miércoles, 28 de noviembre de 2012

El otro


El otro


Soy un extraño que vive conmigo
y a menudo me asusta su distancia.
Enciendo cerillas para iluminar tu camino,
pero él puede apagarlas de un soplido,
dejarte a oscuras y temblando de frío.

No siempre lo controlo, no siempre quiero.

Él manda en mi soledad,
yo en las ventanas que abro
para asomarme a tí
o saltar al vacío con los brazos pegados al cuerpo.

La acera espera, armada de paciencia,
a que me rinda una vez más a su avidez de sangre en desperdicio.
Quiere mis pasos que se van, no los que vuelven,
quiere que haga lo de siempre y me mude a mi nunca.

Contigo, por motivos que conozco o imagino,
el otro está escondido.
Pero tarde o temprano saldrá, a segarme las sonrisas
con su guadaña de olvidos.

No lo llames
amor
por su cuenta aparece y me arrastra hasta un lugar
en el que nadie me puede tocar,
donde todo es humo de hojas secas y folios
con versos que se borran antes de que acabes de leerlos.

Lo que me duele no es que venga
sino avisar que viene, y que nadie me crea
hasta que es demasiado tarde.

Confieso que no quiero matarlo y que podría,
que envidio su capacidad de necesitar a nadie.
que me fascina su desapego y lo combato
abriendo el pecho al viento que me traes.

He intentado defenderte de él y de mí,
esta guerra era un asunto de familia,
pero estás dentro ya, y cuando el otro venga,
tal vez podamos enseñarle a reír de buena gana,
evitar que nos aplasten sus presagios,
seducirlo juntos y hacer con él un trío
que habite nuestra vida y nuestra cama.

O tal vez no.

Conmigo es fácil el error de creer saberlo todo,
pero él también soy yo
y con él
nunca se sabe.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Un lunar con forma de estrella


