jueves, 29 de noviembre de 2012

Lo de dentro y lo de fuera




He gastado media vida viendo a las mujeres por pedazos:
una clavícula (por lo general la izquierda)
una nalga una teta un pubis en sutil confluencia.
Amorosos fragmentos en los que volqué el prosaico concepto de belleza.
Suena superficial
lo sé
pero para encontrar tesoros se excava desde fuera
y yo solo veía del mapa los fragmentos.

Una vez me enamoré durante mes y medio
de la redondez de una rodilla.
Y durante un verano quise los dos párpados de una muchacha
hasta que descubrí lo que escondían.

Así viví hasta ahora
amando piezas de un puzzle femenino que me asustaba completar.
Porque una mañana cualquiera
veía desde lejos una oreja que no correspondía a esos tobillos
o unas manos que afrentaban el par de hombros tan queridos.
Por no hablar del ojo impertinente que comenzó a juzgarme
desde un oblongo ombligo.
Y ya nada era lo mismo.

A ti
en cambio te vi completa
la primera vez que te desnudaste en tres segundos.
Te vi completa como un científico
ve de un pantallazo la formula perfecta
o un escultor intuye bajo el mármol la sirena.

Y me gustó tanto y todo
que no supe si quedarme con tu vertiginoso cuello
con esos brazos de palmera
(la imposible predilección por uno de tus pechos)
las asas del balancín de tus caderas
los agujeros negros de tus ojos
tu boca besada por el vino
la rosada y perfecta rúbrica de tu coño
tu vientre partido que lleva mi lengua en dirección obligatoria
o las  interminables y queridísimas piernas.
Por no hablar del vicio de tu nuca
la invitación al pecado que grita desde tu espalda
o tu culo y su tentación respingona.
Podría seguir falange por falange
pestaña por pestaña.

Pero ante la dificultad para elegir cualquiera de tus partes
no me queda mas remedio que quererte entera.
Y eso
que hasta el momento
solo he hablado de lo de fuera.

Lo de dentro es un misterio al que me asomo a ciegas
porque cualquier clarividencia sería un insulto igual
a darte por sabida.
Y nadie sabe del todo
cómo es por dentro una pantera
nadie puede presumir de conocer el peso específico del viento
ni predecir tus arrebatos de cariño trepando la escalera
tus tormentas que nublan la mirada de los hombre del tiempo
o las ráfagas de tu deseo que despeinan los otoños
y los primaverean.


Ya no sé si este poema iba del clima
de tesoros o de rompecabezas.
De lo que estoy seguro
es de que intentaré tocarte sin mapas
todo lo de dentro
sin descuidar por supuesto
lo de afuera.

Se soma El huevo izquierdo del talento




Me cuentan que hacia mayo se publicará en Argentina EL HUEVO IZQUIERDO DEL TALENTO. Y eso ilusiona, porque después de 11 libros en español, el 12 saldrá en mi país.
También, todo indica, se publicará en España en los primeros meses del año que viene, mientras mi cómplice de comiqueo y tebeos, KIKE NARCEA, avanza con la adaptación a novela gráfica con destino Francia, que llevará un tiempo todavía, pero ya asoma, como este huevo que pensé sería mi primer texto largo en publicarse hace cinco años. No fue así, y para mejor, porque me dio un lustro para pulirlo y dejar sólo el hueso y el músculo de la historia.
No sé si es una revela o un novelato, sólo sé que quería contarla y se lo debía a mi querido Gonzalo Torrente Malvido, que fue el primer lector y el que más creía en ella, incluso antes que yo.
Cuando hace un par de años publiqué Yo lloré con Terminator 2 y hablaba, medio en serio, medio en broma de un pseudo- género llamado Cerveza-ficción, hablaba de eso.
Va sobre un tipo que ha confiado todas sus decisiones importantes a las cerillas, vive más en los bares que en su casa, tapizada de notas musicales y fotos en las que falta un rostro de mujer, y tiene un jodido imán para atraer a los majaras. De la ciudad sin mar en la que vive, desaparece gente de noche y de la noche, mientras el Poe (llamado así porque dicen que es "medio poeta", y medio cabronazo, sólo intenta no pensar en nada, que dejen de dolerle las manos, y no cruzar la delgada línea que lo separa de Lola, dueña del bar, porque sabe que cuando la cruce, no sabrá volver atrás.

