jueves, 28 de febrero de 2008

Gracias, Rafael

Reseña de Camino de ida publicada por Rafael Sarmentero en su blog "Poeta y caballero". Para ver el original y los poemas de Rafael (recomendados), pinchar en
http://www.rafaelsarmentero.com/?p=186


Camino de ida
Carlos Salem.Salto de Página.ISBN: 978-84-935635-2-3224 páginas.

Esta es la primera novela publicada por Carlos Salem, un escritor argentino que parece tener una única cosa clara en la vida: que ama la Literatura. Así, si leemos la pequeña biografía con que todo libro suele obsequiarnos, enseguida nos damos cuenta de que lo único que ha permanecido constante a lo largo de la misma son los libros.
Debuta para las grandes masas con una curiosa novela que, como ya le dije, son dos: Una, la de fuera, graciosa, surrealista, sarcástica casi siempre, que describe un mundo gobernado por la física de los dibujos animados: todo puede suceder. La otra, la de dentro, es mucho más sosegada, más real, y está empañada por un vaho de tristeza. El contraste de ambas partes conduce al lector a través de una interesante ciclotimia, y le provoca el deseo continuo de transitar de una a otra parte y viceversa.
Es un libro para aquellos que buscamos algo más que pasar el rato cuando leemos. No sólo nos hace sonreir, sino también sentir, algo que se echa de menos en muchas de las novelas con pretensiones de entretenimiento. Ya sólo queda esperar a que la próxima salga a la venta, algo que ocurrirá poco antes del verano. Un regreso que yo aguardo ansioso, aunque los regresos no existan porque todo camino es de ida, y volver nunca sea volver. Volver adónde / volver a cuándo / volver a qué.

jueves, 21 de febrero de 2008

Dolce far niente

El verano en que cumplí los 18
supe que debía dedicar mi vida
a no hacer nada.
Dejé de perseguir a las muchachas
de mi barrio
y de los barrios adyacentes
abandoné mi promisoria carrera
de ladrón de coches
sin afán de lucro
renuncié a idear el futuro
como un ascensor sin botones
postergué mi sueño de una revolución
más sexual que comunista
y me arropé con la sombra de un árbol
a la orilla de mi río de deshielos
para leer las memorias de neruda
y otros libros vagamente prohibidos.


A la hora de comer
robaba unas manzanas
o cocía un arroz con huellas de carne y tomate
mientras alrededor
el resto de viandantes asaba vacas lentamente
a la sangre de las brasas.
Y sólo algún amigo fiel lograba invadir mi sombra
para planificar algún proyecto delirante
como el de construir un coche con desechos
y los motores de tres motos diferentes
o dotar de propulsión a vela unas cuántas bicicletas
para recorrer las cercanías.

Yo asistía a todo aquello desde lejos
y sin soltar mi libro por si acaso.
Dejé de pelearme con mi viejo
y de preocuparme por mi hermana
mi único esfuerzo vital consistía en leer
y en evitar que los demás que arrebataran
la delicia de no hacer
nada de nada.
Las muchachas que antes perseguía
y escapaban
comenzaron a rondar mi árbol
atraídas por mi ausencia.
En ese verano me surgieron tres trabajos
y no acepté ninguno
se me ofrecieron seis muchachas
y sólo rechacé a una
que era hiperactiva.

Se me ofreció el suicidio
me dio pereza
y le pedí que volviera
cualquier otro día.
Creo que me bañe en el río un par de veces
que no escribí ningún poema
que dejé de robar cubos de basura por mi barrio
para encenderlos en pira funeraria
a las tres de la mañana
y la gente que en primavera se quejaba
de mi andar interminable en busca de problemas
se preocupaba ahora por mi abulia.