Un lunar con forma de estrella





Estoy harto de los majaras. Se me pegan sin previo aviso y la naturalidad con que asumo sus delirios me preocupa, a veces. Cuando estoy sobrio. Me preocupa pocas veces.
Entra esa mujer y los clientes contienen el aliento. Hay bastante gente esta noche en el bar, porque tocará alguna banda de jazz con muchas ganas pero poco talento. Se sienta a mi lado. Pide un whisky y me dice:
—No pienso follar contigo. Eres un canalla.
Va a empezar.
Estoy harto de los majaras.
De verdad.
Pero ha dicho «canalla». No ha dicho mamón, maldito cabrón, jodido hijo de puta, o definición parecida. Una mujer que dice canalla frunciendo así los labios tiene algo de reina. Aunque esté loca.
Lleva un vestido rojo y el amarillo de su pelo es un sol de bote pero le sienta muy bien. La tela roja ciñe su cuerpo y no le sobra nada. El escote podría servir de escenario para la actuación de un coro de pueblo, pero dudo que nadie prestara atención a las voces ni a la melodía. Desde el otro lado de la barra, Lola me asesina con la mirada pero nunca dirá nada. Nadie es de nadie y yo soy nadie.
—Eso eres: un canalla. Y ni sueñes con llevarme al servicio y romperme las bragas y hacérmelo contra los azulejos. Ni lo sueñes —insiste ella.
—Llevo siglos sin soñar —informo—. Y sin romper bragas.
—No intentes liarme con tus trucos de poeta. He leído tu libro.
—No esperes que te felicite.
Se remueve en el taburete y el movimiento agita su cuerpo. Joder.
Necesito otra cerveza.
Busco las cerillas en el bolsillo y las arrojo sobre la barra.
Cuento.
Diez.
Diez es par.
Par es sí.
Joder.
—La sexta, Poe —contabiliza Lola mientras me alcanza mi Mahou.
—No te hagas el apático —dice la rubia—. Sé que eres un maldito canalla. Con el cuento del escritor te dedicabas a engañar jovencitas ingenuas para tirártelas.
No discuto. Hace tiempo que sospecho lo mismo, pero entonces era tan idiota que pensaba lo contrario. Hasta que empecé a caer. Aún estoy en ello.
—«Pájaros de sudor volando por los azulejos y los cuerpos» —declama con tono burlón. A mí también me suena muy cursi—. Menuda chorrada. ¿Te suena el nombre de Verónica? Tenía dieciséis años, hace unos siete…, delgada, cintura estrecha, caderas generosas, unlunar con forma de estrella en la teta izquierda…
Lo del lunar con forma de estrella sí que me suena de algo. En un tiempo me interesó la astronomía. Luego dejó de interesarme todo.
La mujer abre su bolso, espía el contenido, comprueba que todavía lleva lo que busca y sigue hablando. Por algún motivo el bolso me parece muy pesado para ser tan pequeño.
La banda se prepara y antes del primer acorde sé que atacarán con una versión de La chica de Ipanema. Atacar es el verbo adecuado.
—El taller literario. ¿Recuerdas? Verónica era sensible y tierna, llena de ideas y ganas de escribir. Y llevaba tu libro a todas partes. Su poema preferido era el de los azulejos, decía que dentro de la brutalidad de tus descripciones había mucha dulzura…
Un lunar con forma de estrella en la teta izquierda.
Diez cerillas y es un sí.
Joder.
Estoy harto de majaras.
La rubia se acerca y ya va por el tercer whisky sin soltar el bolso que pesa demasiado. Tiene un cuerpo de pecado y aunque intenta ser vulgar no puede ocultar que tiene clase. Y un pecho impresionante.
Dos.
—Verónica hizo de todo para conocerte, y en cuanto supo del taller literario, se apuntó sin dudarlo. Decía que tu decisión de hacer las reuniones en un bar era un rasgo de autenticidad. JA.
No me gusta esto. Ella se acerca más en cada frase y las cerillas han dicho sí y el bolso entreabierto es una fea promesa. Recuerdo un lunar pero no en una teta.
—Verónica hizo lo posible por destacar, por llamar tu atención. Tenía una foto tuya de una revista, ampliada y pegada sobre su cama.
—No es para tanto. Hay gente que tiene la foto de Michael Jackson.
—No juegues al cínico conmigo, Poe. ¿Así te llaman ahora, verdad? Me costó encontrarte, nadie sabía de ti y no pensé que hubieras caído tan bajo. Pero te encontré. Cuando una tiene una misión, acaba por cumplirla.
