Querido Diario:
Mientras mi cuarto sigue ocupado por mi ex, Gertrudis, y su nuevo novio senegalés, Bnamhmwammboo, he aprovechado para salir de casa armado con mi Nintendo DS XL y el Ghost Trick, el juego que en las últimas semanas ha ocupado mi mente y mis energías. Ha sido un acto de rebeldía ante la prepotencia de Gertrudis: vale que se mudara a mi casa porque la han echado de la suya a causa de los excesivos ruidos amatorios que producía con el moreno; pase que además trajera consigo su colección de 258 relojes de arena. Pero al ordenarme que me ocupara de darles “cuerda” regularmente dándoles vuelta, Gertru despertó al indomable rebelde que dormía en mi interior. Y sin que me temblara el pulso, mientras ellos de ocupaban de escandalizar a mis vecinos, salí andando de puntillas y no dudé en pagarle un buen diner al ucraniano que está pintando en la casa de al lado, para que se ocupe de los relojes.
Ya sabes: los cobardes no escriben la historia querido diario.
Y aquí estoy, en este vetusto locutorio dotado de ordenadores que deben datar de la infancia de Bill Gates, por lo menos. Pero libre, como mi corazón.
Reviso mi correo electrónico. Algo interesante. En una nota anónima alguien me agradece las noches encendidas de sensualidad, enumera una por una las acrobacias sexuales realizadas, y anhela nuevas locuras sin final, aunque propone que la próxima vez podríamos dejar de lado lo del látigo de nueve colas y lo que llama la refinada pero un tanto exasperante técnica de la miel y las hormigas, “porque luego me siguen las moscas durante semanas”. Lo firma un tal Manolo y apunto mentalmente que debo prohibir a Gertrudis que siga dando mi dirección de e-mail para recibir mensajes de sus amantes. Además, nunca quiso hacer lo de las hormigas conmigo.
¡Por fin! Respuesta de la agencia de relaciones a la que acudí para buscar a mi media naranja, “o fruto sucedáneo más o menos digerible”, agregué en mi carta de presentación. Tampoco hay que ser tan exigente. Me comentan en su mensaje que han seguido los pasos habituales y tras introducir en su banco de datos mis preferencias en materia de relaciones, los requisitos que debe cubrir mi posible compañera, las exigencias intelectuales y físicas y los deportes que quisiera compartir con ella, por fin han obtenido resultados. Se disculpan por el retraso, pero argumentan en su favor que han tenido que renovar el personal varias veces debido a las renuncias en masa provocadas por mi gestión y agregan que ¡la han hallado! Responde, me dicen, punto por punto a mis peticiones, parece creada para cumplir mis sueños, desde los más tiernos hasta los más perversos. Lo malo, me informan, es que esa variedad de iguana de las regiones árticas, se extinguió hace por los menos 20.000 años. Suspiro. Siempre pensé que no había nacido en la era adecuada.
No puedo seguir llorando porque suena mi teléfono móvil y es la mi agente literaria, que me pregunta, con el respeto que le provoca el valor de mis escritos, que “cómo has sido capaz de escribir una bazofia de tal calibre”.
- Me alegro de que te guste -digo
- Lo que me gustaría es pagarte una lobotomía, pero sería dinero tirado, porque no creo que con medio cerebro puedas hacerlo peor.
No contesto nada, porque ya estoy habituado a su fino sentido del humor cuando se refiere a mí, aunque a lo de dejarme encerrado en el balcón de la agencia, a ocho pisos de altura y durante todo un fin de semana, la verdad, no acabé de encontrarle la gracia.
- ¿Cómo te manejas con el correo electrónico? -pregunta.
- Regular. Siempre me hago un lío al pegarle los sellos, pero no volveré a intentarlo con la lengua, que la última vez casi me electrocuto.
-Olvídalo -suspira-. El caso es que te he remitido varios e-mails de lectores que han llegado a la agencia a tu nombre. Seguro que son insultos, así que mejor los respondes tú.
Ha colgado y me apresuro a abrir el archivo remitido bajo el título de “para el memo”.
El primer e-mail promete:
“Querido Carlos: detrás de tu aparente imbecilidad congénita he detectado una sensualidad sin límites y una sensibilidad que me excita. No importa que tu ex, Gertrudis, ese pendón desorejado, sea incapaz de valorar tus atractivos. Me llamo Valeria y estoy dispuesta a cometer contigo todas las locuras posibles y algunas por inventar. Como sé que eres hombre al fin -o algo parecido- y que el físico os importa mucho, te diré que he sido reina de belleza en varias ocasiones, y que más de un poeta ha perdido la razón por mis encantos. Cuando quieras, lo que quieras, cómo quieras, siempre tuya, Valeria.
PD: No creas que soy la típica tonta inexperta que luego se echará atrás cuando llegue el momento. Tengo experiencia, y no en vano este mes he cumplido 115 años. Te envío dos fotos mía, desnuda, desde luego. Una de cuándo fui Miss Liguero 1907, y otra, también desnuda, de la semana pasada.”
Le respondo de inmediato:
“Querida Valeria: es imposible resistir tu oferta, y menos después de ver las fotos. Pero por el momento, lo ajetreado de mi agenda me impide concretar nuestra cita de inmediato, por lo que te pido un poco de paciencia. 30 o 40 años, como mucho. Salvo que antes de esa fecha se invente la máquina del tiempo y pueda viajar a 1907.
