
(Continuación de la novela inédita "Rayos X")
II
Había un fantasma en la cocina. En realidad, era una cocina-comedor, porque ahí estaba también la gran mesa, que no era un territorio colosal como la de mi abuela, pero para mi tamaño era enorme. Y la cocina se comunicaba con el salón por un arco. Pero eran dos ambientes diferentes. No se comía en el salón, ahí se veía la tele, en blanco y negro, o de ahí tenías que irte cuando llegaba alguna visita. Venían pocas visitas. Creo que vivíamos lejos del centro y éramos un poco pobres. Mamá decía que "estábamos empezando" cuando hablaba con esas visitas, que eran señoras bien vestidas que lo miraban todo como si les gustara. No teníamos teléfono y sé que mamá quería uno. Ella y el Viejo trabajaban mucho. Él salía de madrugada, sólo lo veía irse cuando me desvelaba por culpa del fantasma, porque se iba casi de noche. Y estaban contentos, cansados, pero contentos.
Y yo tenía un fantasma que casi no me daba miedo y vivía en la cocina.
Todo era un secreto y la tele no me alcanzaba. La primera vez que se rompió tuvieron que echarme del salón porque no me despegaba del técnico que la destripó. Tenía unas lámparas y estaba llena de cables y de puntitos plateados sobre unas placas verdes y marrones. Dentro no había nadie: ni Batman, ni los vaqueros de las películas, ni dibujos animados. Me gustaba mucho Campanilla cuando volaba sobre el castillo de Disneylandia, y soltaba al pasar esa estela dorada. En la tele se veía gris, pero yo sabía que era dorada. Una vez dije que Campanilla se estaba meando sobre Disneylandia y me hicieron callar. Alguien se rió, no recuerdo quién. Había mucha gente ese día en casa, creo que era un cumpleaños, pero no el mío ni el de mi hermanita. Hice como que me iba a jugar pero me quedé escuchando, porque sabía que hablarían de Perón.
Siempre hablaban de Perón cuando venía gente, y lo hacían en voz baja y mirando hacia la puerta, como si fuera un secreto. Yo pensaba que Perón era un súper héroe, como Batman y Robin, y que por eso hablaban de él en secreto. Una noche, creo que fue esa misma noche, pregunté si Perón tenía un coche atómico como el de Batman, y se rieron mucho, pero me mandaron a dormir más temprano.
Antes, Mamá me dijo que Perón no era ningún súper héroe, pero el Viejo no estuvo muy de acuerdo, aunque los dos me pidieron que no nombrara a Perón en el colegio ni en la calle.
Yo me dormí pensando que me habían mentido, porque a veces los escuchaba hablar con otra gente por la noche y algunos decían que todo se arreglaría cuando volviera Perón, en un avión negro. Como el coche de Batman, pensé, y me dormí más tranquilo.
Detrás de la nevera había alguien. Lo intuía. Y además se veía algo negro que vibraba y de ahí salía el ruido. La nevera estaba en un hueco pero entre ella y la pared había algo de espacio. Me metí hasta donde pude y sólo pude ver la oscuridad de una cosa de metal, que no sé cómo fabricaba el frío. Cuando quise salir, la cabeza se me quedó trabada y no supe qué hacer.
Mamá me encontró así, no sé cuánto rato había pasado. Y me tranquilizó. El Viejo quería mover la nevera y ella le dijo que no, que me podía aplastar. Empezó a hablarme, a hacerme reír por la cabeza tan grande que tenía, y al final consiguió que me tranquilizara y pude salir.
Me preguntaron qué buscaba ahí y no dije nada.
No lo hubieran entendido.
El fantasma se asomaba en la cocina. Nunca se acercaba a mí. Pero me hablaba. Yo lo veía desde mi cama, porque la casa era pequeña y mi hermana y yo dormíamos en el salón, en unos sillones individuales que se convertían en cama. Yo despertaba a mitad de la noche, cuando todos dormían, y no sabía por qué. Me sentaba en la cama y miraba a la oscuridad, tratando de ver.
