Me das
tu valor acobardado de razones
tus necesidad de hacerlo bien
mientras lo haces
todos esos miedos que no logran frenarte
tu elegancia para andar a tientas
o a copas
tu saber estar y ser
(incluso cuando crees que no sabes)
tu amor con y sin dudas
que vale mas que siete reinos.
Me das
tus ganas de reír sabiendo por qué
tus llantos de felicidad en la burbuja
tu impulso de abrazarme por la calle
tu incredulidad llena de fe en mí
tus preguntas eternas y fugaces
esa pena sin nombre ni cara
que a veces te acompaña
y a veces te persigue.
Tu latido por dentro que inunda
días y colchones
todos los poemas que contienes
y no dejas volar por pudor
pero se asoman
por las puntas de tus dedos.
Esa mirada que cura y mata
con la misma pervertida inocencia
Me das tus manos
no sabes cuánto dan tus manos
cuánto te delatan
y te explican sin palabras
tus manos.
Me das la pantera del siempre
y la del ya veremos
la fiera en pompa
y la ranita
la mujer mas mujer
y la niña perdida
con miedo a crecer pero que crece
y no deja de creer desde las alas.
La jovencísima cómplice
la amante sin edad
la que se asusta si la quieren demasiado
la que exige sin decirlo
ser querida.
Me das lo que ya has dado antes
lo que no volverás a dar a nadie
lo que puedes ser
lo que todavía desconoces
pero intuyes.
Me das tu decisión de ser como quieres
y no como digan
tus miedos a no llegar
tus futuras partidas
tus regresos a mí.
Me das tanto
que voy a necesitar
cientos de noches y poemas
para explicártelo.
Y como también me das
tu obstinación
al preguntar qué veo en ti
me temo que tendré que volver
a explicarlo otra vez.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
martes, 27 de diciembre de 2011
(Texto completo del artículo publicado en Culturamas)
http://www.culturamas.es/blog/2011/12/27/gonga-se-fue-a-otro-bar/
Gonga se fue a otro bar
Carlos Salem
Odio los panegíricos y la costumbre de santificar la memoria de la gente cuando muere, en lugar de conocerla en vida. Gonzalo Torrente Malvido, Gonga para unos pocos, quedará a salvo de eso, supongo, porque hizo de si mismo su mejor personaje. Amaba la literatura como un amante y no como un marido, y nunca dejó de quererla de cerca y lejos.
Anduvo por todos los mares y todos los bares que encontró, y siempre lo recordaré un domingo a medianoche,en el Bukowski club, bailando apretado un tango de Gardel con una preciosa muchacha morena que -le dije, para provocarlo- podría haber sido su nieta.
"Pero no lo es", me contestó.
Como la fama lo esquivó (o cuando vino a buscarlo él andaba en otra cosa), su muerte y su vida no serán objeto de casquería. Y mira que habría anécdotas que contar sobre Gonga y sus andanzas. Pero no hace falta. Ninguna falta.
Y digan lo que digan, será inevitable verlo derivar por las noches de Lavapiés o Malasaña, con su gorra de capitán sin barco y su excelente mal carácter, tejiendo una historia inacabable con sus propios días.
Quien quiera saber más de su obra, que busque en wikipedia y otros archivos. El último libro, Puro cuento, es una joyita en la que volcó lo que pensaba y sabía sobre el asunto. Y sabía mucho.
Tuvo acceso a todos los cenáculos literarios y de todos de alejó o hizo que lo alejaran. La gustaba comer bien cuando había con qué, pero si no había mucho, preparaba un caldo gallego de antología y lo hacíamos bajar con vino blanco de tetrabrick, que al fin y al cabo es vino o algo parecido.