Imagino que todo lo bueno tiene su telón
y el mío tuvo un color
tirando a verde oliva militar
Cuando llegó el otoño me reclutaron
para el servicio obligatorio
me extirparon del árbol
del río
y de la sombra
y si no me pegué un tiro
en la mitad del aquél infierno
por que supe recordar ese verano
el tiempo
en qué más cerca estuve
de la gloria.

martes, 19 de febrero de 2008

Si muero antes de tiempo

(otro añejo, de "Foto borrosa con mochila")


Si muero antes de tiempo
de mi tiempo
-que será en domingo
sólo para fastidiar a los amigos-
que alguien se encargue de mi cuentas
que el hígado lo donen a la ciencia
y hagan con los poemas
papiroflexia.

Pero como me iré sin previo aviso
o sin reconocer avisos previos
ruego que alguien termine ciertos cuentos
y busque un sobre con el final de mis novelas
eternas inconclusas
seguramente inéditas.

Que le digan a mi padre que lo quiero
y a mis hijos que mejor no pude hacerlo
a Ella no le digan que estoy muerto
sólo más distraído menos despierto.
Y por favor suplico algún respeto
para este domicilio de mi cuerpo
no lo quiero enterrado ni a cubierto
soy un pésimo abono estoy seguro
y detesto los nichos- casillero.
Tampoco creo en dioses
y si muero antes de tiempo
que no les den trabajo por mi alma
que ni ellos existen ni yo tengo.

Y ya que lo de irme en un polvo
sería necrofilia a esas alturas
que me quemen y polucionen otro poco
el cielo al fin y al cabo sólo es humo
y yo seré un esmog muy educado.

Y las cenizas que siempre voy dejando
serán entonces residuo y testimonio
que las echen al océano y si estoy lejos
-siempre lo digo y nadie me toma en serio-
que desde un inodoro me despidan
y tiren sin dudar de la cadena
para llegar al mar
me las arreglo.
Me va a sobrar el tiempo.

Para cruzar un charco

(Tan viejo que casi me provoca ternura)


Hay que saberse el charco
temerle tempestades
dibujarle el contorno
y no pensar jamás
en sus profundidades.

Teólogos que abundan
de la charqueología
afirman que rodearlos
es más limpio y correcto
pero callan
por antiguas cobardías
que un charco no es un charco
sin el salto y el riesgo.

Tampoco valen puentes
ni cuerdas
ni tablones
que un charco que se precie
no admite condiciones.

Si acaso y sólo a veces
un sendero de piedras inseguras
en el que cada paso
es una duda.
De modo que cruzar un charco
no es una ciencia exacta
ni es un deporte olímpico
ni un hobby para yupis.
No hay nada en Internet
ni en tertulias de radio.
Lo ignoran
-como no-
los gobernantes.
Y es que cruzar un charco
to be or not to be
sigue siendo algo que se hace
o no se hace
Que usted lo salte bien.

domingo, 10 de febrero de 2008

Se viene MATAR Y GUARDAR LA ROPA, RAYOS X sigue en el banquillo, por ahora

Me explico fatal. Y con resaca, peor.
El caso es que hace unos días publiqué el arranque de la novela inédita
RAYOS X, y unos cuántos amigos (después de todo, tenía),
creyeron que era la nueva novela que publico
en SALTO DE PAGINA
en mayo, si todo sale según lo previsto.
Y no es.
RAYOS X es algo así como una novela pseudobiográfica
que he tardado 2o años en escribir,de a saltos en mi tiempo
y en el del protagonista, un niño gilipollas (léase boludo en el original),
que de todos los poderes de Súperman, el único que envidiaba
era la visión de Rayos X.
Para ver lo oculto, y para verle las bragas a las niñas.
Escrita en capítulos que espían escenas del niño imbécil
en diferentes edades, desde los tres a los diecisíes años,
he leído varios de ellos en el BUKOWSKI
y en algún otro sitio en el que, por error o descuido, me han invitado a leer.
RAYOS X seguirá esperando, de momento, su momento.
La nueva, la que verá la luz en mayo (cruzo los dedos),
se llama MATAR Y GUARDAR LA ROPA,
y no cuento todavía de qué va, que si no luego no la compran.
Lo que sí está claro es que, entre las dedicatorias,
habrá una muy especial,
a toda la gloriosa pandilla de tarados del Bukowski club.
Y el epílogo lo abrirá un trozo de un poema gentilmente cedido por Victor Sierra.
No obstante, pro si alguien se quedó con mono, más abajo
va el segundo capítulo de RAYOS X.