Y empieza así:



1
Toda Dinamarca resoplando sobre mí



Cuando un loco parece completamente sensato, es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza. 
La frase, que me persigue de cerca como una sombra de mediodía, entra al bar detrás de mí. 
No es mía, sino del Poe original, el del El Cuervo y El Corazón delator, como si los corazones fueran algo más que bolsas de sangre, me digo. 
Yo sólo soy el Poe de los tercios de Mahou, el paciente confesor de la catedral de locos en que se ha convertido el bar de Lola. 
Y estoy harto de majaras. 
De verdad.
Lola me saluda, estudia mi cara y revisa las reservas de Four Roses.
Hoy tengo cara de Four Roses. 
Es lo bueno de pertenecer a un bar, me digo. 
Antes me daba igual cualquier bar. Pero desde hace un tiempo, no sé cuánto tiempo, me hago un lío con el tiempo, sólo vengo al bar de Lola. 
Vengo cuando me duelen las manos. Siempre me duelen las manos.
Esto es mejor que mi casa vacía de Lucy, en lo alto del viejo edificio, con las paredes tapizadas de fotos con su cara recortada y una única nota musical pintada a brochazos que se repite ya sin ritmo. Mejor que el invernadero de cristales sucios lleno de esqueletos de plantas resecas.
Mejor. 
Si.
Sí.

En el minúsculo escenario, el músico con pinta estrafalaria lustra su flauta plateada y bebe cerveza. Me siento siente en paz, por un rato. Acaso todavía tenga una oportunidad. Me gusta el silencio del bar, silencio a ritmo de jazz, que rebota blando en la madera de las paredes y marca el camino del baño cuando toca mear y dejar sitio para más bourbon o más cerveza. Es un silencio diferente al de mi casa.
— ¿Qué tal las manos? —pregunta Lola. 
Es guapa. Tiene un atractivo de mujer fuerte y sabe tratar a los clientes, medir a los listos o poner orden sin perder los nervios. Tiene clase.
—Mejor. Duelen, pero se soporta.
No puedo decirle que lo que me duele, lo que verdad me duele, es el huevo izquierdo del talento. El que me amputé hace tanto tiempo que si no fuera por el dolor de su ausencia, creería que nunca tuve. 
Las manos duelen, sí. 
Pero cuando te duele algo que tienes, sabes que todavía lo tienes. Jodido, pero está ahí. 
Lo que te falta, duele más. 
Pero Lola tiene la noche tierna, le ocurre a veces. Y entonces se preocupa por mí, equivoca el camino, se postula en silencio para cuidarme de mi mismo y me dice, con el mismo tono que nebulosos amigos del pasado me recomiendan beber menos:
—Deberías buscar un curro mejor. Tú vales más que para hacer paquetes, Poe. Mucho más.
No le respondo que se meta en sus asuntos porque hay algo en la manera de llamarme Poe que lo impide. Todo el mundo me llama así, desde hace años, desde que Haroldo se dio cuenta de que mi nombre ya no me nombraba y me puso Poe, un poco porque mis cuentos eran tenebrosos, y otro poco en broma, porque decía que yo sólo era “medio poeta”. La otra mitad, la que mandaba, solía decir Haroldo, era  la de un “jodido cabrón”.  
A veces  lo echo de menos. 
Otras veces, cuando he bebido demasiado, hablo con Haroldo y su fantasma me responde.
Quisiera decirle a Lola que he dejado lo de los paquetes. 
Pero mejor no.
Queda poca gente. Por suerte, hoy no hay majaras en el bar. 
Estoy harto de majaras. 
De verdad. 
Pero este bar pertenece a los majaras como un oasis pertenece a los sedientos. Hasta aquí procesionan, con sus mejores galas, en busca de un perdón imposible o de un dios que no los mate. El bar de Lola es la catedral de los locos de la ciudad, el punto de encuentro y de fuga, la última parada en el penúltimo delirio antes de volver a un mundo que les queda pequeño y les queda tan lejos. Los locos realizan aquí sus ritos necesarios, buscan al Poe para confesarse con un sacerdote pagano y descreído –como han de serlo todos-, no esperan penitencia ni demandan certezas de otra vida Más Allá, porque ése es el barrio en el que viven.  Lola completa la eucaristía con sus brebajes dorados, que no pueden ser, por el color, la sangre de ningún vástago divino, y entonces es mejor no preguntar qué son, beber y punto.
En cuanto a las hostias, siempre cae alguna.