Tuyo, Carlos.”
El siguiente es un ferviente admirador de mi talento:
“Salem, tío: Leo cada mes la revista y soy un forofo de tus relatos, aunque me indigna ver lo que tienes que pasar por culpa de Gertrudis. Olvídala, tío, no te merece. Vale que por lo que cuentas es guapísima, que tiene menos reparos morales que un ministro, y que sea insaciable en la cama. Vale que además, a juzgar por lo que cuentas, está más buena que un camión de quesos y que se debe saber de memoria todo el Kamasutra, y que… a propósito, ¿me podrías facilitar su teléfono o su dirección, para decirle todo esto a la cara?
Un abrazo, Ernesto Cador de Piernas.”
Respondo, agradecido:
“Querido Ernesto: Gracias por compadecerte de mí, es increíble la solidaridad que despierta mi caso, porque el tuyo es el e-mail número 23.437 que expresa esa comprensión y se ofrece para recriminar en persona a Claudia su actitud. Para evitar aglomeraciones, he creado una lista de espera en la que procedo a apuntarte. Como todo indica que la demora será considerable, te envío en documento adjunto la foto y dirección de una buena amiga, Valeria, que sin duda sabrá hacerte agradable la espera.”
Hay muchos e-mail más, de lectores de mis libros, y debo responderlos todos .Pero a modo de resumen diré, para la amable lectora Elsa Bañón Rojo, que no, que no tengo previsto esterilizarme todavía, aunque agradezco su ofrecimiento de correr con los gastos. Lo mismo vale para todos los particulares e instituciones que han realizado la misma oferta (453), y para los lectores que han tenido la gentileza de invitarme a su casa “para demostrarle a mi mujer que yo no soy el más gilipollas de España”. Lamentablemente no puedo ir a todos los sitios, como no puedo aceptar la invitación para viajar a la Antártida y escribir allí un ensayo sobre la incidencia de la fauna tropical en la decoración de interiores de los iglús.
Lamento entonces no utilizar el billete de avión pagado -sólo ida- que me llegó por correo.
Lo que no entiendo es por qué ese mensaje tenía como remitente la dirección de correo electrónico de mi agente.
Basta por hoy.
Ha llegado la hora de los placeres.
Desenvuelvo un caramelo de licor, lo introduzco en mi boca y lo saboreo. Enciendo la Nintendo y me zambullo en el Ghost Trick. El protagonista está muerto desde que empieza el juego y debe averiguar quién y por qué lo ha matado. Y para hacerlo ,como es un fantasma, debe ir ocupando diferentes objetos que están a su alcance. El primer escenario es un vertedero y el detective se dispone a ir viajando por la basura.
Desde luego, los hay con suerte.
viernes, 11 de febrero de 2011
miércoles, 9 de febrero de 2011
El Experimento Azul, nº 5
Querido diario:
Tras las extravagantes experiencias sufridas por haberme obsesionado con el Ghost Trick de Nintendo, he tomado las riendas de mi vida para devolverla a la normalidad, y he empuñado el timón de mi barca vital, decidido a esquivar escollos con intuición digna del capitán del Titanic. Vale, no ha sido un buen ejemplo, ¿pero qué esperabas después de pasarme semanas deambulando por los tejados de Madrid para eludir los intentos de Vanessa Montfort y David Torres por apropiarse de mis avances en el juego del detective fantasma?

No es que haya dejado de jugar pero sí he limitado el tiempo que le dedico a un número determinado de horas.
Y esta mañana volví a disfrutar de las pequeñas alegrías que supone vivir en el sencillo y laborioso barrio de Lavapies. Salí a pasear y lo primero que percibí fue que el invierno está cediendo en su empeño de congelarnos. Casi podría decirse que la primavera ya está aquí. Lo descubrí esta mañana porque mi casera, la vieja señora Kowalsky, llevaba sólo un jersey de cuello alto con guantes y bufanda a juego, y un abrigo hasta los tobillos. En diciembre parece un ovillo de lana ambulante. Me saludó con un afectuoso escupitajo que un escritor como yo, habituado a las situaciones peligrosas, hubiera esquivado sin dificultad si la señora Kowalsky fuera ciega. Comprobé que sigue manteniendo su vista de águila y me alegré por ella. Siente verdadera devoción por mí desde que resolví -como pago de los intereses de alquileres atrasados- el asunto de las misteriosas desapariciones de su marido. Tras varias noches de guardia, la primera vez que no me quedé dormido a las nueve y media, descubrí que el pobre señor Kowalsky, nativo de Siberia, añoraba el frío de su patria, por lo que a medianoche se ponía su mejor traje, una flor en el ojal, y se refugiaba en la nevera. Me cobré las pesquisas con los intereses de cuatro meses de alquiler, y recomendé a mi casera que acompañara a su marido en su inocente fantasía.
Lo malo fue que esa noche, cuando abrió la nevera, lo sorprendió en posición comprometida con una langosta del Báltico.
Desde entonces, mi casera monta guardia con una escopeta dentro del refrigerador, y estuvo a punto de ir a la cárcel por el asesinato de una pierna de cordero que, seamos sinceros, iba provocando. Se salvó porque la policía no pudo hallar el cuerpo del delito. El asado me sentó fatal, pero los tiempos no están para rechazar invitaciones, Querido Diario, sobre todo si te la formulan con amabilidad y una escopeta de perdigones.