Mete la mano en el bolso pero se arrepiente. No es el momento.
Bebemos un rato en silencio. Varios moscones se acercan a ella pero los espanta con una mirada de desdén.
—Verónica estaba obsesionada por ese poema. Una guarrada más, un listo describiendo cómo un perdedor se tira a una tía en el baño de un bar. Pero ella se lo sabía de memoria y siempre lo recitaba.
Veo un desfile de baños y azulejos, estrellas que brillan en tetas izquierdas, y el humo de unos ojos que no consigo recordar. Eso fue antes de caer del todo, y desde entonces he oído varios cracs y muy pocos clics. Uno puede seguir tirando cuando oye un clic de vez en cuando. Pero cuando todo son cracs, sólo puede dejarse caer.
El local se anima y lo único que veo es la mano dentro del bolso.
Termino mi cerveza. Las cerillas pares te arruinan la vida, porque significan «sí» y contra eso no se puede hacer mucho.
—Vamos —le digo y tomo su mano.
Nos mezclamos entre la gente que sigue el ritmo con la cabeza o con sus vasos. Lola ha quedado atrás. Entramos a los servicios. El flautista loco mira su flauta extrañado. Sólo consigue tocar cuando se sienta en el váter y entonces sopla maravillas. Pero esta noche la flauta sigue muda. Me mira un momento y sale.
—Verónica… —dice ella.
La empujo sin violencia hacia una de las puertas. Busca con la mano en el bolso pequeño y pesado. La abrazo por detrás pero no se resiste. Le muerdo el cuello y gime. Mis manos caminan por su cuerpo, se meten debajo del vestido rojo, aferran sus caderas como si fueran asas de un ánfora llena de un líquido caliente y volátil. Encuentro las tiras del tanga y al sentir la presión se revuelve contra mí. Tiro hasta romperlas y la tela resbala hacia abajo. Juego con dedos en su coño y está húmedo. Mi otra mano recoge el vestido rojo, acaricia su vientre y sube hasta el pecho. También bajo los tirantes y enrollo el vestido en su cintura. No lleva sujetador. No lo necesita.
—Verónica… —dice otra vez pero se interrumpe.
Entran en el baño un par de clientes a descargar y hacer sitio para más cerveza. Hablan a tropezones pero comentan lo buena que está la rubia de la barra y que no se explican cómo pierde el tiempo con el borracho de Poe. Yo no pierdo el tiempo y busco en mi pantalón y entro. Los tíos se van y nuestros gemidos rebotan en los azulejos del baño. Ni siquiera era un buen poema, no sé por qué a todas les causa el mismo efecto. La rubia colabora, gobierna con la cara contra los azulejos, ataca y vuelve, parece no advertir que su cabeza golpea contra la pared. Todo es brumoso y ruin, todo es brillante. Sigo hasta estallar y un poco más, mientras ella se sacude. Y cuando salgo, suspira y recupera la decisión. Se vuelve con la mano dentro del bolso y ya no me importa.
—¿Por qué? —pregunta.
—¿Por qué no?
—¿Por qué ahora sí y no entonces, cuando Verónica…?
—Porque era una chiquilla tierna, porque hasta yo tengo mis principios y, seguramente, porque estaría muy borracho. Además, el baño de aquel bar donde nos reuníamos era muy cutre.
Me mira a los ojos y me sorprende que tenga unas ojeras nuevas, de sexo, y ese brillo en los ojos. Se acomoda el vestido pero antes se exhibe. En la teta izquierda tiene un bonito lunar con forma de estrella.
—Llevo tiempo buscándote —dice mientras mantiene la mano en el bolso—. Tengo algo para ti.
Cierro los ojos.
Así no vale.
Quiero verlo venir.
Los abro.
Saca un sobre que contiene un tarjetón de color sepia. Es una invitación para la boda de una tal Verónica López con un tal Orlando Sanz. Es un tarjetón caro, como la sala de fiestas donde se celebrará el ágape.
—He podido olvidarte, canalla. He conocido a un chico bueno y sensible y me caso el sábado.
—Ya.
—¿Vendrás? —pregunta.
—No lo sé. ¿Habrá buena bebida?
—La mejor y en cantidad. Yo misma me ocupé de elegir el menú y la sala. Además, tiene unos baños impresionantes.
Se arregla el vestido y se marcha, como una reina.
Fumo un cigarrillo sentado en el váter.
Estoy harto de majaras. De verdad.
Salgo al bar y eludo la mirada de Lola.
Busco la puerta de la calle y me siento en la acera.
Necesito mirar las estrellas.

