lunes, 5 de noviembre de 2012

Una historia de amor pornográfico





—Cuéntame una historia de Marta —dijiste después de encender el cigarrillo—.Cuéntame una historia si pretendes volver a follarme. Una historia de amor pornográfico .
Te miré suponiendo una broma. No conocía tu sentido del humor, ni el nombre de tu flor preferida, ni lo que soñabas de pequeña cuando las luces se apagaban. Casi no sabía nada de ti, pero tenía el sabor de tu coño en mi boca, y el sudor que cubría mi piel te pertenecía al cincuenta por ciento. Ignoraba la fecha de tu cumpleaños y aún no había llegado a hablarte de la bicicleta roja que quise tener y no tuve para pedalear hasta el fin del mundo. No conocías  el nombre de pila de los cuatro amigos que  tengo olvidados por el mundo, ni el sueño del perro negro que todavía me sobresalta algunas noches, pero me habías tenido en tu coño y en tu boca, me habías mordido y chupado la polla, la habías bautizado de tu saliva en comunión con mi semen, y cuando acabé de sacudirme en espasmos  felices, te había visto arrodillada en la cama, con las manos juntas a los lados de la polla menguante, como al final de una oración. Y tenías cara de fe, en ese momento, aunque no conocías mi segundo apellido ni el motivo por el que jamás lavo mi coche.
Pensé que era curioso, pero lógico. Nos habíamos dado lo más recóndito en apariencia, pero acaso sólo fuera carne y nada más.
—Y tiene que ser una historia  real, no importa que te ocurriera a ti o te la contara Marta, pero que sea real —agregaste. Y repetiste: —Una historia de amor pornográfico.
—Querrás decir pornográfica. La historia de amor, digo…
—No. Quiero decir pornográfico. El amor.
Te miré otra vez, sudada también, con el rubor de las mejillas imitando el de los labios cansados de chupar, el del coño aún abierto y en retirada. No hablabas en broma.
—¿No lo entiendes, verdad? Todo esto estuvo bien, muy bien. Pero quiero algo más. A mí no me tendrás con poemas y frases bonitas, a mí me tendrás con historias de amor pornográfico. Como a Marta. No voy a ser menos.
Estuve a punto de preguntarte cuál era la diferencia entre los poemas y la pornografía, si para ambos hay que desnudarse  o conservar sólo los adornos excitantes. Pero era una forma torpe de evitar hablar de Marta. Una vez más maldije ese libro, entre tantos otros que hablaban de los demás. Pero no, yo había tenido que vengarme de Marta, que rescatar a Marta, que publicar a Marta para que todos supieran como era cada rincón de Marta.  Es como si hubiera hecho que todo el mundo se estuviera follando a Marta  al leer esa novela, pensé. Y pensé también que eso, a Marta, le hubiera gustado.
Para reforzar tu propuesta giraste el cuerpo con pereza, exhibiendo tus caderas y  erguiste el culo, gata en celo.
—Sólo si me cuentas una buena historia —dijiste—. Quiero una historia por cada polvo, seré tu puta  literaria y pornográfica, mis servicios son caros y no fío, así que dile a esa cosa que no empiece a cabecear de ese modo, que sin historia, no hay polvo.
Recogí el reto:
—Lo haremos a mi manera. Te mandaré una historia por e-mail la noche previa a cada encuentro.  Y al día siguiente, la pondremos en escena, por bestia que sea.
Me miraste pensativa y celebré  una claudicación previsible.
—Vale —dijiste— Pero sólo si la historia me gusta.
Cerramos el trato y abriste las piernas.  
Habías caído en la trampa.
Y yo también.

