martes, 28 de octubre de 2014

HALLOWEEN FOREVER




Soy el bisnieto del monstruo de frankenstein
y mi cuerpo está formado
por los trozos de otros cuerpos
que una noche fueron míos.

Soy el hombre del saco
del saco roto en el que pierdo
todos los consejos que regalo y que no pido.
Soy un licántropo calvo
ofendido con la luna
que aúlla siempre hacia dentro
con tal de no fastidiar a los vecinos.

Soy una momia educada
(y no la de marcus versus)
mis vendajes están hechos de facturas sin pagar
de contratos incumplidos
y de cartas que me habitan
que no escribo.

Soy un vampiro jubilado
pobre conde sin castillo
ni dinero
para implantarme colmillos postizos.
Soy la cosa de un pantano de cemento
al que le crecen coches como árboles de pesadilla
y vivo en el mismo lodo que mis víctimas.

Soy un zombi con cerebro
que duda todo el tiempo
estoy mal resucitado
y en la tumba algún capullo
me ha cambiado el esqueleto.

Soy un súcubo
o un íncubo
en días alternos
soy un demonio menor
mefistófeles en paro
soy ese terror sin forma que acecha bajo tu cama
aprendiz de quasimodo sin joroba ni campanas.

Soy el bisnieto del monstruo de frankenstein
y mi cuerpo está formado
por los trozos de otros cuerpos
que nunca  fueron míos.
Sólo soy
un engendro ciego en este país de tuertos
y todas mis noches 
son noches de caza
y todos mis días
son días 
de muertos

domingo, 19 de octubre de 2014

La pequeña muerte



 Algún francés
de mal follar
dijo una vez
que el sexo era la pequeña muerte.

Y me temo que hablaba de su sexo.

Porque la pequeña muerte acecha
en lo pequeño
en el número de teléfono que nunca marcas
aunque debas
en las frases que no sueltas nunca a tiempo
en el telediario de las tres de la tarde
en las noticias de las nueve
en la reseca estepa de los sueños
que más temes.

La pequeña muerte da mordiscos a tu amor
con sus diente de sibila
se desayuna tus ganas de bautizar las mañanas
se nutre de tus fracasos a mediodía
y por la noche te acuna con sus brazos
de autocompasión podrida.


La pequeña muerte
como un pequeño perro feroz y faldero
una piraña solitaria en tu pecera
un miedo enano que nunca te decides a pisar
ciertos olvidos que te inventas
para poder recordar sin consecuencias.

La pequeña muerte sabe
que cuando callas
tus palabras se cocinan en su sopa de saliva
sentencias hervidas o al vapor
condimentadas con la sal que ya no sudas
y crece sin contar las calorías.

Esa muerte de bolsillo
esa pequeña y mala puta con los ojos pintados de ironía
se pone sus mejores bragas
medias tentadoras
zapatos nuevos
y taconea siempre a dos metros de ti
para que puedas escuchar sus pasos
que te acusan y perdonan.

Está en la cola del súper
no paga el viaje en el metro
se cuela en todos los autobuses
y se conoce de memoria el horario tu tren

de cercanías.


Sabe todo lo que pierdes
lo que te aterra conquistar
lo que bosteza cuando quisieras gritar
y no te atreves.

La pequeña muerte cotidiana
avanzadilla de la muerte grande
muestra gratis de la nada
que habita en tu cama en tu cocina
en el atasco de las horas punta
en esas vacaciones que no alcanzan
en la mirada feroz de las vecinas
en los ojos de los otros
de todos los otros
en la tela de araña
de tus propias pupilas

Esa pequeña muerte que nos asesina
poco a poco
día a día
y que no puedes matar cuando la buscas
esa pequeña muerte predadora de migas
ese inocente canario que nunca desafina
esa muertecita de mierda
esa alimaña:
esa enjaulada mascota
que se llama

rutina

jueves, 16 de octubre de 2014

Si muero antes de tiempo

Si muero antes de tiempo
de mi tiempo
-que será en domingo
sólo para fastidiar a los amigos-
que alguien se encargue de mi cuentas
que el hígado lo donen a la ciencia
y hagan con los poemas
papiroflexia.

