domingo, 23 de octubre de 2011

‘El torturador arrepentido’ de Carlos Salem


@pabloalvarezmendivilAutopsia social

por Laura Muñoz (texto) /Fotografía de Pablo Álvarez Mendivil.

El torturador arrepentido de Carlos Salem. Editorial Talentura, 2011. 136 pp., 13 euros.

El torturador arrepentido es una de las últimas publicaciones de Carlos Salem, su primera obra de teatro que ha sido representada en la Sala de Cincòmonos Espai d’Art de Barcelona por la compañía Brétema Teatro.
Tras su lectura entra una necesidad frenética de contar a todo el mundo lo que pasó, lo que ocurre ahora en una sociedad que empieza a oler fatal.
Julio y Jorge Luis.
El adolescente y el adulto.
1979 y 2000.
Argentina y España.
Dos almas en un solo cuerpo y muchas preguntas: ¿Tiene un torturador sentimientos? ¿Se arrepiente? ¿Puede amar a alguien? ¿Extraña a alguien?
En medio de este lío, Carlos Salem desatando nudos.
A través de la rabia de lo vivido y un encabronamiento importante, Salem nos acerca a las experiencias de la lucha contra el sistema establecido de una Argentina corrupta e infecta que, ahora, podríamos ubicar en casi cualquier sitio del planeta.
El protagonista, la goma-2 al mezclar Julio-Jorge Luis, llena la estancia de dolor mientras el olor a podrido, ante un posible engaño, atora el resto de sentidos; la traición pide paso a cada rato y el planteamiento de si debe olvidar o dar paso a la venganza sobrevuela el ambiente en cada una de las bajadas de telón.
Julio permanece en una celda a la espera de un sonido: la puerta que se abre y da paso a Lobo Morales que, probablemente, le torturará; la vibración de la picana que se acerca; golpes  que le avisen que al otro lado de la pared sigue habiendo vida.
Siempre esperando.
Una tela tapa su cabeza, no le deja ver. Sonidos, sólo eso. Intensos, sentidos y culpables del crecimiento de su rabia interna, de la furia contenida de vivir conteniendo las ganas de pelea. Una cama es el mobiliario, tres golpes su esperanza. Al otro lado de la pared, el amor de su vida.  En su orilla, la incertidumbre del maltrato al que puede estar siendo sometida la que cree LA mujer. Primer brote de venganza.
Julio crece y es Jorge Luis.
El adolescente se olvida de sí mismo y se convierte en otra persona en busca de justicia pero, ¿será capaz de convertirse en el torturador que le hizo mutar de una persona a otra para darle al castigador lo suyo? ¿Podrá obligarse a matar el impulso de venganza y empezar de cero una vida feliz que merece?
Carlos Salem, a través de los actos que componen esta obra teatral, nos conduce en el tiempo y el espacio para desnudar la hipocresía de una sociedad que, aún disfrazada, convive con nosotros. Una obra con un sistema inmune propio y completo: impunidad, memoria, justicia, añoranza, culpa.
Sin duda, El torturador arrepentido es la autopsia dramática del monstruo social creado por el mecanismo individual que estábamos esperando leer.

UN JAMON CALIBRE 45, en El Mundo


FESTIVAL | Getafe Negro

'¿Poemas policiacos? ¿Por qué no?'


Carlos Salem, argentino y de Madrid, el escritor de policiacos extraterrestres con pañuelo de filibustero años 80. Su trayectoria en alza, que parte desde la publicación independiente en 2007, se materializa en que su última novela: 'Un jamón calibre 45'. Nos llega editada por el sello poderoso de RBA, colección Serie Negra. Es decir, Salem está junto a Ross McDonald y González Ledesma, con Harlan Coben y Lehane. Humildemente, Salem saborea éste y otros éxitos recientes desde su lado de sus gafas y del humo de sus cigarrillos. Va a editar también un par de novelas en Francia. Ha estado paseando su voz rasposa por un par de mesas redondas en Getafe Negro, el festival de novela policiaca. La compañía catalana Brétema Teatro va a llevar a escena su obra 'El torturador arrepentido'. Carlos Salem está bastante animado.
"Getafe se está consolidando en un momento muy difícil. Cada año se nota más. Es ya el cuarto". ¿No hay un cierto aire de compadreo entre los autores hispanos de género? Asiente Salem: "El ambiente de novela negra es más solidario que otros. Los poetas, en general, son más cabrones que los novelistas. Yo he sido muy ayudado. David Torres o Juan Madrid han sido un apoyo muy importante en mi carrera. De hecho, cuando leí 'El gran silencio', de Torres, pensé: ¡Esto es lo que quiero hacer, pero a mi manera!".
"La novela negra es un género abierto. Ahora es un protogénero. A los autores les seduce" opina el Salem "porque exponen una situación límite, y además tiene toque comercial. 7 de cada 10 series de la tele son de investigaciones policiacas. La base de la novela es que alguien investiga algo de lo que a nadie importa. Un pequeño código ético. Mis novelas hablan todas de la amistad, con una persona normal en una situación extraña”. Hizo hincapié el escritor en la importancia esencial del humor, del sexo y del delirio en novelas suyas como 'Camino de ida', 'Pero sigo siendo el rey' o 'Cracovia sin ti'. "Me gustaría ser un Eduardo Mendoza del género negro. Me encanta el cachondeo de sus novelas", comenta Salem, que se ríe pero no mucho, ya está pensando en lo próximo que va a decir.
¿Y César Aira? "No. Cuando yo saco marcianos, es por un motivo, no como él. Además, una vez le oí meterse con Julio Cortázar, y si te metes con Cortázar es como si te metes con un primo mío. Aunque reconozco que Aira tiene varias novelas muy buenas. Osvaldo Soriano o Paco Ignacio Taibo sí me han influido. Sus novelas sí me producen ese estremecimiento que busco cuando leo".