***

Volvimos a encontrarnos y era jueves. Más  tarde, tuviste la delicadeza de no hacer referencia a Cortázar, aunque me consta que habías leído el cuento. Y por lo tanto, el azar de la cita en un vagón de metro, entre  Atocha  y  Tribunal, era un riesgo calculado.  Cinco estaciones y  no sabía a ciencia cierta cuántos vagones lleva cada  tren. Pero sí sabíamos la hora aproximada, porque todo tenía que ocurrir como en el relato que te había mandado la noche anterior.
Te vi al salir de Sol, pero pensé que acaso habías subido antes, para observarme. O porque te lo estabas pensado. Había  mucha gente gastada subiendo y bajando del metro, pero en Sol el tren se descarga para recoger nuevos despojos a partir de Gran Vía. Madrid, arriba, sería un nudo de  calores enroscados en ropas coloridas. Abajo, todo era blanquecino. Hasta tu vestido que se pegaba a la piel mientras fingías no mirarme, no conocerme, sólo leer  tu libro de pie entre la multitud de viajeros a ninguna parte.  Le dejé mi asiento a una vieja que celebró mi caballerosidad sin saber que lo hacía para verte mejor en acción. Ya habías empezado. Tu radar, como supuse, funcionaba a la perfección y la víctima elegida era ideal. Un hombre en la mitad equivocada de los  treinta y en una vida equivocada. El traje y la corbata mentían, y mentían mal una prosperidad repetida en uniforme de oficina, porque la chaqueta tenía ya la forma inconsciente de las ropas  de trabajo, tantas horas al día durante tantos días a la semana, y el viernes por la noche a colgar en la percha  para perder horas perdidas hasta el lunes.
Te había visto. Era imposible no verte aunque el vagón, y no te ofendas, contenía unas cuantas chicas desvestidas de verano y con durezas empujando faldas leves. Pero tu vestido blanco, el largo ideal pese a que en mi relato sólo lo había sugerido, la transparencia justa y delatora enmarcando pezones, el tanga -en eso yo  había  insistido mucho- breve pero negro porque los tíos nos fijamos en esas cosas, y aunque  tú disentías para  ir más lejos y me llamaste a medianoche para decir que “mejor sin bragas”,  yo me mostré inflexible: un tanga enano nos pone todavía más tontos, porque se  marca y está, dejando al aire de la mirada las curvas del culo (coincido  y te lo dije, con Vázquez  Montalbán  –creo que era él- en que sería más adecuado hablar de  “los culos”, pero esas sutilezas no cabían en el relato); el tanga sólo eran las tiras negras remontando caderas y la insinuación del triángulo oscuro  muy arriba, el tanga lo había visto el tipo del traje todo el tiempo aunque se concentrara en un periódico deportivo ya ajado, mientras tú, leyendo, te acercabas lo suficiente para que él supiera que estabas más cerca, a una polla de distancia y luego un poco menos, sin rozar pero a punto, y él, más por reflejo  social  que por  decisión, trataba de retirarse un poco pero no podía, la masa de gente era compacta hacia las puertas, siempre se amontonan en las puertas para creer que pueden bajar en la próxima, aunque  vayan hasta el final de la línea.
No sé si él anhelaba o temía la curva, pero los tres sabíamos que llegaría. La duda era en qué sentido nos empujaría a todos contra todos, si te haría caer, los dos culos  partidos por el tanga en mitades perfectas hacia su polla que ya empujaba bajo el pantalón del traje, o  lo lanzaría sobre  ti para un encaje perfecto. Admiré tu precisión al situarte, mientras leías con una inocencia  absorta  el libro cuya cubierta  anunciaba una historia aburrida de saga familiar y romances truncados.
La curva. A favor de tu cuerpo, o del suyo, casi pude sentir un clac de encaje cuando tus culos buscaron y hallaron su polla vertical, era de los ilusos que carga hacia arriba para controlar erecciones inesperadas, sin percatarse de que la polla, como el agua, busca un cauce, y si la llevas a un costado, el que sea más cómodo, puede que te de algún susto, pero  jamás ese encierro que se traduce en  rigidez  erguida. Eres alta, no lo había notado porque dos días antes, desnuda, me pareciste pequeña y sinuosa, pero eres alta. Y el detalle de los tacones estuvo bien. Había olvidado poner algo de tacones en el relato de mi historia con Marta que repetíamos esa tarde. Tu estatura, los tacones, y la astucia que te hizo apoyarte en las puntas de los pies y elevar un poco el culo mientras caías hacia él, hacia un encaje milimétrico entre la hendidura de tus culos y su polla vertical. Te admiré, porque no podías saber hacia dónde cargaba el tipo. ¿O sí? Marta siempre sabía.  Y también admiré la naturalidad con que, en lugar de volver a la posición  inicial, aprovechabas su confusión para retroceder medio paso y quedar pegada, siempre leyendo, las gafas no te quitaban morbo, lo multiplicaban, te imaginé desnuda y con las gafas puestas, con mi polla en tu boca mientras leías en sus venas a medida que iba entrando entre tus labios. Ignoro qué imaginó el tipo, pero pasó de la sorpresa al desconcierto. Y se pasó de parada. Lo supe por la forma de mirar el cartel, las dudas sobre la actitud a tomar, y porque miró el reloj en su muñeca, colgando de la barra, y decidió que ese culo bien valía hacer el trayecto de regreso más tarde. A menos que decidiera seguirte.  
Ya íbamos por  Iglesia y el personal había cambiado. Me pregunté si te hubieras atrevido con alguno de esos hombres oscuros que hablaban entre sí en lenguas desconocidas. Supuse que sí. De hecho, uno de ellos te señaló con la nariz para indicar a un compañero lo que ocurría. Apenas te movías y para cualquiera que no prestara atención, el movimiento era resultado de la inercia del vagón. Pero era tan evidente que entre el oficinista y tú no había la menor relación, que la cercanía de los cuerpos los alertó.  Desde mi posición, ahora  a un costado de él y mirando tu nuca, podía ver tus pies empujando tus nalgas con ritmo lento, apenas lo necesario para que el tipo supiera que te frotabas contra su polla a voluntad. Pero al mismo tiempo le parecía tan imposible, pasabas páginas y leías con atención, perdida en la lectura. ¿Qué podía hacer? Esperar. Los morenos se bajaron en Cuatro Caminos  y pensé que tus esfuerzos serían en vano pese a la perfección de la puesta en escena. El rostro de él mostraba congestión, los ojos enrojecidos miraban hacia los lados, intentado decidir. Tu cuerpo apretaba más y la fricción era todo lo firme que permitía la posición, pero tal vez se asustara y bajara antes.  Me pregunté cuántas veces habrías leído el relato, y si habías calculado las posibilidades y las alternativas. Nunca te lo pregunté después, porque cuando el tren salió de Estrecho cambiaste el libro de mano y lo hiciste. Bajaste la otra con aire casual y pude verla, porque por casualidad o en mi beneficio escogiste hacerlo del lado en que yo estaba.  La mano basculó muerta, despegó el vestido  de tu  espalda  y casi pude oír gemir al tipo cuando tu cuerpo se separó del suyo unos centímetros.  Tu mano volvió a bajar pero ya no apareció en el costado, porque se había quedado sobre la polla del oficinista,  la palma estirada  a lo largo, los dedos rozando la base a través del pantalón mientras apretabas y frotabas con un compás desmentido por  tus ojos  sobre las páginas del libro. Subí mi mirada hasta su cara, del miedo a la duda, y de la duda al abandono, intermitente, porque varias veces abrió la boca, supongo que pensó  en decirte algo, en proponerte  al oído bajar juntos en la próxima o algo así, pero ¿cómo estar seguro de que no empezarías a gritar y el escándalo, el oprobio y las explicaciones que nadie creería? En Tetuán ya había  renunciado  a  pensar, por esa urgencia del placer que a los hombres nos impide disfrutar de algún poder sobre vosotras, ese punto sin retorno en el que no nos importaría morir a cambio del momento. Tu mano seguía sin piedad pero a él la realidad le pegaba por momentos, una voz mecánica cantó sin ganas el nombre de la próxima estación y  entonces pude ver la excitación en tus fosas nasales, la boca apenas entreabierta y giraste la cabeza y me miraste  mientras redoblabas empeños con la mano en su polla y al entrar en Plaza de Castilla el oficinista del traje color gris claro se corrió contra tu mano  y suspiró como si fuera la última vez.
Le tuve envidia. Pero  no sólo por tu regalo, que al bajar  cubriéndose con el periódico lamentaría después por la mancha oscura y extensa en el pantalón. Estoy seguro de que pensó en abordarte. Pero entre la preocupación por la mancha y la sensación de vulnerabilidad que nos asalta cuando acabamos de corrernos, dudó. Te siguió a unos pasos de distancia, en tu andar por la estación superpoblada, sacudió la cabeza extrañado cuando comprendió que no salías a la superficie como todos los pasajeros de ese tren, que en realidad dabas un rodeo para ir en busca del andén de retorno. Lo vi pensar un instante, jugar con la idea  de subir detrás  de ti, y hasta  mirar hacia su polla como consultándole qué hacer. Pero al final optó por buscar la calle y supongo que un taxi para volver a su destino.
Eso me distrajo y casi pierdo el tren. Alcancé a entrar en el vagón cuando las puertas comenzaban a cerrarse y pensé que sería demasiada casualidad que fuera tu vagón. Era tu vagón y ya preparabas el viaje de retorno, leyendo inocente tu libro cerca de  un cuarentón con gafas de concha que leía un diario económico. Sonreí. Sabía que no podría concentrarse en la fluctuación del mercado bursátil.

