martes, 30 de enero de 2007

5- Cada Verano la llevo a ver el mar

(Otro capítulo de la dichosa novelita -no es la que sale en marzo/abril, pero me gusta, ¿qué pasa?-, la discontinuidad de los capítulos da igual, ya que salvo el primero y el último, los demás se pueden leer salteados, sacando cerillas del bolsillo, contándolas sobre la barra de un bar, y siguiendo el designio del azar)

Estoy harto de majaras. De verdad. Cada vez son más. Y todos se me pegan. Estoy en el bar. En este bar. Antes iba a muchos bares, porque todos me parecían el mismo. Pero desde hace un tiempo sólo vengo a este, que recuerde. Aunque no recuerdo mucho. Está Lola. Y eso hace una diferencia. Me gusta Lola, con sus caderas sólidas y su cintura estrecha, con todo ese pelo que está vivo y esos ojos capaces de acojonar al más valiente. O al más mentiroso, que viene a ser lo mismo. Yo nunca he sido muy valiente, porque si no te enteras del peligro, no tiene mérito. Y en cuanto a mentir, con ella no me apetece.
Esta noche será una de las peores. Me lo dice el hueso mal soldado de mi mano izquierda. Si al menos recordara con quién o para qué peleaba cuando me la fastidié, el bulto de la mano sería algo parecido a una medalla inútil y no otra pregunta que no me interesa contestar.
Se abre la puerta y entra ese padre de familia en domingo. Ahora sé que es domingo. Será por el chándal caro que viste el tío, o por la cara de ver los partidos en una tele de tamaño gigante. No sé. Pero es domingo, el bar está casi vacío y se sienta a mi lado.
Le pide a Lola whisky del bueno y cuando se lo sirve, ordena que deje la botella, como habrá visto hacer en las películas del Oeste, en su tele de tamaño gigante. No me gusta como mira a Lola y no es por el paseo por su culo o su escote. Son su culo y su escote y yo no tengo nada que ver con ellos, no quiero tener nada que ver. Es mejor así. Y todos los tíos se los miran. Es la forma en que el padre de familia lo hace lo que me molesta. Bebe rápido y mirando a los costados, no disfruta. Los que beben así lo hacen a menudo pero no saben beber. Hay que beber despacio, para que el líquido al caer vaya lavando algo o lo queme sin prisas.
—Cada verano la llevo a ver el mar —me dice.
—Eso está bien —respondo sin ganas mientras saco un puñado de cerillas del bolsillo y empiezo a contarlas. Estoy harto de majaras.
—Ya. Pero a ella parece que no le alcanza. Siempre quejándose, siempre hay algo que no le gusta. Y no es que lo diga, ¿sabes? La muy puta nunca dice nada, va de víctima, pero sus ojos, sus ojos que nunca me miran de frente, sus ojos sí que dicen. ¡Y no lo soporto! ¿Tengo yo que soportarlo?
—Supongo que no.
—Desde luego que no. ¿Acaso no me deslomo trabajando? Y ella, siempre con los celos, siempre desconfiando. No lo dice, pero sus ojos, joder, sus ojos. Como con el coche. ¿Es que un tío que se ha pasado la vida trabajando no tiene derecho a comprarse un buen coche?
Me muestra un llavero de diseño, con la marca Audi en el centro:
—¡Si lo compré pensado en ellos, coño! Tiene airbag para todos los pasajeros, ordenador de a bordo, todo. ¡Lo compré pensado en la familia! Es el gris metalizado que está fuera. ¡No veas cómo se liga, con esa máquina!
-Lo imagino —respondo mientras dejo de contar cerillas. Tal vez no sea necesario.
—Pero ella que cómo lo vamos a pagar, que el niño necesita esto y lo otro. Y mira que hacía tiempo que no se quejaba hablando. Pero claro...
—Los ojos.
—Eso. Los ojos. Yo soy un tío normal, un padre cojonudo, vale, bebo de vez en cuando un par de copas. ¡Y cómo iba a imaginar que aquella guarra tenía ladillas! Pero ella no dice nada, sólo me mira y cuando le pregunto, cuando le digo que qué coño mira, enseguida esconde la cara, como si fuera a pegarle. Y hacía meses que no se me escapaba una mano. Meses.
—Ya está ahí —interrumpe Lola, mientras mira con odio al padre de familia. La conozco. Está a punto de estallar. Y el odio de Lola me ahuyenta, parece incluirme.
—Déjalo por mi cuenta —respondo y también me refiero a mi vecino de taburete—. No es para tanto.
—Vale, pero que lo haga en otro sitio. Además, luego se mea en los coches de los clientes —dice ella. Y me alcanza dos cervezas.
—¡Mi coche! —exclama el padre de familia y amaga con salir. Le agarro el brazo con más fuerza de la que pensaba, supongo, porque me mira sorprendido.
—He dicho que yo me encargo. Perdona un momento.
Y salgo.
El Loco está sentado en la plazoleta frente al bar. Como siempre que se descubre solo y viene a buscarme. Es un loco muy educado y saluda a todo el mundo:
—Que tengas buena noche —me dice, como siempre.
—Lo mismo para ti —respondo, como siempre.
Le ofrezco un cigarrillo y una cerveza. Fumamos y bebemos un rato. Después me mira, como siempre, y le digo:
—Vamos.
Caminamos hasta la curva, un centenar de metros más abajo. Nos detenemos en el centro de la calle y El Loco, como siempre, dice:
—El cielo debe estar en otra parte.
Y se tiende en la carretera, con los brazos abiertos.
Yo me tiendo en la otra dirección, mi cabeza tocando la suya.
Y esperamos.
Al rato se acerca un coche, la luz estalla sobre nosotros, se oye una frenada brusca y nos esquiva. Se detiene a prudente distancia y el conductor nos insulta. Parece que va a bajar, pero se lo piensa mejor y parte, con chirrido de neumáticos.
Me siento. El Loco sigue tendido pero le alcanzo un cigarrillo encendido y digo:
—Vamos. Habíamos quedado en un solo coche por vez.
Me mira, parece comprender y se pone de pie.
Es un buen loco, El Loco. Vive en el solar abandonado, entre las malezas y las ruinas de una casa derribada por el tiempo. No es uno de esos farsantes vividores que montan un número para llamar la atención. Él se tiende en la carretera, cuando le sopla el viento dentro de la cabeza, a esperar que venga un coche que lo lleve de viaje. Y no finge. Lo sé porque las primeras veces le tiré mi coche encima y tuve que frenar a último momento, porque no se apartaba.
En realidad, no mira hacia los coches, sino hacia el cielo. Cuando se siente deshabitado, viene hasta el bar y se pone a fumar en la plazoleta, hasta que salgo. Y si no estoy esa noche, si no me entero, se tiende en la carretera frente al bar, a esperar los coches. Pero casi todas las noches estoy en el bar. Me tuve que inventar lo del límite para reducir las probabilidades de que algún conductor borracho lo atropelle sin enterarse siquiera. Por eso, cuando aparece, me lo llevo hasta la curva y esperamos juntos. Lola cree que sólo hablo con él. No lo entendería.
Cuando volvemos calle arriba, veo un Audi gris metalizado. Flamante. El Loco y yo meamos sobre el coche durante un rato y me entretengo admirando los detalles de la tecnología avanzada.
Cuando nos despedimos, saluda:
—Que tengas buena noche.
Y se va a buscar el cielo, que seguramente está en otra parte.
Cuando entro en el bar, es obvio que el padre de familia se ha bebido buena parte de la botella. Y también que está diciéndole chorradas a Lola, que me mira con cara de ultimátum.
—¿Qué? —dice el tío — ¿Ya le has dado lo suyo al loco ese?
—Sí. Me hablabas del coche y de que a tu mujer no le gustaba...
—¡Puaj! No le gusta nada de lo que hago, pero bien que se cuida de hablar. Es que cuando me enfado, no soy yo, y tengo la mano pesada, ¿sabes? Toca, toca qué músculos. De joven hacía pesas, pero desde que me casé con ésta, el único ejercicio que puedo hacer es levantar sus tetas caídas y últimamente, ni eso. ¡Pero en mi casa mando yo, que soy el hombre! Y cuando me cansé de jilipolleces, no sé, descubrí que cuando la sacudo, al día siguiente está más suave, no digo cariñosa, pero por lo menos me mira menos. ¡Una vez me dijo que me iba a denunciar, a mí! Ahí me pasé, porque hubo que llevarla al hospital y nos gastamos una pasta en medicinas. Pero no dijo nada. El médico venga preguntarle que cómo se había hecho eso, y ella que se había caído de la escalera... ¡Y vivimos en un bajo!
Le pido otra Mahou a Lola, para distraerla antes de que estalle.
—Es guapa, tu novia —dice el padre de familia bebiendo lo que queda de whisky—. Lo digo sin faltar, ¿eh? Pero así tienen que ser las mujeres: con carácter, no como la mía, que en cuanto le das una hostia se pone a llorar.
—Pero por lo menos no te denuncia...
-—Ya se cuidará de hacerlo. Y esta vez tampoco —se acerca y me habla confidencial—. La muy tonta teme que me desquite con el niño si me denuncia. ¡Cómo si yo fuera a pegarle al niño sin motivo! Es que no tiene cultura.... Yo leo, veo películas. ¿Sabías que si les pegas con una toalla mojada luego no quedan marcas?
—Eso está bien, para que no se note cuando la llevas a la playa...
—¿Ves? Tú me entiendes. Yo seré estricto, pero cada verano la llevo a ver el mar. Y eso que a mí me gusta la montaña... Bueno, me tengo que ir que mañana se trabaja. Ha sido un gusto hablar contigo.
Paga, saluda a Lola y se va. Ella no quiere mirarme. Pago y me voy.
Mi viejo coche está, como siempre, aparcado con una rueda sobre el bordillo. Abro la puerta y quito la barra que fija el volante. No recuerdo quien me la regaló. Como si alguien fuera a robar mi coche. Por una vez arranca sin empujar, pero lo dejo ir cuesta abajo. Después de doblar la curva veo el Audi a un costado de la carretera.
No se va muy lejos con dos neumáticos desinflados.
Bajo y el padre de familia, deslumbrado por los faros y por el whisky que le baila en la barriga, no me reconoce.
—Joder, menos mal que ha parado. Es que algún hijo puta me ha...
Ya no sigue, porque cuando te pegan en las costillas con una barra de hierro, un par de neumáticos desinflados parecen menos importantes.
Levanto la barra otra vez.
Me temo que le quedarán marcas.
Estoy harto de majaras. De verdad.