Pero como me iré sin previo aviso
o sin reconocer avisos previos
ruego que alguien termine ciertos cuentos
y busque un sobre con el final de mis novelas
eternas inconclusas
seguramente inéditas.

Que le digan a mi padre que lo quiero
y a mis hijos que mejor no pude hacerlo
a Ella no le digan que estoy muerto
sólo más distraído menos despierto.

Y por favor suplico algún respeto
para este domicilio de mi cuerpo
no lo quiero enterrado ni a cubierto
soy un pésimo abono estoy seguro
y detesto los nichos- casillero.
Tampoco creo en dioses
y si muero antes de tiempo
que no les den trabajo por mi alma
que ni ellos existen ni yo tengo.

Y ya que lo de irme en un polvo
sería necrofilia a esas alturas
que me quemen y polucionen otro poco
el cielo al fin y al cabo sólo es humo
y yo seré un esmog muy educado.

Y las cenizas que siempre voy dejando
serán entonces residuo y testimonio
que las echen al océano y si estoy lejos
-siempre lo digo y nadie me toma en serio-
que desde un inodoro me despidan
y tiren sin dudar de la cadena.

Para llegar al mar
me las arreglo.
Me va a sobrar el tiempo.

miércoles, 15 de octubre de 2014

RAYO X


El próximo jueves 23 de octubre, a las 20 horas,  en la librería Tipos Infames (calle San Joaquín,3 Metro Tribunal), presentamos mi último libro, publicado por Tropo Editores y presentado por el gran Fernando Marías.
Y me encantaría que estuvieras.

¿Por qué?

DICEN LOS EDITORES

De todos los poderes de Superman, Nicolás solo quisiera tener la vista de rayos X  para ver la ropa interior de las chicas y saber lo que oculta su padre en los cajones de la cómoda que cierra con llave. Con esa obsesión por ver más, crece en un país que se hace y se deshace sin darse cuenta, como su familia. Descubre que un libro puede ser un arma y una oreja el símbolo del orgullo, que el deseo empieza pero nunca acaba, y que hablando se entiende la gente... aunque sea a golpes. Y que «crecer era una mierda. Y que no iba a poder evitarlo».
Con estos relatos protagonizados por un alter ego que se le parece demasiado, Salem enfrenta los temas presentes en toda su obra, tanto poética como narrativa: la soledad, el amor, el sexo, el desconcierto, la vida y su otra cara: la escritura concebida como una bicicleta roja con la que ganarle a la muerte casi todas las carreras.


DICE CLAUDIA PIÑEIRO

"Carlos Salem fue a buscar este libro al lugar donde, irremediablemente, algún día vamos los escritores: el origen, el sitio de donde venimos, la memoria, la patria - que no es más que la infancia, como dijo Rilke- .
Rayos X es una rara avis dentro de su obra, un libro escrito desde la honestidad brutal de la ficción que se hace usando la vida propia como materia prima. Porque todo es ficción, también lo que vivimos. Todo es ficción, menos las bicicletas rojas. "

DICE JORGE EDUARDO BENAVIDES

"Como ya nos tiene acostumbrados, Salem se maneja con una pericia imposible: sus historias se construyen entre la más delicada y sugerente prosa y los trabucazos verbales que florecen en el arrabal, en la periferia de lo políticamente correcto, donde suelen habitar muchos de sus personajes.
La suya es pues una esgrima llena de aciertos que en esta ocasión nos lleva al territorio de la infancia, a la evocación más íntima de una vida que es un agridulce aprendizaje.
Las peripecias de Nicolás, el protagonista, su manera de contemplar el mundo, son también las todo aquel que no ha olvidado su propia infancia. "


DICE FERNANDO MARÍAS

"Confirmado: Carlos Salem es novelista y niño desde los dos años.
Salem niño protagoniza este libro de Salem novelista.
Seduce desde la primera hormiga.
No pregunten. Lean y sabrán."

DICE CARLOS ZANON
"Entre las virtudes que ya le conocíamos, Salem en estas píldoras del recuerdo olvidado o el olvido fantaseado y recordado, nos muestra otra mas: es literariamente escurridizo como un pez."


