lunes, 26 de diciembre de 2011

Nochebuena

El teléfono enmudece y es probable que no tengas nada que decirme.
O que el dolor te emborrache como un vino traicionero y se lleve tus palabras a otra parte.

Esta noche que te intuyo herida y mis manos no te encuentran,
reniego de mis manos.

Si estos poemas no sirven como breve combustible
para encender una hoguera que te abrigue cuando estás perdida,
¿Para qué sirven?

Te siento en todas partes pero no estás en ninguna.

Intento consolarme repitiendo que sabes donde hallarme,
si te hace falta recordar quién sueles ser cuando te gustas.

O que prefieres lamer a solas tus heridas
para comprobar que aún sabes como hacerlo.

No lo digo para agregar una pena ajena a las que ya acarreas,
sino para que le cuentes a tu soledad que ya no está tan sola.

Sin más recurso que el respeto, acaricio la nada y te acaricio toda

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