...y digamos que así siguió la cosa




(Continuación de la novela inédita "Rayos X")


II

Había un fantasma en la cocina. En realidad, era una cocina-comedor, porque ahí estaba también la gran mesa, que no era un territorio colosal como la de mi abuela, pero para mi tamaño era enorme. Y la cocina se comunicaba con el salón por un arco. Pero eran dos ambientes diferentes. No se comía en el salón, ahí se veía la tele, en blanco y negro, o de ahí tenías que irte cuando llegaba alguna visita. Venían pocas visitas. Creo que vivíamos lejos del centro y éramos un poco pobres. Mamá decía que "estábamos empezando" cuando hablaba con esas visitas, que eran señoras bien vestidas que lo miraban todo como si les gustara. No teníamos teléfono y sé que mamá quería uno. Ella y el Viejo trabajaban mucho. Él salía de madrugada, sólo lo veía irse cuando me desvelaba por culpa del fantasma, porque se iba casi de noche. Y estaban contentos, cansados, pero contentos.
Y yo tenía un fantasma que casi no me daba miedo y vivía en la cocina.
Todo era un secreto y la tele no me alcanzaba. La primera vez que se rompió tuvieron que echarme del salón porque no me despegaba del técnico que la destripó. Tenía unas lámparas y estaba llena de cables y de puntitos plateados sobre unas placas verdes y marrones. Dentro no había nadie: ni Batman, ni los vaqueros de las películas, ni dibujos animados. Me gustaba mucho Campanilla cuando volaba sobre el castillo de Disneylandia, y soltaba al pasar esa estela dorada. En la tele se veía gris, pero yo sabía que era dorada. Una vez dije que Campanilla se estaba meando sobre Disneylandia y me hicieron callar. Alguien se rió, no recuerdo quién. Había mucha gente ese día en casa, creo que era un cumpleaños, pero no el mío ni el de mi hermanita. Hice como que me iba a jugar pero me quedé escuchando, porque sabía que hablarían de Perón.
Siempre hablaban de Perón cuando venía gente, y lo hacían en voz baja y mirando hacia la puerta, como si fuera un secreto. Yo pensaba que Perón era un súper héroe, como Batman y Robin, y que por eso hablaban de él en secreto. Una noche, creo que fue esa misma noche, pregunté si Perón tenía un coche atómico como el de Batman, y se rieron mucho, pero me mandaron a dormir más temprano.
Antes, Mamá me dijo que Perón no era ningún súper héroe, pero el Viejo no estuvo muy de acuerdo, aunque los dos me pidieron que no nombrara a Perón en el colegio ni en la calle.
Yo me dormí pensando que me habían mentido, porque a veces los escuchaba hablar con otra gente por la noche y algunos decían que todo se arreglaría cuando volviera Perón, en un avión negro. Como el coche de Batman, pensé, y me dormí más tranquilo.


Detrás de la nevera había alguien. Lo intuía. Y además se veía algo negro que vibraba y de ahí salía el ruido. La nevera estaba en un hueco pero entre ella y la pared había algo de espacio. Me metí hasta donde pude y sólo pude ver la oscuridad de una cosa de metal, que no sé cómo fabricaba el frío. Cuando quise salir, la cabeza se me quedó trabada y no supe qué hacer.
Mamá me encontró así, no sé cuánto rato había pasado. Y me tranquilizó. El Viejo quería mover la nevera y ella le dijo que no, que me podía aplastar. Empezó a hablarme, a hacerme reír por la cabeza tan grande que tenía, y al final consiguió que me tranquilizara y pude salir.
Me preguntaron qué buscaba ahí y no dije nada.
No lo hubieran entendido.