Pero se acerca la primavera y me acerco al final del Ghost Trick, no como el febril jugador que fui hasta hace poco, sino como un responsable usuario de excelente artilugio dedicado al ocio y la superación. De modo que, bañado por el tibio sol de mediodía y sentado en una terraza de Tirso de Molina, apunto en un folio mis buenos propósitos a cumplir en breve:
1)Dejar de beber.
2) Dejar de fumar.
3) Dejar de pasar interminables noches de lujuria con bellas mujeres insaciables.
Recuerdo que en varias ocasiones he querido darme a la bebida y ella me rechazó. Además, mi economía sólo da para un tetra brick de Don Simón cada quince días y dos botellas de casera. No cuela.
Tacho Dejar la bebida.
El tabaco. Fumar es un placer, genial, sensual. Recuerdo a Nidia, a quien solía tararear la melodía de El humo ciega tus ojos y eso la hacía llorar. Me amaba con pasión hasta que le operaron de cataratas y dejamos de gustarle la canción y yo.
Tacho Dejar de fumar. Para un vicio seco que tengo… Cavilo un par de horas sobre cuáles serán los vicios húmedos y concluyo que tendrán algo que ver con las tardes de lluvia. Descartados: me resfrío con facilidad.
Dejar de pasar interminables noches de lujuria con bellas mujeres insaciables. Medito sobre mi vida sexual de los últimos meses, y en un arranque de sinceridad tacho el punto 3 de mi lista y escribo: Dejar de mentir. (Debo recomendar a mi amigo David Torres que haga lo mismo, ya que según he sabido, desde que escribió en su blog que había llegado al final del Ghost Trick, la gente lo señala entre carcajadas por la calle y hasta los han propuesto para desempeñar el cargo de Presidente Honorario de la prestigiosa ONG “Troleros Sin Fronteras”.)
Suena el móvil en el preciso momento en que la pelirroja Lynne, en el juego, está a punto de dejarse matar otra vez, y tanto el detective espectral, Sissel, somos incapaces de salvarla. Debo atender el teléfono. Seguro que es Gertrudis, mi ex, que después de cuatro años, dos semanas, seis días y nueve horas de separación (tal vez sean diez horas, no es que lleve la cuenta), ha comprendido que no puede vivir sin mí. Si es así, ha tardado 57, 32 novios en descubrirlo, pero es que ella siempre fue muy de analizarlo todo con calma. No es Gertrudis, sino la directora de una revista que suele encargarme reportajes y cuentos porque dice que le recuerdo al hijo “que por suerte no tuve”. Espero que esté de buen humor, y cuando al descolgar me llama “organismo mononeurónico deplorable“, se que estoy en lo cierto. Cuando está enfadada me llama cosas peores y en esta ocasión, al menos me concede una neurona de crédito. Me amenaza amablemente con enviarme dos gigantescos albano-kosovares a partirme las piernas si no le envío esta misma tarde el cuento que me encargó. Cuelga y advierto que en la Nintendo DS, Lynne se ha salvado. ¡La hemos salvado! Pero, ¿cómo? A ver si al final tenía razón Gertrudis al asegurar que las mejores noches de pasión que pasó conmigo tuvieron lugar durante mis ataques de sonambulismo. Debo pensar en ello, pero antes necesito resolver lo del cuento. No sé en que parte del mundo queda Albanokosovaria, pero no hay que tentar la suerte. Camino hasta el quiosco. Necesito ideas y como todo creador contemporáneo, me dedicaré a la disciplina más usada: copiar descaradamente. Dudo. Por un momento creo que en lugar de mi kiosco habitual he caído en un bazar de todo a 100. Pero el dueño no es un chino, sino mi amigo el quiosquero, Pablo, poeta en los ratos libres y portero de discoteca para mitigar las noches de soledad y machacar alguna que otra cabeza.
Veo colecciones de todo lo imaginable. Por 3,95 euros puedo iniciarme en el apasionante mundo de las ensaladeras en miniatura, o hacerme con trocitos de césped de los más famosos estadios de fútbol de Asia, o ¿por qué no? coleccionar bolsitas para emergencias de todas las líneas aéreas del globo, y entrar en el sorteo de una usada en su momento por Yeltsin, patrocinada por una marca de vodka; incluso podría lanzarme al desenfreno y hacerme, semana a semana, con una atrevida serie de fotos eróticas de la Reina Madre de Inglaterra.
Pablo me mira como si fuera un marciano cuando le pregunto si en realidad la gente compra tantos coleccionables.
—Tú es que vives en la luna, Salem. Si yo mismo estoy a punto de terminar mi colección sobre las variedades del papel higiénico a lo largo del mundo y de la historia. Viene con muestras certificadas, y cuando la acabe ¿sabes qué me regalarán?
No quiero saberlo y huyo a casa.
Vuelve a sonar el teléfono y esta vez sí es Gertrudis. Escucho con fingida indiferencia. Quiere volver a casa. No suplica pero le falta poco. Me hago el duro y la hago sufrir durante una buena fracción de segundo. Después cedo. Me da las gracias como antes, con la voz teñida de emoción.
— Eres el gilipollas más sensible que he conocido.
Y cuelga. Vendrá esta noche.
