lunes, 5 de marzo de 2012

Este sábado, presentación de HABITACIÓN 804, de Marcus Versus


SÁBADO 10 de marzo  22h.
 Fiesta-Presentación 
de 
HABITACIÓN 804 
(Eutelequia)

presentado por  Carlos Salem y Mario Crespo
y habrá un trago diseñado por el autor para todos los que asistan.

Diablos Azules
Apodaca,6
(Metros Bilbao y Tribunal)

Otro fragmento de El huevo izquierdo del Talento

"Pero Lola no estaba y lo golpeó esa urgencia inconfesable de ella, de sus comentarios irónicos, sus caderas al marchar hacia las mesas, sus caderas al volver.
A Poe le fascina el andar de Lola, aunque no sea el andar académico de un pié delante del otro en línea recta, tontería de modelos con un libro sobre la cabeza para no leerlo nunca.
No.
Lola camina empujada por una fuerza que le nace entre las piernas; nunca se lo dirá porque sonaría cutre, aunque para Poe no lo es: acaba de comprender que Lola camina con el coño, pero con una elegancia vetada a cualquier marquesa."

http://www.sigueleyendo.es/ella-nunca-le-dira-que-el-retorna-para-vengarse/

Ella nunca le dirá que él retorna para vengarse

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Marcelo Luján.
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RAÚL ARGEMÍ
Alguien, ya no recuerdo quién, dijo hace tiempo que una novela negra se reconoce —como una de aquellas tragedias de los tiempos de Sófocles— porque se puede resumir en un duelo entre el destino, lo prefijado, y la voluntad del héroe.
Hasta la llegada de Eurípides, y especialmente de Aristófanes, que pusieron en duda la inevitabilidad del sino —porque ya los griegos desconfiaban de sus dioses—, el héroe rebelde terminaba siendo víctima del camino que había elegido.
Y es así que algunas novelas se hacen negras, saltándose los manidos cánones de un supuesto género, porque, como en la tragedia griega, hay alguien, al principio del camino, que advierte o quiere disuadir al héroe de avanzar en esa dirección.
Moravia, de Marcelo Luján tiene esas características.
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… le tocó el brazo a modo de llamada. Antes se secó el sudor con un pañuelito blanco: el movimiento fue delicado e imperceptible y no impidió que repitiera lo que él sabía de sobra.
Y le susurró en inglés, sin mirarlo:
-Ya sabes que no estoy de acuerdo con tu plan. Que me parece absurdo.
Él hizo como si no escuchara la frase de su esposa, como si el entorno y la situación fuesen no lo más importante sino lo único.
-¿Me oyes?..
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La que advierte es Lidia Míclav, la mujer de Juan Kosic.
Él prefiere no oír el reclamo, la advertencia. Porque él un día, hace años, se fue de su casa en un pueblo perdido, y ahora retorna. Se ha convertido en un triunfador. El mejor bandoneonista de Nueva Orleans. Y es moderadamente rico. Muy rico, si se compara con aquel Juan que emigró, expulsado de su hogar por una bofetada de la madre.
En esta historia, los protagonistas son emigrados o hijos de inmigrantes. El reclamo de Lidia Míclav, hija de emigrados, de Praga a EEUU, nunca será completado. Ella nunca se dará el permiso para decirle a Kosic que, de alguna manera, retorna para vengarse. Pero sí sabe que algo va mal. Que ni en el puerto de Buenos Aires, al que llegan en 1950, ni en el tren que los llevará luego cruzando pampas interminables, parece suceder nada del otro mundo, pero algo malo acecha.
Moravia, título que remite al origen checoslovaco de Juan Kosic y su mujer, Lidia, tiene ese aliento oscuro de El astillero, de Onetti. Esa sensación de que la selva espera, acecha, y en ella, o a la vuelta de la esquina, sucederá una desgracia.
Marcelo Luján construyó esta novela sobre un fragmento de El extranjero, de Camus. Una breve historia que se cita. Un desconocimiento y una muerte, que castigan por igual a la víctima y a los asesinos. Uno, muchos, hemos leído El extranjero. Se necesita una mirada especial, tal vez de necesidad profunda, para construir sobre un fragmento, y no puede hacerse sin llevarse una sombra del original. Me refiero a queMoravia se narra con algo de la lejanía, del distanciamiento de la novela de Camus.
Digo esto y reparo en que me repito, porque, para mí, los personajes de Onetti podrían haber protagonizadoEl extranjero.
La otra parte de la historia, los que esperan al bandoneonista, sin saberlo, en Colonia Buen Respiro, completará la tragedia: su madre y su hermana. Su hermana, sometida, y su madre, rabiosa hasta la maldad. La rabia de quien malvive en un pueblo sin futuro, y casi sin presente.
No voy a contar más porque, aunque uno recuerde el fragmento genitivo de Camus, con lo que conocería de antemano el fin de esta historia, lo que importa es cómo está narrada y no vale perderse una línea, porque no sobra ninguna.
Sí, digo, que es una novela con dos ritmos, dos tiempos complementarios. El primero es de preparación, y nos lleva, por todo lo dicho de Onetti y compañía, con la sensación de que algo muy malo está por suceder. El otro, concreta la amenaza con una crudeza y economía de palabras que se agradece, porque no falta ni sobra nada.
Moravia señala un autor tal vez poco conocido, pero con una escritura madura. ¿Qué alguno dirá que no es una novela negra? Tal vez no ¿Y a quién le importa eso, si es una muy buena novela? De frikis está empedrado el camino del infierno.
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MORAVIA
Marcelo Luján
EL ALEPH EDITORES

el huevo izquierdo del talento, por fin terminado

Anoche terminé, después de años , la versión final de "El huevo izquierdo del talento", libro de relatos. 
Además de eso, será cómic, quizás... con dibujos del gran Kike Narcea.