El fantasma se asomaba en la cocina. Nunca se acercaba a mí. Pero me hablaba. Yo lo veía desde mi cama, porque la casa era pequeña y mi hermana y yo dormíamos en el salón, en unos sillones individuales que se convertían en cama. Yo despertaba a mitad de la noche, cuando todos dormían, y no sabía por qué. Me sentaba en la cama y miraba a la oscuridad, tratando de ver.
Todo estaba oscuro.
A la izquierda, en su cama-sillón, mi hermanita dormía y roncaba un poco. Podía oírla. Más allá estaba la puerta del dormitorio de mis padres. Abierta, pero también era un recuadro oscuro. La tele se adivinaba contra la pared, pero supongo que la veía porque era algo importante en la casa. Muchos vecinos no tenían tele y cuando había un programa especial, venían a casa. Como cuando ponían un partido y mi tío venía y nos traía caramelos.
Pero de noche, la tele apagada tenía algo de cosa muerta, asustaba un poco.
Y a la derecha, más allá del arco que separaba el salón, en la cocina, estaba mi fantasma y me hablaba.


Me gustaba entrar en el cuarto de ellos cuando no había nadie. Era un lugar prohibido y por eso valía la pena. Sólo había estado ahí cuando me operaron de la garganta y el médico me mandó tomar mucho helado y no hablar ni una palabra. Pero estaba tan entusiasmado porque habían venido todos a verme, que no paraba de hablar. Por la noche volvía a mi sillón cama, pero durante el día, estaba en la cama de ellos, mirando revistas y tratando de leer.
Cuando no había nadie era otra cosa.
Porque él insistía tanto en que no entráramos, que daban ganas de arriesgarse mientras mamá tendía la ropa o se escapaba un momento a comprar. Me quedaba mirándolo todo: las mesitas a los costados de la cama, la cómoda, el armario. Quería ver lo que había dentro, pero sin abrir puertas y cajones.
En parte porque podían notarlo. Y porque así no tendría gracia.
Además, no quería que el Viejo volviera a enojarse conmigo, como cuándo lo del pañuelo.

Una vez pasó algo y todos querían ver la tele, estaban nerviosos. Aparecía un señor con bigote, vestido de uniforme, que hablaba como si estuviera enfadado pero casi nos perdonara. Como cuando yo rompía algo y el Viejo me castigaba y seguía serio conmigo durante horas. Me dijeron que era el nuevo Presidente y yo no sabía lo que era un Presidente. Entonces me explicaron que era la persona que mandaba más en todo el país, el que podía hacer lo que quisiera. Sí, también ver la tele por la noche y los programas para mayores, me respondieron sonriendo. Y decidí que cuando creciera, quería ser Presidente, porque me daría todos los gustos y fabricaría una piscina enorme y la llenaría de ravioles con salsa de carne. Me encantaban los ravioles. Dije que ser Presidente era fantástico y que dónde había que estudiar para eso. Se rieron e insistí. Al Presidente lo elige la gente, dijo Mamá. Toda la gente del país decide quién de ellos será el Presidente. Miré al señor de uniforme que seguía enfadado en la tele y pregunté si a él lo había elegido la gente. Se rieron incómodos y se miraron unos a otros y me mandaron a jugar al patio.
Esa noche, mi fantasma llevaba uniforme y por primera vez me asustó y grité y ellos se levantaron y encendieron las luces. Miré hacia la cocina pero ya no había nada. Mamá me preguntó qué había soñado y le dije que el Presidente me había asustado. Dijo que a ella también, le daba miedo, pero el Viejo se enojó y dijo que no había que decirle esas cosas al chico.