***


Era de noche cuando salimos a la superficie y fuimos andando hasta mi casa. Parecías cansada  pero la excitación  te hacía caminar de prisa.
—Eres un cabrón —dijiste—. Un cabrón inflexible.
—Un trato es un trato.
—Ya, no sé cómo te las has apañado, pero lo que empezó como una prueba para ti, resulta que ahora es una prueba para mí. Menudo esclavo estás hecho…
—¿Quieres anular el trato?
—Quiero que me folles. 
Estabas excitada. Muy excitada.
—¿Cuántos han  sido? —preguntaste.
—Contando el viejo, diez
Reíste y tu risa me  provocó una erección más grande que los juegos anteriores.
—Al viejo no lo cuentes. No se llegó a empalmar.
—Pero vaya lío que montó. Creí que  tendrías problemas.
—¿A quién le va a creer la gente, a una chica inocente y con gafas, o a un viejo verde con la bragueta abierta?
Volviste  a reír  y por suerte ya estábamos en mi portal. Alcanzamos a encontrar el ascensor, y mientras subía comprobé que todos esos “viajes” te habían dejado empapada. El dedo resbaló hasta la base mientras tu mano habilidosa me buscaba y me hallaba. Y así salimos del aparato,  con mi mano bajo tu falda  abriéndote el coño desde atrás y mi polla en tu mano, como una empuñadura. Ignoro qué hubiera hecho si había vecinas fuera.  La llave halló el hueco de la cerradura y también estaría húmeda, porque se deslizó hasta el fondo. Abrí la puerta con la mano libre y cuando quise recuperar la llave, te agachaste  y comenzaste a comerme con hambre atrasada. Lo querías así. Lo querías ahí, en la puerta  abierta de mi piso y de cualquier  modo no tengo muy buena reputación en el bloque.  Fui lanzando zapatos, camisa y pantalón hacia dentro. Te detuviste para imitarme, aunque podría jurar que te quitaste la ropa sin sacarme de tus labios.  Cuando hiciste el gesto de quitarte las gafas, dije:
— Déjatelas  puestas.
—Vicioso —dijiste en una pausa para respirar.
El ascensor  pasaba de largo, a  tres metros de nosotros.
—Házmelo aquí —dijiste poniéndote a cuatro patas, el culo apuntando hacia  la mirilla de mis vecinos.
Me arrodillé detrás, sintiendo el fresco contacto de las cerámicas del suelo contra la polla cuando me estiré y metí la lengua en tu coño. Gemiste y te sacudías como si fueras a correrte. Jugué con la lengua en tu culo y algunos de mis dedos se perdieron  en tu coño y pensé que para siempre. Alguien dijo algo sobre el calor en la planta baja y la frase vacía, ligera, subió por el hueco de la escalera.  Hundí la lengua en tu culo y decidí que podía perder más dedos porque tu sexo estaba abierto y quemaba.  
Te levanté por las caderas y creo que perdiste en parte el equilibrio y tu cabeza golpeó con algo, no sé si fue la puerta o el suelo. La mente nunca descansa y pensé que sería irónico que murieras así, de un golpe tonto y a punto de ser follada en la puerta de un piso de un respetable edificio de  Madrid. Pero no estabas muerta. O si lo estabas, resucitaste cuando  me apoyé en la entrada encharcada y empujé con fuerza hacia dentro mientras tiré de  tu cuerpo  con violencia hacia mí. Gritaste y la conversación abajo  se interrumpió de silencio.  Me quedé ahí, muy dentro, pensando en el metro, y en todos los hombres a los que habías hecho correrse esa tarde, pensando los ilusos que lo hacías para ellos cuando lo hacías para mí. También pensé en tu absurda fijación con  ser como Marta, y sólo pude rogar a un dios impúdico que no fueras Marta, que no tuvieras el final de Marta.
La conversación abajo prosiguió y te tapé la boca  y salí y volví a entrar con más fuerza, hasta tocar fondo y chocar con algo en tu interior y levanté el cuerpo, te levantaba el cuerpo ensartada en mí y me moví pegado a tu culo y te sentí sacudirte mientras detrás de la mano tu boca decía así, así así, así como en el metro, así mi amor y te dije que yo no era tu amor, que  aquello era carne y nada más y volvía salir y a entrar buscando el estallido que acompañara el tuyo sin pensar en el ascensor que subía y subía y yo entraba y salía y el metro se movía como una polla de metal dentro de tu coño túnel para llevarme a otro lugar más lejos mejor más adentro y gritaste otra vez y grité y qué mierda me importaba la humedad y los gamberros que preocupaban  a la vecina anónima que calló al instante mientras arriba dentro y fuera no dejaba de volcarme y de volcarte mientras gemías. El ascensor se detuvo con su luz huraña y yo alcancé a empujarte dentro y cerrar la puerta sin salir de ti, respirando por tu coño agitado mientras alguien salía al pasillo, comentaba algo opaco y volvía a bajar.
Mucho después seguíamos allí, pegados. Y me lo preguntaste:
—¿Qué hubiera pasado si no  lo conseguía?
—Que no te hubiera follado — dije besando tu  oreja.
—Pero lo conseguí —dijiste orgullosa.
Tenías razón. 
Lo habías conseguido. Porque el requisito del relato, la condición insalvable no era sólo que hicieras correrse a un tío en pleno metro, a la vista de todos y sin mediar palabras o miradas. 
La condición era que antes de bajar o después, pero en todo caso antes de salir de la estación, uno de ellos lo hiciera.
Y lo hizo el último. 
Titubeó al verte bajar en  Pacífico. 
Pero el impulso pudo más que la vergüenza y te siguió hasta la cola de la escalera mecánica, conmigo pisándole los  talones. 
Y olvidando el pudor y hasta la mancha de su pantalón,  mientras  esperaba para subir, se acercó y te dijo, con voz tan nítida que pude oírlo:
—Gracias.
Que fue lo que yo le dije a Marta aquella primera tarde, cuando nos conocimos en esa misma línea de metro, un jueves al anochecer, después de que ella, sin haberme visto antes en su vida, hiciera conmigo lo mismo que tú acababas de hacer a diez desconocidos. Aquella tarde en todo empezó y yo no sabía que entraba en una locura deliciosa y trágica, porque pensaba que  aquello era carne.
Y nada más.