DICE MARCELO LUJÁN
"Si teníamos alguna duda de cuáles son los verdaderos años felices de la vida, Rayos X nos despeja para siempre la incógnita."


(Dice la contraportada)
De todos los poderes de Superman, Nicolás solo quisiera tener la vista de rayos X para ver la ropa interior de las chicas y saber lo que oculta su padre en los cajones de la cómoda que cierra con llave. Con esa obsesión por ver más, crece en un país que se hace y se deshace sin darse cuenta, como su familia. Descubre que un libro puede ser un arma y una oreja el símbolo del orgullo, que el deseo empieza pero nunca acaba, y que hablando se entiende la gente... aunque sea a golpes. Y que «crecer era una mierda. Y que no iba a poder evitarlo».
Con estos relatos protagonizados por un alter ego que se le parece demasiado, Salem enfrenta los temas presentes en toda su obra, tanto poética como narrativa: la soledad, el amor, el sexo, el desconcierto, la vida y su otra cara: la escritura concebida como una bicicleta roja con la que ganarle a la muerte casi todas las carreras



(Digo yo )
Memorias para el olvido

Cuando tenía diez años, leí por primera vez la novela Secuestrado de Robert Louis Stevenson, y después me pasé media vida sin saber por qué no podía desalojar de mi cabeza la frase de Alan Breck, uno de los personajes: «Tengo una espléndida memoria para el olvido».

Por entonces decidí que quería ser escritor y me dediqué a leer todo lo que habían escrito los inmortales que, paradójicamente, estaban muertos, pero seguían ahí, vigilando. Y me marcó otra frase, de uno de ellos, que aseguraba, más o menos, que escribir sobre uno mismo era el recurso de los miserables.
Y yo había decidido no sentirme miserable más que tres días por semana, de modo que seguí leyendo, escribiendo y evitando la autoficción, o creyendo ingenuamente que lo hacía.

Un día, hace poco más de siete años, empecé a publicar, y antes de este han sido diecinueve los libros que han llegado a su destino de papel, trece de ellos de ficción en sus diferentes formas. Ninguno de autoficción.

Pero una cosa es publicar y otra escribir.
Nada, que llevo más de veinte años escribiendo este libro sobre un nene argentino del siglo pasado, tan pelotudo que creía que Perón era como Batman, que una bicicleta roja era el mejor vehículo para ganarle a la muerte cualquier carrera, y de los poderes de Superman solo envidiaba los rayos X, para verle las bombachas a las chicas.

Es raro, la gente cree que escribo a toda velocidad y, sin embargo, como mi detective Arregui, siempre llego demasiado temprano o demasiado tarde donde nadie me espera.

Veinte años escribiendo este libro para que Nicolás, el protagonista, no fuera yo y viceversa, aunque lo fuera tantas veces, aunque hayamos compartido mudanzas, desarraigos, desconciertos y lecturas; tempranas ganas de morir y esporádicas ganas de matar. Aunque su abuelo se pareciera tanto a mi abuelo Antonio.

En fin, que veinte años no son nada si los pasas escriviviendo y escribebiendo, acertaerrando cada vez que se puede, y follamando, aunque no se deba. Ya no voy a darle más vueltas, porque no creo en los banquetes a base de perdices y tampoco le veo la gracia al deporte de marearlas.

Nicolás no durmió estos años en un cajón, como esos textos que no terminan de convencerte. Al contrario, anduvo conmigo, de charco en charco, mientras lo escribía a razón de un capítulo al año o cada dos años, total, ambos sabíamos que le llegaría su momento y se entrenaba, torpe como yo, peleando con su propia sombra, que nunca nos dejó por más que le pidiéramos tantas veces, amablemente, que se muriera.

Sonó la campana y toca salir al ring para que el lector comprenda a Nicolás o nos cague a trompadas si cree que lo merecemos. Y como decía el maestro Raúl Argemí, en su maravillosa
novela El ángel de Ringo Bonavena, «cuando suena la campana, te sacan hasta el banquito».
De ahí a pensar en todo lo que Nicolás o yo hubiéramos querido hacer y lo que hicimos, y preguntarnos por qué nunca tuvimos una bicicleta roja, y de ahí la bendición del tiempo, que convierte en ficción la realidad y todo lo contrario, hasta no saber ni querer saber qué partes agregó la imaginación y cuáles estuvieron siempre ahí, carne de cuento o de recuerdo.