( De "Yo también puedo escribir una jodida historia de amor", Ediciones Escalera)

http://www.edicionesescalera.com/libro.asp?codart=TRA011

http://www.todoebook.com/YO-TAMBIEN-PUEDO-ESCRIBIR-UNA-JODIDA-HISTORIA-DE-AMOR-CARLOS-SALEM-ED_-ESCALERA-LibroEbook-es-9788493778309.html

Escaleras sin fronteras


(Este cuento forma parte de un proyecto colectivo organizado en Francio por Le Concierge Masqueé. Se trataba de que varios autores escribieran un testo a partir de la misma situación y partiendo de la misma frase. Blancanieves yace muerta, los enanitos son sospechosos y Armand Leprince lleva la investigación)


—El asesino está entre estas paredes —acaba de decir  Armand Leprince y los siete enanos negros representan la sorpresa de acuerdo al carácter que él les conoce. 
—Esa es una acusación muy arriesgada, señor Leprince —responde sin alterarse el Sabio.
—¡Eso no me lo dice usted en la calle! —salta, indignado, el Gruñón.
—Pero, pero… —moquea, lloriqueando, el Mocoso.
—¿Usted cree que he sido yo, verdad? —se sonroja el Tímido. 
—¿Qué ha dicho, que ha dicho? —pregunta desperezándose Dormilón.
—Nada, hombre, que aquí el amigo Leprince está de broma, muy buena, Leprince, muy buena —se carcajea el Feliz.
El Mudito no dice nada. 
Leprince da un fuerte puñetazo en la mesa y se arrepiente de inmediato, ya que el golpe ha hecho vibrar los pechos de Blanca, desnuda y muerta sobre la superficie de madera. Y eso le parece un sacrilegio. La muchacha es una estatua de belleza intocable, aunque él se muere de ganas de tocarla.
—Si la hubiera matado uno de nosotros, no lo hubiéramos llamado a usted, ¿no cree? —argumenta el Sabio.
—¡Que la hallamos así, hace poco más de una hora, coño! —protesta Gruñón.
—Tal vez le he contagiado mi resfriado y por eso… —se entristece el Mocoso.
—Yo, yo no sería capaz… —argumenta el tímido.
—Yo no sé nada —dice Dormilón—, acabo de despertar de mi siesta.
—Son cosas que pasan, Leprince — resta importancia el Feliz —. La vida sigue y propongo hacer una fiesta en homenaje a Blanca.
El Mudito no dice nada.
Leprince, fuera de sí, está punto de dar otro golpe en la mesa, pero se contiene. Bastante le cuesta ya no mirar el cuerpo desnudo. Quién hubiera dicho que la recatada secretaria ocultaba tantas curvas bajo sus holgados vestidos…
—No me ha llamado ninguno de ustedes, caballeros —afirma mientras se pregunta si el el reciente exabrupto no le habrá desacomodado la peluca—. He venido porque recibí una carta: esta que ven en mi mano. De Blanca. Venía acompañada de una nota en la que aseguraba que moriría hoy y me pedía acudir a esclarecer los hechos, porque el asesino estaría en este cuarto.
Todos callan, asombrados, salvo el Mudito que lo hace por costumbre. Leprince abre el sobre y comienza a leer:
“Señor Leprince, si ha respetado usted esta última voluntad, leerá esta carta en presencia de mis siete jefes, probablemente ante mi cuerpo sin vida. Si es así, le estoy muy agradecida por ser, una vez más, todo un caballero. Querrá, sin duda, conocer el motivo de mi muerte. Pero ¿Cuándo comienza una a morir, señor Leprince? En mi caso, cuando comencé a trabajar en esa apartada mansión en medio del bosque, como secretaria de la ONG Escaleras sin Fronteras, de la que usted es uno de los mecenas. Creí que podría ayudar a mejorar la vida de miles de enanos en todo el mundo, que se ven ignorados por una sociedad que los mira, con dedén, desde arriba. Nada más lejos de la realidad. Aunque usted nunca sospechó nada, esta fundación es, en realidad, la tapadera de oscuros negocios, dirigida por pequeños desalmadso. Sabio, por ejemplo, tan ecuánime, dirige buena parte de las tramas de trabaj oescalvo infantil en el sur de Africa. Obtuvo, ignoro porqué oscuros medios, los originales de una desafortunadas películas pornógráficas que rodé en mi adolescencia, empujada por la necesidad, y que de conocerse, acabarían con la vida de mi madre. Así que tuve que callar y ceder a sus más bajos instintos, además de acostarme con algunos benefactores de la Fundación, para aflojarles, además de la entrepierna, el bolsillo. Gruñón, que de inmediato se enamoró de mí, lejos de salvarme, pemitió que eso ocurriera, tal vez ocupado en controlar la red de trata de blancas que dirige, especialzada en muchachas nórdicas de más de un metro noventa de estatura. Mocoso, siempre enfermo por  esmerarse en su papel de traficante de medicinas ilegales, también gozó de mi cuerpo sin recato, al igual que Tímido, cuando no estaba ocupado controlando sus páginas de pornografía infantil. En cuanto a Dormilón, que regenta plantaciones de haschís en varios países, pese a fumarse él mismo  buena parte de la producción, siempre halló un momento de lucidez para abusar de mí, al igual que Feliz, quien, si no se modera pronto en el consumo de cocaína, se quedará sin nada que vender  a la puerta de los colegios. 
Sólo Mudito tuvo para mí gesto de compasión, y jamás me puso una mano encima, aunque tampoco hizo nada efectivo para liberarme, acaso porque, dentro del Consejo de Adminsitración tiene voto, pero no voz. 
Y todos sabían que yo estaba al límite, y que si decidía denunciarlos acabarían en la cárcel. Varios accidentes nada accidentales me hicieron sospechar que tenía los días contados, y por eso escribo esta carta dirigida  a usted, ya que su llegada me llenó de esperanzas. Un hombre recto, tanto que mis jefes no me obligaron a seducirlo para incrementar sus donaciones. Un hombre ejemplar, tan convencido de la alta tarea que aquí se realizaba, que fue incapaz de ver la verdad aunque estaba ante sus ojos. Moriré, señor Leprince, pero no me iré sóla. La infusión que Sabio toma puntualmente cada mediodía, llevaba además, un potente veneno insípido, el mismo con que unté mi sexo antes de Gruñón entrara a mi cuarto para violarme para desquitarse de un mal amor no correspondido. Y como es habitual, vino acompañado por Tímido, que abusa de mí sin mirarme a los ojos. Y, sí,  es el mismo con el que impregné el pañuelo de Mocoso, la marihuana de Dormilón y la coca de Feliz.  A Mudito lo dejaré vivir, ya que, pese a su laconismo, estoy enamorada de él y desde que llegué a la mansión pasé cada noche mirando al techo, esperando en vano que viniera a mi cuarto para mitigar el explosivo deseo que me provoca su proximidad…”
Mudito sonríe y llora, mientrar mira a los demás con gesto triunfal.  Salta sobre la mesa y le da a la inerte Blanca un apasionado beso, mientras Leprince sigue leyendo:
“Los otros seis morirán , calculo, cuando acabe usted de leer esta carta. Y también morirá usted, señor Leprince. Por haber mirado hacia otro lado todo el tiempo, por no querer ver la realidad, temeroso acaso de que su mundo burgués se desmoronara sin remedio. La tinta que toca está impregnada de un poderoso veneno. Saqué la idea de una novela de Umberto Ecco, usted ya sabrá cual, porque será tonto, pero también es muy culto.
Como habrá deducido, me suicidé, aunque en realidad todos vosotros, salvo Mudito, de una o otra forma, me han ido matando poco a poco.  Atentamente, Blancanieves”. 
—¡Esto es ilógico! —protesta el Sabio y cae muerto.
—¡Pero qué hija de puta! —grita Gruñón y cae fulminado.
—Creo que será mi último estornudo —comenta Mocoso. Y tiene razón.
—Yo, yo, yo…—balbucea Tímido y muere sin hallar las palabras.
—Me temo que esta siesta será muy larga —bosteza dormilón y se duerme para siempre.
—Sólo espero que en infierno haya discotecas —sonríe Feliz y la palma.
Leprince, incrédulo, tiene los ojos fijos en la carta y descubre una posdata en el doblez del papel, que lee antes de caer fulmiando:
“por favor, impida que Mudito me de un beso de despedida. El veneno que tomé se concentra en lo labios. Gracias".
Mudito se separa del cuerpo y grita:
—¡Mierda!
Luego cae muerto.

