jueves, 20 de enero de 2011
con Orsi, Argemí, del Valle... a Toulouse
http://raulargemi.blogspot.com/2011/01/siempre-demasiado-lejos-de-buenos-aires.html
De tanto en tanto hay una buena noticia que confirma los extrañamientos. ¿Qué extrañamientos? El de siempre, si un autor argentino no vive en Buenos Aires no existe.
Sé que esto suena un poco duro, pero a las pruebas me remito.
El festival « Toulouse Polars du Sud », de la ciudad francesa del mismo nombre –decir esto es una boludez, pero una ayuda si está distraído- este año, en octubre, otorgará por primera vez el premio Violeta Negra. Está destinado a promover novelas de autores “del sur” (Portugal, Turquía, España y Latinoamérica) publicados en Francia en el último año.
Y bien, si observan la lista de las novelas propuestas verán que de las seis finalistas, tres son de autores argentinos. Todos a varios mundos de Buenos Aires: Carlos Salem, que vive en Madrid, Guillermo Orsi, que vive en Calamuchita, Córdoba, y el que suscribe, habitante de Barcelona.
Las seis novelas finalistas son :
« Nager sans se mouiller », Carlos Salem (Argentine/Espagne) – Actes Sud
« J’ai confiance en toi », Massimo Carlotto et Francesco Abatte (Italie) – Métailié
« Patagonia Tchou-Tchou », Raúl Argemi (Argentine) – Rivages
« L’Empoisonneuse d’Istanbul », Petros Markaris (Grèce) – Seuil
« L’Empereur des ténèbres », Ignacio del Valle (Espagne) – Phébus
« Personne n’aime les flics », Guillermo Orsi (Argentine) - Denoël
viernes, 14 de enero de 2011
El Experimento Azul: día 1

Mamá siempre me decía que debía aprender a decir que no. Aquello tan maternal de “¿si tus amigos se tiran al río, también te vas a tirar?“ Y yo respondía que si era verano, o si alguien se estaba ahogando, o tenía mucho calor, igual sí me tiraba al río. Ella se daba por vencido y me miraba de esa manera.
El caso es que no aprendí a decir que no. Y menos a gente como Fernando Marías. Buen escritor. Buen tipo. Y con una mirada que no deja dudas: ha visionado incontables veces la saga de El Padrino. Ustedes me entienden. Respeto. No lo dice. No lo pide. Pero se lo das. Remember Luca Brasi.
El caso es que dije sí y durante días anduve zombi por Madrid preguntándome sobre el sentido de la vida, la existencia del alma humana y, sobre todo, qué diablos hacía yo metido en algo relacionado con un videojuego y una consola portátil.
Vamos, que no soy un neardental, llevo veinte años usando ordenadores y hasta tengo Facebook (me faltan amigos para igualar el millonario récord de Roberto Carlos, pero ya son dos mil y pico). Entre nosotros, soy un loco de los aparatitos. Existe un nombre inglés o japonés para eso, pero prefiero no saberlo. Es decir que la tecnología me es familiar. Pero nunca tuve una consola, ni portátil, ni doméstica o como se denominen. Ciertos escarceos, hace años, con juegos de PC, acaso porque en las redacciones de los diarios echas más horas que una veleta en Tarifa. Y poco más.
Y ahora Fernando me ha metido en El Experimento Azul, que recuerda a El Martillo Azul de Ross Macdonald, y mac fue siempre para mí el hijo putativo más aventajado del imposible matrimonio entre Raymond Chandler y Dasshiell Hammett.
Además, están los otros.
No estaré sólo ante el peligro. Aunque el peligro igual son mis ¿compañeros?, ¿competidores?, ¿adversarios?. Vaya uno a saber. Y siempre lo sabes tarde.
Vanessa Montfort tiene pinta de tener en su casa media docena de consolas y cocinar al dictado del juego ése de cocina que hace un par de años estuve por comprarme pero desistí porque uno tiene una imagen que defender. Es asquerosamente joven, desalmadamente guapa y como toda pelirroja de casta, implacablemente lista.