Y empieza, más o menos, así.





En el minúsculo escenario, el músico con pinta estrafalaria lustra su flauta plateada y bebe cerveza. Me siento siente en paz, por un rato. Acaso todavía tenga una oportunidad. Me gusta el silencio del bar, silencio a ritmo de jazz, que rebota blando en la madera de las paredes y marca el camino del baño cuando toca mear y dejar sitio para más bourbon o más cerveza. Es un silencio diferente al de mi casa.
— ¿Qué tal las manos? —pregunta Lola. 
Es guapa. Tiene un atractivo de mujer fuerte y sabe tratar a los clientes, medir a los listos o poner orden sin perder los nervios. Tiene clase.
—Mejor. Duelen, pero se soporta.
No puedo decirle que lo que me duele, lo que verdad me duele, es el huevo izquierdo del talento. El que me amputé hace tanto tiempo que si no fuera por el dolor de su ausencia, creería que nunca tuve. Las manos duelen, sí. Pero cuando te duele algo que tienes, sabes que todavía lo tienes. Jodido, pero está ahí. Lo que te falta, duele más. 
Pero Lola tiene la noche tierna, le ocurre a veces. Y entonces se preocupa por mí, equivoca el camino, se postula en silencio para cuidarme de mi mismo y me dice, con el mismo tono que nebulosos amigos del pasado me recomiendan beber menos:
—Deberías buscar un curro mejor. Tú vales más que para hacer paquetes, Poe. Mucho más.
No le respondo que se meta en sus asuntos porque hay algo en la manera de llamarme Poe que lo impide. Todo el mundo me llama así, desde hace años, desde que Haroldo se dio cuenta de que mi nombre ya no me nombraba y me puso Poe, un poco porque mis cuentos eran tenebrosos, y otro poco en broma, porque decía que yo sólo era “medio poeta”. La otra mitad, la que mandaba, solía decir Haroldo, era  la de un “jodido cabrón”.  
A veces  lo echo de menos. 
Otras veces, cuando he bebido demasiado, hablo con Haroldo y su fantasma me responde.

Queda poca gente. Por suerte, hoy no hay majaras en el bar. 
Estoy harto de majaras. De verdad. 
Pero este bar pertenece a los majaras como un oasis pertenece a los sedientos. Hasta aquí procesionan, con sus mejores galas, en busca de un perdón imposible o de un dios que no los mate. El bar de Lola es la catedral de los locos de la ciudad, el punto de encuentro y de fuga, la última parada en el penúltimo delirio antes de volver a un mundo que les queda pequeño y les queda tan lejos. Los locos realizan aquí sus ritos necesarios, buscan al Poe para confesarse con un sacerdote pagano y descreído –como han de serlo todos-, no esperan penitencia ni demandan certezas de otra vida Más Allá, porque ése es el barrio en el que viven.  Lola completa la eucaristía con sus brebajes dorados, que no pueden ser, por el color, la sangre de ningún vástago divino, y entonces es mejor no preguntar qué son, beber y punto.
En cuanto a las hostias, siempre cae alguna.

Un par de horas se pierden sin dolor. Supongo que es lunes o martes, a saber. Seguro que no es miércoles. 
Los miércoles no suelo venir, porque hay bandas que tocan y que traen a sus propios espectadores, sus familias y hasta a sus vecinos, hay entendidos que repiten en voz baja el nombre de las canciones o aportan datos innecesarios a quien los quiera escuchar. Yo no quiero. Detesto los bares repletos, porque se llenan de caras que no me suenan o me suenan demasiado. Todos se parecen cuando sacan a pasear sus miedos.  
Los miércoles hay ecologistas y hay contaminadores, incluso ecologistas contaminadores. Hay muchachas flamantes por fuera y gastadas por dentro, hay  hombres que matarían por encontrar un motivo válido para seguir viviendo. Hay poetas de los cojones, sin cojones para escribir lo que piensan y que acaban escribiendo lo de que deben. Yo fui uno de ellos, creo. Hay chavales que se matan en el gimnasio por las tardes, para sentirse matadores por las noches y terminan matándose a pajas al amanecer, con notable fortalecimiento de los bíceps. Hay genios por docena, repitiendo sobre el hombro de quién se deje el comentario inteligente de aquella revista contestataria que a la hora de pagar las colaboraciones, no sabe o no contesta. Hay parejas desparejas, parejas deshechas, parejas que se alimentan del mutuo rencor. Hay también parejas que se quieren, gloriosa estupidez que envidio cada vez que la mirada de Lola se me enreda en la nuez y la estrangula de promesas. Hay adictos a todo que no quieren nada, bellezas de neón que se aman a si mismas mientras saltan de hombre en hombre, de espejo en espejo, narices hambrientas que hacen cola frente al baño como quien embarca en un vuelo turístico. 
Hay gente. 
Demasiada gente los miércoles. Y aunque me jode admitirlo, los miércoles vienen muy pocos majaras de verdad. No aparecen cuando salen los aficionados. Estoy seguro de que los locos también detestan las imitaciones.