Si.
Sí.

Un par de horas se pierden sin dolor. Supongo que es lunes o martes, a saber. Seguro que no es miércoles. 
Los miércoles no suelo venir, porque hay bandas que tocan y que traen a sus propios espectadores, sus familias y hasta a sus vecinos, hay entendidos que repiten en voz baja el nombre de las canciones o aportan datos innecesarios a quien los quiera escuchar. Yo no quiero. Detesto los bares repletos, porque se llenan de caras que no me suenan o me suenan demasiado. Todos se parecen cuando sacan a pasear sus miedos.  
Los miércoles hay ecologistas y hay contaminadores, incluso ecologistas contaminadores. Hay muchachas flamantes por fuera y gastadas por dentro, hay  hombres que matarían por encontrar un motivo válido para seguir viviendo. Hay poetas de los cojones, sin cojones para escribir lo que piensan y que acaban escribiendo lo de que deben. Yo fui uno de ellos, creo. Hay chavales que se matan en el gimnasio por las tardes, para sentirse matadores por las noches y terminan matándose a pajas al amanecer, con notable fortalecimiento de los bíceps. Hay genios por docena, repitiendo sobre el hombro de quién se deje el comentario inteligente de aquella revista contestataria que a la hora de pagar las colaboraciones, no sabe o no contesta. Hay parejas desparejas, parejas deshechas, parejas que se alimentan del mutuo rencor. Hay también parejas que se quieren, gloriosa estupidez que envidio cada vez que la mirada de Lola se me enreda en la nuez y la estrangula de promesas. Hay adictos a todo que no quieren nada, bellezas de neón que se aman a si mismas mientras saltan de hombre en hombre, de espejo en espejo, narices hambrientas que hacen cola frente al baño como quien embarca en un vuelo turístico. 
Hay gente. 
Demasiada gente los miércoles. 
Y aunque me jode admitirlo, los miércoles vienen muy pocos majaras de verdad. No aparecen cuando salen los aficionados. Estoy seguro de que los locos también detestan las imitaciones.
Si.
Sí.

(Luego sigue, pero eso otro día)

Marciano


Me brotan antenas
en los lugares mas insospechados
de la epidermis
y todas apuntan hacia ti.

Mi piel se torna verde sin remedio
si paso mas de cuatro días
sin cargar de energía mi tentáculo
en lo mas profundo de tu matriz.

Mi dedo numero 21
se enciende de luces
cuando señala mi casa
entre tus piernas.

Y las yemas de los otros veinte dedos
se erizan de ojos que te ven
mientras te toco cerrando los ojos
terráqueos oficiales.

Este planeta me es ajeno
y levito sonriente por la calle
mientras los nativos croan
crípticas criticas de crisis.