David Torres no es tan joven. Tampoco es guapo. Para nada. Pero detrás de esa mirada capaz de acojonar a Joe Pesci-Nicky santoro en Casino, se esconde una computadora que baraja como naipes marcados miles de películas y novelas del género negro. Cada vez que hablo con él corro a casa para exprimir Wikipedia a ver si lo pillo en un fallo. En vano.
Con esa gente me tengo que enfrentar. Y con un juego de investigación llamado Ghost Trick. He aceptado el caso porque tengo el sí fácil. Y deberé dedicarle muchas horas (probablemente para aprender cómo se enciende la Nintendo DS, cuando me llegue). Mamá tenía razón. Otra vez me he tirado al río. Y sin saber nadar.
******
Hace dos días llegó el mensajero con el paquete. Yo sabía que contenía la consola portátil porque una escueta llamada telefónica de Fernando Marías me lo había advertido. El mensajero me miraba con sorna pero vi que el paquete no tenía ningún logo y salvé mi imagen asegurando que era un juguete erótico que había encargado por correo. No coló. El chaval me dijo que él también tenía una Nintendo DS y que el modelo nuevo permitía conectarse a internet. Se fue silbando un Fantasma en la máquina de Police. Y me consolé pensando que cuando Police era Police, ese chaval no había nacido. No sé porqué, ese pensamiento, en lugar de confortarme, me deprimió un poquito.
******
Hoy es el día. Ya sé como se enciende la consola y hasta he comprobado, mediante un juego de entrenamiento cerebral, que mi edad mental es de 99 años. Para tapar la boca a mi madre, que siempre dice que mi edad mental es de cuatro años y medio. Toma ya. Si quiero me tiro al Manzanares. Mejor no.
Inicio el Ghost Trick convencido de que, para un escritor-lector como yo, que a los trece cambió los tebeos por Cosecha roja y a los trece ya sentía nostalgia de El largo adiós, esto estará chupado.
Hay un detective rubio y muerto, con pelo en cresta. Y una pelirroja con el pelo en cola de caballo, a la que matan y tengo que salvar. Yo soy el rubio de pelo en cresta, pero si estoy muerto, ¿cómo voy a salvarla? Aprendo rápido y me pregunto quién me mató y por qué. Tendré que dedicar a esto varias horas, en casa y con los postigos cerrados, para que no me vea ningún vecino. De llevarme la consola por ahí, ni soñarlo. No imagino a Bukowski dándole a la pantalla táctil con el lápiz, ni a Marlowe intentado salvar, mediante la combinación de objetos presentes en el escenario, a esta pelirroja cabeza loca que no hace más que meterse en líos. Paso el primer capítulo y doy la vuelta olímpica por casa.
¿Cómo les irá a los otros? Me conecto por wifi desde la consola y ni David ni Vanessa han colgado nada en sus blogs. Seguro que los malditos ya van por el nivel 4, por lo menos.
Suena el móvil. Es Torres. Me pregunta qué tal estoy y le digo que de maravillas. Espera que le hable del juego pero me hago el tonto hasta que pregunta.
Psé, es fácil, le digo, ya voy por el nivel 9 y tiene su gracia.
Contiene la respiración y pregunta:
¿Nivel 9?
Sí, le digo. Seguro que tú también andas por ahí.
Más o menos, responde. Inventa una excusa y corta, imagino que para lanzarse al juego y avanzar. Sonrío hasta que me doy cuenta de que tengo que pasar el nivel 2 y no será nada fácil. Seguro que Vannessa sí va por el nivel 9. Hora de hacer la compra para que mi nevera no fallezca de inanición. Me pongo el abrigo largo de cuero y oculto la consola en el bolsillo en el que iría el arma, si llevara una.
A esta hora las colas en el súper son eternas y si escondo la Nintendo con los faldones del abrigo mientras espero que me cobren, seguro que logro avanzar otra pantalla y que mis compañeros de cola piensen que estoy viendo una porno.
Tengo que imagen que defender.
lunes, 10 de enero de 2011
El Experimento Azul
Fernando Marías fue uno de los primeros novelistas consagrados que conocí en mi experiencia inaugural en la Semana Negra de Gijón. También, si duda, uno de los más generosos a la hora de aconsejar desde la experiencia y ayudarte con contactos.