Había llovido mucho y la ropa no se había secado a tiempo. Bueno, mi ropa de ir a la escuela, sí. Todo, salvo los pañuelos que Mamá me metía siempre en el bolsillo. Por eso el Viejo me dio uno de los suyos, muy serio, y me dijo que lo cuidara porque era importado. Pensé que eso quería decir que era importante, pero no me parecía que un pañuelo lo fuera, aunque ese era muy suave y tenía un dibujo bordado, unas rayas todas iguales, rojas y azules. Dije que lo cuidaría y me fui a la escuela.
En realidad no era la escuela todavía, pero nos hacían pintar, nos contaban cosas y la maestra me decía siempre que para aprender a leer, tendría que esperar por lo menos un año más. Era tonta. Yo quería decirle que ya sabía leer, que lo hacía en los libros que mamá me había traído cuando tuve el sarampión, y de tanto repetírmelos mientras la espiaba, entendía las palabras. Lo que no entendía era lo que los niños mayores escribían en sus cuadernos, eran letras diferentes a las de mis libros. Pero a pesar de eso, me gustaba ir. Tenía un amigo, Jorge, que tenía un año más que yo y me parecía muy grande porque ya iba al colegio de verdad, que estaba en el mismo edificio que el nuestro. Creo que por eso le mostré el pañuelo importado y le gustó mucho. Después, entre jugar y dibujar, me olvidé del pañuelo. Hasta que en el último recreo me di cuenta de que me faltaba el pañuelo y le pregunté a todo el mundo y me puse nervioso. En el recreo, se lo pregunté a Jorge y me dijo que lo tenía él y me lo dio. Yo pensé que no era le mismo pañuelo, no tenía las rayas y llevaba pintada una de esas palabras como escritas a mano, que yo no entendía.
—Claro que es el tuyo, nene —me dijo Jorge, riendo—. ¿No ves que tiene tu nombre? Leé: “Nicolás”.
No terminaba de creerle, pero le llevé el pañuelo a la maestra y le pedí que me leyera la palabra:
—Nicolás, como tu nombre —me dijo con una sonrisa.
Yo pensé que las palabras no mentían y me llevé el pañuelo a casa.

El Abuelo hablaba en voz baja. Mi tío también, pero creo que lo hacía para imitarlo. Mamá estaba preocupada y el Viejo parecía tener una urgencia que lo hacía caminar de un lado al otro de la cocina. Yo fingía dormir en mi cama-sillón, pero estaba impaciente porque se fueran, para que viniera el fantasma. Ellos Hablaban de quemar algo, "hay que quemarlos", decía el Viejo. Ella decía que era una manera de "rendirse" y que cada uno era dueño de su pensamiento. El Abuelo estaba abatido y mi tío también, pero se notaba que estaba impaciente por subirse a su moto negra para ir a ver a una de sus novias. Mi tío tenía muchas novias desde que tenía esa moto. Mamá le decía siempre que fuera con cuidado y yo creía que era por la moto. Pero una vez le dijo que tenía toda la vida por delante y no se quedara con la primera que le hiciera "tilín".
No entendí mucho, pero supe que hablaba de las novias y no de las motos.

Mi fantasma sonreía, cuando yo me despertaba y lo veía pasar la aspiradora por la cocina. Era como si me invitara a acercarme. Pero yo me quedaba ahí, sentado. Sospechaba que en mi cama estaba seguro, pero que si cruzaba el arco hasta la cocina, si pasaba al otro lado, estaría indefenso frente al fantasma. Y él hablaba todo el tiempo, con una voz muy cómica, y creo que yo le contestaba pero sin abrir la boca. Y el me preguntaba cuál era mi equipo de fútbol preferido, y a qué se dedicaban mis padres y en qué trabajaba el Abuelo. Era un fantasma muy curioso.