Canto. Limpio mi cuchitril y bajo a recuperar el gato del patio. Al fin y al cabo, fue Claudia quien lo hizo embalsamar cuando vivíamos juntos. Vuelve. Esta noche. Soy feliz y no pienso dejar que las minucias estropeen el momento: no importa que su retorno se deba a que la han echado de su piso, ni que se mude a mi casa con su nuevo novio senegalés, ni que fueran sus gemidos amatorios provocados por el moreno la causa de su expulsión del anterior domicilio. Seguro que se lo trae por que le da pena el pobre inmigrante, Claudia siempre ha sido muy solidaria. Y de paso, para disimular que me extrañaba.
Comienzo a empaquetar mis libros.
Claudia me he dicho que haga espacio en los estantes, porque también se trae su colección fascículos y relojes de arena, y tendré que encargarme de hacerlos girar cada hora.
Sólo son 258.
Tengo tiempo porque Gertrudis y Bnamhmwammboo (en casa le dicen Tito) llegarán a la anochecer. Enciendo la Nintendo y me sumerjo en el Ghost Trick. Si me entreno lo suficiente, podré jugar con una mano, mientras con la otra voy volteando los relojes de arena.
Tras las extravagantes experiencias sufridas por haberme obsesionado con el Ghost Trick de Nintendo, he tomado las riendas de mi vida para devolverla a la normalidad, y he empuñado el timón de mi barca vital, decidido a esquivar escollos con intuición digna del capitán del Titanic. Vale, no ha sido un buen ejemplo, ¿pero qué esperabas después de pasarme semanas deambulando por los tejados de Madrid para eludir los intentos de Vanessa Montfort y David Torres por apropiarse de mis avances en el juego del detective fantasma?
No es que haya dejado de jugar pero sí he limitado el tiempo que le dedico a un número determinado de horas.
Y esta mañana volví a disfrutar de las pequeñas alegrías que supone vivir en el sencillo y laborioso barrio de Lavapies. Salí a pasear y lo primero que percibí fue que el invierno está cediendo en su empeño de congelarnos. Casi podría decirse que la primavera ya está aquí. Lo descubrí esta mañana porque mi casera, la vieja señora Kowalsky, llevaba sólo un jersey de cuello alto con guantes y bufanda a juego, y un abrigo hasta los tobillos. En diciembre parece un ovillo de lana ambulante. Me saludó con un afectuoso escupitajo que un escritor como yo, habituado a las situaciones peligrosas, hubiera esquivado sin dificultad si la señora Kowalsky fuera ciega. Comprobé que sigue manteniendo su vista de águila y me alegré por ella. Siente verdadera devoción por mí desde que resolví -como pago de los intereses de alquileres atrasados- el asunto de las misteriosas desapariciones de su marido. Tras varias noches de guardia, la primera vez que no me quedé dormido a las nueve y media, descubrí que el pobre señor Kowalsky, nativo de Siberia, añoraba el frío de su patria, por lo que a medianoche se ponía su mejor traje, una flor en el ojal, y se refugiaba en la nevera. Me cobré las pesquisas con los intereses de cuatro meses de alquiler, y recomendé a mi casera que acompañara a su marido en su inocente fantasía.
Lo malo fue que esa noche, cuando abrió la nevera, lo sorprendió en posición comprometida con una langosta del Báltico.
Desde entonces, mi casera monta guardia con una escopeta dentro del refrigerador, y estuvo a punto de ir a la cárcel por el asesinato de una pierna de cordero que, seamos sinceros, iba provocando. Se salvó porque la policía no pudo hallar el cuerpo del delito. El asado me sentó fatal, pero los tiempos no están para rechazar invitaciones, Querido Diario, sobre todo si te la formulan con amabilidad y una escopeta de perdigones.
Pero se acerca la primavera y me acerco al final del Ghost Trick, no como el febril jugador que fui hasta hace poco, sino como un responsable usuario de excelente artilugio dedicado al ocio y la superación. De modo que, bañado por el tibio sol de mediodía y sentado en una terraza de Tirso de Molina, apunto en un folio mis buenos propósitos a cumplir en breve:
1)Dejar de beber.
2) Dejar de fumar.
3) Dejar de pasar interminables noches de lujuria con bellas mujeres insaciables.
Recuerdo que en varias ocasiones he querido darme a la bebida y ella me rechazó. Además, mi economía sólo da para un tetra brick de Don Simón cada quince días y dos botellas de casera. No cuela.
Tacho Dejar la bebida.
El tabaco. Fumar es un placer, genial, sensual. Recuerdo a Nidia, a quien solía tararear la melodía de El humo ciega tus ojos y eso la hacía llorar. Me amaba con pasión hasta que le operaron de cataratas y dejamos de gustarle la canción y yo.
Tacho Dejar de fumar. Para un vicio seco que tengo… Cavilo un par de horas sobre cuáles serán los vicios húmedos y concluyo que tendrán algo que ver con las tardes de lluvia. Descartados: me resfrío con facilidad.
Dejar de pasar interminables noches de lujuria con bellas mujeres insaciables. Medito sobre mi vida sexual de los últimos meses, y en un arranque de sinceridad tacho el punto 3 de mi lista y escribo: Dejar de mentir. (Debo recomendar a mi amigo David Torres que haga lo mismo, ya que según he sabido, desde que escribió en su blog que había llegado al final del Ghost Trick, la gente lo señala entre carcajadas por la calle y hasta los han propuesto para desempeñar el cargo de Presidente Honorario de la prestigiosa ONG “Troleros Sin Fronteras”.)