( De Yo lloré con Terminator 2 (Relatos de Cerveza-Ficción. Ediciones escalera)



viernes, 26 de octubre de 2012

Estudio del amor y de la soledad.





Sotanovsky es un hombre solitario que conoce a una mujer solitaria. Juntan sus soledades y se mudan a un estudio de 17 metros cuadrados en la Calle de la Soledad.(Aquí se acaba la película si no ponemos un algo de drama, por lo que aparece un fantasma del pasado de ella o de él.) El fantasma del pasado se queda a vivir en el estudio. Y ya son tres. La unión es tan fuerte que logran superar el número impar. Sólo tienen que ponerse de acuerdo sobre los turnos para limpiar el baño y esas cosas. Llega un pariente del campo, de ella, y se enamora del fantasma del pasado de uno de los dos (decidir pronto de cual), pero se niega a dejar a su familia y la trae consigo a vivir en el estudio de la Calle de la Soledad. El perro es un problema al principio, hasta que le enseñan a limpiar el baño. Además, guisa mejor que ella. Llega una vendedora de cosméticos que se enamora de uno de ellos, creo que del pariente del campo, y se queda a vivir en la casa, aunque para disimular y como ya son muchos, cada día llega con un nuevo pedido de cremas hidratantes y pese a tener una llave, toca el timbre con una sonrisa en los labios. La vendedora no limpia el baño porque se estropea las uñas, lo que genera tensión en el grupo, y están a punto de llegar a las manos pero no queda sitio para pegarse y el perro se atrinchera en el balcón. Los gritos asustan a los vecinos, que nombran una comisión de seis que llegan para quejarse y exigir silencio, pero se enamoran de alguien y se quedan a vivir con la muchedumbre. Uno de los vecinos tiene un gato, que se enamora del perro. Pero los sentimientos nunca son exactos y surge el drama: el perro, en realidad, ama a la vendedora de cosméticos, que sólo siente por él una atracción carnal. La Protectora de Animales envía un emisario, que se enamora del portero, Don Vicente, y se mudan al estudio. Ya nadie limpia el baño y el solitario Sotanovsky y la mujer solitaria, se buscan entre la masa. Un día, por casualidad, se encuentran y huyen juntos, después de incendiar la casa. Pero antes limpian el baño. Se cuelan como polizones en un barco y en alta mar roban un bote con el que llegan a una isla desierta. Allí hunden el bote y dan rienda suelta a su amor desbocado. Pero la isla es pequeña y no se puede galopar mucho. A los tres días descubren que se aburren, son incompatibles, y desearían estar solos. En el horizonte crece una mancha. Es la vendedora de cosméticos que llega remando. El perro viene con ella.


(De Yo también puedo escribir una jodida historia de amor (Ed Escalera)

Madrid y tú (tuitpoema o algo así)




1 Vas abriendo callejones a tu paso, buscando sin buscar la puerta que de al patio de los sueños.

2 Confundes los relojes con la luna, porque la luna cabe en tu muñeca.

3 No hay parada de metro que no acabe bajo tierra, no hay balcón que no levante vuelo si lo miras.

4  Animal herido pero pleno, paso de cebra en mitad de las aceras escaparate de lo que no está en venta.

5 Queridísimo péndulo que marca el ritmo escondido de las calles que llevan tu nombre en la solapa sin saberlo.

6  Madrid es una diosa sacrificada en el altar de las terrazas, al amparo de banderas incompletas.

7 Un hervidero de viejas que se alimentan de recuerdos vencidos,
laberinto de jóvenes fieras que no pierden la vida, se la juegan.