Vamos, que no se le puede decir que no a nada.
Si no me creen, miren bien la foto.
El caso es que hace unos días me invitó a participar en lo que denomina EL EXPERIMENTO AZUL.
Como Fernando no es dado al consumo de sustancias alucinantes, descarté mi primera hipótesis de que se trataba de uno de esos míticos hapening literarios en los que corre el alcohol y otras cosas, repletos de bellas lectoras disputándose un trocito de novelista (después de nueve libros publicados comienzo a sospechar que tales reuniones no existen, pero por si acaso, siempre digo que sí a todo...; pero no podía negarme.
Vuelvan a mirar la foto, por favor.
¿A que ahora me comprenden?
Me dijo que no estaría solo en la aventura, que me acompañarían otros dos novelistas. "Gente de fiar", dijo Marías.
Y yo le creí.
Ayer me enteré de que uno de ellos es DAVID TORRES, autor, entre otros libros excelentes, de Niños de Tiza, y El gran silencio, que supone para mí una especie de fetiche.
Un tipo peligroso. Sé por qué lo digo.
Creo que en breve conoceré la identidad del tercer miembro de la banda.
Fernando Marías ha dado a entender que será una mujer.
Tengo mis sospechas.
TEMO LO PEOR.
Si algo me ocurre, no gasten tiempo en buscarme.
Son profesionales.
De los mejores.
O de los peores. Según se mire.
Y se mire como se mire, esto da miedo.
Un miedo Azul.
En la revista NARRATIVAS
http://escaletra.blogspot.com/2011/01/oh-salem.html
Queremos tanto a Salem
Yo lloré con Terminator 2
(relatos de cerveza-ficción)
Por Pablo Lorente
Revista Narrativas
Tras la publicación en la misma editorial de otro interesante libro de relatos que anuncia en parte el que nos ocupa: Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, debemos a Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) la ingeniosa creación de un nuevo género literario para los estudios literarios: la "cerveza-ficción". La invención de deja de ser útil, sobre todo en nuestro país, donde la proliferación de bares no es nada desdeñable.
"Sabía que Carlos Salem, el escritor argespañol más prolífico que existe, le daba a casi todos los palos, de la poesía a la novela policiaca y el relato urbano. En 2007 ganó el premio de la Semana Negra de Gijón a la mejor novela con Camino de ida, son legendarios los recitales poéticos que organizaba en Bukowski Club, e incluso ha inventado un nuevo género literario, los relatos de cerveza-ficción. Por eso resulta más sorprendente su última pirueta: acaba de ganar un premio de novela romántica, nada menos que el Seseña, con Cracovia sin ti, aunque, eso sí, me aseguran que es suficientemente canalla, que se bebe muy bien y no deja resaca." (Juan Palomo, "Bodas con arte", suplemento El Cultural, 21-05-2010).
En el caso que nos ocupa, catorce relatos conforman un universo de los bajos fondos (grandes bebedores de cerveza, putas, ladrones, criminales). El autor, que parece no dejar un solo cabo suelto, nos avisa de sus intenciones en un prólogo donde figuran los "Apuntes para una teoría de la cerveza-ficción". Son los siguientes: No hay principios. Ni siquiera finales; No es necesario ingerir bebidas espirituosas para escribirla. Pero ayuda cantidad; Aunque no todo acabe en un bar, debe comenzar en un bar o referirse a un bar aunque sea en el recuerdo; Todo está inventado, pero nadie ha leído todos los libros; La literatura es una exageración; El género no importa; La posteridad no existe.
El género, más bien el estilo, como afirma el autor en uno de estos principios, no es del todo orifinal y se adscribe a los que se ha dado en llamar "realismo sucio". "Cualquier lector o aspirante a escritor que pretenda enrolarse en las filas de la cerveza-ficción, se encontrará de inmediato con algún espabilado que le señalará con suficiencia que el género que aquí presentamos no es para nada novedoso. Al listillo en cuestión le sobrarán ejemplos, comenzando tal vez por Bukowski y Miller, saltando por Lowry o ciertos cuentos de Carver, para seguir con Chandler o Kerouac" (yo añadiría, sin pretensión de parecer "listillo", la poesía de David Gonzálex o la obra de Roger Wolfe, sobre todo la novela El índice de Dios).
