lunes, 9 de mayo de 2011

jueves, 5 de mayo de 2011

lunes, 2 de mayo de 2011

Vocaciones

Quisiera ser un tardío caballero andante de opaca armadura y casco de motero para matar a los dragones grises y mediocres que te chamuscan los sueños cinco días por semana.

O un pirata de verdad y sin atrezzo
para tomar tu risa al abordaje
surcar los mares que contienes
y pasar por la quilla los relojes.

O un duro detective socarrón
para castigar a quien te roba
las horas más felices
y hacerte el amor sobre la mesa del despacho.

No soy un héroe
sólo un tipo que escribe
en el folio de sus propias nubes
con un bolígrafo barato
las aventuras que ya no vivirá.

Pero lo de la mesa del despacho
lo hacemos cuando quieras.

Y todo lo demás también.


(Del libro inédito "Empatar por goleada")

domingo, 1 de mayo de 2011

Las gafas de Sábato

Leí Informe sobre ciegos para impresionar a una chica que era digna de verse y adoraba a Kafka. En ese tiempo éramos de Cortázar o de Borges, como en un Boca-Ríver de la Literatura. La chica, como suele ocurrir, pasó. Pero Sábato siguió ahí, con sus inmensos libros, como si viviera en un costado de la Argentina, él que sabía detectar el ojo del huracán humano con esas gruesas gafas que siempre se te antojaban tres tallas más grandes que su cara. Su Abaddón el exterminador vaticinó, en cierto modo, la dictadura que venía en camino y también que nunca volveríamos a ser los mismos.

Acaso por su formación científica, era capaz de analizar las pasiones hasta el fondo. Él, que en los laboratorios Curie de París asistió a la ruptura del átomo de uranio, fue el más preocupado por comprender los mecanismos que descomponen el alma de una sociedad a partir de su partícula elemental: el individuo. Desde el año 74 no volvió a publicar una sola novela, como si hubiera hallado ya en el género todo lo que podía hallar, o temiera llegar a saber demasiado. Y la vida, como en una novela de Sábato, lo enfrentó años después a la más monstruosa de las historias que contar, la de las atrocidades cometidas por Videla y sus herederos en el poder militar.

Sus trágicas lentes enmarcaban la profunda tristeza de sus ojos

Su trabajo al frente de la Comisión Nacional para la Desaparición de Personas (CONADEP), lo obligó a leer miles de testimonios del horror, a ver las caras de las víctimas y las máscaras arrogantes de los verdugos, a escuchar críticas de todo un sector del país urgido por olvidar, no ya lo ocurrido, sino su propia pasividad ante los hechos. Y Sábato lo veía todo con esas gruesas gafas tres tallas más grandes que su cara, en las que uno creía que residía su poder para analizar sin estallar, como un científico que debe conocer al germen más letal tal vez para buscar un antídoto, pero especialmente para explicarse su existencia.

No es extraño ni premonitorio que a finales de los ochenta comenzara a perder la vista, y resulta coherente que se dedicara con mayor ahínco a su otra pasión, la pintura. Tenía que seguir narrando, por otros medios, el infierno tan temido que, él ya lo sabía, no son los otros como afirmaba Sartre, sino nosotros.

Ahora comprendo que las gafas de Ernesto Sábato no eran mágicas, sino trágicas, porque enmarcaban la profunda tristeza de sus ojos. La mirada del hombre que sabía demasiado.