lunes, 29 de enero de 2007

no es un poema (y tampoco es tan grave)


Hay días así, en los que -como diría Osvaldo Soriano-
uno está cansado de llevarse puesto.
Días en los que del pasado
no te duelen tanto los errores como los rencores.
Días de mierda, lunes lunares cancerosos,
semanas que empiezan como si estuvieran acabando, ya sabes.
Y la certeza de que
si existera la puta máquina del tiempo
el día de la marmota
o lo que fuera
volverías a pisar las mismas mierdas.
Como consuelo, alguna estrofa de Silvio Rodríguez,
esa que dice:
"yo no sé lo que es el destino,
caminando fuí lo que fuí,
allá dios,
que será divino;
Yo me muero como viví".


(eso, Inés, y montajes como el de gsus.)

miércoles, 24 de enero de 2007

Minimalismo o muchomorrismo?


Podios

odios

dios

os

ssssssssssss.


(Que nadie se cague en mi madre, la pobre no es culpable de nada)

lunes, 22 de enero de 2007

Silvi Orión

(tarde, porque cuando no me faltaba el dibujo me faltaba el poema, el caso que nuestra piterpana favorita no aparecía publicada aquí, aunque sí en el blog del padre de los retratos, Igor Heras, un pedazo de artista y eso que lo íbamos a despeñar de pequeño... )


Un viento
dentro de un viento
dentro de un viento.
delgada
muñeca rusa
que contiene otra más grande
y otra más
cada una girando en un sentido.
Esta mujer podría marearte
-o marearse-
de modernidad
si el ancla de sus ojos
no fijara la vieja
dorada pregunta
que se tragó al primer poeta:
un por qué tan grande
que en él cabe una galaxia
.

viernes, 19 de enero de 2007

Del peligro de la geometría

(algunos ya conocéis a Sotanovsky,personajucho que se me ha pegado a la suela del zapato como una mierda de perro que se quiere ir de paseo. Otros no los conocéis y tan contentos. El caos es que el mamón, a fuerza de seguirme y soportar mis putadas, se ha ganado un librín aún inédito, al que perteneces este cuentín. Vale, ya está)
Pentágono