Poesía y 'noir'

Como Benjamín Prado o John Banville, autores de esta edición del festival madrileño , Salem tiene una dimensión lírica y otra policiaca. Así, Salem tiene tres poemarios de bares gamberros y cerveza, 'Si dios me pide un bloody mary', 'Orgía de andar por casa' o 'Memorias circulares del hombre-peonza'. "Escribiendo novelas piensas que te desnudas menos, pero no es así. Quizá el ser poeta te condicione para escribir novela, pero no lo veo como algo diferente". ¿Poemas policiacos? "¿Por qué no? No es la primera vez que lo oigo".
¿Larsson? "Una ensalada sueca un poco aliñada". Por cierto, ahora que viene de hablar en Getafe, ¿no se habla siempre de Hammett o de Chandler, no son las grandes referencias constantes? "Sí, pero si me hablas de cubismo también saldrán los mismos de siempre, ¿no?". ¿Tu última novela, 'Un jamón calibre 45'? "Quería escribir una novela sobre Madrid en verano. En cada novela mía doy una visión de Madrid, por varias circunstancias, yo me he pasado muchos veranos aquí. Es un momento muy loco del año, en esta ciudad". Salem, ex periodista y noctámbulo de Lavapiés y Malasaña, ha recitado versos en el Club Bukowski y ahora en Diablos Azules, y posiblemente también por las callejas, por la noche, al que pasara por allí o a unos palomos posados en un alféizar.
Se va asomando Salem, el hombre del pañuelo, al panorama internacional y a las grandes firmas. Su caso tiene esa épica singular de escritor, que es la de andar por casa. Concluimos con unas palabras de Salem que mucho resumen: "Al principio no encontraba mi voz, pero me fueron animando. Poco a poco lo fui consiguiendo. Y me organicé las superviviencia".

viernes, 9 de septiembre de 2011

Pero sigo siendo el rey comienza su andadura en francés

http://action-suspense.over-blog.com/article-carlos-salem-je-reste-roi-d-espagne-actes-noirs-83765540.html

Carlos Salem : Je reste roi d'Espagne (Actes Noirs)
 