Suena el móvil en el preciso momento en que la pelirroja Lynne, en el juego, está a punto de dejarse matar otra vez, y tanto el detective espectral, Sissel, somos incapaces de salvarla. Debo atender el teléfono. Seguro que es Gertrudis, mi ex, que después de cuatro años, dos semanas, seis días y nueve horas de separación (tal vez sean diez horas, no es que lleve la cuenta), ha comprendido que no puede vivir sin mí. Si es así, ha tardado 57, 32 novios en descubrirlo, pero es que ella siempre fue muy de analizarlo todo con calma. No es Gertrudis, sino la directora de una revista que suele encargarme reportajes y cuentos porque dice que le recuerdo al hijo “que por suerte no tuve”. Espero que esté de buen humor, y cuando al descolgar me llama “organismo mononeurónico deplorable“, se que estoy en lo cierto. Cuando está enfadada me llama cosas peores y en esta ocasión, al menos me concede una neurona de crédito. Me amenaza amablemente con enviarme dos gigantescos albano-kosovares a partirme las piernas si no le envío esta misma tarde el cuento que me encargó. Cuelga y advierto que en la Nintendo DS, Lynne se ha salvado. ¡La hemos salvado! Pero, ¿cómo? A ver si al final tenía razón Gertrudis al asegurar que las mejores noches de pasión que pasó conmigo tuvieron lugar durante mis ataques de sonambulismo. Debo pensar en ello, pero antes necesito resolver lo del cuento. No sé en que parte del mundo queda Albanokosovaria, pero no hay que tentar la suerte. Camino hasta el quiosco. Necesito ideas y como todo creador contemporáneo, me dedicaré a la disciplina más usada: copiar descaradamente. Dudo. Por un momento creo que en lugar de mi kiosco habitual he caído en un bazar de todo a 100. Pero el dueño no es un chino, sino mi amigo el quiosquero, Pablo, poeta en los ratos libres y portero de discoteca para mitigar las noches de soledad y machacar alguna que otra cabeza.
Veo colecciones de todo lo imaginable. Por 3,95 euros puedo iniciarme en el apasionante mundo de las ensaladeras en miniatura, o hacerme con trocitos de césped de los más famosos estadios de fútbol de Asia, o ¿por qué no? coleccionar bolsitas para emergencias de todas las líneas aéreas del globo, y entrar en el sorteo de una usada en su momento por Yeltsin, patrocinada por una marca de vodka; incluso podría lanzarme al desenfreno y hacerme, semana a semana, con una atrevida serie de fotos eróticas de la Reina Madre de Inglaterra.
Pablo me mira como si fuera un marciano cuando le pregunto si en realidad la gente compra tantos coleccionables.
—Tú es que vives en la luna, Salem. Si yo mismo estoy a punto de terminar mi colección sobre las variedades del papel higiénico a lo largo del mundo y de la historia. Viene con muestras certificadas, y cuando la acabe ¿sabes qué me regalarán?
No quiero saberlo y huyo a casa.
Vuelve a sonar el teléfono y esta vez sí es Gertrudis. Escucho con fingida indiferencia. Quiere volver a casa. No suplica pero le falta poco. Me hago el duro y la hago sufrir durante una buena fracción de segundo. Después cedo. Me da las gracias como antes, con la voz teñida de emoción.
— Eres el gilipollas más sensible que he conocido.
Y cuelga. Vendrá esta noche.
Canto. Limpio mi cuchitril y bajo a recuperar el gato del patio. Al fin y al cabo, fue Claudia quien lo hizo embalsamar cuando vivíamos juntos. Vuelve. Esta noche. Soy feliz y no pienso dejar que las minucias estropeen el momento: no importa que su retorno se deba a que la han echado de su piso, ni que se mude a mi casa con su nuevo novio senegalés, ni que fueran sus gemidos amatorios provocados por el moreno la causa de su expulsión del anterior domicilio. Seguro que se lo trae por que le da pena el pobre inmigrante, Claudia siempre ha sido muy solidaria. Y de paso, para disimular que me extrañaba.
Comienzo a empaquetar mis libros.
Claudia me he dicho que haga espacio en los estantes, porque también se trae su colección fascículos y relojes de arena, y tendré que encargarme de hacerlos girar cada hora.
Sólo son 258.
Tengo tiempo porque Gertrudis y Bnamhmwammboo (en casa le dicen Tito) llegarán a la anochecer. Enciendo la Nintendo y me sumerjo en el Ghost Trick. Si me entreno lo suficiente, podré jugar con una mano, mientras con la otra voy volteando los relojes de arena.
martes, 8 de febrero de 2011
lunes, 7 de febrero de 2011
El Experimento Azul, nº4
Querido Diario:
Como te comentaba la última vez que escribí en tus páginas, he superado la adicción que adquirí por el Ghost Trick desde que Fernando Marías me involucró en lo que ha dado por llamar El experimento Azul. Y lo peor es que nada de esto ha salido en los papeles de Wikileaks, para que veas que con lo importante no se atreven. ¿Qué es el Experimento Azul? Pues un malvado plan consistente en coaccionar a tres novelistas relacionados con el género negro, darles una consola Nintendo DS XL y un ejemplar del citado juego, para comprobar si se puede hacer novela negra en ese formato.