Cosas que pasan ( a mí)





París, Festival París Polar después de disfrutar de la hospitalidad de mis Amigos Sebastién y Aurelia. 
Firmas, mesa redonda sobre humor y novela negra (siempre me piden que hable de humor o de sexo, es decir que me tienen por un chachondo en ambos sentidos de la palabra), y antes de cenar, ir corriendo a registrarme al hotel Jack's, en la Place d'Italie. La recepcionista simpática, casi picarona, me informa con una sonrisa que me dará la habitación de Jean Genet. Es temática, pequeña pero muy confortable. Sobre el cabecero de la cama, libros del autor y otros destacados de la literatura francesa. Libros antiguos que le encantarían a una que yo me sé. Tentación de llevarme uno, que resisto. Y duermo convencido de que tanto talento sobre mi calva me inspirará a tope. Me despierto lleno de ideas, desayuno y salgo a fumar. Tras un rato, levanto la mirada y sobre el muro, una placa me informa: 
"El escritor francés Jean Genet falleció en este hotel el 15 de abril de 1986"

Esa noche tardé bastante en dormirme. Casi demasiado,

lunes, 5 de noviembre de 2012

Una historia de amor pornográfico





—Cuéntame una historia de Marta —dijiste después de encender el cigarrillo—.Cuéntame una historia si pretendes volver a follarme. Una historia de amor pornográfico .
Te miré suponiendo una broma. No conocía tu sentido del humor, ni el nombre de tu flor preferida, ni lo que soñabas de pequeña cuando las luces se apagaban. Casi no sabía nada de ti, pero tenía el sabor de tu coño en mi boca, y el sudor que cubría mi piel te pertenecía al cincuenta por ciento. Ignoraba la fecha de tu cumpleaños y aún no había llegado a hablarte de la bicicleta roja que quise tener y no tuve para pedalear hasta el fin del mundo. No conocías  el nombre de pila de los cuatro amigos que  tengo olvidados por el mundo, ni el sueño del perro negro que todavía me sobresalta algunas noches, pero me habías tenido en tu coño y en tu boca, me habías mordido y chupado la polla, la habías bautizado de tu saliva en comunión con mi semen, y cuando acabé de sacudirme en espasmos  felices, te había visto arrodillada en la cama, con las manos juntas a los lados de la polla menguante, como al final de una oración. Y tenías cara de fe, en ese momento, aunque no conocías mi segundo apellido ni el motivo por el que jamás lavo mi coche.
Pensé que era curioso, pero lógico. Nos habíamos dado lo más recóndito en apariencia, pero acaso sólo fuera carne y nada más.
—Y tiene que ser una historia  real, no importa que te ocurriera a ti o te la contara Marta, pero que sea real —agregaste. Y repetiste: —Una historia de amor pornográfico.
—Querrás decir pornográfica. La historia de amor, digo…
—No. Quiero decir pornográfico. El amor.
Te miré otra vez, sudada también, con el rubor de las mejillas imitando el de los labios cansados de chupar, el del coño aún abierto y en retirada. No hablabas en broma.
—¿No lo entiendes, verdad? Todo esto estuvo bien, muy bien. Pero quiero algo más. A mí no me tendrás con poemas y frases bonitas, a mí me tendrás con historias de amor pornográfico. Como a Marta. No voy a ser menos.
Estuve a punto de preguntarte cuál era la diferencia entre los poemas y la pornografía, si para ambos hay que desnudarse  o conservar sólo los adornos excitantes. Pero era una forma torpe de evitar hablar de Marta. Una vez más maldije ese libro, entre tantos otros que hablaban de los demás. Pero no, yo había tenido que vengarme de Marta, que rescatar a Marta, que publicar a Marta para que todos supieran como era cada rincón de Marta.  Es como si hubiera hecho que todo el mundo se estuviera follando a Marta  al leer esa novela, pensé. Y pensé también que eso, a Marta, le hubiera gustado.
Para reforzar tu propuesta giraste el cuerpo con pereza, exhibiendo tus caderas y  erguiste el culo, gata en celo.
—Sólo si me cuentas una buena historia —dijiste—. Quiero una historia por cada polvo, seré tu puta  literaria y pornográfica, mis servicios son caros y no fío, así que dile a esa cosa que no empiece a cabecear de ese modo, que sin historia, no hay polvo.
Recogí el reto:
—Lo haremos a mi manera. Te mandaré una historia por e-mail la noche previa a cada encuentro.  Y al día siguiente, la pondremos en escena, por bestia que sea.
Me miraste pensativa y celebré  una claudicación previsible.
—Vale —dijiste— Pero sólo si la historia me gusta.
Cerramos el trato y abriste las piernas.  
Habías caído en la trampa.
Y yo también.