Après “Aller simple” et “Nager sans se mouiller”, ses deux précédents romans disponibles chez Babel Noir, voici le troisième titre de Carlos Salem “Je reste roi d’Espagne” (Actes Noirs).
À Madrid, José Maria Arregui est un ancien policier âgé de 44 ans. Plusieurs fois, il a été décoré pour avoir mis sa vie en danger dans l’exercice de ses fonctions. Il a même sauvé le roi Juan Carlos, aux prises avec des malfaiteurs. Ce jour-là, il a aussi perdu la femme qu’il aimait, Claudia. Surnommé Txema, Arregui a quitté la police pour créer une agence de détective avec un associé, Máximo Legrand. Il dispose de nombreuses relations, voire de conseillers occultes. Tel Nemo, un ado spécialiste des réseaux informatiques, dont la mère est fort séduisante. Côté cœur, Txema entretient une relation virtuelle via Internet avec la belle Olivia. S’il se réfugie parfois dans des cabines de sex-shops, c’est pour y trouver la concentration nécessaire afin de réfléchir, de résoudre certaines affaires. Une de ses méthodes consiste à cogner sévèrement un fautif, en guise de leçon, avant de lui pardonner et de venir en aide à celui-ci, qui commettait une erreur.
Des clients comme Iñaki Zuruaga, Txema ne les apprécie pas du tout. Promoteur immobilier, il veut contraindre le détective à collaborer. Txema ne cache pas avoir la trouille de son homme de main, Terreur. Mais il ne capitulera pas si vite. Zuruaga devient une obsession pour Txema, car il pense l’avoir connu jadis, sous un autre nom peut-être. Le détective est sûr que Zuruaga n’est pas le chef, qu’il agit pour les intérêts d’un supérieur — aussi fantomatique soit-il. Txema finira par découvrir que celui-ci, très puissant, est appelé “le Chasseur”.
Le ministre de l’Intérieur contacte Txema, se montrant plutôt insistant. Les deux hommes se respectent, ayant des souvenirs en commun. Le ministre a une mission urgente à lui confier. Le roi Juan Carlos a disparu volontairement, laissant un message sans signification évidente. Les fêtes de Noël approchant, il faut absolument le retrouver avant. Fatigué, Txema préfère prendre quelques jours de vacances. Voyageant sans but précis, c’est au bord de la mer, à Estoril (Portugal), que le détective déniche le roi. Repérant un faux marin suspect, Txema s’aperçoit vite qu’ils sont pistés par les hommes de Zuruaga, dont le redoutable Terreur. Grimé, le duo arrive à Lisbonne. Le plus sage serait d’aller à l’ambassade d’Espagne. S’ils sont si aisément suivis, c’est à cause du ou des GPS placé(s) dans leur véhicule. Trouver l’appareil, ruser pour échapper à ceux qui les pourchassent, ça ne suffit pas. Txema appelle le ministre, mais le rendez-vous prévu pour mettre le roi en sécurité s’avère un piège monté par Zuruaga.
Grâce à leur rencontre avec Sosiris, un devin qui ne devine que le passé de ses clients, Txema et le roi vont poursuivre leur route, non sans troubles. Ils finissent par trouver la rivière qui leur donne le chemin de Madrid. Parvenus dans la capitale espagnole, la mission de Txema vis-à-vis du roi ne s’arrête pas là : “Il doit le protéger mais pas pour ce qu’il représente ni pour ce qu’ils ont partagé, simplement parce qu’il est son client et lui un détective.” Vrai, sans doute, pourtant ils vont tous deux vivre encore bien des tribulations avant que Juan Carlos ne soit à l’abri. Alors, la vengeance de Txema contre Zuruaga pourra s’accomplir…
 
Ce troisième roman de Carlos Salem est encore une belle réussite (ce résumé ne donnant qu’un faible aperçu de la fantaisie exprimée ici). Si ses histoires sont si délicieuses à lire, c’est clairement parce que cet auteur aime jouer. Avec sa propre imagination, d’abord. Quoi de plus excitant que d’alimenter les multiples péripéties en utilisant toutes bonnes les idées, y compris les plus farfelues, qu’elles soient délirantes ou mélancoliques, drôles ou plus graves. Le résultat de ce jeu, c’est une road-story débridée, une pétarade de rebondissements et de trouvailles sympathiques. Ce qui ne doit d’ailleurs pas masquer “l’écriture” de Carlos Salem, vive et précise, souvent inspirée.
Il s’amuse également avec des références polardeuses. Par exemple, le chat du devin se nomme Marlowe, et on nous glisse un hommage à Montalbano. Plus fort encore, l’écrivain hispano-mexicain Paco Ignacio Taibo apparaît dans son propre rôle, secondaire mais bien présent. À Madrid, le détective et le roi vont avoir besoin de l’aide de l’Argentin débrouillard Raúl Soldati et de son associé Octavio Rincón, qui furent les héros de “Aller simple”. Tout est jeu chez cet auteur, on le vérifie à chaque scène. Et c’est probablement cet enthousiasme ludique partagé avec ses lecteurs, qui fait qu’on adhère totalement aux romans de ce diable de Salem.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Diario de una gripe de verano: PUNTO DE FISIÓN