8 Esta ciudad que no sabe de atajos y que miente el paraíso en las esquinas,
ya sabe que la sabes y la bebes

9  te espera y mira hacia un lado cuando vienes.
te olvida si te graba entre sus piernas.
Tú, tú haces que mi ciudad sea más nuestra.

jueves, 25 de octubre de 2012

Una cuestión de principios (un cuento erótico e inédito)




Sonó el teléfono y supe que eras tú. Hacía media hora que te había enviado el e-mail.
—¿Quién coño te has creído que eres?
—Uno al que propusiste un juego. Nada más. Pero si te rajas…
—No es que me raje. A ver si me entiendes: por el culo ya me han dado, ¿sabes? Y  las primeras veces, no, pero después le pillé el gusto. Para ser sincera, me encanta, y las veces que hemos follando, me he quedado con las ganas de probarte.…pero, no sé, además tú eres demasiado bestia…
—O sea que preferirías que te la meta por el culo el otro tío…
—No, coño, pero… dos a la vez no he tenido dentro, igual me rompen…
—Te dije que lo olvidaras. ¿Y el culo, quién te lo rompió?
—¿Y a ti qué coño te importa? ¿O es que necesitas anécdotas para escribir tus novelas?
—No, joder, sólo estaba  hablando por hablar. Si te he ofendido, perdona.
—Olvídalo,  estoy un poco alterada, porque el relato me puso a cien pero me pareció muy fuerte.
—¿Qué, vamos al cine?
—Como para cine estoy ahora. Voy más mojada que  un lago…, fue el hermano de mi novio, hace… hace  mucho. Yo tenía dieciocho y me encantaba follar con él.
—Claro. Todo  quedaba en familia.
—No seas cínico. Es que…, mira, mi novio era… salíamos desde que teníamos quince. Le daba vergüenza, decía que me respetaba y todo eso. Y yo estaba cansada de hacerme pajas, ¿sabes?  Y de hacérselas a él, porque tímido o no, tenía una polla como un brazo. Pero costaba ponerlo a punto. Costaba un huevo.  A veces se la chupaba y no me cabía en la boca, nunca he visto una polla tan grande…
—Gracias por hundirme en la miseria.
—No, coño, la tuya está muy bien, no me hagas que te regale le oreja, digo la polla. Pero lo de Paco era descomunal. Y yo pensaba: esto es para mí, que me lo estoy currando… Yo era muy cría pero sabía por las revistas y las pelis porno que lo de Paquito no era normal. Todas mis amigas lo sabían porque yo les había contado el instrumento que tenía, aunque no les había dicho que no me follaba porque me tenía respeto. Y estaba Raúl, su hermano. Era tres años mayor.  Me caía mal, pero me miraba de una manera… ¿Cómo decirlo de una forma  poética? Que se me follaba con los ojos y después se iba y yo tenía que ir corriendo a casa a meterme el dedo o lo que pillara, porque el coño me quemaba.
—Te ha quedado muy poético, sí.
—Yo ya estaba cerca de los dieciocho y era la única de la pandilla que todavía no había follado. Daba igual que ellas pensaran que sí. Yo y mi coño sabíamos que no  era verdad.
—Tú, tu coño, y el hermano de Paquito.
—Sí. El muy cabrón lo sabía, y por eso me miraba así. El pobre Paquito empezó a intentarlo en serio. Pero entre que estaba todo el tiempo tenso y el tamaño que tenía aquello.. no había manera. Decidí que la única forma de salvar nuestro amor era…
—Follarte a su hermano.
—Joder, dicho así suena fatal. Pero sí. Me dije: si no tenemos ni puta idea, nunca lo vamos a resolver. Pero si yo cojo experiencia sin decirle nada, lo podré ayudar. ¡Y no me interrumpas o no acabaré nunca la puta historia! El caso es que empecé a ir a la casa cuando sabía que Paco no estaba, me ponía una mini y todo eso, y Raúl me  miraba con interés. Hasta que un domingo que él estaba solo, los viejos estaban fuera y Paco había ido al fútbol, me planté en la casa y el otro supo a lo que iba. Me invitó a comer,  pero el cabrón  hizo que guisara yo mientras él se daba una ducha. Estaba  haciendo una tortilla que si mi madre me ve, me pone un monumento, cuando Raúl volvió del baño…
—No sigas. El resto me lo imagino.
—¡Qué coño te lo vas a imaginar! Lo primero fue la sorpresa, porque se apareció desnudo y se me puso detrás, empalmado. Creí que me desmayaba, ¿sabes? Porque me cogió las tetas y me las apretaba mientras se frotaba contra mí. Me mojé en tiempo  récord, en parte porque estaba claro que me quería follar, y en parte porque no estaba acostumbrada a que un tío me mostrara esas ganas, con todo el rollo del respeto de Paquito. Me puse a cien. El me arrancó las bragas y casi me corro en ese   momento.
—Oye, para que me estoy poniendo tonto…
—Pues  tócate, tío. ¿Qué crees que estoy haciendo  yo?  Tengo un dedo juguetón en el coño que me está volviendo loca. Pero no me interrumpas. Iba por cuando me arrancó las bragas. Me puse como una perra y me incliné hacia delante, pero no podía por la puta sartén y me giré. Tenía una buena polla, pero normal. Bueno, normal, tirando a grande, pero eso lo sé ahora que he probado unas cuantas. En  ese tiempo sólo había tocado la de Paquito. Aunque, para ser sincera, en ese momento ni me acordaba de Paquito, ni de su polla, ni de su puta madre. El tío estaba muy bueno, y además, su actitud era salvaje, jadeaba y se notaba que me deseaba .Yo no estaba acostumbrada a eso y me puse más. Sentí que tenía que recompensar ese deseo y me arrodillé  frente a él…
—¡Joder, tía! Si vieras cómo estoy…
—Me lo imagino, y se me hace agua la boca y el coño, pero ni sueñes que hoy te dejaré follarme con otro tío al mismo tiempo. El caso es que se la chupé, me cabía en la boca. Y era una delicia. A él le gustaba mucho y me agarraba del  pelo y tiraba hacia dentro y me la metía todo lo que podía en la boca. Un par de veces me tocó el paladar y tuve  arcadas, pero todo iba de puta madre. No era tan grande como la de su hermano, pero estaba dura, muy dura, y seguía creciendo. Creí que se iba a correr en mi boca y no hubiera sabido qué hacer, porque con Paco nunca llegaba hasta ese punto. Pero se frenó y me dijo: “yo te daré lo que estás buscando”. Me levantó en brazos y me llevó hasta su cuarto. Era el que compartía con Paquito y me lo conocía de memoria: llevaba años haciéndole pajas ahí sin lograr que se corriera. Pero ese día el cuarto me pareció diferente. Raúl me tumbó en la cama y me quitó toda la ropa. Me dijo que íbamos a jugar a un juego y de su armario sacó un pañuelo y me vendó los ojos. Yo flipaba, porque  sentía sus manos por todo el cuerpo, su lengua, su polla. La busqué con la boca pero él no me dejaba, me daba vueltas en el aire y me sentía volar. Con otro pañuelo me ató las muñecas a la espalda y aunque estaba un poco incómoda  lo único que quería era que me la metiera.  Me puso a cuatro patas sobre la cama y sentí uno de sus dedos, ancho y fuerte, tenía unas manos grandes y duras, el cabrón. Me empezó a follar con el dedo, después con dos, y como estaba estrecha, me puso una crema en el coño y me metió tres dedos. Yo creía que iba a explotar, porque como no veía nada ni me podía mover, estaba a su merced y eso me excitaba más. Me preguntó si era virgen y le dije que sí pero que no importaba, que la quería dentro, toda, dura y hasta los huevos…
