lunes, 8 de febrero de 2010

Mujeres con gato (IV)

Hay mujeres con gato que no tienen gato.
Pero lo tendrán.
O llevan, caminando a su ritmo, dos huellas más atrás, un gato que se funde con su sombra, y que se encrespa cuando ve que están a punto de pisar la baldosa floja que espera en el camino de toda mujer, con o sin gato.

Las hay que no han conocido aún a ese felino de brumas que, más que perseguirlas, las protege, acaso porque la noche se come las sombras a lametazos y el gato, discreto, se deja lamer.

Hay mujeres que acarician gatos hechos de suspiros, y con nuevos suspiros los amasan cuando cualquier otra presencia en su cama sería un dolor o una derrota.

Y una mujer con gato, aunque a veces pueda olvidarlo, es invencible.

En ON MADRID, entrevista de Juan Vilá

miércoles, 3 de febrero de 2010

Mujeres con gato III


Ignoro qué hora es, algún momento entre el asombro de la noche y las dudas matinales.
En la habitación, los tres permanecemos despiertos para ignorar al amanecer.
Yo sigo en su cama, el gato reina en una esquina del colchón y ella busca algo por el cuarto, desnuda y en puntas de pie.
El gato repite su caminar y no podría decir cuál de los dos es más felino, quién enseñó a quien esa forma de andar sobre tacones de aire.
Ella se exhibe y lo agradezco, pero al mismo tiempo es una niña que anda de puntillas porque cree que así podrá volar y puede; será siempre una muchacha golpeada e invicta, a la que nadie podrá derrotar, salvo ella misma.

Desaparece escaleras abajo y adivino que tras las ventanas cerradas de su buhardilla, la mañana comienza a cavar sus trincheras.
Cava bien, la mañana, en mi confianza, y me pregunto cuántas veces habrá bailado ella este ballet doméstico de mujer con gato, para unos ojos de paso con ganas de quedarse.
Interrogo mentalmente al gato, que se limita a mirarme burlón y sonríe con desprecio.

Aparto la mirada y la fijo en el trozo del suelo en el que empieza o acaba la escalera de caracol, que hace honor a su nombre por la lentitud babosa con que tarda en devolvérmela.

La cabeza de ella asoma, el gesto entre el pudor y la picardía.
Me basta con ver sus hombros para saber que ha subido como bajó, gatunamente en puntas de pie.

El gato ya no la imita, sólo me mira con ojos fijos y rasgados.

Ella trae algo, nunca recordaré qué es, y lo lleva al otro extremo del cuarto.
Le digo que me encanta verla andar así y me responde que así es como camina cuando está a solas con su gato, o me invento esa respuesta, maldito titiritero manco, para convertir en futuro texto un momento-tatuaje que no querré borrarme.
Y sonrío, convencido de que no importa cuántas veces haya caminado así, importa que esta noche ella danza para mí, y su sonrisa augura que tal vez habrá más noches y
el amanecer se retira, derrotado.

El gato me mira, comprende que comprendo.
Y me guiña un ojo.

Mujeres con gato II



(Fragmentos de algo que estoy escribiviendo. La imagen es un cuadro de la artista chilena Parnalú))



Siempre he sentido debilidad por las mujeres como ella, que son conscientes de su cuerpo pero no están pendientes de él, que hacen con su pelo lo mismo que con la vida: sacudirlo, apartarlo, recogerlo y en un impulso nada calculado, desatarlo.

Mujeres testarudas, firmes y un poco cabezotas, que a fuerza de darse de cara contra los muros, optan por hacerlo con los ojos bien abiertos y por eso adquieren esa expresión de perplejidad avisada, la frente libre de las arrugas que produce la espera del golpe, las cejas como tenues aleros de unos ojos que quieren seguir viendo incluso cuando duermen.

Mujeres dueñas de una inteligencia tan aguda que acaba pinchándoles donde más suele doler, que poseen la suficiente lucidez para presentir sus propios errores y la necesaria generosidad como para celebrar en honor a esos mismo errores, cuando llegan, una discreta fiesta de bienvenida.

Mujeres que conocen la exacta frontera entre el amor y el sexo, saben recorrer ambos territorios con pericia de nativas, pero buscan siempre el hueco en la alambrada que los separa, la tierra de nadie que no concede pasaportes pero sí gemidos y suspiros.
Mujeres puñeteramente interesantes porque ocultan un secreto de integridad nada solemne que uno nunca podrá comprender aunque te pegues a ellas durante años. Y por eso, tal vez por eso, uno siente más ganas de pegarse a ellas.

Este tipo de mujer.

Ese tipo de mujer del que yo, si fuera listo, escaparía a tiempo.

martes, 2 de febrero de 2010

Mujeres con gato


Tienen secretos en común, códigos que exceden los tópicos, sonrisas que siempre te dejarán fuera de su curva. Y no me vengas con el rollo de la soledad y las compañias que no exigen nada más que un plato de pienso y un laguito de leche, no me cuentes la teoría banal sobre el privilegio de castrarlos como si nos castraran a nosotros, para que no nos maten las dudas en cualquier tejado ajeno.

Sabes que no, que es otra cosa lo que ocurre entre las mujeres y sus gatos.

Puedes pasarte medio siglo de tu vida intentando conocerlas, y puede que al ver afilarse alguna madrugada en la que te sientes absurdamente invencible, creas que has logrado ver algo bajo las faldas de ese misterio de mujer con gato.
Te equivocas.
Y lo sabes.
Los gatos también,
Por eso sonríen así.