Antes de que vengan  a buscarme
los hombres de negro
he de admitir que soy un marciano
que solo quiere invadirte cuerpo adentro.
Que me abduces cada vez que te desnudas
y en lugar de aprender las costumbres
de este mundo y su lógica gastada
espero feliz a que caiga la tarde
para que vengas húmeda a mi nave
y ajenos a las ley de los mortales
sigamos
haciendo marcianadas

miércoles, 28 de noviembre de 2012

En tu camita


En tu camita

Lo confieso, casi sin verguenza:
mientras duermes, a kilómetros de mí,
te follo como la primera vez,
con la furia gentil que reservo a las desconocidas
que acaso no vuelvan a tropezar con mi cama.

Es casi una violación consentida,
un ansia de inundar tus entradas
y hundir las preguntas cuerpo adentro.
No pretendo el daño, pero el daño es un acierto,
ni victorias imposibles sobre tu cuerpo de batalla,
digamos que me busco en lo más hondo
esperando no encontrarme,
para que la ausencia
no duela de verdad por la mañana.

En el fondo de tu coño me encontré,
como luego me encontraría en tus ojos,
pero mientras duermes como una niña en tu camita,
juego seriamente a follarte como si no te amara,
un choque de cometas en el centro de la nada,
un cataclismo de dos nadies que se igualan.

¿A quién engaño? Incluso en el medio de tu sueño,
cuando más salvajemente te poseo,
siento la necesidad de curarte otras heridas
mientras te hiero.

La vieja contradicción de los amantes:
querer saberlo todo del sujeto del amor,
y tratarlo como a un bello objeto ajeno;
protegerte del mas ligero de los males,
y  someterte a mis instintos más bestiales;
ser al mismo tiempo la patria y el extranjero
que no deja huella para ser inolvidable.

Hacia el alba me asalta la culpa, manantial,
cuando saciada la furia se derrama la ternura.
Pero solo puedo amarte de esta forma dual:
hacer que todo empiece
para que no se acabe
la conocida novedad de descubrirte una vez más.

Mientras duermes, horadada de mí, sonríes,
y sospecho que esto que te hago y esto que quiero,
también lo quieres, también lo pides sin pedirlo,
y aunque finjas olvidarlo al despertar,
también lo sabes.

El otro


El otro


Soy un extraño que vive conmigo
y a menudo me asusta su distancia.
Enciendo cerillas para iluminar tu camino,
pero él puede apagarlas de un soplido,
dejarte a oscuras y temblando de frío.

No siempre lo controlo, no siempre quiero.

Él manda en mi soledad,
yo en las ventanas que abro
para asomarme a tí
o saltar al vacío con los brazos pegados al cuerpo.

La acera espera, armada de paciencia,
a que me rinda una vez más a su avidez de sangre en desperdicio.
Quiere mis pasos que se van, no los que vuelven,
quiere que haga lo de siempre y me mude a mi nunca.

Contigo, por motivos que conozco o imagino,
el otro está escondido.
Pero tarde o temprano saldrá, a segarme las sonrisas
con su guadaña de olvidos.

No lo llames
amor
por su cuenta aparece y me arrastra hasta un lugar
en el que nadie me puede tocar,
donde todo es humo de hojas secas y folios
con versos que se borran antes de que acabes de leerlos.

Lo que me duele no es que venga
sino avisar que viene, y que nadie me crea
hasta que es demasiado tarde.

Confieso que no quiero matarlo y que podría,
que envidio su capacidad de necesitar a nadie.
que me fascina su desapego y lo combato
abriendo el pecho al viento que me traes.

He intentado defenderte de él y de mí,
esta guerra era un asunto de familia,
pero estás dentro ya, y cuando el otro venga,
tal vez podamos enseñarle a reír de buena gana,
evitar que nos aplasten sus presagios,
seducirlo juntos y hacer con él un trío
que habite nuestra vida y nuestra cama.

O tal vez no.

Conmigo es fácil el error de creer saberlo todo,
pero él también soy yo
y con él
nunca se sabe.