Tal vez entonces veas a Sotanovsky dentro de la ventana de un bar, recortado y solo pese al periódico y los vecinos de la mesa vecina, pese al tintineo de vasos que nunca se rompen y líquidos que se derraman sin dejar más huella que el rastro fugaz de su paso por la mesa, perseguidos por el paño mecánico del camarero que ha limpiado ya demasiados cafés volcados como para indagar sobre la causa de uno más.
Tal vez entonces te detengas a encender un cigarrillo a contraviento, capillita de dedos para proteger la llama que se apaga y se apaga, con un paquete prisionero bajo la cárcel del brazo y el maletín haciendo equilibrio entre dos rodillas y el soplido de la brisa encajonada de edificios despeinándote las ganas de fumar.
Tal vez entonces pase una mujer entre la ventana del bar que aprisiona a Sotanovsky en su solemne soledad acompañada de café volcado y tu lucha perdida por encender un cigarrillo a destiempo y a desgana, mientras un niño con el vaquero roto a la altura de las esperanzas ofrece sin entusiasmo unos bolígrafos para escribir qué a una señora de cierta edad incierta que se preocupa ciertamente por la desgraciada condición del chico, por su edad de estar en el colegio y tu papá en qué trabaja, nene, que se preocupa ciertamente por todo lo del chico antes de olvidarlo para siempre, porque bolígrafos ya tengo.
Tal vez entonces el vendedor de revistas de la esquina escuche algo en la radio que le cosquillea la oreja roja de fríos repetidos, algo nuevo y sorpresivo que le congele el cinismo de tanta mentira impresa vendida para ganar dinero con el que comprar más mentira impresa vendida para ganar dinero, y el comprador habitual descubra que algo pasa en esa oreja y esa radio, sin dejar de fingir que estudia las revistas técnicas cuando en realidad la pupila entrenada remonta el pezón de papel satinado de la chica de la revista con cara de puta cansada y pezón de chica de revista encerrada en plástico de bolsa de plástico y pezón.
Tal vez entonces el policía que surca el río de baldosas de la peatonal con el paso seguro del que conoce las corrientes subterráneas que llevan olas de gente sin espuma de aquí para allá, detenga el pie para convertirse en un punto más de una figura geométrica humana irregular, un pentágono imposible con un vértice en Sotanovsky que llora sin lágrimas tras la ventana del bar, otro vértice opuesto en tu mano tu cigarrillo todavía sin encender tu maletín tu corbata de lunes, otro en el niño que no vende sus bolígrafos a un señor que lo ignora (la vieja ya se escapó por la tangente), otro en el vendedor de revistas y su fortaleza de lata desplegable y su eterno cliente catador de pezones de papel satinado, y el vértice que falta en el policía con un pie que no llega a pisar la baldosa como si en el río subterráneo y peatonal hubiera pirañas y no papeles de chocolates, envoltorios de caramelos, pañuelos de papel, un chicle a medio mascar buscando zapato que lo lleve de viaje, un sobre con condones que alguien echará de menos cuando sea tarde o acaso nunca extrañe porque los llevaba sólo para engañar a su pito con promesas intangibles, la esquina partida de una carta con letra de mujer en la que se leen las palabras «lo mejor es dejarlo» sin especificar adónde, una foto de carné de un chico demasiado joven para jubilar la rebeldía y sin embargo, una entrada de cine partida como comprobante burocrático de que alguien pagó, vio, soñó y salió a la luz sin sacar conclusiones, un paquete de cigarrillos vacío de humo, dos monedas demasiado pequeñas para que nadie se arriesgue a doblar el orgullo y descuidar la popa al recogerlas, un cochecito de juguete en miniatura con las ruedas mordisqueadas. Y un cardumen de pies inquietos nadando por su cuenta sin saber dónde carajo hay un mar en el que desembocar.
Tal vez entonces te percates de que la mujer, provocación del pentágono inaudito, no es un punto más de la figura, sino una bisectriz que la parte en dos mitades iguales -y que se jodan Euclides, Pitágoras y compañía si no se puede-, con el abrigo bailándole una danza sensual pero respetuosa a las pantorrillas y los zapatos envidiándole la tarea pero no la vista.
Tal vez entonces, rueda que rueda la rueda de tu encendedor, te olvides de la chispa y el filtro ya mojado de intentos, porque algo pasa o tiene que pasar, algo para que todo esto tenga una razón geométrica de ser: Sotanovsky el vendedor el niño el policía y tu cigarrillo mojado en el filtro; algo que dice la radio del vendedor de prensa o sabe el chico pero olvidará, algo que detiene en el aire el pie del policía por miedo a un paso más, algo que volvió triste sin remedio Sotanovsky tras la ventana del bar y el café derramado sobre la mesa, algo que te impide aspirar fuerte para atraer la llama por fin del puto encendedor hasta el cigarrillo que ya no te interesa fumar.
Tal vez entonces estalle una bomba y todos vuelen en pedazos con la certeza de haberlo sabido una fracción de segundo antes, aunque como tantas estadísticas no sirva para nada.
Tal vez entonces el vendedor de prensa grite un gol una revolución el fin del mundo o me tocó la lotería.
Tal vez entonces el niño muera de repente sobre el asfalto sin que a la vieja le toque siquiera saberlo y arrepentirse de no haberle comprado un juego de bolígrafos para escribir qué.
Tal vez entonces la mujer saque un revólver del abrigo y dispare contra un Sotanovky triste que al fin y al cabo ya lo sabía, como lo sabía el policía del pie en el aire y el chico hecho al fino olfato de los peligros de la calle y lo sabía tu mano con el encendedor soltando llama y lo sabía el vendedor que desgrana las mañanas mirando gente pasar buscando una salida al mar, pero no lo sabía el falso cliente de las revistas técnicas que sólo sabe de pezones envueltos en plástico.
Tal vez entonces ocurra cualquiera de estas cosas.
O no ocurra ninguna.
Pero con seguridad te quemarás la mano y arrojarás el encendedor al río de baldosas infestado de pies.
Y un segundo después el pentágono no habrá existido nunca.

miércoles, 17 de enero de 2007

Dale un cabezazo

(Prometí no volver a leer eso que me persigue y hasta he pensado en no incluirlo en el libro que está al caer. Y desde luego ni se me cruzó por la cabeza colgarlo en el blog. Pero me lo ha pedido Nahuel, que tiene ganas de empezar a los cabezazos, y además es mi hijo. Así que, a joderse, gente)

A Zinedine Zidane

Al que te roba la alegría y la malvende
al que te pesa el alma y te mide la vida
alque pronostica, desde abajo, tu propia caída
dale un cabezazo