Y vaya si se puede. Desde que empecé a jugar, mi vida se convirtió en una novela, no sólo negra, sino multicolor, invadiendo géneros y reinventándolos, como ocurre en el Ghost Trick.
Para que veas que no exagero, te cuento lo que me ocurrió en el hospital, al que llegué tras el ataque de risa permanente sufrido cuando leí un post de David Torres anunciando que había llegado al final del juego. Él, que necesita instrucciones para abrir la nevera. Como no dejaba de reír, llegó una ambulancia que me trasladó con urgencia al hospital, temerosos los abnegados para-médicos de que hubiera perdido la razón. Lo que perdí fue el sentido, a medias, agotado por la risa incesante. En esa duermevela mis carcajadas sonaban como ajenas, y creí haber atravesado la frontera de la realidad, ya que el espiar al médico con los ojos entornados, juraría que llevaba el pelo igual que el detective fantasma que protagoniza el juego. Y en cuanto a la enfermera que me aplicaba oxígeno, podría asegurar que era la misma pelirroja con coleta que durante cientos de horas habíamos intentado -el detective y yo- salvar de su recurrente tendencia a dejarse matar. Hasta el anestesista delgado y nervioso, que botaba de un lado al otro del quirófano, se me antojaba hermano gemelo del inspector del juego, un tipo raro con complejo de Travolta que oculta algo y estuve a punto de descubrirlo cuando sufrí la crisis.
-Se nos va -dijo el médico y temblé de miedo.
-¿No hay nada que podamos hacer, doctor? -se preocupó la pelirroja..
Abrí un poco más los ojos, sin dejar de reír cada vez que recordaba la baladronada de Torres. El médico y la enfermera no me estaban mirando a mí, sino a la consola Nintendo, que habían dispuesto bajo un foco en la camilla vecina.
-Este animal lleva días sin recargar la consola -dijo el doctor- y la adaptación que le hizo para conectarla a la placa solar que llevaba a la espalda, es una chapuza.
Ella le secó el sudor del a frente mientras el noble hipócrita intentaba salva la consola y yo seguía riendo sin parar.
-Lo hemos conseguido -susurró el médico horas más tarde-. Ha costado, pero la consola funciona otra vez.,
-Es usted un genio, doctor -dijo la enfermera admirada. Luego giró la cabeza hacia mí y murmuró -: ¿Y por él, no podremos hacer nada?
- Por mí, como si se la pica un pollo, después de lo que hizo con la consola...
Y se marcharon, dejándonos a la Nintendo y a mí en sendas camillas. A la consola la habían tapado con una manta. A mí me dejaron desnudo y atado a la camilla.
La sensación de irrealidad se hizo más fuerte, mis ojos enturbiados por las lágrimas que me provocaba la risa. ¿Y si había cruzado el límite, si de verdad estaba ya del lado de la fantasía y no podía volver? Sonreí burlonamente pensando en mi casera, pero no pude disfrutar mucho tiempo de la sensación, porque escuché voces junto a la puerta. Una era la de la enfermera, declarando que mi estado era delicado y no podía recibir visitas. La voz de hombre que le respondió, grave pero tímida, argumentó que sólo serían unos segundos, y lo secundó una voz chillona e impertinente de mujer.
-Mira, guapa, somos periodistas del Daily Planet y tenemos derecho a informar. Me llamo Lois Lane y el palurdo que viene conmigo es Clark Kent, así que déjanos pasar si no quieres que te empapelemos…
La puerta se abrió y pude divisar las dos siluetas.
-No deja de reír, Clark. ¿Tu crees que…?
-Sí, Lois, Me temo que el ciudadano Salem ha sido víctima del gas hilarante del Joker…
-Pobre desgraciado…
-No todo está perdido, Lois. Seguro que Batman tiene el antídoto y no tardará en venir.
-No lo digo por eso, Clark. Es que este tío está desnudo. Y da pena…
- Un poco, sí, Lois.
Y se marcharon, mientras yo le deseaba a Clarkito que Luthor le hubiera frotado sus calzoncillos favoritos con kirptonita y a Lois que la destinaran a trabajar en un diario español, que así se enteraría de lo que bueno.
Riendo, me dormí. Desperté sin dejar de reír y todo estaba en penumbras. Detecté ami lado una presencia que un instante antes no estaba allí. Entreabrí los párpados y divisé la sombra corpulenta y oscura, la presencia nocturna y poderosa que podía salvarme. Su musculosa figura estaba cubierta por un manto oscuro que la hacía confundirse con la noche, ser la esencia misma de la noche, su peligro y también su única opción de justicia, por implacable que fuera.
-Batman, has venido -murmuré agradecido.
-¡Qué Batman ni que murciélago a la parrilla! -dijo soltándome un bofetón que me curó de inmediato el ataque risa-. Soy la hermana Sor Vicisitudes, enfermera de este hospital, y estoy hasta el moño de que siempre me toquen los enfermos más colgados.
Abrí los ojos y, en efecto, era una monja. Con cuerpo de levantador de pesas, pero monja. Con la sombra de una barba cerrada pintando su rotunda barbilla, pero monja. Aunque no era la primera monja que conocía con ese aspecto.
-¿Y todo esto empezó por este aparatito -dijo tomando la Nintendo que se perdió en sus enormes manos -. Ya no saben que inventar, los jodíos…
-Usted no comprende, hermana.
