martes, 26 de septiembre de 2017

Cracovia sin ti: Prólogo de Loreto Sesma

La mayoría de nuestro pasado se escribe en personas, en nombres que pasaron por nuestra vida dejando un rastro de minas o de flores (a veces dudo de si son lo mismo).
Quizás el amor y el odio sean igualmente lo mismo, quizás el recuerdo y el olvido también.
¿En qué se diferencian pasado y futuro si el último se escribe a partir de lo sucedido en lo primero?
A lo mejor todo es una misma manera de mirar pero con un horizonte distinto.
El tiempo tiembla y tambalea porque sabe que en el fondo sólo pone el camino, y que nosotros somos los que ponemos la historia.

Salem dice que “volver es el título de un tango y un verbo con trampa”, y tiene razón. Nunca se sabe si el que vuelve es el cobarde o el valiente, el hijo pródigo de una historia sin terminar o la pieza indispensable para que vuelva a funcionar el engranaje.
El amor dispara y la vida se improvisa, y esa es la premisa que rige el mundo. Las estaciones y el amor construyendo el camino, como ocurre en este libro.
Esta no es más que la historia de dos tarados (porque sólo los locos se enamoran hasta la médula) que deciden venir a sacarte de tu rutina de raciocinio y oficina, de trayectoria pactada.
Te das cuenta, sin embargo, de que a tu vida le hace falta una pizca de magia y vuelo, de locura y desenfreno, de Cracovia.

Pero bueno, eso es lo que ocurre cada vez que uno se sienta a hablar con Carlos, porque es lo que se llama un contador de historias. Siempre he admirado la manera en la que cose y teje, enreda y libera los hilos perdidos de una anécdota y, sin saber cómo, acaba convirtiéndolos en historia.

Salem ronda el rock y el tango, como una canción que te hace bailar incluso cuando todo lo de alrededor se derrumba. Justo como el amor. Justo como todo lo que merece la pena.
Por eso también este libro se lee en braille, como un corazón se puede descrifrar en morse, como se puede sobrevivir a la hecatombe de una historia que ya no fluye sino que cruje.

Un recuerdo es una telaraña, un buen libro también. Y por eso tienen la capacidad de atraparte hasta querer convertirte en víctima sólo por el placer de poder compartir hilo y boca, justo antes del primer mordisco (que además tú imaginas como beso), con tu asesino.
Somos todo lo que hemos leído, todas las historias que hemos vivido entre las páginas de un buen libro. Buscas convertirte en el espejo de sus personajes, quieres encontrar el paralelismo con la realidad, y yo sólo sé que al terminar estas páginas vas a querer vivir esta historia.
Vas a querer ser Daniela y Daniel, Gato, incluso primavera.

Empecé a leer a Salem hace algunos años y no sé cómo lo hace que siempre acaba sorprendiéndome.

Cada vez que la vida y un bar nos ha juntado, he acabado escuchándolo y asistiendo a sus historias como si fueran el oráculo de Delfos, ahí donde los griegos se consagraban a las musas.
Decía antes que es un contador de historias, pero también es un maestro. Y con este libro no hace más que demostrarlo una vez más, jugando a un ajedrez en el que incluso los detalles que aparentemente son insignificantes luego se convertirán en alfiles desafiantes, como queriendo recordar que una guerra la gana un ejército, y no un sólo rey.

Juntando azar y destino, amor a destiempo y tiempo conjugado en un “quizás” que al pronunciarse se confunde con promesa; Salem consigue de nuevo combinar el desastre de dos historias que parecían imposibles en un amor tan real como la herida y tan dulce como un reencuentro.
Parece sonreír al otro lado de las páginas, como observándote en su tela de araña mientras tú sólo quieres ser víctima sólo por el placer de compartir historia con tu depredador.
Ese es el pacto que asumes al empezar esta novela: dejarte atrapar sabiendo que la trampa, como es propio de Salem, es una buena historia. Sabiendo que él siempre gana, quizás porque es el primero que nunca sabe cómo acabarán sus propias historias, “acaso por sabe algo que los demás ignoran”.

Loreto Sesma
2017

sábado, 23 de septiembre de 2017

jueves, 31 de agosto de 2017

Un animal con la piel extendida

La gente cruza los puentes
como si ese acto trascendental
no tuviera la menor importancia.

Como si los puentes fueran
meras prolongaciones
voladizas de las aceras
obras de ingeniería
cálculos de un señor
que nunca
cruzó
nada.

Un puente es 
en realidad
un animal con la piel extendida
desafiándote a que lo pises.

La lengua de un dragón
que puede quemarte
de horror o de alegría.

Un puente
es la escenificación
del ego humano
que decide dónde  cruzar un río
cuando el río 
generoso
siempre ofrece
si lo caminas con calma
un lugar por donde cruzar
sin ahogarte.

Cruzar un puente es
cómo volar
sobre el vacío
sin abandonar la seguridad
del suelo.

Es decir que no es vola en modo alguno.

Lo que ignoramos
es que cada vez
que cruzamos un puente
el puente nos gasta
un poco más
y nos va comiendo los pasos
hasta que no nos quede
ninguno.

Cuando eso ocurre
solo tenemos dos opciones:
rendirse 
cómo lo hacen
quienes nunca merecieron
llegar al otro lado,

o aprender a volar
de una puñetera vez.

Y sonreír
todo el tiempo
que dure
la caída.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Cabalgamos

CABALGAMOS

Sabes
que los perros de la memoria
muerden
pero ya casi no ladran.

El porvenir nunca viene
-que ya lo advirtió don ángel-
pero vienes tú
derritiendo aceras
licuando soledades.

Los perros huelen mi sangre
como yo huelo tu carne
con hocico de mastín
con el rabo desafiante.

Y no hay futuro/ ni presente/
ni pasado/ pero hay aquí/ ahora/
tú/yo/
y un domingo que se abre.

El mañana es el placebo
que se inyectan los cobardes
y en este cuarto anochece
siempre a las seis de la tarde.

Los perros
hoy
aúllan para nadie.

El sol, cabreado,
busca a la luna
en vano.
Está desnuda en mi cama.



viernes, 9 de junio de 2017

Entrevista en Karmagazine.wordpress.com

https://karmagazine.wordpress.com/2017/05/16/carlos-salem-la-literatura-es-una-mujer-que-todavia-recuerda-como-ser-nina/#more-8