Compartió conmigo lo nervios de mi primera publicación y me dijo que Camino de ida sería mi ganzúa para entrar a la literatura por la puerta del costado, "que es la que a ti te gusta, y además, en la otra, la grande, siempre hay cabrones vigilando para que no se cuele gente como nosotros". Pensaba, como yo, que el que se sienta a escribir un cuento sin haberse bebido antes a Conrad, London, Stevenson, Cortázar y Borges, pierde el tiempo y se lo hace perder a sus lectores. Decía que escribir bien no era un don sino una obligación, y cuando leía algo bueno de verdad, se entusiasmaba como un crío travieso que ve el primer arco iris o la primera teta de su vida.
Se fue. Me enseñó lo que no está en los libros, me dijo que tenía que seguir escribiendo para que no crecieran mis demonios, que yo escribía porque no me aguantaba a mi mismo, y que ese era un buen combustible.
Hace unos años, cuando en el Bukowski club Inés y yo empezábamos a jugar en serio a que la literatura se bebiera unas copas y que quitara el refajo, Gonga era el crítico más feroz y el más feliz cuando descubría un talento entre el humo del local. Por ese tiempo, Igor Heras le hizo de memoria esta exacta caricatura y yo el poema inexacto que la acompaña.
Él andaba en la calle, donde la vida se levanta la falda en los portales o vomita una pena de más; y en los bares por los que dejaba caer su socarrona forma de verlo todo con los ojos entrecerrados, como si no acabara de creerse el mundo o se lo creyera demasiado. O cantando una bossa nova ante un micrófono afónico y peleón, tras leer su poema dedicado a una rubia tonta americana o a la eterna nostalgia de la mar, esa otra mujer que nunca te suelta del todo.
Siempre fue un seductor, y citando a otro canalla de los que no deben faltarnos nunca, un tal Sabina, no puedo escribir un versos mejores que los que él parió con Fito Páez para la canción-epitafio de otro persojane singular:
Parece que fue ayer cuando se fué
al barrio que hay detrás de las estrellas,
la muerte, que es celosa y es mujer,
se encaprichó con él
y lo llevó a dormir siempre con ella.
Aunque, bien pensado, ni él ni yo creemos en eternidades, que no cunda el pánico en el cielo ni hace falta esconder a las angelitas de minifalda que por allí pulularían, si el cielo existiera.
Pero esté donde esté, estará en otro bar, pegado a la barra, sorbiendo un chupito de whisky y leyendo a la gente sin prisas, como esa novela que soñaba escribir, "para darle en los morros a muchos gilipollas", y que nunca terminó, porque estaba demasiado ocupado viviendo.
Salud, Gonga. La borrachera de esta noche, va por ti.
Y la de mañana, también.
Gonga se fue a otro bar
Carlos Salem
Odio los panegíricos y la costumbre de santificar la memoria de la gente cuando muere, en lugar de conocerla en vida. Gonzalo Torrente Malvido, Gonga para unos pocos, quedará a salvo de eso, supongo, porque hizo de si mismo su mejor personaje. Amaba la literatura como un amante y no como un marido, y nunca dejó de quererla de cerca y lejos.
Anduvo por todos los mares y todos los bares que encontró, y siempre lo recordaré un domingo a medianoche,en el Bukowski club, bailando apretado un tango de Gardel con una preciosa muchacha morena que -le dije, para provocarlo- podría haber sido su nieta.
"Pero no lo es", me contestó.
Como la fama lo esquivó (o cuando vino a buscarlo él andaba en otra cosa), su muerte y su vida no serán objeto de casquería. Y mira que habría anécdotas que contar sobre Gonga y sus andanzas. Pero no hace falta. Ninguna falta.
Y digan lo que digan, será inevitable verlo derivar por las noches de Lavapiés o Malasaña, con su gorra de capitán sin barco y su excelente mal carácter, tejiendo una historia inacabable con sus propios días.
Quien quiera saber más de su obra, que busque en wikipedia y otros archivos. El último libro, Puro cuento, es una joyita en la que volcó lo que pensaba y sabía sobre el asunto. Y sabía mucho.