-¡Calla, gandul! Y cúbrete con esta manta las vergüenzas, que en tu caso, más que una frase arcaica casi en desuso, es una descripción piadosa.
Me hice un pañal con la manta mientras Sor Vicisitudes se adentraba en los misterios del Ghost Trick:
-¿Pero esta pelirroja es tonta o qué? ¡Otra vez se ha dejado matar!
-Eso no es nada, hermana. Tengo un amigo que asegura haber llegado hasta el final del juego en sólo unos días…
-Sí, seguro. Y yo soy la novia del Papa, no te jode…
En el pasillo resonó una carcajada histérica que me puso los vellos de punta.
-Hermana, ya sé usted no es Batman, pero… ¿Y si es cierto que el Joker está detrás de esto?
-¡Qué Joker ni qué payaso frito! Ese es el chalado de la 215, un tal David Torres, al que ingresaron hace un rato porque no hace más que repetir que conoce “el gran secreto”… El pobre está como una regadera… Menos mal que lo dejé al cuidado de una enfermera pelirroja muy maja…
-¿Llevaba el pelo en una coleta, era pelirroja?
-No.
-¡Entonces no es una enfermera, es Vanessa Montfort, hermana! Seguro que ella y Torres se han colado en el hospital y quieren robar mi consola, para apropiarse de mis avances en el juego…
-Tú también estás chalado, calvito…
-¿Ya ha llegado a la pantalla en la que la pelirroja muere aplastada por un muslo de pollo gigante? -pregunté con mala intención.
-Sí. ¡Y es imposible salvarla, voto a Santa Sisebuta!
-Yo sé cómo hacerlo…
-¿Tú, piltrafilla? ¿De verdad?
-Y se lo enseñaré si me ayuda a escapar de esos dos.
La monja se irguió en toda su estatura y sacó pecho:
-En un momento lo arreglo. Tú espera aquí.
Regresó cinco minutos más tarde, sacudiéndose las palmas de las manos:
-Asunto arreglado. Tenías razón: esos dos estaban compinchados. Pero pude anestesiarlos y ya están rumbo al quirófano; ella para que le practiquen un aumento de pecho al tamaño de Pamela Anderson, y a él para que la hagan una vasectomía triple. ¿O era el revés? Da igual, nosotros a lo nuestro.
En ese momento, se oyó una explosión, y una carcajada siniestra, diferente de las anteriores. Una voz llenó el silencio, preguntado en tono burlón:
-¿Murciélago, dónde estás murcielaguito? Ven con papi, JA JA JA JA!
Sor Vicisitudes salió por la puerta y luego se escuchó un fuerte ruido de lucha, intercalado con ayes, rugidos y risas histéricas. La puerta se abrió y la monja me dijo con voz ronca:
-Como pille al cerrajero del Asilo Arkham, vamos a tener más que palabras. Era el Joker, nomás. Lo he retenido por un tiempo, pero volverá a la ataque. Pilla la consola, piltrafilla, que nos vamos.
-¿Cómo, donde? -alcancé a preguntar sin comprender nada.
La monja me aferró en sus fuertes brazos y saltó conmigo por la ventana. Cerré los ojos esperando el impacto contra el pavimento, pero sonó una explosión ahogada y sentí un fuerte tirón hacia arriba. Luego me desmayé.
Desperté hace dos días en esta cueva que es bastante confortable, si no tenemos en cuenta la humedad. Batman/ Sor Vicisitudes dice que me dejará marchar cuando el peligro haya pasado, pero yo sé que sólo quiere que le revele el secreto del Ghost Trick. Menos mal que Alfred, el mayordomo, cocina como una madre y estoy recobrando fuerzas. En cuanto a Robin, sé que me odia, pero como está de interna en un colegio de religiosas, sólo viene a molestarnos los fines de semana.
Lo bueno es que he recuperado la cordura y ya nada podrá detenerme.
Esta noche, cuando Batman salga a patrullar la ciudad o a la última misa, escaparé, querido diario. Y la Nintendo DS con el Ghost Trick, vendrá conmigo. Sé que la monja justiciera sufrirá por mi partida, pero acabará por aceptarlo.
Lo nuestro es imposible. Desde la más tierna infancia soy agnóstico, y además, tengo alergia a los murciélagos.
martes, 1 de febrero de 2011
El experimento Azul nº3

El Experimento Azul, nº3
Querido Diario:
Al fin puedo decirlo en voz alta: ¡he superado la adicción que adquirí por el Ghost Trick de Nintendo!
Estaba harto de merodear por los tejados de Tirso de Molina, cargando a la espalda una placa solar para alimentar la consola, disputando con las palomas las migas que dejan las ancianas en los balcones y hay que ver los picotazos que pegan, las malditas (me refiero a las palomas y no a las venerables ancianas, querido diario); harto de lavarme cuando llovía y vestirme con lo que tomaba prestado de los tendederos (la última semana me refugié en los tejados de un bloque ocupado por estudiantes del programa ERASMUS y hay qué ver lo poco que abrigan y lo incómodos que resultan los tangas, que era lo único que las gráciles estudiantes de intercambio ponían a tender); minada mi autoestima de escritor emergente (cada vez que escucho esa definición imagino a un tipo con el agua al cuello y en puntas de pie y el tipo se me parece) a causa de mi debilidad por un simple -no tan simple- juego de misterio.
Vale que los gráficos son excelentes y los personajes tan delirantes que alguno hasta podría haber aparecido en una de mis novelas.