Todo estaba oscuro.
A la izquierda, en su cama-sillón, mi hermanita dormía y roncaba un poco. Podía oírla. Más allá estaba la puerta del dormitorio de mis padres. Abierta, pero también era un recuadro oscuro. La tele se adivinaba contra la pared, pero supongo que la veía porque era algo importante en la casa. Muchos vecinos no tenían tele y cuando había un programa especial, venían a casa. Como cuando ponían un partido y mi tío venía y nos traía caramelos.
Pero de noche, la tele apagada tenía algo de cosa muerta, asustaba un poco.
Y a la derecha, más allá del arco que separaba el salón, en la cocina, estaba mi fantasma y me hablaba.
Me gustaba entrar en el cuarto de ellos cuando no había nadie. Era un lugar prohibido y por eso valía la pena. Sólo había estado ahí cuando me operaron de la garganta y el médico me mandó tomar mucho helado y no hablar ni una palabra. Pero estaba tan entusiasmado porque habían venido todos a verme, que no paraba de hablar. Por la noche volvía a mi sillón cama, pero durante el día, estaba en la cama de ellos, mirando revistas y tratando de leer.
Cuando no había nadie era otra cosa.
Porque él insistía tanto en que no entráramos, que daban ganas de arriesgarse mientras mamá tendía la ropa o se escapaba un momento a comprar. Me quedaba mirándolo todo: las mesitas a los costados de la cama, la cómoda, el armario. Quería ver lo que había dentro, pero sin abrir puertas y cajones.
En parte porque podían notarlo. Y porque así no tendría gracia.
Además, no quería que el Viejo volviera a enojarse conmigo, como cuándo lo del pañuelo.
Una vez pasó algo y todos querían ver la tele, estaban nerviosos. Aparecía un señor con bigote, vestido de uniforme, que hablaba como si estuviera enfadado pero casi nos perdonara. Como cuando yo rompía algo y el Viejo me castigaba y seguía serio conmigo durante horas. Me dijeron que era el nuevo Presidente y yo no sabía lo que era un Presidente. Entonces me explicaron que era la persona que mandaba más en todo el país, el que podía hacer lo que quisiera. Sí, también ver la tele por la noche y los programas para mayores, me respondieron sonriendo. Y decidí que cuando creciera, quería ser Presidente, porque me daría todos los gustos y fabricaría una piscina enorme y la llenaría de ravioles con salsa de carne. Me encantaban los ravioles. Dije que ser Presidente era fantástico y que dónde había que estudiar para eso. Se rieron e insistí. Al Presidente lo elige la gente, dijo Mamá. Toda la gente del país decide quién de ellos será el Presidente. Miré al señor de uniforme que seguía enfadado en la tele y pregunté si a él lo había elegido la gente. Se rieron incómodos y se miraron unos a otros y me mandaron a jugar al patio.
Esa noche, mi fantasma llevaba uniforme y por primera vez me asustó y grité y ellos se levantaron y encendieron las luces. Miré hacia la cocina pero ya no había nada. Mamá me preguntó qué había soñado y le dije que el Presidente me había asustado. Dijo que a ella también, le daba miedo, pero el Viejo se enojó y dijo que no había que decirle esas cosas al chico.
Había llovido mucho y la ropa no se había secado a tiempo. Bueno, mi ropa de ir a la escuela, sí. Todo, salvo los pañuelos que Mamá me metía siempre en el bolsillo. Por eso el Viejo me dio uno de los suyos, muy serio, y me dijo que lo cuidara porque era importado. Pensé que eso quería decir que era importante, pero no me parecía que un pañuelo lo fuera, aunque ese era muy suave y tenía un dibujo bordado, unas rayas todas iguales, rojas y azules. Dije que lo cuidaría y me fui a la escuela.