Al que sube trepando en cabezas ajenas
al que
vende prójimos para ir a las bahamas
al
que te roba, sin quererla,a la mujer que amas
Dale un cabezazo

Al que te dice siempre, y siempre tarde, te lo dije
al que
te calcula el futuro en decimales
al
que te toca los huevos sin fines sexuales
d
ale un cabezazo

Al que te compra el tiempo a precio de rebajas
al
que te anuncia que envejecerás en soledad
al
que te cobra el doble y paga la mitad
da
le un cabezazo

Al contador de sístoles y diástoles
al inventor del método de ogino
al
presidente de tu comunidad de vecinos
da
le un cabezazo


A quien
lleva el libro mayor de tus errores
aquién no entendió a machado y sigue confundiendo valor con precio
a quién exige la red antes de subirse a los trapecios
dale un cabezazo


Al podador de sueños no clasificados
al que te vende como nuevas ilusiones caducadas
al camarero de este bar, si te pone mala cara
dale un cabezazo


Al que siempre se sabía todas las lecciones
al cura que le cortaba el rollo a la niña del exorcista
a quién le birló el buen humor a los taxistas
dale un cabezazo

Al que cotiza los amigos como acciones en bolsa
al que siempre tiene la respuesta exacta y se la calla
al puto padre de la puta madre de todas las batallas
dale un cabezazo

Al poeta que no sangra
al maestro que no ilumina
al propietario de todas las esquinas
dale un cabezazo

al que ya ha comprado el champan para brindar por tu fracaso
al vecino que se queja por los ruidos del amor
y a emilio aragón, por favor
dale un cabezazo


A mister bush
a mister chavez
a Don Limpio
antes conocido como Mister Propper
dale un cabezazo

A todo lo que te maniata y te sirve como excusa
alque te aceita las rodillas y te oxida el coraje
al que te obliga a ver las diapos de su último viaje
dale un cabezazo


Pero si un día descubres
que sólo piensas lo que piensa el telediario
decualquier cadena
que sólo ríes con los chistes de tu jefe,
por pésimos que sean
que has cambiado el amor por la hipoteca
que te apuntas como empates las derrotas
que lo que has querido ser quedó muy lejos
busca ese rostro que te asusta en los espejos
y dale un cabezazo.

martes, 16 de enero de 2007

Francisco Acaso

Hombre sin sombra
porque él es su propia sombra,

alopécico licántropo
en noches de luna vacía,
pinta de conde transilvano
que se alimenta de su propia sangre,
y como dibuja Igor,
dueño de su propia nube,
que no es poco.
Mientras el resto de nostros
chapotea en los charquitos

de nuestras penitas
que salpican poquito,
él se mantiene a flote
o se hunde entre sus penas,
las amasa, las besa,

y se asoma para verlas.
El hombre hermético,
francisco acaso, el hombre ostra,
se abre los miércoles
y nos muestra,
lentamente,
alguna de sus perlas.


(Igor, cabrón: no se puede dibujar así, de memoria además, y ser buena gente)

sábado, 13 de enero de 2007

(9) La oreja del orgullo


Al principio era una mierda. Porque no sabías cuándo empezaría. Y después me quedaba con la sensación de tener la culpa de algo que no podría cambiar. También estaba la vergüenza, porque ella me humillaba delante de toda la clase y no me herían tanto sus palabras de burla como el rubor brillante de mis mofletes, semáforos delatores que odiaba casi tanto como a ella. Sólo le bastaba mirarme durante unos segundos, con esa expresión antes del salto, para que mis mejillas ardieran y eso dolía más que cualquier castigo. Incluso más que los tirones en la oreja.


En casa no decía nada. Nunca decía nada de sus gritos y de la violencia que ella me dedicaba a diario. No callaba por miedo, sino por orgullo. Tampoco decía nada de mis planes para asesinarla, de mi tesoro de mapas robados, o de las historias que inventaba antes de dormirme en la oscuridad de mi cuarto. Ni de la oreja.
Sobre todo, nunca hablaba de la oreja.


Ella estaba explicando algo, no recuerdo qué explicaba, porque siempre estaba el miedo y llegó a ser casi un juego ir olfateando los signos que anticipaban el estallido. Estaba ahí, quieto, sin hablar, con los ojos abiertos y las manos sobre el pupitre, persiguiendo sus palabras para detectar a tiempo el segundo previo a la explosión. Pensaba que si yo lo sabía antes que los demás, antes que ella incluso, tendría alguna ventaja. Ella se detenía en mitad de una frase, caminaba hacia mí y me tiraba de la oreja izquierda. Me levantaba en el aire de esa oreja, me sacudía como a un mantel lleno de hormigas, y gritaba:
-¡Maldito judío de mierda!
Decía mierda y eso me hacía diferente. Quiero decir que aunque nadie envidiaba mi suerte y todos se abrían como un lago espantado en olas de ocho años de edad, aunque se cuidaban de hablarme o de mirar siquiera hacia mi figura flameando en el aire pendiente de la oreja; a pesar de todo, yo era diferente. Porque conseguía, sin moverme, que la maestra hiciera todo aquello y dijera la palabra mierda, después de la palabra judío.
Todos sabíamos lo que quería decir la palabra mierda.
Pero lo de judío no lo teníamos muy claro.