A veces ellos se daban cuenta de que yo estaba despierto hasta muy tarde y pensaron que le tenía miedo a la oscuridad. Una noche, El Abuelo me llevó al patio después de cenar y me mostró el cielo. Me habló de las estrellas y me señaló la Cruz del Sur. Aunque con las demás yo me hacía un lío, a la Cruz el Sur la encontraba enseguida. Le pregunté si cuando él era chico también miraba el cielo por la noche y me dijo que sí, pero que en España, dónde había nacido, había otras estrellas. No entendí eso de que hubiera otros cielos y me lo explicó. Me dió un poco de pena El Abuelo, porque cuando era chico, no podía ver la Cruz del Sur. Después, o fue otra noche, me contó que la mayoría de las estrellas que veíamos ya se habían apagado mucho antes de que él naciera, y que sólo nos llegaba su luz. Tuve ganas de llorar y le pregunté si TODAS estaban muertas. Me dijo que no, pero como estaban tan lejos, era imposible cuál seguía encendida y cuál no.
Yo miré hacia la Cruz del Sur y decidí que estaba viva, y que cuando fuera grande sería astronauta, para viajar hasta la Cruz del Sur y verla.
Verla de cerca.

Aquella noche que hablaban en voz baja de quemar algo, me dormí sin querer.. Desperté un rato después, creo que era tarde, y ellos seguían allí, mirando unos libros. "Con lo que me costó conseguirlo",dijo El Abuelo mirando uno que en la tapa traía el dibujo de un hombre con barba y boina. "Las ideas no se matan",dijo el Viejo. Pero ellos le contestaron que eso lo había dicho uno que después "se cagó en las ideas" y empezaron a discutir un poco, creo que porque estaban nerviosos.
Volví a dormirme y cuando desperté, la luz de la cocina seguía encendida pero ellos no estaban. Oí voces en el patio y miré por la ventana. Estaban alrededor de un fuego, como sombras que se despedían de algo. Mamá lanzó un libro a la hoguera y creo que lloraba, pero de rabia, porque tenía los puños cerrados.

Cuando el Viejo vio el pañuelo, se enfadó mucho, no me dejaba hablar, decía que era un regalo de su padre y yo lo había perdido, que nunca más volvería a confiar en mí y cosas así.
Yo le decía que no, que su pañuelo era ése, pero no quería escuchar.
Más tarde, a solas, le conté a Mamá lo que había pasado y se rió un poco y me explicó que mi amigo me había gastado una broma. Claro que el pañuelo decía “Nicolás”, pero no porque fuera mío, sino porque era una marca de pañuelos y ropa infantil. Seguro que a Jorge le había gustado el pañuelo de papá (o de su papá, que se lo había regalado), y me lo cambió aprovechándose de que yo no sabía leer todavía. Protesté, yo sí sabía leer. Pero ella me dijo que lo que tenía que hacer era estar más atento, para que no me pasaran esas cosas. Yo le prometí que no me volvería a pasar. Me ardía la cara de vergüenza.
Y al día siguiente, en la escuela, cuando sonó la campana del primer recreo, corrí hacia la caja de arena, en la que estaba Jorge y le salté encima. Era más alto que yo, pero no me importó. Le pegué y le pegué en la cara, y también pegaba con su cabeza en el borde de madera de la caja de arena. Al final, llegó la maestra y nos separó y me llevó al aula y me preguntó que qué había pasado. No le dije nada.

Una noche desperté y ahí estaba mi fantasma. Pero no me hablaba. Sólo miraba hacia mí y pasaba la aspiradora. No sé por qué, pero me dio pena y le hablé. No respondió. Bajé de la cama-sillón y caminé hacia la cocina. Pero ya no había nada. Sólo la noche. Tardé en dormirme y cuando desperté por los golpes en la puerta, creí que era el fantasma que volvía. Pero eran unos soldados que lo revolvieron todo mientras yo me hacía el dormido y me sentí un cobarde, como cuando el fantasma hablaba y no me atrevía a contestar con la boca abierta. Sentía que tenía que decirles a los soldados que el fantasma no estaba, que no lo buscaran.
Se fueron. Y mi fantasma no regresó.
Pasé muchas noches mirando hacia la cocina, pero no volvió.
Tampoco volvió Jorge a jugar conmigo en el recuadro de arena en los recreos. Jugaba con otros chicos de su clase, lejos de mí.
Por las noches yo miraba al techo, cerraba los ojos y podía ver el cielo. El cielo era negro, como el avión de Perón, que cuando volviera podría encontrar el camino siguiendo la Cruz del Sur.
Cuando nos mudamos al centro, meses después, me despedí de la cocina, pensando en mi fantasma, mientras mamá, de pie en el salón, hacía lo mismo frente a la estantería vacía de libros.
Me pareció que estaba muy triste y le dije que no se preocupara, que cuando volviera Perón, todo se arreglaría. Me acarició la cabeza y dijo que confiaba más en Batman. Yo le dije que Batman no existía, que era un personaje inventado, y me contestó que a veces pensaba lo mismo de Perón.