Una vez escribí que un catarro en agosto es algo así como una muestra gratis de la agonía.
Estaba en lo cierto.
La tele se repite, aunque esquive con habilidad los telediarios. Este fin de semana decidí levantarme y dejar que el sol me viera. Para que no me eche de menos. Caminé por mi nuevo barrio hasta tropezar con pequeño parque enrejado, media manzana de verde acorralada por edificios de Chamberí.
Y leí, leí durante horas.
Recorrí las ruinas todavía tibias de Chernobyl, y paseé por un Madrid amenazado por una banda de terroristas chulapos que se cubrían los rostros con caretas de Lenin. Sentí cierta empatía con un editor hipocondriaco que descubría -tarde- que un hombre empieza a morir por la polla, y con un cínico madero de vocación sonetista. Y deseé-odié-añoré a una muchacha que se tatuaba los amores perdidos en forma de versos en lenguas tan diferentes como las lenguas añoradas.
Y supe que la única justificación para dedicarte a escribir novelas es que te caiga un rayo en la cabeza
Y me sentí bien.
Y me reí de la agonía y sus muestras gratis.
Y cerré el libro, PUNTO DE FISIÓN, de David Torres.
Y recuperé las ganas de escribir que creía perdidas.
Como aquella vez, en 2004, cuando leí otra novela de Torres, El gran silencio, la misma semana en que yo había decidido dejar este rollo de la literatura porque nadie me publicaría jamás.
La misma semana en que empecé a escribir una novela que terminaría y publicaría y sería traducida a varios idiomas.
Me lié un cigarrillo (esta vez sin maquinita), y me quedó de puta madre.
Y fumando me fui del miniparque antes de que cerraran las rejas.
Y aunque al volver a casa me sentí un poco débil y tuve alucinaciones en las que hordas de jóvenes sosos invadían la ciudad con canciones bobas para adorar a un viejo vestido de blanco, me sentí mucho mejor.
No sé si ya tienes seleccionados tus libros para lo que resta de verano, ni hasta que punto te pueden influenciar las listas de los más vendidos, pero con o sin gripe de verano, te recomiendo Punto de Fisión si quieres vacunar tu estío contra el hastío de las novelas pre-cocinadas.
Punto de fisión. Recuérdalo. Puedes confiar en mi palabra.
Cuando tienes una gripe de verano,no te quedan fuerzas para mentir.
Ayer empecé a escribir mi nueva novela.
Me gusta y creo que a ti también te gustará.
Porque, una vez más,gracias al cabrón de Torres,recordé lo que es un buen libro y tal vez pueda escribirlos,además de leerlos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Una bicicleta roja

Una bicicleta roja


Odiaba ese barrio. Odiaba ser pobre. Odiaba al Viejo y, sobre todo, me odiaba a mí. También odiaba las bicicletas. Las de los demás y la mía. La mía más que ninguna.

La casa era de madera y ellos no hacían más que decir que pronto saldríamos de ahí. Todos trabajaban para salir de ahí. Mamá, El Abuelo, el Viejo, no paraban de trabajar para salir de ahí. A mí me importaba un carajo porque estaba AHÍ, mi futuro no iba más allá de la semana siguiente, y a la semana siguiente seguiría AHÍ. Y para ellos tenernos ahí era una culpa que se apresuraban en pagar. Yo extrañaba mi brazo de río, la cantera, el bosque de árboles cortados y la soledad en la que podía leer o inventar cosas. En la casa nueva, la casa pobre, no había lugar para los libros y estaban empaquetados en cajas, esperando que nos fuéramos de ahí. Pero lo que más extrañaba de la Colonia era el río helado y transparente que me hacía pensar que no me importaría morir en esas aguas.

Las bicis eran lo que marcaba diferencias. Estaban de moda las que tenían ruedas pequeñas y trepaban las cuestas con rapidez. Eran de colores y si no tenías una propia, es que todavía eras un nene. Yo vencí el orgullo que siempre me volvía mudo frente al Viejo, y un día, a la hora de comer, dije que me gustaría TANTO tener una bicicleta. El Viejo empezó un discurso en el que todos teníamos que colaborar para salir de ese barrio, que había que sacrificarse y que, al fin y al cabo, él me llevaba al colegio y para qué necesitaba una bicicleta. Mamá le hizo un gesto y calló en mitad de una frase.
Yo no volví a pedir una bicicleta.

El Abuelo tenía una furgoneta Citroen que nunca arrancaba. Había que empujarla. La dejaba fuera, cerca de una pendiente, y cuando tenía que salir con Mamá a vender las enormes bolsas de caramelos que cargaba en la furgoneta, yo y otros chicos del barrio lo empujábamos hasta que el motor tosía y se ponía en marcha. Luego iban a hacer su recorrido y no paraban el motor hasta que no volvían a casa.
Cuando todos se iban y yo había vuelto del colegio, me quedaba solo en la casa, porque mi hermanita no contaba más que el perro. Le ponías la tele o se quedaba con alguna vecina y te olvidabas de ella. Toda la casa para mí. Eso era lo peor. Era como si yo me mereciera esa casa revestida por dentro con un cartón marrón hecho con pulpa de madera, el mismo que había visto en las casas pobres de algunos clientes del Viejo. Casas llenas de gente con la siesta pintada en los ojos y que en cada palabra parecían decir que no había forma de salir de ahí.
Pero lo peor era el baño. Estaba afuera, al fondo, detrás de la casa. Era un cuartito de tablones de madera, por el que se colaba la luz desde todos los ángulos cuando era de día, y el acecho de la noche amenazaba voces desde la oscuridad. Nunca ibas al baño de noche, porque se oían las voces de los borrachos, las peleas y a veces sonaban tiros.