***

Volvimos a encontrarnos y era jueves. Más  tarde, tuviste la delicadeza de no hacer referencia a Cortázar, aunque me consta que habías leído el cuento. Y por lo tanto, el azar de la cita en un vagón de metro, entre  Atocha  y  Tribunal, era un riesgo calculado.  Cinco estaciones y  no sabía a ciencia cierta cuántos vagones lleva cada  tren. Pero sí sabíamos la hora aproximada, porque todo tenía que ocurrir como en el relato que te había mandado la noche anterior.
Te vi al salir de Sol, pero pensé que acaso habías subido antes, para observarme. O porque te lo estabas pensado. Había  mucha gente gastada subiendo y bajando del metro, pero en Sol el tren se descarga para recoger nuevos despojos a partir de Gran Vía. Madrid, arriba, sería un nudo de  calores enroscados en ropas coloridas. Abajo, todo era blanquecino. Hasta tu vestido que se pegaba a la piel mientras fingías no mirarme, no conocerme, sólo leer  tu libro de pie entre la multitud de viajeros a ninguna parte.  Le dejé mi asiento a una vieja que celebró mi caballerosidad sin saber que lo hacía para verte mejor en acción. Ya habías empezado. Tu radar, como supuse, funcionaba a la perfección y la víctima elegida era ideal. Un hombre en la mitad equivocada de los  treinta y en una vida equivocada. El traje y la corbata mentían, y mentían mal una prosperidad repetida en uniforme de oficina, porque la chaqueta tenía ya la forma inconsciente de las ropas  de trabajo, tantas horas al día durante tantos días a la semana, y el viernes por la noche a colgar en la percha  para perder horas perdidas hasta el lunes.
Te había visto. Era imposible no verte aunque el vagón, y no te ofendas, contenía unas cuantas chicas desvestidas de verano y con durezas empujando faldas leves. Pero tu vestido blanco, el largo ideal pese a que en mi relato sólo lo había sugerido, la transparencia justa y delatora enmarcando pezones, el tanga -en eso yo  había  insistido mucho- breve pero negro porque los tíos nos fijamos en esas cosas, y aunque  tú disentías para  ir más lejos y me llamaste a medianoche para decir que “mejor sin bragas”,  yo me mostré inflexible: un tanga enano nos pone todavía más tontos, porque se  marca y está, dejando al aire de la mirada las curvas del culo (coincido  y te lo dije, con Vázquez  Montalbán  –creo que era él- en que sería más adecuado hablar de  “los culos”, pero esas sutilezas no cabían en el relato); el tanga sólo eran las tiras negras remontando caderas y la insinuación del triángulo oscuro  muy arriba, el tanga lo había visto el tipo del traje todo el tiempo aunque se concentrara en un periódico deportivo ya ajado, mientras tú, leyendo, te acercabas lo suficiente para que él supiera que estabas más cerca, a una polla de distancia y luego un poco menos, sin rozar pero a punto, y él, más por reflejo  social  que por  decisión, trataba de retirarse un poco pero no podía, la masa de gente era compacta hacia las puertas, siempre se amontonan en las puertas para creer que pueden bajar en la próxima, aunque  vayan hasta el final de la línea.
No sé si él anhelaba o temía la curva, pero los tres sabíamos que llegaría. La duda era en qué sentido nos empujaría a todos contra todos, si te haría caer, los dos culos  partidos por el tanga en mitades perfectas hacia su polla que ya empujaba bajo el pantalón del traje, o  lo lanzaría sobre  ti para un encaje perfecto. Admiré tu precisión al situarte, mientras leías con una inocencia  absorta  el libro cuya cubierta  anunciaba una historia aburrida de saga familiar y romances truncados.
La curva. A favor de tu cuerpo, o del suyo, casi pude sentir un clac de encaje cuando tus culos buscaron y hallaron su polla vertical, era de los ilusos que carga hacia arriba para controlar erecciones inesperadas, sin percatarse de que la polla, como el agua, busca un cauce, y si la llevas a un costado, el que sea más cómodo, puede que te de algún susto, pero  jamás ese encierro que se traduce en  rigidez  erguida. Eres alta, no lo había notado porque dos días antes, desnuda, me pareciste pequeña y sinuosa, pero eres alta. Y el detalle de los tacones estuvo bien. Había olvidado poner algo de tacones en el relato de mi historia con Marta que repetíamos esa tarde. Tu estatura, los tacones, y la astucia que te hizo apoyarte en las puntas de los pies y elevar un poco el culo mientras caías hacia él, hacia un encaje milimétrico entre la hendidura de tus culos y su polla vertical. Te admiré, porque no podías saber hacia dónde cargaba el tipo. ¿O sí? Marta siempre sabía.  Y también admiré la naturalidad con que, en lugar de volver a la posición  inicial, aprovechabas su confusión para retroceder medio paso y quedar pegada, siempre leyendo, las gafas no te quitaban morbo, lo multiplicaban, te imaginé desnuda y con las gafas puestas, con mi polla en tu boca mientras leías en sus venas a medida que iba entrando entre tus labios. Ignoro qué imaginó el tipo, pero pasó de la sorpresa al desconcierto. Y se pasó de parada. Lo supe por la forma de mirar el cartel, las dudas sobre la actitud a tomar, y porque miró el reloj en su muñeca, colgando de la barra, y decidió que ese culo bien valía hacer el trayecto de regreso más tarde. A menos que decidiera seguirte.  