Y que la trama de Ghost Trick está bien urdida que, además de cumplir las pruebas necesarias para ir pasando de nivel, uno quiere saber qué ocurrirá después, quién mató al detective fantasma que protagoniza la aventura. Y que, sobre todo, uno necesita averiguar por qué ha regresado de la muerte. De acuerdo que la variedad de escenarios amplia tanto las posibilidades que el jugador se siente dentro de la historia, y que el humor de las situaciones ayuda a evitar topicazos y momentos falsos; y reconozco que en conjunto, el juego atrapa hasta hacer perder la noción del tiempo.
Pero entre nosotros, no es para tanto.
Comencé a saber que había perdido el control cuando fui entrevistado, en un tejado tapizado de recuerdos de los almuerzos de las aves migratorias y de las otras, por una periodista con ojos peligrosos que decía llamarse Laura. Como buen profesional ( es decir sin dejar de jugar mientras la atendía) respondí a sus preguntas sin perder de vista que acaso fuera una espía de mis compañeros-rivales-competidores-enemigos en el Experimento Azul, Vanessa Montfort y David Torres.
¿Que exagero, querido diario?
Pues no.
En estos días he aprendido mucho viviendo en el cráneo erizado de tejas de Madrid. Y te sorprenderá saber que la única paloma que mostró compasión y cierta amistad por mí durante ese exilio de azoteas, acabó confesado que había sido entrenada y seducida (me avergüenza explica aquí mediante qué métodos), por Torres, para espiar mis avances en el juego. Martina, que así se llama la paloma, una vez que logramos entendernos en su lenguaje de arrullos, comprendió la ruindad del plan de mi amigo (¿?), la bajeza que supone recurrir a ese tipo de estratagemas para sacar ventaja en un simple juego, y la poca calidad humana que hay que tener para planear algo así. Y acabó aceptando espiar a Torres en mi beneficio tras llegar a un acuerdo cuyos términos te ahorraré, que igual esto lo leen niños y no es plan.
Y en cuanto a Montfort, esa dulce y rojiza muchacha espigada, te diré que tengo la certeza de haberla visto asomada a la ventanilla de un avión comercial (que no low cost, la pelirroja tiene estilo), armada de unos binoculares e intentando vislumbrar desde lo alto mis progresos en las pantallas de Ghost Trick.
En ese dilema estaba, y sin poder dejar de jugar, cuando vino en mi ayuda el más inesperado de los aliados: el propio David Torres.
Ayer estaba yo huyendo de una banda de aparentes golondrinas que bien podrían haber sido pájaros robotizados teledirigidos por Montfort, cuando el azar (y las copiosas descargas orgánicas de esas golondrinas mecánicas seguramente fabricadas en Japón, hay qué ver qué realismo tenía la lluvia de caca) hizo que buscara refugio en un ático. Seguramente en el anuncio para alquilarlo lo habrían definido como un “Loft”, es decir que era un cuartito en la azotea sin paredes internas y con los muros decorados por algo que bien podría ser la obra de un pintor vanguardista de fama mundial o manchas de humedad de las de toda la vida. Un reflejo de la sofisticada vida moderna y el confort al alcance de todos en el nuevo siglo., Vamos, que podías cocinar sentado en el váter mientras te ponías moreno con el sol de invierno y sus tenues intentos, querido diario. Una vivienda tan reducida qué más de un poeta que conozco habría tenido que alquilar otra vivienda vecina para alojar su ego, porque ambos no cabrían. Una birria de casa. Pero con conexión wi fi a internet.
El ocupante no estaba a la vista y como allí todo estaba a la vista, deduje que habría salido en busca de un fotomatón para pasar en él la tarde y sentirse a sus anchas.
Las golondrinas cibernéticas de Vanessa se habían marchado y aproveché el wi fi para conectar mi Nintendo DS XL y buscar ayuda en la red.
No existe -aún- ninguna ONG de ayuda a los adictos al Ghost Trick. Tampoco en las páginas de acupuntura pude hallar indicios de medios milenarios para calmar mi ansia de seguir jugando.
Desesperado, escribí en el buscador el nombre del juego y la palabra “ayuda”. Le di al enter y esperé. El enlace me condujo al blog de David Torres y a una entrada reciente en la que hablaba de su experiencia con Ghost Trick.
Y en ella, Torres aseguraba haber llegado al final del juego y sin ayuda.
Recordé una llamada telefónica suya, durante la cual me ofreció dinero a cambio de explicarle cómo se encendía la consola, y cómo tuve que tranquilizarlo contándole que los personajes animados del juego son sólo imágenes y no pequeños seres coloridos que habitan la consola.
Volví a leer y el blog decía lo mismo: que mi amigo había terminado el juego solito y sin ayuda.
Y entonces empecé a reírme.
A reír sin parar.
A reír tanto que sentí cómo mi adicción se evaporaba.
A reír como un loco del chiste de Torres.
Y no pude dejar de reír, querido diario, hasta que regresó el ocupante del ático-LOT-cuartucho y llamó a la ambulancia y me llevaron a ese hospital y…
Pero eso te lo contaré mañana, Querido Diario. Porque lo que ocurrió después resulta difícil de creer.
Además, la monja duerme y como se despierte, temo por mi integridad.
Mañana te cuento, querido diario.
Si es que llego a mañana.
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