En realidad no era la escuela todavía, pero nos hacían pintar, nos contaban cosas y la maestra me decía siempre que para aprender a leer, tendría que esperar por lo menos un año más. Era tonta. Yo quería decirle que ya sabía leer, que lo hacía en los libros que mamá me había traído cuando tuve el sarampión, y de tanto repetírmelos mientras la espiaba, entendía las palabras. Lo que no entendía era lo que los niños mayores escribían en sus cuadernos, eran letras diferentes a las de mis libros. Pero a pesar de eso, me gustaba ir. Tenía un amigo, Jorge, que tenía un año más que yo y me parecía muy grande porque ya iba al colegio de verdad, que estaba en el mismo edificio que el nuestro. Creo que por eso le mostré el pañuelo importado y le gustó mucho. Después, entre jugar y dibujar, me olvidé del pañuelo. Hasta que en el último recreo me di cuenta de que me faltaba el pañuelo y le pregunté a todo el mundo y me puse nervioso. En el recreo, se lo pregunté a Jorge y me dijo que lo tenía él y me lo dio. Yo pensé que no era le mismo pañuelo, no tenía las rayas y llevaba pintada una de esas palabras como escritas a mano, que yo no entendía.
—Claro que es el tuyo, nene —me dijo Jorge, riendo—. ¿No ves que tiene tu nombre? Leé: “Nicolás”.
No terminaba de creerle, pero le llevé el pañuelo a la maestra y le pedí que me leyera la palabra:
—Nicolás, como tu nombre —me dijo con una sonrisa.
Yo pensé que las palabras no mentían y me llevé el pañuelo a casa.
El Abuelo hablaba en voz baja. Mi tío también, pero creo que lo hacía para imitarlo. Mamá estaba preocupada y el Viejo parecía tener una urgencia que lo hacía caminar de un lado al otro de la cocina. Yo fingía dormir en mi cama-sillón, pero estaba impaciente porque se fueran, para que viniera el fantasma. Ellos Hablaban de quemar algo, "hay que quemarlos", decía el Viejo. Ella decía que era una manera de "rendirse" y que cada uno era dueño de su pensamiento. El Abuelo estaba abatido y mi tío también, pero se notaba que estaba impaciente por subirse a su moto negra para ir a ver a una de sus novias. Mi tío tenía muchas novias desde que tenía esa moto. Mamá le decía siempre que fuera con cuidado y yo creía que era por la moto. Pero una vez le dijo que tenía toda la vida por delante y no se quedara con la primera que le hiciera "tilín".
No entendí mucho, pero supe que hablaba de las novias y no de las motos.
Mi fantasma sonreía, cuando yo me despertaba y lo veía pasar la aspiradora por la cocina. Era como si me invitara a acercarme. Pero yo me quedaba ahí, sentado. Sospechaba que en mi cama estaba seguro, pero que si cruzaba el arco hasta la cocina, si pasaba al otro lado, estaría indefenso frente al fantasma. Y él hablaba todo el tiempo, con una voz muy cómica, y creo que yo le contestaba pero sin abrir la boca. Y el me preguntaba cuál era mi equipo de fútbol preferido, y a qué se dedicaban mis padres y en qué trabajaba el Abuelo. Era un fantasma muy curioso.
A veces ellos se daban cuenta de que yo estaba despierto hasta muy tarde y pensaron que le tenía miedo a la oscuridad. Una noche, El Abuelo me llevó al patio después de cenar y me mostró el cielo. Me habló de las estrellas y me señaló la Cruz del Sur. Aunque con las demás yo me hacía un lío, a la Cruz el Sur la encontraba enseguida. Le pregunté si cuando él era chico también miraba el cielo por la noche y me dijo que sí, pero que en España, dónde había nacido, había otras estrellas. No entendí eso de que hubiera otros cielos y me lo explicó. Me dió un poco de pena El Abuelo, porque cuando era chico, no podía ver la Cruz del Sur. Después, o fue otra noche, me contó que la mayoría de las estrellas que veíamos ya se habían apagado mucho antes de que él naciera, y que sólo nos llegaba su luz. Tuve ganas de llorar y le pregunté si TODAS estaban muertas. Me dijo que no, pero como estaban tan lejos, era imposible cuál seguía encendida y cuál no.