A través de los principios que el autor nos presenta, podemos recorrer algunas de las claves de este libro. Sin exageraciones, como el autor afirma, y con un desenfado muy de agradecer, ya que no busca la posteridad, nos presenta un libro de relatos unitario y muy efectivo. Por un lado, la mayoría de los personajes (Poe, Lola, Harly, el Loco) aparecen en varios de los cuentos, con lo que el lector se familiariza con sus experiencias, algunas de ellas fantásticas como el encuentro sexual con un ángel (siempre cabe la duda pues la presencia del alcohol y las drogas en constante) en "Acabo de escapar del cielo". Por otro lado, la aparición permanente del bar de Lola aporta una gran firmeza narrativa, ya que las historias son del todo independientes. El bar como lugar de encuentro o de llegada, pero siempre presente y además, ese curioso personaje femenino que no tiene ningún protagonismo en el libro, algo mucho más inquietante puesto que se nombra en multitud de ocasiones.

Otro de los nexos de unión es la aparición de los "majaras" y más concretamente una frase que se repite en casi todos los cuentos: "Estoy harto de majaras". La repetición es tal que al final de la lectura, cabe preguntarse si nosotros, que en teoría estamos cuerdos, no seremos finalmente unos locos por mero contraste con los despropósitos, algunos de ellos bastante divertidos, por cierto, que ocurren en la obra.
Es llamativo el relato que da nombre a la obra y que parece una declaración de intenciones que se repetirá en otras ocasiones en la obra, dos personajes intentando ingresar en un banco el dinero de un atraco, comentando cómo se enternecen con una película tan "emotiva" como Terminator 2. Unos personajes majaras, quijotescos, pues en ocasiones se empeñan en "deshacer entueros", como es el relato citado o "Cada verano la llevo a ver el mar", donde uno de nuestros cuerdos personajes venga a una pobre mujer víctima de los malos tratos. En este mundo al revés, no falta la ironía, tampoco las tramas detectivescas, pues Poe ocupa sus ratos entre cerveza y cerveza haciendo ingeniosas averiguaciones para la policía, como es el caso de "El albañil cósmico" o "Una bola de cristal de las buenas".
La acertada construcción de estos relatos, la valentía a la hora de definirlos y presentarlos y la efectividad de los ambientes creados a lo largo de una obra muy unitaria, hacen de este libro una interesante lectura y un hito importante en la trayectoria de Salem, trayectoria, por otra parte, que parece estar consolidada. La creatividad de los argumentos, la variedad de estilos, la habilidad a la hora de plantear situaciones extremas y desconcertantes y hacerlas pasar por normales, hacen que ello no sea extraño.
librorelatospablolorente.blogspot.com
Queremos tanto a Salem
Yo lloré con Terminator 2
(relatos de cerveza-ficción)
Por Pablo Lorente
Revista Narrativas
Tras la publicación en la misma editorial de otro interesante libro de relatos que anuncia en parte el que nos ocupa: Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, debemos a Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) la ingeniosa creación de un nuevo género literario para los estudios literarios: la "cerveza-ficción". La invención de deja de ser útil, sobre todo en nuestro país, donde la proliferación de bares no es nada desdeñable.
"Sabía que Carlos Salem, el escritor argespañol más prolífico que existe, le daba a casi todos los palos, de la poesía a la novela policiaca y el relato urbano. En 2007 ganó el premio de la Semana Negra de Gijón a la mejor novela con Camino de ida, son legendarios los recitales poéticos que organizaba en Bukowski Club, e incluso ha inventado un nuevo género literario, los relatos de cerveza-ficción. Por eso resulta más sorprendente su última pirueta: acaba de ganar un premio de novela romántica, nada menos que el Seseña, con Cracovia sin ti, aunque, eso sí, me aseguran que es suficientemente canalla, que se bebe muy bien y no deja resaca." (Juan Palomo, "Bodas con arte", suplemento El Cultural, 21-05-2010).