El Viejo tramaba algo. Lo sabía, porque hacía comentarios destinados a despertar mi curiosidad. Y yo fingía entrar en el juego para darle el gusto. Entonces él se cerraba y pretendía que yo insistiera para que me revelara el secreto. Yo no insistía. Hasta que una tarde me lo dijo. Para mi cumpleaños me regalaría una bicicleta. Salté de alegría y en ese mismo momento la imaginé: moderna, con ruedas pequeñas, roja. No sé porqué la imaginé roja. Tendría detrás una parrilla para llevar paquetes y con esa bicicleta roja yo recorrería el mundo. Él me dijo que no quería hablar más del tema y que dependía de que me portase bien hasta mi cumpleaños.
Yo no entendía nada. Porque me portara bien o me portara mal, él no se enteraba.

En el tiempo que habíamos pasado en la Colonia, algo había cambiado en el país y no lo vimos, como si la realidad también estuviera esperando a que construyeran el puente para cruzar hasta allí. La gente hablaba de política casi sin miedo, en la radio nombraban a Perón, y el Presidente seguía llevando uniforme, pero ya no tenía bigote, era calvo y parecía menos enojado con nosotros.
Yo me había olvidado de Batman, porque El Abuelo me había hablado del Che Guevara y me había prestado unos libros, y pensé que el Che, que tenía asma y peleaba, era mejor que Batman, y por lo menos, daba la cara.

Con la promesa de la bicicleta, dejé de pensar en la muerte. Una bicicleta roja es un buen motivo para seguir viviendo. Y ganarle carreras al agrandado de enfrente, cuyo viejo había construido la mejor casa del barrio y cambiaba de coche cada tanto y nos miraba como desde lo alto cuando empujábamos la furgoneta de El Abuelo, cargada de caramelos. Una bici roja para derrotar al viento y salir de ese barrio y ganarle a la muerte la carrera. Empecé a imaginarme la bici cuando iba al baño de madera, viajaba hasta el fin del mundo sentado en ese cajón de madera que tenía un agujero y daba a un pozo presentido y horrible. Me llevaba un libro para disimular, pero en realidad, en ese baño de madera, yo preparaba mi fuga en una bicicleta roja y el libro quedaba al costado, sobre los tablones de madera.
Nadie es del todo pobre si tiene una bicicleta roja.

No me enteraba de lo que pasaba en casa. No me importaba mucho, tampoco. Sólo que los días cayeran rápido para traerme mi bicicleta. Cuando veía a los otros chicos pasar con las suyas, decidía que yo no iría en grupo, yo iría sólo, mi bicicleta roja y yo, dos lobos sin manada. Detecté alguna conversación entre ellos, y por algún motivo supuse que tenía que ver con mi bicicleta. Todo tenía que ver con mi bicicleta roja. El Viejo decía que eso era cosa de él, que lo dejaran, carajo, que al fin y al cabo, yo era su hijo.
Intenté sonsacar a El Abuelo, pero sólo me dijo que si mi padre me había prometido una bici, la tendría. Y me tranquilicé, porque El Abuelo era de fiar. Pero la sola idea de quedarme sin bicicleta me asustaba más que las voces de la noche, y empecé a ocuparme de las tareas que antes eran obligadas por el Viejo. Le lavaba el jeep, acomodaba su almacén, barría, lo que fuera. Y el tiempo pasaba lentamente, demasiado. El tiempo, pensé, no tiene una bicicleta roja y por eso es tan lento.

Me despertó temprano y era el día.
Mi cumpleaños.
Jugó un poco a que no pasaba nada especial y luego, con cara de risa, me mandó a buscar algo al patio. Yo sabía lo había en el patio. Mi bicicleta roja. Acaso estuviera envuelta en un paquete de regalo, con cintas. O en una caja, plegada todavía. Así las había visto en los comercios cuando entraba, cuatro o cinco veces por semana para espiar las bicicletas rojas que podían ser la mía. Tenían tacos cuadrados en las ruedas y colgaban de hierros gruesos, como murciélagos dormidos.
En el patio encontré una bicicleta negra, enorme y usada. Era como las que usaban los albañiles que pedaleaban sin ganas hacia el trabajo, que volvían vencidos por la tarde.
Peor aún: era una bicicleta de mujer, una bicicleta de albañila.