Supongo que era verano o algo así. Y que ellos, como las clases acababan y no tenían tiempo para dedicarme, me apuntaron a ese ciclo en la misma escuela. Yo no dije nada. Ni siquiera cuando supe que esa maestra era una de las que estaba a cargo del programa. Al fin y al cabo, me explicaron, no sería lo mismo que la escuela, porque las actividades eran más divertidas, habría excursiones y cosas así, y después nos iríamos de vacaciones.
A mí, todo eso me importaba un carajo.
Lo que me fascinaba era saber que el edificio estaría casi vacío, las aulas despobladas y los armarios de los mapas me esperaban llenos de tesoros.


Nunca supe el motivo de su odio por los judíos. Llegué a creer que sólo era un asunto entre ella y yo. Era nuestra guerra y la muy tonta creía que iba a ganarla. La oreja no llegaba a curarse cuando ella me alzaba en el aire otra vez y me exhibía ante toda la clase proclamando las maldades de los judíos, de las que yo era exponente bajo mi apariencia de niño bueno y mofletudo. Después se cansaba, perdía fuerza y sus palabras se mezclaban en un murmullo confuso de argumentos y nombres propios que no me sonaban de nada. A veces me castigaba, pero cómo en la dirección me hacían preguntas y yo callaba, llamaban a mamá, que no acababa de creerse lo que la maestra inventaba.
Cuando hablaba con mamá, la maestra era dulce y pausada, no elevaba la voz y parecía tan buena que yo llegaba a pensar que todo era un sueño.
Esa fue la primera vez que mamá sacó la cara por mí y le cortó el discurso y le dijo que ella me conocía mejor que nadie y que todo eso le parecía muy raro. Demasiado raro.
A partir de ese día, la maestra dejó de mandarme castigado a la Dirección. Pero siguió levantándome de la oreja. Más que antes. Mamá me preguntaba cómo me había ido en la escuela y yo le hablaba de las matemáticas, de la historia y de otras dudas. Nunca hablaba de la oreja. Ni de los mapas.


Esa oreja era mi orgullo. Chicos de otros cursos me buscaban en los recreos y me sobornaban con dulces y chocolates para que les mostrara la herida. Tenía una costra blanda detrás de la oreja, que no llegaba nunca a secarse porque ella me daba nuevos tirones y todo se volvía rojo y brillante y una vez me dolió tanto que le dije vieja hija de puta. Me pegó varios bofetones con la mano libre mientras me mantenía en el aire por la oreja. Una niña gimió y me sentí un héroe y quise volver a decirle vieja hija de puta, pero no sentía la boca y por una vez el color de mis mofletes no era un problema, por nacía de fuera, de sus golpes enloquecidos.
Me dejó en la silla y gritó desafiante que yo era un judío de mierda, un delator, y que fuera a contárselo a mi mamá.
Era idiota. Yo nunca se lo contaría a nadie.


Había mapas amarillos. Enormes. Grandes como mi cama. Eran mapas diferentes a los que tenía en casa, no se compraban en una librería y si los vendieran, serían muy caros. Tampoco venían preparados para colorear o marcar divisiones políticas o físicas. Eran mapas iguales a los que pegados sobre tela y plastificados, había en la sala de mapas. A veces me colaba en esa sala y miraba fijamente a los armarios, intentando ver a través de la madera. Nunca lo conseguía. Entonces, iba hasta un rincón en el que los mapas estaban colgados, uno sobre otro. Desplegaba los mapas, levantaba la punta de uno y se veía África, debajo estaba Canadá, o el encanto inexplicable de la isla gigante de Australia. Y yo me quedaba mirando los mapas y acariciando la herida de mi oreja, hasta que sonaba la campana y volvía corriendo a clase, con los ojos llenos de mapas y tratando de situar cada país en la bola redonda del mundo. De mayor, seria astronauta y vería todo eso desde arriba, para ver si los mapas eran exactos o sólo otra explicación a medias de los mayores.O sería policía, sin uniforme.
Y en un día de descanso, con mi arma de policía, mataría a la maestra.


