Desperté un rato después, creo que era tarde, y ellos seguían allí, mirando unos libros. "Con lo que me costó conseguirlo",dijo El Abuelo mirando uno que en la tapa traía el dibujo de un hombre con barba y boina. "Las ideas no se matan",dijo el Viejo. Pero ellos le contestaron que eso lo había dicho uno que después "se cagó en las ideas" y empezaron a discutir un poco, creo que porque estaban nerviosos.
Volví a dormirme y cuando desperté, la luz de la cocina seguía encendida pero ellos no estaban. Oí voces en el patio y miré por la ventana. Estaban alrededor de un fuego, como sombras que se despedían de algo. Mamá lanzó un libro a la hoguera y creo que lloraba, pero de rabia, porque tenía los puños cerrados.

Cuando el Viejo vio el pañuelo, se enfadó mucho, no me dejaba hablar, decía que era un regalo de su padre y yo lo había perdido, que nunca más volvería a confiar en mí y cosas así.
Yo le decía que no, que su pañuelo era ése, pero no quería escuchar.
Más tarde, a solas, le conté a Mamá lo que había pasado y se rió un poco y me explicó que mi amigo me había gastado una broma. Claro que el pañuelo decía “Nicolás”, pero no porque fuera mío, sino porque era una marca de pañuelos y ropa infantil. Seguro que a Jorge le había gustado el pañuelo de papá (o de su papá, que se lo había regalado), y me lo cambió aprovechándose de que yo no sabía leer todavía. Protesté, yo sí sabía leer. Pero ella me dijo que lo que tenía que hacer era estar más atento, para que no me pasaran esas cosas. Yo le prometí que no me volvería a pasar. Me ardía la cara de vergüenza.
Y al día siguiente, en la escuela, cuando sonó la campana del primer recreo, corrí hacia la caja de arena, en la que estaba Jorge y le salté encima. Era más alto que yo, pero no me importó. Le pegué y le pegué en la cara, y también pegaba con su cabeza en el borde de madera de la caja de arena. Al final, llegó la maestra y nos separó y me llevó al aula y me preguntó que qué había pasado. No le dije nada.

Una noche desperté y ahí estaba mi fantasma. Pero no me hablaba. Sólo miraba hacia mí y pasaba la aspiradora. No sé por qué, pero me dio pena y le hablé. No respondió. Bajé de la cama-sillón y caminé hacia la cocina. Pero ya no había nada. Sólo la noche. Tardé en dormirme y cuando desperté por los golpes en la puerta, creí que era el fantasma que volvía. Pero eran unos soldados que lo revolvieron todo mientras yo me hacía el dormido y me sentí un cobarde, como cuando el fantasma hablaba y no me atrevía a contestar con la boca abierta. Sentía que tenía que decirles a los soldados que el fantasma no estaba, que no lo buscaran.
Se fueron. Y mi fantasma no regresó.
Pasé muchas noches mirando hacia la cocina, pero no volvió.
Tampoco volvió Jorge a jugar conmigo en el recuadro de arena en los recreos. Jugaba con otros chicos de su clase, lejos de mí.
Por las noches yo miraba al techo, cerraba los ojos y podía ver el cielo. El cielo era negro, como el avión de Perón, que cuando volviera podría encontrar el camino siguiendo la Cruz del Sur.
Cuando nos mudamos al centro, meses después, me despedí de la cocina, pensando en mi fantasma, mientras mamá, de pie en el salón, hacía lo mismo frente a la estantería vacía de libros.
Me pareció que estaba muy triste y le dije que no se preocupara, que cuando volviera Perón, todo se arreglaría. Me acarició la cabeza y dijo que confiaba más en Batman. Yo le dije que Batman no existía, que era un personaje inventado, y me contestó que a veces pensaba lo mismo de Perón.