Dejé de sacar libros de las cajas porque habían quedado debajo de las de la mercancía del Viejo y no podía saber dónde estaban mis libros y dónde la vajilla y el resto de los muebles de una fuga que no llegaba. Cuando quería leer, me hacía con algún libro de ellos o de El Abuelo. Daba igual, porque leer era sólo una manera de no pensar en la bicicleta roja que tendría, o en la bicicleta negra que tuve.

Esa noche discutieron, en la cama. Pude oír todo. Siempre oías TODO en esa casa de juguete. Lo que decían y lo que hacían. El Abuelo roncaba en el otro sofá del salón que en realidad era poco más que un pasillo, pero aún así pude oír que ella le decía por qué no había preguntado, por qué no había esperado a saber qué bicicleta quería yo, en lugar de comprar la primera que encontró barata.
Él le dijo que era una buena bicicleta, sólida y que me duraría toda la vida.
Eso fue lo que más me asustó.
Me vi de pronto, viejo, con treinta años o más, arrugado y montado en esa bicicleta de albañila. Él dijo que la había conseguido a buen precio, de un cliente que le debía dinero y nunca acababa de pagar la deuda, y ella le respondió que podíamos permitirnos una bicicleta como la que yo quería, que eran mis once años, y que a esa edad, una bicicleta era la vida.
Ella sabía. Nunca le pregunté por su propia bicicleta roja. Pero seguro que la tuvo. O que no la tuvo. Como yo.

El Viejo se empeñaba en convencerse de que la bicicleta de albañila me gustaba, y me lo preguntaba tres veces por día. Yo lo miraba a los ojos y pensaba que decirle la verdad no serviría de mucho.
Le decía que sí.
Que estaba muy contento.


El baño de madera se convirtió en mi refugio, pobre y lleno de hilachas de luz. Allí me encerraba por las tardes, con un libro de ellos que no leía pero servía para explicar el tiempo pasado entre esos tablones. Y trataba de convertir en mi cabeza la bicicleta negra en mi bicicleta roja.
Y pensaba en el agua helada del río.
Todo el tiempo pensaba en el agua helada, pero quedaba tan lejos que me sentía pobre hasta para comprarme la muerte adecuada.

Él me mandaba a buscar cosas con la bicicleta. Lo hacía con orgullo, sonreía, como si esa bicicleta nos uniera para siempre. Y yo iba, rogando que nadie me viera, porque esos encargos eran por la mañana temprano, cuando faltaba leche o azúcar y el único lugar abierto quedaba a cierta distancia. Cuando pedaleaba, forzando mis piernas para completar el recorrido eterno de esos pedales, a veces me mezclaba con la nube de albañiles que rodaban hacia sus obras. Todos tenían esa cara de carrera perdida que evitaba buscarme en los espejos. Eso era lo bueno del baño de madera: no tenía espejos. Bueno, había uno, redondo, pequeño y con un marco de plástico. Pero yo lo descolgaba de su clavo y lo ponía boca abajo sobre el suelo de madera y soñaba con mi bicicleta roja o con el agua helada del río.

El perro salió de la nada. Era negro, enorme, desgarbado. Como mi bicicleta. No se limitó a ladrar. Me perseguía, cada vez más cerca. Pedaleé con todas mis fuerzas, pensando que si fuera en mi bicicleta roja, jamás me alcanzaría. Y por un momento, pareció que tampoco me alcanzaría con la bicicleta de albañila. Yo me ponía de pié en los pedales, completaba el giro y volvía a empezar, y en cada movimiento pensaba que lo dejaría atrás. Estaba casi orgulloso de mi bicicleta negra, íbamos a ganar esa carrera, lo sabía. Sentí el tirón en el tobillo pero seguí dándole a los pedales un poco más, hasta que el peso del perro me hizo caer. El paquete de azúcar reventó contra el suelo de tierra y el perro era enorme, todo boca y dientes y mirada alucinada. Soltó el tobillo y avanzó, buscando mi entrepierna mientras lo pateaba con el pie herido. Una vieja gorda y despeinada apareció con una escoba casera, de palo grueso como un tronco, y empezó a pegarle en el lomo. Era una vieja con la cara roja y el pelo gris desordenado y la boca sin dientes. Pero si yo hubiera creído en dios, me habría parecido más bonita que la virgen.