—Coño, sé menos explícita que me voy a correr y me temo que falta historia.
—Vaya si falta. Sin dejar de hacerme una paja de antología, me pegaba con la polla en el cuerpo y me decía que eso no estaba bien, que tenía que llegar virgen al matrimonio, y yo pensé que ésa era una familia de mierda con lo del respeto. Se lo dije, se lo grité más bien, y él me dijo que no me preocupara, qué él me la iba a meter toda. Casi lloro de alegría. Y me corrí, porque el cabrón movía la manos con rapidez  y no sé si me había metido el puño o sólo unos dedos, pero me corrí y él siguió y siguió, por lo que a los dos minutos yo estaba igual o peor que antes y gritando que me la metiera. Me dijo que sí, que me la iba a meter. Sacó lentamente los dedos y el hueco de mi coño seguía abierto. Sentí su aliento en mi coño y sus labios y su lengua, Paco nunca me había comido el coño, nadie me había comido el coño todavía y no sabía que ésa esa la razón de la existencia, el sentido de la vida, el…
—Para, que el escritor soy yo. Y sigue, que me falta poco para correrme.
—Y a mí. Me comió el coño como estaba, sobre la cama, la cara contra la colcha y las manos atadas a la espalda. Se  alejó y yo pensé: ahora me la mete. Me hizo fotos, lo supe por el sonido, pero no me importó, con tal de que me follara de una vez.  Me puso la polla en la boca y disparó varias fotos más. Me la sacaba de la boca y me preguntaba que qué quería que me hiciera. Yo se lo decía. Al final, paró con las fotos. Lo sentí acercarse, inclinarse sobre mí, su cuerpo sobre el mío y la polla a lo largo del coño. Casi me corro otra vez con solo sentirla, tan caliente. Luego se retiró y yo contuve la respiración y…
—¿Y? ¡Joder, no pares ahora! ¿Qué pasó?
—Que sentí su lengua en mi culo.
—Oh, oh.
—Ya. Pero no pensé en eso porque mientras me metía la lengua, volvía con los dedos al coño y a jugar y la sensación de su lengua en mi culo era tan nueva que me disparó y me corrí otra vez pero él no paraba y yo tampoco. Me  agarraba con una mano a cada lado del culo, lo abría, y  me metía la lengua, toda la lengua. Yo desvariaba, tenía noción del peligro pero pensé que era un juego más, me estaba dando un recital y cuando al fin me la metiera, mi coño y yo podríamos morir a gusto. De la lengua pasó a un dedo que abría en círculos, muy suave, y la verdad es que entre lo caliente  que estaba, su saliva, todos mis jugos, yo estaba abierta por todos lados. Me asustó cuando sentí la crema, fría después de su lengua caliente y el masaje. Le dije que no, que por ahí no, que estaba más abajo, ¿puedes creer lo gilipollas que yo era? Y él que nada, que no me asustara, que a la nena, a la nena dijo el muy cabrón, había que respetarla y que ese coñito tenía que estar intacto para Paquito, ¿o me pensaba que él era un hijo de puta como para romperle el coño a la novia de su hermano?
—Joder, en el fondo, era un tío legal.
—Vete a la mierda. El caso es que fue muy listo y seguía abriendo camino con el dedo lleno de crema, mientras con la otra mano jugaba con mi clítoris y yo estaba tan mareada que pensé que todo era una broma. Antes de que me diera cuenta, tenía un dedo en el culo, entrando y saliendo y girando, todo muy despacio. De pronto lo metió muy adentro al mismo tiempo que me metía en el coño tres dedos, ya te dije que yo estaba echa una cerda de tanto correrme. Y empezó a moverlos muy despacio: sacaba el del culo en cámara lenta mientras abría más, y al mismo tiempo metía los del coño. Y al revés. En un momento dejó los seis adentro, tocándose a través de la pared de carne.
—¿Los seis?
—Ya. Yo también me  sorprendí cuando me lo dijo. A lo tonto, a lo tonto, me había metido tres dedos en mi pequeño culito, que a esas alturas ya no estaba tan pequeño. Giró las manos dentro y sin parar de girar y me corrí otra vez pero seguía encendida. Sacó las manos  y me dijo que tenía el culo para una foto. Pensé que se conformaría con eso y le dije que sacara la foto, antes de que se cerrara. Se río y me dijo que no me preocupara, que él se encargaría de que siguiera abierto. Y me la metió.
—¿Cómo?
—¿Quieres  que  te  haga un dibujo? ¡Me  la metió toda el muy cabrón, toda en el culo, lentamente pero en un sólo movimiento!  Yo no sabía que hacer, sólo podía morder la colcha porque tenía las manos atadas y además, al no ver era todo como más fuerte. Rogué para que saliera, pero al mismo tiempo para que se quedara  así, quieto, aunque me sintiera partida en dos. El empezó a moverse,  sin salir, despacio al principio, y detrás del dolor empecé a sentir algo. Era como si me amoldara poco a poco. Pero luego la sacó y creí morir,  grité no, y él se río. “¿No era que no querías?”, me dijo. Y me la volvió a meter de un solo golpe. A partir de ahí no paró, supongo que estaba de pie sobre la cama, sobre mí, pero me la metía con todo el peso del cuerpo, sentía sus huevos chocar contra mi coño y su pelvis empujar como si quisiera entrar más todavía. Lloré, grité, aullé, gemí, y al poco tiempo  halle la forma de arquear mi  cuerpo para que no me doliera, ¿sabes lo que te digo? Creo que le estaba cogiendo el punto,  pero él  empezó con más fuerza y a gritar y gemir, se puso de pié en la cama y me levantó el culo en pompa y se lanzaba desde ahí y volvía salir, la sacaba por completo y me la metía toda otra vez…