En el caso que nos ocupa, catorce relatos conforman un universo de los bajos fondos (grandes bebedores de cerveza, putas, ladrones, criminales). El autor, que parece no dejar un solo cabo suelto, nos avisa de sus intenciones en un prólogo donde figuran los "Apuntes para una teoría de la cerveza-ficción". Son los siguientes: No hay principios. Ni siquiera finales; No es necesario ingerir bebidas espirituosas para escribirla. Pero ayuda cantidad; Aunque no todo acabe en un bar, debe comenzar en un bar o referirse a un bar aunque sea en el recuerdo; Todo está inventado, pero nadie ha leído todos los libros; La literatura es una exageración; El género no importa; La posteridad no existe.
El género, más bien el estilo, como afirma el autor en uno de estos principios, no es del todo orifinal y se adscribe a los que se ha dado en llamar "realismo sucio". "Cualquier lector o aspirante a escritor que pretenda enrolarse en las filas de la cerveza-ficción, se encontrará de inmediato con algún espabilado que le señalará con suficiencia que el género que aquí presentamos no es para nada novedoso. Al listillo en cuestión le sobrarán ejemplos, comenzando tal vez por Bukowski y Miller, saltando por Lowry o ciertos cuentos de Carver, para seguir con Chandler o Kerouac" (yo añadiría, sin pretensión de parecer "listillo", la poesía de David Gonzálex o la obra de Roger Wolfe, sobre todo la novela El índice de Dios).
A través de los principios que el autor nos presenta, podemos recorrer algunas de las claves de este libro. Sin exageraciones, como el autor afirma, y con un desenfado muy de agradecer, ya que no busca la posteridad, nos presenta un libro de relatos unitario y muy efectivo. Por un lado, la mayoría de los personajes (Poe, Lola, Harly, el Loco) aparecen en varios de los cuentos, con lo que el lector se familiariza con sus experiencias, algunas de ellas fantásticas como el encuentro sexual con un ángel (siempre cabe la duda pues la presencia del alcohol y las drogas en constante) en "Acabo de escapar del cielo". Por otro lado, la aparición permanente del bar de Lola aporta una gran firmeza narrativa, ya que las historias son del todo independientes. El bar como lugar de encuentro o de llegada, pero siempre presente y además, ese curioso personaje femenino que no tiene ningún protagonismo en el libro, algo mucho más inquietante puesto que se nombra en multitud de ocasiones.

Otro de los nexos de unión es la aparición de los "majaras" y más concretamente una frase que se repite en casi todos los cuentos: "Estoy harto de majaras". La repetición es tal que al final de la lectura, cabe preguntarse si nosotros, que en teoría estamos cuerdos, no seremos finalmente unos locos por mero contraste con los despropósitos, algunos de ellos bastante divertidos, por cierto, que ocurren en la obra.
Es llamativo el relato que da nombre a la obra y que parece una declaración de intenciones que se repetirá en otras ocasiones en la obra, dos personajes intentando ingresar en un banco el dinero de un atraco, comentando cómo se enternecen con una película tan "emotiva" como Terminator 2. Unos personajes majaras, quijotescos, pues en ocasiones se empeñan en "deshacer entueros", como es el relato citado o "Cada verano la llevo a ver el mar", donde uno de nuestros cuerdos personajes venga a una pobre mujer víctima de los malos tratos. En este mundo al revés, no falta la ironía, tampoco las tramas detectivescas, pues Poe ocupa sus ratos entre cerveza y cerveza haciendo ingeniosas averiguaciones para la policía, como es el caso de "El albañil cósmico" o "Una bola de cristal de las buenas".