Los "Tigres" de Malasaña

Desde siempre, los baños de los bares del Barrio de Maravillas han estado vinculados con el misterio. De hecho, no han faltado estudiosos sobre el tema, aunque acaso el más destacado haya sido el erudito Daniel Neófito. De profesión zapatero remendón, pero aficionado a la antropología, la parapsicología y la filatelia, Neófito, recientemente fallecido de cirrosis, frecuentó durante más de 30 años los bares del barrio y sus excusados, a la caza de leyendas, fantasmas, maldiciones y otras manifestaciones sobrenaturales.
Poco antes de morir, y para salvaguardar sus investigaciones de numerosos detractores, Neófito las transcribió con tinta invisible en varias docenas de rollos de papel higiénico que distribuyó en diferentes bares del barrio. Un método ingenioso, sin duda, pero que supuso la práctica eliminación de los datos recogidos durante décadas de trabajo. Los enemigos del investigador lo celebraron con pintadas en diferentes muros, en las que argumentaban, no sin razón, que Neófito
“siempre escribió para el culo”.
De hecho, los autores de este escrito han logrado rescatar intactos sólo seis rollos, tal vez por un guiño del azar, o porque se trataba de un papel higiénico barato, de ese que raspa.
Entre otros aspectos, los archivos de Daniel Neófito señalan que el apelativo de “tigres” que suele aplicarse a los servicios de los bares, se debe a las apariciones fantasmales de varios de estos animales, cuyos zarpazos de ectoplasma provocan heridas profundas en el alma, incapacitan al afectado para el amor, o para la papiroflexia.
Neófito apoyaba sus tesis en el penetrante olor a felino que suele percibirse en los baños de los bares del barrio, con frases del tipo: “¿Si esto no es olor a tigre, qué mierda es?”, e incluso refirió varios de sus encuentros con los temibles animales espectrales. No obstante, como también aseguraba haber visto perros azules con tres cabezas y hasta elefantes de color rosa en el servicio de caballeros del Bukowski club, nadie lo tomó en serio. Como cualquiera sabe: es imposible introducir un elefante, del color que sea, en un recinto tan reducido.
Los citados tigres fantasmales nunca han podido ser fotografiados. Sin embargo, el documento de su aroma lleva a creer que, idiota o no, Neófito decía la verdad.
Otros ejemplos de su trabajo de campo, dedicados a las maldiciones, resultan más fáciles de aceptar. A modo de ejemplo, citaremos algunos de ellos:
El varón que se pille un testículo con la cremallera del vaquero después de orinar, es casi seguro que perderá por esa noche el apetito sexual.
Quién se afane en leer las pintada de la pared más alejadas, acabará meándose el zapato izquierdo.
Aquél o aquella a quienes se les caigan en el vater las llaves, no deberán tirar de la cadena, porque se quedarán temporalmente sin casa.
Y por último, cualquier pareja (fija o espontánea), que logre colarse en el baño de un bar para tener mutuo acceso carnal, si oye el sonido del látex al romperse, tendrá varios meses de mala suerte y fuertes dolores de cabeza.
Neófito esclareció también el misterio de las continuidad de los servicios de los bares del barrio, explicándolo mediante una conexión interdimensional. De este fenómeno sobran los ejemplos y no son pocos los clientes del Bukowski que, tras ingerir varios cócteles de absenta, entran al baño y salen horas después del excusado del Only You o del Mercurio. Y oliendo a tigre.
Los trabajos del sabio olvidado permiten también conocer el origen de personajes de leyenda en este barrio. Es el caso de Almudena, la Muertita.
Al parecer, se trataba de una muchacha de buena familia (omitimos aquí la descripción “Maldita pija” que consta en el original, para no restar lustre a esta monografía). A mediados de los 70, Almudena habría acudido al barrio para encontrar la célebre “Movida”. Y encontró bastante movimiento en los locales atestados, pero también, hacia el final de la noche, un movimiento de carácter sísmico en sus intestinos, al parecer por haber consumido varios cubatas de garrafón importado. Desesperada, corrió hacia el baño, aunque el bar estaba a punto de cerrar, y tras dejar salir el tsunami que contenía su joven cuerpo, realizó dos terribles descubrimientos:
El primero fue que los responsables del local se habían marchado sin percatarse de su presencia, y según recordó, a partir de esa noche cerraban varios días por vacaciones.
El segundo terrorífico descubrimiento de Almudena, fue que en el baño no había papel higiénico.