—¡Joder! Creo que me voy a…
—¡Espérame, que falta lo mejor!  Al final se corrió y sentí que me quemaba por dentro y que si no hubiera sido por el miedo, me hubiera corrido otra vez. Se quedó dentro, encima de mí, y me dijo que tenía un culito precioso, y que si no quería que le mostrara las fotos a Paco y a todo el barrio, tenía que seguir  follando  con él. Era gilipollas. Pese a todo, YO ya había decidido que seguiría follando con él. Después se portó bien. Me llevó a la ducha, me lavó y me trató con mucho mimo. Hasta me invitó a comer fuera, porque la tortilla estaba echa una mierda. Me acuerdo de que  fuimos a una pizzería.
—Claro: algo ideal para comer de pie.
—Y que lo digas. Pero no acaba ahí.
—¿Hay más?
—Sí. Porque  seguí  follando con  Raúl, era una cuestión de orgullo lograr que me rompiera el coño. Pero ni caso. Me enseñó mucho, pero nunca me la metió por el coño. Yo para castigarlo le negaba el culo, pero en cuanto me descuidaba, me la colaba. Y la verdad es que me gustaba, pero a él no se lo decía por  resentimiento. Detesto que me engañen. Es una cuestión de principios. Con Paquito  no conseguía mucho más que antes, y tuve que buscarme otro que me iniciara.
—Normal. Supongo que sería el padre.
—No te pases. Fue el novio de una amiga y se portó muy bien. Durante  seis meses se portó muy bien. Después lo dejé porque pensé que ya sabía lo suficiente para tirarme a Paquito. Además, entre nosotros, con todo lo que había aprendido, me daba mucho morbo pensar lo que haría en cuanto pudiera poner en marcha ese pollón. Un domingo fui a romper con Raúl pero, para ser sincera, pensaba pegarme el último homenaje. Paco tenía partido o algo así. La moto de su  hermano estaba fuera. Salté por el muro del jardín, como hacía siempre que follábamos, para que los vecinos no me vieran entrar, y cuando iba a entrar por la cocina, algo me llamó la atención. Era  el silencio. Raúl, cuando estaba solo, siempre ponía la música a tope. Salvo cuando me  estaba follando.  Me fui por el patio hasta la ventana de su  cuarto, para espiarlo. Y lo vi. ¡Se estaba follando a Paquito! Yo nunca había visto dos tíos follar, pero me quedé helada, sin perder detalle. Y qué detalle, porque mientras su hermano se la metía, la polla de mi novio estaba dura y erguida, nunca la había visto así. Pensé en salir corriendo, pero no me dio asco, y en el fondo sabía que no podía quejarme, porque yo también había jugado sucio. Sólo me jodía que Paco no me hubiera confesado que era… lo que fuera. Me quedé mirando, fascinada. Raúl se corrió entre sacudidas y Paco se agarraba la polla con las dos manos y le sobraba un montón. Pensé que lo iba a ver correrse por primera vez en mi vida, pero se frenó. Empezaron a acariciarse y me pregunté cuántos años llevarían con ese juego secreto. Y lo que paso entonces sí que me dejó helada: ¡Paco, mi Paco el tímido, empezó a preparar a su hermano  para meterle todo eso! Parecía otro, más lanzado, más sensual. Sentí envidia de Raúl, salvo cuando lo vi enfilar todo ese pedazo de carne y hundirlo poco a poco en su culo. No entraba toda, pero lo que entraba era mucho. Raúl arañaba las paredes y mi Paco, lento pero inexorable, lo enculaba.  Sé que suena tonto, pero me sentí orgullosa de Paco y a la vez era como si me vengara de Raúl, aunque a juzgar por la cara, parecía gustarle. Cuando todo empezó a ir más rápido, sentí que estaba caliente, muy caliente, y se me cruzó por la cabeza la idea de meterme ahí a aprovechar la ocasión. Pero  hubiera sido un error. Seguí mirando. Cuando Paco sintió que se corría, sacó todo eso del culo de su hermano y se lo llevó a la boca. Nunca le había visto la polla así, aunque se la había chupado cientos de veces. Cuando se corrió en la cara de Raúl, no pude evitar correrme también. Casi me descubren.
—¿Y cuál es la moraleja?
—La moraleja es que me corté el pelo como un chico y empecé a jugar con Paco otros juegos. Se la chupaba a oscuras y la cosa funcionaba mejor. Cuando estaba caliente, le metía un dedo en el culo y se volvía loco. Empecé a llevar pantalones y cuando estábamos a solas me los bajaba dándole la espalda y sin quitarme la camisa, para que  no notara las tetas. Se le ponía dura  y yo me frotaba el coño con la polla y me corría como una bendita…
—¿Y conseguiste que te la metiera por el coño?
—Sí, poniéndome a cuatro patas en la oscuridad. Fue como un parto al revés, lo pude soportar  y él era feliz, porque la verdad es que me quería. Al día siguiente mandé a Raúl a la mierda y nunca volvía a follar con él.  Por eso te digo que no me asusta nada, pero dos tíos a la vez… de momento, no.  ¿Quieres que vaya igual?
—¿Tú qué opinas?
—Pero prométeme que no me prepararás una encerrona. Déjame a mi ritmo y verás que ya lo haremos. Pero esta noche, solos tú y yo, ¿vale? ¿Lo juras?
—Lo juro.
—Voy para allí. Díle a tu amigo que el asunto se pospone.
Me soplaste  un beso por el teléfono y colgaste. Yo fui hacia el cuarto,  para que mi amigo estuviera preparado. Busqué en los cajones y saqué la crema  y lo demás. Seguía excitado y la sorpresa por tu relato había evitado que me corriese. Me coloqué el regalo de Laura. Un arnés de correas, un tanga de piel con un agujero en la base por el que saqué con esfuerzo la polla y los huevos. Algo más arriba, el pivote de plástico  parecía un juguete incongruente. Busqué en la caja y saqué lo que faltaba: una polla de látex escogida por Laura  para que fuera igual en largo y grosor que la mía. La coloqué en el pivote y miré el resultado en el espejo. Tardarías  todavía un poco en llegar y me entretuve mirando las dos pollas gemelas que te reservaba como sorpresa. Me quité el arnés y lo dejé preparado en un cajón junto a la cama. Antes de ir a la ducha, busqué  los pañuelos de seda con que te vendaría los ojos y te ataría las manos a la espalda.
Te había prometido que no habría nadie más esperando.
Y cumpliría mi palabra.
Tu ibas a ser doblemente follada, pero no te había mentido.
Era una cuestión de principios.