Tuvo acceso a todos los cenáculos literarios y de todos de alejó o hizo que lo alejaran. La gustaba comer bien cuando había con qué, pero si no había mucho, preparaba un caldo gallego de antología y lo hacíamos bajar con vino blanco de tetrabrick, que al fin y al cabo es vino o algo parecido.
Compartió conmigo lo nervios de mi primera publicación y me dijo que Camino de ida sería mi ganzúa para entrar a la literatura por la puerta del costado, "que es la que a ti te gusta, y además, en la otra, la grande, siempre hay cabrones vigilando para que no se cuele gente como nosotros". Pensaba, como yo, que el que se sienta a escribir un cuento sin haberse bebido antes a Conrad, London, Stevenson, Cortázar y Borges, pierde el tiempo y se lo hace perder a sus lectores. Decía que escribir bien no era un don sino una obligación, y cuando leía algo bueno de verdad, se entusiasmaba como un crío travieso que ve el primer arco iris o la primera teta de su vida.
Se fue. Me enseñó lo que no está en los libros, me dijo que tenía que seguir escribiendo para que no crecieran mis demonios, que yo escribía porque no me aguantaba a mi mismo, y que ese era un buen combustible.
Hace unos años, cuando en el Bukowski club Inés y yo empezábamos a jugar en serio a que la literatura se bebiera unas copas y que quitara el refajo, Gonga era el crítico más feroz y el más feliz cuando descubría un talento entre el humo del local. Por ese tiempo, Igor Heras le hizo de memoria esta exacta caricatura y yo el poema inexacto que la acompaña.
Él andaba en la calle, donde la vida se levanta la falda en los portales o vomita una pena de más; y en los bares por los que dejaba caer su socarrona forma de verlo todo con los ojos entrecerrados, como si no acabara de creerse el mundo o se lo creyera demasiado. O cantando una bossa nova ante un micrófono afónico y peleón, tras leer su poema dedicado a una rubia tonta americana o a la eterna nostalgia de la mar, esa otra mujer que nunca te suelta del todo.
Siempre fue un seductor, y citando a otro canalla de los que no deben faltarnos nunca, un tal Sabina, no puedo escribir un versos mejores que los que él parió con Fito Páez para la canción-epitafio de otro persojane singular:
Parece que fue ayer cuando se fué
al barrio que hay detrás de las estrellas,
la muerte, que es celosa y es mujer,
se encaprichó con él
y lo llevó a dormir siempre con ella.
Aunque, bien pensado, ni él ni yo creemos en eternidades, que no cunda el pánico en el cielo ni hace falta esconder a las angelitas de minifalda que por allí pulularían, si el cielo existiera.
Pero esté donde esté, estará en otro bar, pegado a la barra, sorbiendo un chupito de whisky y leyendo a la gente sin prisas, como esa novela que soñaba escribir, "para darle en los morros a muchos gilipollas", y que nunca terminó, porque estaba demasiado ocupado viviendo.
Salud, Gonga. La borrachera de esta noche, va por ti.
Y la de mañana, también.
Gonga se fue a otro bar
Hace unos años, cuando en el Bukowski club jugábamos en serio a que la literatura se bebiera unas copas y que quitara el refajo, Gonzalo Torrente Malvido, Gonga para unos pocos, era el crítico más feroz y el más feliz cuando descubría un talento entre el humo del local. Por ese tiempo, Igor Heras le hizo de memoria esta exacta caricatura y yo este poema inexacto. Se fue. Me enseñó lo que no está en los libros, me dijo que tenía que seguir escribiendo para matar mis demonios, que yo escribía porque no me aguantaba a mi mismo, y que ese era un buen combustible. Se fue. Ni él ni yo creemos en eternidades, que no cunda el pánico en el cielo ni hace falta esconder a las angelitas de minifalda que por allí pulularían si el cielo existiera. Pero esté donde esté, estará en otro bar, pegado a la barra, sorbiendo un chupito de whisky y leyendo la vida sin prisas, como una novela por escribir.