Ya íbamos por  Iglesia y el personal había cambiado. Me pregunté si te hubieras atrevido con alguno de esos hombres oscuros que hablaban entre sí en lenguas desconocidas. Supuse que sí. De hecho, uno de ellos te señaló con la nariz para indicar a un compañero lo que ocurría. Apenas te movías y para cualquiera que no prestara atención, el movimiento era resultado de la inercia del vagón. Pero era tan evidente que entre el oficinista y tú no había la menor relación, que la cercanía de los cuerpos los alertó.  Desde mi posición, ahora  a un costado de él y mirando tu nuca, podía ver tus pies empujando tus nalgas con ritmo lento, apenas lo necesario para que el tipo supiera que te frotabas contra su polla a voluntad. Pero al mismo tiempo le parecía tan imposible, pasabas páginas y leías con atención, perdida en la lectura. ¿Qué podía hacer? Esperar. Los morenos se bajaron en Cuatro Caminos  y pensé que tus esfuerzos serían en vano pese a la perfección de la puesta en escena. El rostro de él mostraba congestión, los ojos enrojecidos miraban hacia los lados, intentado decidir. Tu cuerpo apretaba más y la fricción era todo lo firme que permitía la posición, pero tal vez se asustara y bajara antes.  Me pregunté cuántas veces habrías leído el relato, y si habías calculado las posibilidades y las alternativas. Nunca te lo pregunté después, porque cuando el tren salió de Estrecho cambiaste el libro de mano y lo hiciste. Bajaste la otra con aire casual y pude verla, porque por casualidad o en mi beneficio escogiste hacerlo del lado en que yo estaba.  La mano basculó muerta, despegó el vestido  de tu  espalda  y casi pude oír gemir al tipo cuando tu cuerpo se separó del suyo unos centímetros.  Tu mano volvió a bajar pero ya no apareció en el costado, porque se había quedado sobre la polla del oficinista,  la palma estirada  a lo largo, los dedos rozando la base a través del pantalón mientras apretabas y frotabas con un compás desmentido por  tus ojos  sobre las páginas del libro. Subí mi mirada hasta su cara, del miedo a la duda, y de la duda al abandono, intermitente, porque varias veces abrió la boca, supongo que pensó  en decirte algo, en proponerte  al oído bajar juntos en la próxima o algo así, pero ¿cómo estar seguro de que no empezarías a gritar y el escándalo, el oprobio y las explicaciones que nadie creería? En Tetuán ya había  renunciado  a  pensar, por esa urgencia del placer que a los hombres nos impide disfrutar de algún poder sobre vosotras, ese punto sin retorno en el que no nos importaría morir a cambio del momento. Tu mano seguía sin piedad pero a él la realidad le pegaba por momentos, una voz mecánica cantó sin ganas el nombre de la próxima estación y  entonces pude ver la excitación en tus fosas nasales, la boca apenas entreabierta y giraste la cabeza y me miraste  mientras redoblabas empeños con la mano en su polla y al entrar en Plaza de Castilla el oficinista del traje color gris claro se corrió contra tu mano  y suspiró como si fuera la última vez.
Le tuve envidia. Pero  no sólo por tu regalo, que al bajar  cubriéndose con el periódico lamentaría después por la mancha oscura y extensa en el pantalón. Estoy seguro de que pensó en abordarte. Pero entre la preocupación por la mancha y la sensación de vulnerabilidad que nos asalta cuando acabamos de corrernos, dudó. Te siguió a unos pasos de distancia, en tu andar por la estación superpoblada, sacudió la cabeza extrañado cuando comprendió que no salías a la superficie como todos los pasajeros de ese tren, que en realidad dabas un rodeo para ir en busca del andén de retorno. Lo vi pensar un instante, jugar con la idea  de subir detrás  de ti, y hasta  mirar hacia su polla como consultándole qué hacer. Pero al final optó por buscar la calle y supongo que un taxi para volver a su destino.
Eso me distrajo y casi pierdo el tren. Alcancé a entrar en el vagón cuando las puertas comenzaban a cerrarse y pensé que sería demasiada casualidad que fuera tu vagón. Era tu vagón y ya preparabas el viaje de retorno, leyendo inocente tu libro cerca de  un cuarentón con gafas de concha que leía un diario económico. Sonreí. Sabía que no podría concentrarse en la fluctuación del mercado bursátil.