Lo que sobra

Ahora que todo
ha quedado en nada
me sobran los dedos que hasta hace poco se turnaban
para buscarte resortes y cosquillas en la compleja maquinaria
que ocultas entre las piernas

Ahora que todo
ha quedado en nada
mi boca sólo sirve para boquear besando al aire del cigarro
o masticar alguno de tus platos favoritos
como si te masticara
Y no es lo mismo.

Ahora que todo
ha quedado en nada
mi sexo se convierte en un absurdo artilugio para mear
llorando
una molestia que me impide dormir de lado
un polo de ceniza y fresa
un tizón helado

Ahora que todo
ha quedado en nada
los poemas que escribo me suenan a declaración de la renta
y en cada verso me defraudo
y en cada verso te desgravo
intento la venganza de un soneto
pero siempre me rima con “afrenta”
y todas las palabras se me deshacen entre los verbos

Ahora que todo
ha quedado en nada
mis ojos son tajos en la cara
que froto contra la pantalla de la tele
o en tu inolvidable sonrisa que se burla en cada foto.

Ahora que todo
ha quedado en nada
me sobra todo.
O tal vez no.
Creo que no.
Seguro que no.
No me sobran ni los dedos ni la boca ni los versos
ni los ojos ni la polla.
Me sobras tú.
Por eso me pido otra cerveza
y espero ver entrar por esa puerta
a la mujer
que te borre para siempre
esa jodida sonrisa
de las fotos.

Lo que queda

Me rompí los ligamentos
cruzados
del pié izquierdo
tratando de ganar
un campeonato de karate que mi importaba una mierda
de no ser por la rubia
del cinturón amarillo
que al final se fue con otro
que no ganó ni nada
pero tençia moto.

Me rompí el hueso del nudillo pequeño
por no romper una puerta
y no romperle la cara a Sandra
que había dejado de quereme
y ella no lo sabía
todavía
mientras ganábamos el mundial del 86.

Me rompí los mismos ligamentos
cruzados
del pié izquierdo
(y uno más)
al saltar al pavimento
desde una camioneta
la segunda vez que volví a la Patagonia
en busca de una juventud que había perdido
y no lo sabía
todavía.

Me rompo los pulmones fumando
lo que nunca digo
me rompo el hígado lavando surcos
en la arena de la que siempre estuve hecho
me rompo en los bostezos
en las menitras que me quiebran
en las esquinas que ya no me esperan.

Lo triste de volverse viejo
me digo algunos días
es que sólo sé que sigo vivo
cuando palpo el borde
de mis heridas.

viernes, 8 de febrero de 2008

Conviene recordar...

Se presenta la semana próxima lo más reciente de SALTO DE PAGINA, y además de acudir a las presentaciones y conocer al autor, JON BILBAO, no me queda otra que recomendar EL HERMANO DE LAS MOSCAS, una novela como se podrán leer pocas este año.
Inquietante, milimétrica y contenida, invita a pensar y a no dejarla hasta acabar con sus 370 páginas , para conocer el final, pero especialmente para disfrutar del talento del autor.
Y si algún memo cree que la recomiendo porque es de la editorial en que publico, que le vayan dando.
Es jodidamente buena.
Después no digan que no avisé.

jueves, 7 de febrero de 2008

...cuando yo digo que el tipo es un trillizo,es por algo


No ha pasado ni una semana de la presentación de su libro
"POEMAS PARA BERBERECHOS",
que José Naveiras ataca de nuevo,
y por suerte es así.
En esta ocasión con una expo de fotografías más que interesante.
La fecha de inauguración y los demás datos, en el cartel más arriba.
¿El lugar?
El BUKOWSKI CLUB, coño!

