(Publicado hace más o menos un año en www.eutsi.org.
No sé cuál es la fecha exacta del aniversario, no quiero saberlo. Prefiero que mayo, de año en año, me lo recuerde. La foto, desde luego, del maestro Daniel Mordzinsky)NO SE PUEDE PROHIBIR EL VIENTO.Nos lo dijeron en febrero, en Ibiza, donde su posible asistencia fue durante meses la esperanza de inundar con su palabra calma el encuentro Puerto Mediterráneo del Libro.
Nos lo dijeron y cambiamos de tema, porque ya escribí en un poema que la muerte no se enamora, la muerte es gilipollas y por eso.
Nos lo dijeron y lo sabíamos, todos.
Que la luz se le había ido apagando desde que Luz se le apagó, que la salud y los años, los dolores sumados, la falta de utopías.
Nos lo dijeron y pensamos que no, que nos iba a durar para siempre aunque ya no pudiera dejarse ver como antes.
Hace más de 30 años y chico de quince y pico entraba a mediodía en una librería de Neuquén, cadera triangular de la Patagonia. Un chico despistado, con el pelo largo y las mejillas sembradas de cagadas de mosca que él lucía como la prehistoria de una barba de escritor.
En esa librería compraba, siempre que podía, novelas de Chandler y Soriano, libros de Bradbury y Philip K. Dick, lecturas nada peligrosas, al parecer, en un país que se había metido hasta el cuello en una dictadura pero fingía no darse cuenta.
El chico ya había adquirido la sana costumbre de aprenderlo casi todo en la cama, y en la de una amiga tres años mayor (ademásde un par de trucos eróticos que nunca llegaría a dominar del todo, aprendió algo más.
Porque el chico del pelo largo y con rulos estaba contagiado ya de la necesidad de dormir poco, esa sensación de que mientras dormía ocurrirían cosas importantes que él no podría tocar si estaba ausente.
Y noches atrás, junto a la cama de esa amiga-docente, descubrió un libro de un uruguayo, un tal Benedetti.
Y lo leyó.
Reconoció los poemas de amor que repetían algunos posters con crepúsculos de fondo y otros estampados en tela blanca. Pero encontró también una galería de hombres que miraban, supo del peligro de salvarse a toda costa, de la diferencia entre tener y no tener, de la ambigüedad de los puentes levadizos.
Y por eso le pidió al librero un ejemplar de “Poemas de otros”.
El librero se sofocó, dijo en voz muy alta que no tenía ESE libro y luego, en voz aún más alta, ensayada y ministerial, que estaba prohibido.
El chico no entendía una mierda.
¿Es que podía prohibirse el viento?
Pero se puso colorado y volvió a la estantería de ciencia ficción a buscar algo que no fuera delito. Cuando los dos clientes que vagueaban por el local salieron, el librero le preguntó POR QUÉ buscaba ese libro y el chico se lo dijo. Nunca recordaría las palabras, pero se lo dijo.
El librero le recomendó una policial nueva y un rato después, con cara de complot, cuando el chico fue a pagarla, le metió en la bolsa un pequeño paquete envuelto en papel marrón sin logotipos. El chico no entendió nada, pero le dio las gracias y preguntó qué debía. El librero dijo que nada. Cuando el chico se alejó diez cuadras y encontró un bar, pidió una coca-cola y me se metió en el baño como si llevara una bomba en la bolsa.
Y era cierto.
La llevaba.
Le quitó el papel marrón, se sentó en el inodoro, y no salió del baño hasta que terminó de leer "Poemas de otros", de Mario Benedetti.
Cuando salió, había aprendido que no se puede prohibir el viento, por eso lo intentan.
Y también que, si soplamos todos juntos, podemos despeinar el planeta y borrarle para siempre el pringue de la gomina.
Don Mario se fue, pero no dejó de soplar ni un sólo día.
A lo mejor es hora de que lo imitemos y empecemos a amasar entre soplidos feroces, un huracán que haga volar a la mierda la casa de ladrillos del más pedante de los tres cerditos, ése que vestía un mono de trabajo pero sonreía con la suficiencia de un financiero de los que comen vidas y acaban siempre cagando crisis que nos salpican a todos.
Más que tanto homenaje merecido, don Mario merece ese tipo de vendavales.
¿Soplamos juntos?
A la una....
A las dos....
Y a las....