Nunca me dejó explicarle que yo ni quiera era judío. Al principio, por la sorpresa de sus ataques, los mofletes ardiendo de rubor y el miedo a su ira. Después, cuando los tirones en la oreja y mis pies aleteando en el aire ya eran algo habitual, no se lo dije por orgullo. Sería como disculparme de algo, como pasar del lado de mis compañeros, al otro lado del charco del miedo, como comprar la seguridad jurando algo. Supongo que cada vez que me levantaba en el aire por la oreja, yo sentía que la perdedora era ella, que con no llorar –y nunca lloré después de las primeras veces- la derrotaba y la hería. Pero yo no era judío. Mi madre era atea por convicción y el Viejo había cumplido con los ritos de sus padres hasta avanzada la adolescencia. Después inició un camino que lo llevaría a no creer en nada o a probarse todas las religiones posibles. Pero el apellido bastaba para la maestra y yo era el chico más famoso de la escuela en los recreos, mostrando mi oreja por monedas y diciendo, cuando me preguntaban, que dolía cantidad pero podía aguantarlo.


El primer mapa que robé era de América. Estaba en ese viejo armario sin llave y me sentí orgulloso porque no tuve que abrirlos todos. Sólo me quedé mirando fijamente los armarios, tratando de atravesarlos con mis Rayos X. Después fui hasta uno, lo abrí, y ahí estaba la pila de mapas. El primer mapa que robé, como todos los de mi colección, por algún misterio, no había sido entelado y plastificado, no le habían colocado varillas redondeadas de madera en los extremos. Era una gran hoja de papel crujiente y amarillento, que extendida en el suelo era más grande que yo y en la que se advertían las marcas de los pliegues para doblarla. Era un mapa físico, no había colores para separar los países, ni líneas de puntos para sugerir divisiones políticas. América era de verdad en ese mapa, con las zonas montañosas en diferentes colores de marrón, el Amazonas una mancha verde, la Patagonia amarilla y seca. Lo doblé otra vez y lo escondí entre mi ropa. Abultaba demasiado y quedaba una hora de clase todavía antes de irme a casa.
Una hora con ella.


Lo malo no era que me levantara de la oreja y me dijera judío de mierda casi todos los días. Tampoco me preocupaba que lo descubrieran en casa, porque en ese tiempo reclamé el derecho a bañarme solo y ellos me cedieron esa parcela de intimidad y mamá dejó de revisarme las manos y las orejas porque iba siempre aseado y estaba orgullosa de mí. Lo malo era que el ejemplo de la maestra era el ejemplo del poder. Y algunos chicos, celosos por la atención que me prestaba, por la fama de mi oreja del orgullo y por mi ausencia de llanto, empezaron a provocarme. Uno me gritaba judío de mierda en el patio y salía corriendo, yo corría detrás con las mejillas encendidas y lo perseguía hasta el pasillo que unía la parte nueva del colegio con la que ya no se usaba y que pronto derribarían. Al meterme por ese pasadizo estrecho entre los dos edificios, sentía que escapaba de la maestra y saldría a otro mundo. Otro chico me esperaba oculto detrás de la pared y me hacía una zancadilla y yo caía al suelo y ellos reían mientras me decían judío de mierda. O desembocaba en el viejo patio, ahora un terreno abandonado, y había media docena de chicos envalentonados que se escapaban cuando quería pegarles.
Y se reían.
Eso me dolía más que la oreja. Bastante más.


Si hubiera sido con la de Música o la de Lengua, no me hubiera preocupado. La de Música tocaba el piano y a veces nos hacía probar a cantar en coro durante un rato, antes de sacudir la cabeza y volver al teclado para decirle cosas mientras escuchábamos. Y la de Lengua, cuando no empezaba con lo de separar las oraciones y verlas por dentro, era entretenida. Nos hacía leer y ese verano no hubo dictados. Lo mejor eran las redacciones. Dos horas escribiendo con un tema libre, lo que quisieras.
Una vez escribí sobre un niño que crecía, crecía, crecía, volaba como Superman y, por supuesto, tenia vista de Rayos X. Era un justiciero que ayudaba a la gente y usaba sus poderes contra una malvada villana que quería destruir le mundo. Al final de mi historia, el chico freía con sus Rayos X a la malvada maestra.
Cuando llegó la hora de entregar la redacción, le dije a la de Lengua que no se me había ocurrido nada, que me dolía la barriga y que si podía ir al baño. Tiré la redacción al inodoro y creo que entonces supe que no todas las cosas funcionaban como en las historietas. A la hora siguiente me tocaba con ella y me hizo volar, sí, pero tirando de mi oreja.
Y por más que la miré fijamente, no pude quemarla con mis Rayos X.


Lo que más me molestaba no eran las burlas de esos chicos, sino la sensación de idiotez cada vez que caía en la trampa. De eso sí podía hablar con mamá y le conté que tenía un amigo al que otros compañeros provocaban y se reían de él. No era tan ingenuo como para citar el verdadero insulto y dije que le llamaban cabezón pero que el niño en realidad no era cabezón. Entonces me dijo que si no era cabezón, para qué los perseguía, que así les hacía el juego. Y yo le expliqué que lo peor no eran las burlas sino que corrieran más que él, que nunca pudiera alcanzarlos para pegarles, que se rieran desde lejos mientras él no podía alcanzarlos. Y el asunto no era que no fuera cabezón, sino tener que explicarlo. Porque el niño, mi amigo, no era cabezón. ¿Pero y si lo fuera, qué?
Ella me miró un rato y me dijo que qué hacía yo cuando molestaban a mi amigo.
Yo le dije que no hacía nada. Sólo miraba.
Y ella me contestó que eso era casi lo mismo que gritarle cabezón. Después me preguntó si yo tenía algún problema en el colegio y negué con fuerza. Lo que mi amigo tendría que hacer, comentó al pasar, era ignorar a esos chicos. Porque si los ignoraba , se cansarían del juego y de las burlas. Yo creí entender.
Y le aconsejé a mi amigo lo que tenía que hacer.