...si la autoridad no lo impide....


El 22 de febrero en el BUKOWSKI CLUB,

los LADRONES DE GALLINAS vuelven a las andadas.

Y esta vez con un cuatrero invitado de lujo:

JUAN MADRID,

que viene que ni pintado para el tema de esta segunda función,

"Relatos de policías y ladrones".

miércoles, 6 de febrero de 2008

Escribir al compás de un tango



La editorial Salto de Página presenta en España a una nueva generación de autores hispanoamericanos unidos por la práctica del realismo sucio y el uso transgresor del lenguaje

Historias grasientas de putas, locos, polizontes y trileros. A Leonardo Oyola y Carlos Salem les gusta Bukowski, Chandler, Blind Melon, Scorsese, Rally Fields, Sepultura, Linch, Ford y Tarantino. Si la voz de las alcantarillas, en vez de crecer -sucia, anémica, embarrada- en el Baltimore de los años 20, se hubiera llenado de tanto eco inmoral en la perra Argentina del último cuarto de siglo, escribiría quilombo, concha, pelotudo y retorbar; sería la expresión actualizada del mismo odio contra políticos y vírgenes, normas, leyes, estilos y chorraditas cool, pero palpitaría -eso sí- a ritmo de tango y de rock and roll.

...Los críticos independientes -esos tres inconformistas que sobreviven como soldados de fortuna adscritos a cualquier cabecera sin proyección comercial-, saben que la herencia del malditismo bohemio, bien maridado con la buena novela negra, no late en esta rancia Europa, ni en el heretismo impostado de tipos como Wolfe o Crumb, sino en las plumas charras e irreverentes que bullen en la savia creativa del miedo, el coraje y el rencor por ese inmenso vivero de escritores que se abre al sur de El Paso.

...Finalmente, Carlos Salem, con un finísimo sentido del humor y muchas ganas de caricaturizar el trauma de la pérdida y el sentido mismo de la aventura, vuelca en Camino de ida toda su experiencia para invitar al lector a que asimile el nunca bien ponderado consejo de los hedonistas impenitentes: Carpe Diem, que este trayecto no tiene vuelta.

dperez@lavozdigital.es
Texto íntegro, aquí:

Se viene el Tigre





Será en marzo. Digamos que a mediados de mes, pero queda tiempo para precisar. El caso es que, previa escala en Ibiza para participar en unas jornadas, llega a Madrid Leonardo Oyola, representante de lo mejorcito que se está haciendo en Argentina en literatura en la Era pos-corralito, que no es poco.
Al margen de modas y de modeces, Oyola es un narrador poderoso, capaz de combinar al mismo tiempo la ironía con la dureza de los mundos que narra, que son también el nuestro. Ha optado por usar los ingredientes del género negro patra contar, incluso cuando la acción ocurre en el pasado, el aquí y ahora, de su país y su generación, pero también de los nuestros, sean los que sean.
Llamó la atención de la exigente -y puñetera- opinión literaria bonaerense con su primera novela, "Siete y el tigre harapiento", y también el interés de la Editorial Salto de Página (que publica unos autores cojonudos, je ,je), lo que se plasmó con la publicación en 2007 de su primera novela en España: Chamamé.
Ahora, en marzo, vendrá por estas tierras a presentar lo nuevo: Gólgota, otro policial duro que habla, en realidad, de la entereza y la corrupción, presidenta y vice de las vidas de cualquiera, en Malasaña o en Morón.
Estamos viendo de organizar algo en el BUKOWSKI CLUB y ya avisaremos con tiempo.
Mientras tanto, el que quiera abrir boca, puede conseguir Chamamé en cualquier librería.
Recomendado: si no te gusta, no te devolverán el dinero,
pero tampoco la inocencia que se pierde cada vez que lees una buena novela.
Y ésta es de las buenas.