Mi agradecimiento más sincero para Irene Achón Lezaun por el laborioso trabajo de corregir este libro, respetando mi condición de hombre de dos orillas, y por disfrutar como lectora del desconcierto de ese nene que todavía sueña con una vista de rayos X.

Cuando lean a Nicolás, por favor, no sean duros con él: tuvo el peor de los ejemplos, aunque a ratos le pareciera el único posible.

Una última advertencia, innecesaria como todas: este libro no pretende ser el arranque de unas pueriles memorias que a nadie importan. En todo caso, me he pasado más de veinte años escribiendo unas memorias para el olvido.







martes, 14 de octubre de 2014

Yo no estaba muerto. Y tampoco de parranda.

Que no, que yo no estaba muerto. Y tampoco de parranda.

Ahora que lo peor ha pasado (o no pasó lo peor y eso es lo bueno), ya puedo hablar. Parece broma:tantos años haciendo el indio, mandando señales de humo a mis pulmones, y sin verlas yo mismo.
Por suerte, pegó en el poste y esta vez el gol de la huesuda no entró.
Pero parece que faltó poco.
Y con esa no valen los empates.
Esa, si puede, te mata.

Fue en Francia y por suerte rodeado de mis buenos amigos del festival Toulouse Polars du Sud. Total, que si ellos no insisten, igual ni voy al médico, acostumbrado a llevarme a mi mismo de acá para allá aunque a veces faltara el aire, pero no las ganas de hablar, vivir, beber, fumar...
Fumar, ya no.
Nunca más.
Esto está claro.
La alternativa es perder por goleada. Y sin partido de vuelta.

Total: ambulancia, urgencias, las caras pesimistas y mi repentina incapacidad para entender ni una palabra en francés.
Tratamiento de choque.
Oxígeno, oxígeno y miedo.
No sabía yo que el miedo oliera a oxígeno, pero es así.
No atreverte a dormir por miedo a no despertar, a no poder decir lo que querías a gente a la que quieres.

Y poco a poco mejorar.
Pero seguir oliendo a oxigeno

Ahora toca reponerme y contestar a la gente (que en España y en Francia) se se fue enterando y quería noticias.

La saqué barata pero además del susto me perdí las charlas con estudiantes y los encuentros con lectores y todas las actividades del salón, incluido el mano a mano con mi hermano de Cuba Lorenzo Lunar, o las cervezas con Víctor del Árbol o Cristina Fallarás (con Rafael Reig lo suyo-nuestro que es el whisky), o un vin rouge avec Giles del Papas. Y las bromas con los voluntarios y voluntarias de la asociación, que son una de las tradiciones que me alegran el oficio de escibividor.
Nombrar es olvidar, ya se sabe.
Pero si sigo por acá es gracias al susto de Esther y Simón, a la diligencia fulminante de Roselyne, la solicita cordialidad de Roger, la preocupación de Jean Paul y Dominique Vormus, el cariño y la hospitalidad de Dolores e Isidro, que poco a poco me van curando. Y al personal de la clínique de l'Union y al Dr. Mouysset. Y a todos y todas los que forman las asociación TPS, y a todos y todas de la libreria La Renaissance, y... Interminable,la lista.

Desde que TPS empezó, hace seis ediciones, nunca he faltado de Toulouse.
Esta vez estuve en Toulouse pero no pude ir al Salón.
El Salón vino a mi en forma de un cuaderno con saludos de compañeros y lectores.
Cabrones.
Me hicieron emocionar.
Seguro que fueron las medicinas.

En fin, que no pienso volverme un jodido jomeinista antitabaco.
Sigo pensando que la vida es un camino de ida y la mía sigue yendo, a pesar de mis descuidos.

En unos días estarė otra vez en Madrid dando guerra, que hay libros que presentar y recitales que recitar.
Y que nos vemos en los bares.
Pero si me ven con un cigarro, no lo duden.
Denme una hostia.
O dos.
Y una cerveza, claro.