Acabemos de una vez con el Hombre-Peonza!




Me cuentan mis amigos de la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker que no les quedan en almacén ejemplares de mi libro Memorias circulares del Hombre-Peonza. Eso quiere decir que los pocos que quedan están en las librerías habituales. Y como siempre hay quien me pregunta dónde comprarlo, y ya va siendo hora de que acabemos con el hombre-peonza, así saco el libro nuevo, aquí van los puntos de venta, a ver si terminamos con él de una vez.
Además de los sitios mencionados, están también, me cuentan, en La Casa del Libro.



ALMERÍA
Picasso c/ Obispo Urtado, 5
Picasso c/ Reyes católlicos, 10
BARCELONA
La Central
Llibreria Fènix c/ Canonge Baranera. Badalona
La Tramontana c/ santiago rusiñol. Sitges
BURGOS
Hijos de Santiago Rodríguez Plaza Mayor, 22.
CÁCERES
El Buscón c/ Médico sorapán, 19
Bujaci-Troa librerías Avda. Virgen de la Montaña,2
CÁDIZ
La Clandestina café-librería c/ José del toro, 23
Quorum c/ Ancha 27
GIJÓN
De Bolsillo c/ adosinda, 3
La buena letra c/ casimiro velasco, 12
Paradiso c/ merced, 28
GIRONA
Geli c/argenteria, 18
GRANADA
Picasso c/obispo hurtado, 5
HUESCA
Anónima c/cabestany 19
Estilo c/ parque 38
La Magaña c/huesca 22
LEÓN
Artemis c/ Villa de benavente, 17
LOGROÑO
Cerezo c/ portales, 23
Castroviejo librero c/san juan, 21
MADRID
A Punto c/pelayo 60
Antonio Machado  c/ marqués casa de riera, 2
Antonio Machado c/ fernando VI
Arrebato libros c/ la palma 21
Blanco c/ conde peñalver 76
La butaca de la gata roja c/ primavera 14
La Central del MNCARS glorieta atocha
Del Mercado c/tribulete 18
Diablos Azules c/apodaca 6
Dodó c/ vallehermoso 33
Enclave c/relatores 16
Este Oeste C/ Manuela Malasaña, 9 *
La Independiente c/ espíritu santo 27
La Integral c/ león 25
La Marabunta c/ torrecilla del leal 32
Moncloa c/ Meléndez Valdés 65 **
OMM Campus libros Campus Autónoma Cantoblanco
La Tarde Libros c/ ruiz 15
Traficantes de Sueños c/ embajadores 35 local 60
Arriero c/ curas 33 - Torrejón de Ardoz
La Maga c/ Italia, 4 - Fuenlabrada
Tu rincón del arte c/ juan carlos I, 2 - Griñón
Altazor c/ Altozano, 5 - Majadahonda
MÁLAGA
Áncora Pza. uncibay, 9
Dreamer c/ cuarteles, 41
MALLORCA
Babel c/ Arabí, 3
Literanta c/ Can fortuny, 4
MÉRIDA
San Francisco c/ San francisco, 13
MURCIA
Diego Marín:
Librería González Palencia – C/ Merced, 25
Expo-Libro – C/ Merced, 11
Antaño Libros – C/ Puerta Nueva, 9
Centro del Libro – Junto a Campus Universitario de Espinardo
OVIEDO
Cervantes c/ doctor casal, 9
PALENCIA
del Burgo c /marqués de albaida, 7
PAMPLONA
Auzolan c/ tudela, 16
Me quiero vivir segundaparte c/kapana 5 – Ardanaz
SALAMANCA
Hydria Pza fuente, 17
Victor Jara c/ Meléndez, 21
SEVILLA
La Fuga c/Torrejón, 4
Un Gato rojo en bicicleta c/Regina, 8
TOLEDO
Hoja Blanca c/ Martín Gamero, 6
Libros c/ del Ángel, 8
VALENCIA
Dadá c/ Guillem de castro, 8
La Traca C/ Enrique Navarro, 15
Primado Avda. Primado reig, 102
Ramón Llul c/ Ramón Llul, 41
Rayuela Café-Cultural c/ isaac peral, 67 – Burjassot
VIGO
Versus c/ Venezuela, 80
ZAMORA
Librería Miguel Núñez c/ Amargura, 11
Librería Semuret c/ Ramos Carrión, 21
ZARAGOZA
Antígona c/ Pedro Cerbezuna, 25
Cálamo Plaza San Francisco, 4
El pequeño teatro de los libros c/silvestre perez 21
BERLÍN
Flohmarkt mauerpark
.