***


Era de noche cuando salimos a la superficie y fuimos andando hasta mi casa. Parecías cansada  pero la excitación  te hacía caminar de prisa.
—Eres un cabrón —dijiste—. Un cabrón inflexible.
—Un trato es un trato.
—Ya, no sé cómo te las has apañado, pero lo que empezó como una prueba para ti, resulta que ahora es una prueba para mí. Menudo esclavo estás hecho…
—¿Quieres anular el trato?
—Quiero que me folles. 
Estabas excitada. Muy excitada.
—¿Cuántos han  sido? —preguntaste.
—Contando el viejo, diez
Reíste y tu risa me  provocó una erección más grande que los juegos anteriores.
—Al viejo no lo cuentes. No se llegó a empalmar.
—Pero vaya lío que montó. Creí que  tendrías problemas.
—¿A quién le va a creer la gente, a una chica inocente y con gafas, o a un viejo verde con la bragueta abierta?
Volviste  a reír  y por suerte ya estábamos en mi portal. Alcanzamos a encontrar el ascensor, y mientras subía comprobé que todos esos “viajes” te habían dejado empapada. El dedo resbaló hasta la base mientras tu mano habilidosa me buscaba y me hallaba. Y así salimos del aparato,  con mi mano bajo tu falda  abriéndote el coño desde atrás y mi polla en tu mano, como una empuñadura. Ignoro qué hubiera hecho si había vecinas fuera.  La llave halló el hueco de la cerradura y también estaría húmeda, porque se deslizó hasta el fondo. Abrí la puerta con la mano libre y cuando quise recuperar la llave, te agachaste  y comenzaste a comerme con hambre atrasada. Lo querías así. Lo querías ahí, en la puerta  abierta de mi piso y de cualquier  modo no tengo muy buena reputación en el bloque.  Fui lanzando zapatos, camisa y pantalón hacia dentro. Te detuviste para imitarme, aunque podría jurar que te quitaste la ropa sin sacarme de tus labios.  Cuando hiciste el gesto de quitarte las gafas, dije:
— Déjatelas  puestas.
—Vicioso —dijiste en una pausa para respirar.
El ascensor  pasaba de largo, a  tres metros de nosotros.
—Házmelo aquí —dijiste poniéndote a cuatro patas, el culo apuntando hacia  la mirilla de mis vecinos.
Me arrodillé detrás, sintiendo el fresco contacto de las cerámicas del suelo contra la polla cuando me estiré y metí la lengua en tu coño. Gemiste y te sacudías como si fueras a correrte. Jugué con la lengua en tu culo y algunos de mis dedos se perdieron  en tu coño y pensé que para siempre. Alguien dijo algo sobre el calor en la planta baja y la frase vacía, ligera, subió por el hueco de la escalera.  Hundí la lengua en tu culo y decidí que podía perder más dedos porque tu sexo estaba abierto y quemaba.  
Te levanté por las caderas y creo que perdiste en parte el equilibrio y tu cabeza golpeó con algo, no sé si fue la puerta o el suelo. La mente nunca descansa y pensé que sería irónico que murieras así, de un golpe tonto y a punto de ser follada en la puerta de un piso de un respetable edificio de  Madrid. Pero no estabas muerta. O si lo estabas, resucitaste cuando  me apoyé en la entrada encharcada y empujé con fuerza hacia dentro mientras tiré de  tu cuerpo  con violencia hacia mí. Gritaste y la conversación abajo  se interrumpió de silencio.  Me quedé ahí, muy dentro, pensando en el metro, y en todos los hombres a los que habías hecho correrse esa tarde, pensando los ilusos que lo hacías para ellos cuando lo hacías para mí. También pensé en tu absurda fijación con  ser como Marta, y sólo pude rogar a un dios impúdico que no fueras Marta, que no tuvieras el final de Marta.
La conversación abajo prosiguió y te tapé la boca  y salí y volví a entrar con más fuerza, hasta tocar fondo y chocar con algo en tu interior y levanté el cuerpo, te levantaba el cuerpo ensartada en mí y me moví pegado a tu culo y te sentí sacudirte mientras detrás de la mano tu boca decía así, así así, así como en el metro, así mi amor y te dije que yo no era tu amor, que  aquello era carne y nada más y volvía salir y a entrar buscando el estallido que acompañara el tuyo sin pensar en el ascensor que subía y subía y yo entraba y salía y el metro se movía como una polla de metal dentro de tu coño túnel para llevarme a otro lugar más lejos mejor más adentro y gritaste otra vez y grité y qué mierda me importaba la humedad y los gamberros que preocupaban  a la vecina anónima que calló al instante mientras arriba dentro y fuera no dejaba de volcarme y de volcarte mientras gemías. El ascensor se detuvo con su luz huraña y yo alcancé a empujarte dentro y cerrar la puerta sin salir de ti, respirando por tu coño agitado mientras alguien salía al pasillo, comentaba algo opaco y volvía a bajar.
Mucho después seguíamos allí, pegados. Y me lo preguntaste:
—¿Qué hubiera pasado si no  lo conseguía?
—Que no te hubiera follado — dije besando tu  oreja.
—Pero lo conseguí —dijiste orgullosa.
Tenías razón. 
Lo habías conseguido. Porque el requisito del relato, la condición insalvable no era sólo que hicieras correrse a un tío en pleno metro, a la vista de todos y sin mediar palabras o miradas. 
La condición era que antes de bajar o después, pero en todo caso antes de salir de la estación, uno de ellos lo hiciera.
Y lo hizo el último. 
Titubeó al verte bajar en  Pacífico. 
Pero el impulso pudo más que la vergüenza y te siguió hasta la cola de la escalera mecánica, conmigo pisándole los  talones. 
Y olvidando el pudor y hasta la mancha de su pantalón,  mientras  esperaba para subir, se acercó y te dijo, con voz tan nítida que pude oírlo:
—Gracias.
Que fue lo que yo le dije a Marta aquella primera tarde, cuando nos conocimos en esa misma línea de metro, un jueves al anochecer, después de que ella, sin haberme visto antes en su vida, hiciera conmigo lo mismo que tú acababas de hacer a diez desconocidos. Aquella tarde en todo empezó y yo no sabía que entraba en una locura deliciosa y trágica, porque pensaba que  aquello era carne.
Y nada más.

( De Yo lloré con Terminator 2 (Relatos de Cerveza-Ficción. Ediciones escalera)