Empecé a llevarme siempre el mismo libro. Aunque nunca lo leía más allá del resumen de la portada. Era una explicación confusa, el que la había escrito pretendía demostrar que sabía mucho, pero contaba poco de la historia. No recuerdo el título ni el nombre del autor, sólo que sonaba cercano. No era inglés o chino. El color del libro era fucsia, o rojo, o algo así. Y la portada poco atractiva. Era diferente a mis libros. Pero mis libros tampoco me atraían ya. Nada me atraía. Sentado en el cajón de madera sostenía el libro entre mis manos y pensaba en la muerte y en que no sólo podía encontrarla en las aguas heladas de un río inaccesible como mi bicicleta roja.

Todo fue revuelo. El perro estaba rabioso y en la ciudad no tenían la vacuna. Había que traerla por avión y tardaría varias horas. Me pusieron una antitetánica y me dieron dos pastillas de un antibiótico muy bueno, para prevenir infecciones. Tendido sobre la camilla, sólo veía las cosas de costado. El Viejo que me miraba de vez en cuando y sonreía sin confianza para darme confianza. La enfermera joven me trataba como a un bebé y decía que todo iría bien.
Y algo no iba bien.
Lo sabía. No era el susto ni la sombra del perro ni el recuerdo del río helado. Era que algo extraño me pasaba y no podía explicarlo. Tampoco podía hablar. Tenía la lengua dormida y me sentía más grande que mi cuerpo, a punto de explotar. El Viejo se acercó y me miró a los ojos y quise decirle con la mirada que me estaba muriendo, que sabía que me estaba muriendo y que era tan ridículo que me fuera a morir en la camilla de un hospital. Él me pasó la mano por la frente, sonrió con cariño y me dijo:
—Tranquilo, a la bicicleta no le pasó casi nada.

A veces abría el libro. Pero nunca leía. Era un libro de mayores. No porque dijera nada prohibido, hasta dónde yo sabía. Pero no traía ilustraciones ni parecía que te fueran a explicar la historia desde el había una vez. Eso no era malo, porque mis libros de siempre me aburrían. Sentía frente a ellos lo mismo que con mi bicicleta de albañila. Mis libros de chico ya no eran para mí, y si Mamá no hubiera estado tan ocupada trabajando para salir de ahí, se lo hubiera podido explicar. Sin libros estaba indefenso. Porque todas las historias que yo inventaba en ese tiempo, terminaban en la muerte. Y en niños que se perdían y nunca volvían a casa.

La enfermera me vio, entre una y otra broma que le gastaba el Viejo para pasar el rato. Me miró y dijo:
—Al gordito le pasa algo.
Yo odiaba que me llamaran gordito por culpa de mis mofletes llenos. Pero esa vez me encantó el adjetivo. Lloré de alegría porque llevaba horas, o eso me pareció, intentando no dormirme como ellos aconsejaban. Sabía que algo raro me pasaba por dentro, que tendría que ver con los antibióticos, y que si me dormía no volvería a despertar. Pero en el momento en que ella dijo que al gordito le pasa algo, yo pensaba que no era mala forma de morir, que era como el agua helada. Me pusieron una inyección, unas pastillas, y a la noche estaba en casa, una especie de héroe por haber sobrevivido por los pelos a una reacción alérgica provocada por esos antibióticos que me hubieran matado en pocos minutos más. Eran unas pastillas rojas, en un frasco de color marrón. El frasco quedó en casa, junto a otras medicinas.

La reparación de la bicicleta se fue postergando. El Viejo estaba ocupado y yo no insistía. Él me prometía que el domingo, pero el domingo también salía a vender y la bicicleta con la rueda torcida fue quedando oculta por nuevos envíos de mercancías. Yo iba por la casa disimulando la melancolía y pensado una historia. En esa historia, un chico se encerraba una tarde en un baño de madera y se tomaba un puñado de pastillas rojas y se moría. Al morir no iba al cielo ni al infierno, sino a una llanura interminable, sin casas pobres a la vista. Sólo un árbol enorme.
Y apoyada contra el árbol, lo esperaba una bicicleta roja.

