lunes, 21 de abril de 2008

La gloria en zapatillas

“El forro”, Gsus Bonilla



Del mismísimo forro, del alma y de lo demás, se saca Gsus Bonilla este primer libro de poemas, que es más que eso. Bastante más. Porque tiene como fondo la música de la calle y de la vida, melodía de pasos que no se pierden porque se han dado, y que no siempre nos llevan donde queríamos, pero nos llevan y ya es mucho. En su caso, Bonilla tiene tan claro lo que quiere decir que su voz poética pasa de artificios y de la búsqueda morosa del verso que salve el poema. Sus poemas no necesitan trucos, porque se salvan solos, y nos salvan, a menudo, de nuestra propia indiferencia de andar por casa.
Harto ya de estar harto de leer proclamas de pretensión macarra y andares de visa o mastercard, los poemas de este libro son un soplo refrescante de talento en estado puro. Porque cuando habla de injusticias, no te parece ver, a través del papel, como tantas otras veces, a un poeta que apunta su pluma adónde conviene para quedar bien. Y cuando habla de amor, el muy cabrón, es capaz de convertir lo cotidiano en excepcional, que es lo que se supone que debería hacer un poeta.
Poeta urbano aunque guste de dibujar árboles procreándose a si mismos, Gsus trasciende el credo sabinero (respetable, por otra parte, si es más que una pose), para inventarse sin alharacas un rezo descreído pero fervoroso a la ciudad, de la que, sospecho, cree como yo que su mejor paisaje es la gente.
Al releer El Forro, para escribir este comentario que me apetecía hacer desde hace tiempo, me vinieron a la memoria unos versos del poeta-letrista (pero primero poeta) Adrián Arbonizzio, en El Témpano, cuando dice algo así como: “…la gloria en zapatillas/ el florero vacío/ quién sabe si se puso a pensar/ para qué vivo/vivo para no perder/ voy hacia el fuego como la mariposa/ y no hay rima que rime con vivir/ no se paren/ no se maten/ sólo es una forma más de demorarse”.
(Sé que no es de buen gusto ilustrar la reseña de un poemario con versos de otro autor, pero me niego a destripar lo que Bonilla une con esa impaciencia calmada tan suya. Además: ¿quién dijo que yo tuviera buen gusto?)
Esa desesperación sin dramatismo es la que convence y contagia en El Forro, y es un sabor que nunca será tan amargo como para hacernos olvidar que vivir, al fin y al cabo, es más que durar. Ni tan dulce que empalague las ganas de seguir leyéndolo.
Frente a tantos arquitectos de la palabra que acaban por escoñarse cuando caen de los altísimos andamios a los que habían trepado, Gsus Bonilla edifica sus poemas con la sabiduría del buen albañil: el conoce los materiales, lo siente y los mezcla para lograr algo que perdure.
Cuando lo conocí, le gustaba llamarse a si mismo “juntaletras”, como una vacuna contra el ego. En realidad, Gsus Bonilla es un juntavidas formidable, que las va recogiendo donde las encuentra, las cura con sus versos y luego, las deja volar, sólo para ver cómo lo hacen.

Carlos Salem