Salud, Gonga. La borrachera de esta noche, va por ti.
lunes, 26 de diciembre de 2011
Nochebuena
El teléfono enmudece y es probable que no tengas nada que decirme.
O que el dolor te emborrache como un vino traicionero y se lleve tus palabras a otra parte.
Esta noche que te intuyo herida y mis manos no te encuentran,
reniego de mis manos.
Si estos poemas no sirven como breve combustible
para encender una hoguera que te abrigue cuando estás perdida,
¿Para qué sirven?
Te siento en todas partes pero no estás en ninguna.
Intento consolarme repitiendo que sabes donde hallarme,
si te hace falta recordar quién sueles ser cuando te gustas.
O que prefieres lamer a solas tus heridas
para comprobar que aún sabes como hacerlo.
No lo digo para agregar una pena ajena a las que ya acarreas,
sino para que le cuentes a tu soledad que ya no está tan sola.
Sin más recurso que el respeto, acaricio la nada y te acaricio toda
O que el dolor te emborrache como un vino traicionero y se lleve tus palabras a otra parte.
Esta noche que te intuyo herida y mis manos no te encuentran,
reniego de mis manos.
Si estos poemas no sirven como breve combustible
para encender una hoguera que te abrigue cuando estás perdida,
¿Para qué sirven?
Te siento en todas partes pero no estás en ninguna.
Intento consolarme repitiendo que sabes donde hallarme,
si te hace falta recordar quién sueles ser cuando te gustas.
O que prefieres lamer a solas tus heridas
para comprobar que aún sabes como hacerlo.
No lo digo para agregar una pena ajena a las que ya acarreas,
sino para que le cuentes a tu soledad que ya no está tan sola.
Sin más recurso que el respeto, acaricio la nada y te acaricio toda
Que diría González
Algunos lunes me levanto pero sigo tumbado por dentro.
O admito que me conozco demasiado y no me quiero ver despierto.
Esos días con redacción de ultimátum para nadie,
que nacen atardeciendo, y sin tenerte a mano de mis manos,
cuando me pesan los años, y me aplastan los destierros.
Nada grave, que diría don Ángel.
La vida, la muerte. Nada grave.
Jornadas en las procuro olvidar quien fui o como me llamo,
enemigo a muerte de mi mismo por sólidos motivos,
emboscadas en las que no te escribo ni te busco temprano.
Esos días, que saben a sopa de ceniza y tienen el color de mi colada,
salta la alarma en tu instinto de gacela con garras de pantera y llamas,
con esa voz tuya que me lame las angustias, y me cambia las mañanas.
Nada grave, que diría González.
El tiempo, el amor. Nada Grave.
Digamos que hoy me levanté otoñal,
pero hablé un rato contigo
y ya tengo los bolsillos llenos de veranos.
Cuando quieras/puedas
ven a buscarlos.
O admito que me conozco demasiado y no me quiero ver despierto.
Esos días con redacción de ultimátum para nadie,
que nacen atardeciendo, y sin tenerte a mano de mis manos,
cuando me pesan los años, y me aplastan los destierros.
Nada grave, que diría don Ángel.
La vida, la muerte. Nada grave.
Jornadas en las procuro olvidar quien fui o como me llamo,
enemigo a muerte de mi mismo por sólidos motivos,
emboscadas en las que no te escribo ni te busco temprano.
Esos días, que saben a sopa de ceniza y tienen el color de mi colada,
salta la alarma en tu instinto de gacela con garras de pantera y llamas,
con esa voz tuya que me lame las angustias, y me cambia las mañanas.
Nada grave, que diría González.
El tiempo, el amor. Nada Grave.
Digamos que hoy me levanté otoñal,
pero hablé un rato contigo
y ya tengo los bolsillos llenos de veranos.
Cuando quieras/puedas
ven a buscarlos.
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