Yo miré hacia la Cruz del Sur y decidí que estaba viva, y que cuando fuera grande sería astronauta, para viajar hasta la Cruz del Sur y verla.
Verla de cerca.
Aquella noche que hablaban en voz baja de quemar algo, me dormí sin querer.. Desperté un rato después, creo que era tarde, y ellos seguían allí, mirando unos libros. "Con lo que me costó conseguirlo",dijo El Abuelo mirando uno que en la tapa traía el dibujo de un hombre con barba y boina. "Las ideas no se matan",dijo el Viejo. Pero ellos le contestaron que eso lo había dicho uno que después "se cagó en las ideas" y empezaron a discutir un poco, creo que porque estaban nerviosos.
Volví a dormirme y cuando desperté, la luz de la cocina seguía encendida pero ellos no estaban. Oí voces en el patio y miré por la ventana. Estaban alrededor de un fuego, como sombras que se despedían de algo. Mamá lanzó un libro a la hoguera y creo que lloraba, pero de rabia, porque tenía los puños cerrados.
Cuando el Viejo vio el pañuelo, se enfadó mucho, no me dejaba hablar, decía que era un regalo de su padre y yo lo había perdido, que nunca más volvería a confiar en mí y cosas así.
Yo le decía que no, que su pañuelo era ése, pero no quería escuchar.
Más tarde, a solas, le conté a Mamá lo que había pasado y se rió un poco y me explicó que mi amigo me había gastado una broma. Claro que el pañuelo decía “Nicolás”, pero no porque fuera mío, sino porque era una marca de pañuelos y ropa infantil. Seguro que a Jorge le había gustado el pañuelo de papá (o de su papá, que se lo había regalado), y me lo cambió aprovechándose de que yo no sabía leer todavía. Protesté, yo sí sabía leer. Pero ella me dijo que lo que tenía que hacer era estar más atento, para que no me pasaran esas cosas. Yo le prometí que no me volvería a pasar. Me ardía la cara de vergüenza.
Y al día siguiente, en la escuela, cuando sonó la campana del primer recreo, corrí hacia la caja de arena, en la que estaba Jorge y le salté encima. Era más alto que yo, pero no me importó. Le pegué y le pegué en la cara, y también pegaba con su cabeza en el borde de madera de la caja de arena. Al final, llegó la maestra y nos separó y me llevó al aula y me preguntó que qué había pasado. No le dije nada.
Una noche desperté y ahí estaba mi fantasma. Pero no me hablaba. Sólo miraba hacia mí y pasaba la aspiradora. No sé por qué, pero me dio pena y le hablé. No respondió. Bajé de la cama-sillón y caminé hacia la cocina. Pero ya no había nada. Sólo la noche. Tardé en dormirme y cuando desperté por los golpes en la puerta, creí que era el fantasma que volvía. Pero eran unos soldados que lo revolvieron todo mientras yo me hacía el dormido y me sentí un cobarde, como cuando el fantasma hablaba y no me atrevía a contestar con la boca abierta. Sentía que tenía que decirles a los soldados que el fantasma no estaba, que no lo buscaran.
Se fueron. Y mi fantasma no regresó.
Pasé muchas noches mirando hacia la cocina, pero no volvió.
Tampoco volvió Jorge a jugar conmigo en el recuadro de arena en los recreos. Jugaba con otros chicos de su clase, lejos de mí.
Por las noches yo miraba al techo, cerraba los ojos y podía ver el cielo. El cielo era negro, como el avión de Perón, que cuando volviera podría encontrar el camino siguiendo la Cruz del Sur.
Cuando nos mudamos al centro, meses después, me despedí de la cocina, pensando en mi fantasma, mientras mamá, de pie en el salón, hacía lo mismo frente a la estantería vacía de libros.
Me pareció que estaba muy triste y le dije que no se preocupara, que cuando volviera Perón, todo se arreglaría. Me acarició la cabeza y dijo que confiaba más en Batman. Yo le dije que Batman no existía, que era un personaje inventado, y me contestó que a veces pensaba lo mismo de Perón.