La acertada construcción de estos relatos, la valentía a la hora de definirlos y presentarlos y la efectividad de los ambientes creados a lo largo de una obra muy unitaria, hacen de este libro una interesante lectura y un hito importante en la trayectoria de Salem, trayectoria, por otra parte, que parece estar consolidada. La creatividad de los argumentos, la variedad de estilos, la habilidad a la hora de plantear situaciones extremas y desconcertantes y hacerlas pasar por normales, hacen que ello no sea extraño.
librorelatospablolorente.blogspot.com

Núm. 20
Enero-Marzo 2011
ISSN 1886-2519
Coordinador: Carlos Manzano
Consejo Editorial: María Dubón - Emilio Gil - Nerea Marco Reus - Luisa Miñana
(descargar en Pdf http://cid-8daad0c208167bbc.office.live.com/self.aspx/P%C3%BAblico/narrativas20.pdf
● Ensayo
“Los males menores”: un punto de inflexión en la obra de Luis Mateo Díez, por Manuel María Morales Cuesta
La cuestión de la raza en “Otelo”, por Enrique García Díaz
Cibercepción, la dimensión literaria, por Luisa Miñana
● Relatos
Relatos, por Antonio Serrano Cueto
Vecinos, por Miguel Sanfeliu
Mujeres contundentes, por Vera Zieland
Golpearse los labios con un mediodía, por Javier Romano
La lectora, por Jesús Ortega
La I de Ïcaro, por Andrea Benavídez
Breve historia familiar, por Fernando Sánchez Calvo
Rigor vitae, curriculum mortis, por David Garrido
Bullying, por Esther Navarro
Los hombres alegres, por Carlos Montuenga
Príncipes ambulantes, por José Cruz Cabrerizo
A su servicio, por David Bombai
101 coños (fragmentos), por Salvador Alario Bataller
El hombre que se convirtió en el hijo de la estrella, por Diana Ferreyra
Sábanas grises, por Iván Teruel
El hombre que escribía historias de amor, por Carlos Ollero
Brígida, por Ramón Araiza Quiroz
Vergüenzas que afrontar, por Rolando Revagliatti
En tránsito, por Daniel P. Espinosa
Cuatro ojos, por Mari Carmen Moreno
Vol d’Ennui, por Carlos Sancho Torrubia
Espejos, por Alejandro Rosen
Portátil, por Luis Topogenario
Mossegar, por María Aixa Sanz
Sobredosis, por Manuel Ves
Relatos, por Pepe Pereza
La casa de mi vida, por Gustavo M. Galliano
Microrrelatos, por Daniel Sánchez Bonet
En 99 palabras, por Miguel Ángel Molina
Beth, por Emilio Jio Gil
El fetiche epistolario, por Roberto Strongman
● Novela
Capítulo de la novela en marcha “Pop-pins”, por Luisa Miñana
● Narradores
Patricia Esteban Erlés
● Miradas
La novela rural: Antonio Ansón, “Llamando a las puertas del cielo”, por Pablo Lorente Muñoz
Antón Pávlovich Chéjov, por María Dubón
Literatura con mayúscula, por Marcos Zocaro
● Reseñas
“Yo lloré con Terminator 2 (relatos de cerveza-ficción)” de Carlos Salem, por Pablo Lorente Muñoz
“La sopa de Dios” de Gregorio Casamayor, por José Luis Muñoz
“El espíritu de cristal” de Carlos Jover, por Pablo Lorente Muñoz
“Todo es silencio” de Manuel Rivas, por María Aixa Sanz
“Celos” de Catherine Millet, por José Luis Muñoz
“Agua quieta” de Gristina Grande, por Carlos Manzano
“Pájaros sin alas” de José Javier Abasolo, por José Luis Muñoz
“El otro mundo” de Hilario J. Rodríguez, por Miguel Sanfeliu
“La vía láctea” de José Vaccaro Ruiz, por José Luis Muñoz
“Cambio de planes” de Luis Borrás, por Angélica Morales
“Trece cuentos inquietantes” de Felisa Moreno Ortega, por José Luis Muñoz
“Los hábitos del azar” de Francisco López Serrano, por Luis Borrás
“Mujer abrazada a un cuervo” de Ismael Martínez Biurrun, por Oscar Bribián
“Verano”, de J.M. Coetzee, por José Luis Muñoz
“El horizonte” de Patrick Modiano, por María Aixa Sanz
“Hacia el interior” de pierre d. la., por Luis Borrás
● Novedades editoriales
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