Fue una tarde cualquiera. Creo que era primavera. Estaba decidido. Esperé el momento justo, la casa vacía, todos trabajando lejos para poder salir de ahí. Nadie me encontraría hasta la noche. Me fui al baño con una botella de cocacola llena de agua, el libro y el frasco de pastillas. Estaba atardeciendo, porque el sol se colaba oblicuo entre las tablas. Recuerdo que abrí el frasco y calculé la cantidad de pastillas y no tuve ninguna duda de que lo haría. Mamá no sufriría, porque le había dejado una carta y ella entendería. Dejé las pastillas sobre el libro, en el suelo, tomé un trago de agua, y miré por última vez el paisaje entre las tablas. Bajé la vista y vi que un hilo de luz que pasaba a través de un agujero minúsculo, proyectaba sobre el rincón la escena del exterior, pero cabeza abajo. Sabía lo que era. A mamá le encantaba la fotografía y soñaba con una buena cámara, pero eso sería cuando pudiéramos salir de ahí. Cuando pudieran.
Pensé que en mi carta tenía que haber repartido mis pertenencias, pero ya era tarde para rectificar. Además, aparte de los libros perdidos en cajas, sólo tenía la bicicleta negra. Y nadie se merecía que le dejara esa herencia. Ni siquiera mi hermanita.
Siete pastillas. Sobrarían. Al bajar a recogerlas, tuve una idea. Puse el libro contra el rincón en el que pegaba el rayo de luz invertido y pude ver la escena: el árbol raquítico del fondo, arbustos, una casa tan pobre como la nuestra. Quise ver más y reuní las pastillas en una mano, mientras con la otra abría el libro por el centro y lo apoyaba en la pared de madera, frente al rayo de luz. La escena se vio mejor, sobre las letras negras y la página blanca. Me despedí un rato de ese paisaje que nunca había sido mío, y con los dedos de la otra mano comprobé que tenía las siete pastillas. Una frase se despegó del paisaje, fue como si se pusiera encima de las imágenes invertidas. Decía algo de la Bella Remedios, que hacía suspirar a los hombres y marchitaba las flores con su belleza.
Sin mover el libro seguí leyendo esa historia que no sabía cómo empezaba ni cómo acabaría. No era una aventura de Sandokán o una astucia admirable del Príncipe Valiente. Los personajes eran pobres pero estaban llenos de magia: presos que hablaban con sus antepasados, patrones feroces que podían más que la muerte, campesinos sin zapatos. Y la Bella Remedios. Era tan hermosa que parecía de aire, pero tenía un cuerpo de pecado, decía el libro, y la describía. Los pechos de la Bella Remedios eran inolvidables, y los hombres que los mordían cantaban ópera entre la espesura de la selva o partían a pelear sin armas. Había un tren, creo. Y siempre me gustaron los trenes. Y saltando páginas con una mano, me encontraba cada tanto con la Bella Remedios, que supe, tenía solo cinco o seis años más que yo. La vi desnuda, bañándose con una esponja, desnuda y brillante.
Bebí un trago de agua y seguí leyendo.
Remedios era diferente para cada hombre que la miraba, pero ellos también cambiaban después de tocarla. El taciturno se volvía alegre, el sabio ignorante, el ciego veía por la punta de los dedos tras rozar sus pezones. Sus pezones. Salté más páginas y más, buscando partes de la Bella Remedios y la vaga sombra de la historia me atrapó. En algún momento se hizo real, no estaba en el baño pero la veía, desnuda, con esa mirada entre la inocencia y la estupidez, con los pezones en punta y el sexo brillando en la oscuridad. No recuerdo cuándo solté las pastillas, porque necesitaba esa mano por primera vez en mi vida y por nada del mundo iba a dejar el libro. Nunca antes me había masturbado, pero Remedios me ayudó. Y cuando todo terminó seguí leyendo hasta el anochecer. Al ponerme de pie para salir algo crujió bajo mi pie.
Supongo que era una pastilla.
Roja.
Como la bicicleta que nunca tuve.

Jamás supe qué libro era. Dejé que se perdiera para no recordar las pastillas. Lo mismo hice con la carta para mamá, que llevé entre mis libros del colegio algunos meses, para no olvidar. A Remedios jamás la olvidaría. Durante un tiempo, después, pensé que era un libro de García Márquez, pero ninguno de los que leí en estos años era la historia del baño de madera. Puede que ni siquiera se llamara Remedios y que la vergüenza de mi memoria la identificara con un personaje del Nobel para otorgar valor literario a mi suicidio fallido. La busqué también en otras novelas, otros autores. Per ninguna Remedios era mi Bella Remedios y a veces creo que todavía la sigo buscando.

El viejo propuso comprarme otra bicicleta, la que yo eligiera. Pero le dije que no. Que ya tenía una y que además, las bicicletas eran cosa de chicos. La negra se perdió en alguna mudanza o la regalé, con su rueda torcida, no lo recuerdo. Ese fin de semana acomodé el almacén del Viejo y cuando se dio cuenta de que había separado las cajas por proveedor y por mercancía, apilando a un lado las que contenían nuestras pertenencias, me abrazó y me dijo que sin que él se diera cuenta, yo me estaba haciendo un hombre.
No dije nada y seguí ordenando cajas.
A un lado estaban las de la familia, sueños empaquetados.
Al otro, las de mis libros. Quería revisarlos, descartar los más infantiles, escoger los imprescindibles.
Los que me llevaría conmigo cuando saliera de allí.