Cuando no tenía clase con ella, yo era otro. Hablaba, reía, inventaba chistes sobre los nombres de los próceres o rimas tontas sobre las canciones escolares. Las maestras me llamaban la atención pero por lo general no se enfadaban, porque de alguna manera siempre seguía el hilo de la lección, aunque estuviera dibujando rombos en la hoja del cuaderno. La de Lengua se entusiasmaba con mis redacciones, y me hacía leerlas en el frente y yo me ponía colorado. Pero cuando empezaba a leer me olvidaba de todo y contaba la historia de un gatito que se perdía y corría mil aventuras, o la de un tren que hablaba y en lugar de ir por las vías, iba por el aire para llevar a su casa a los niños perdidos. En mis historias de entonces, siempre había alguien que se perdía. Al final lo hacía volver a casa sano y salvo, pero yo sabía que hacía eso porque era lo que pasaba en las historietas y en las películas de Disney, y porque a la maestra le gustaban más así.
Lo malo era cuando en mitad de la lectura levantaba los ojos y veía a uno de los chicos que me llamaban judío de mierda, haciendo morisquetas o diciendo la frase sin sonido, marcando las sílabas,
Y una vez, que mientras leía sentí una cosa punzante en la oreja, en la oreja izquierda. Pero no era la herida blanda ni los zumbidos que de a ratos oía en esa oreja.
Era por fuera.
Busqué el origen del picor y por el cristal de la puerta del aula, vi la cara de la maestra que me miraba con rabia y movía los labios apenas. No necesitaba saber lo que murmuraba.
Judío de mierda.


La tarde del primer mapa entré tarde en la clase y ella ya estaba furiosa. Me hizo pasar al frente y me acribilló a preguntas sobre matemáticas y ciencias. Yo contesté como pude y eso le dio más rabia. Le dijo a la clase que yo me creía mejor que ellos, que por mi culpa todo iba a ser muy, muy duro para ellos. Yo sentía el mapa pegado a mi cuerpo, sobresaliendo como una joroba en la barriga. Y me ardían las mejillas. Algunos chicos me miraron con odio, sobre todo los de ese grupo. Una niña de pelo negro, que me parecía muy bonita pero me ponía incómodo cuando me acercaba a ella en los recreos, me miró con pena. Por primera vez, me sentí culpable y sucio. Quería hacerla callar de cualquier modo y vi la larga y pesada regla de madera, casi de mi altura, cruzada sobre su mesa. Ella hablaba y me daba la espalda, se volvería en cualquier momento y me levantaría de la oreja, y la oreja ya no resistiría, mientras todos me gritarían judío de mierda, hasta la niña de pelo negro que me buscaba en los recreos.
Entonces avancé y toqué la punta de la regla.



En los recreos, aprendí a morderme la rabia y cuando el provocador me gritaba judío de mierda, hacía esfuerzos para no perseguirlo. A veces lo conseguía. Otras veces, mientras corría, me sentía tonto porque conocía el final de esa carrera. Un día descubrí que si no les hacía caso, se acercaban más para gritarme judío de mierda. Y más. Era como si estuvieran sujetos a mí por una cuerda, como si pese a las apariencias, fuera yo el que dominara el juego. Empecé a separarme de los otros en los recreos, a merodear por el fondo del patio, cerca del pasillo formado por los dos edificios. Me llevaba un libro y leía, sentado en el suelo. Ellos me gritaban y yo leía y libro grueso que me había regalado mamá sobre las aventuras del Príncipe Valiente. Era un libro amarillo y no se parecía a los libros de niños, tenía forma de libro de adulto y tapas duras de cartón, aunque las letras eran más grandes que los que leía mamá.
Yo leía mi libro como si no los oyera gritarme judío de mierda, a la sombra del viejo edificio que ya no se usaba.


La maestra se volvió para señalarme ante todos, y me vio con la regla de madera aferrada con las dos manos, a punto de pegarle en la cabeza. Me la quitó de un golpe y me levantó de la oreja y me paseó por el aire por toda la clase mientras yo le decía vieja hija de puta te voy a matar vieja hija de puta, pero no iba a matarla por el dolor y ni por las burlas, sino porque a fuerza de sacudirme haría caer el mapa y lo perdería. Pero el mapa no cayó y cuando me soltó, ciego de dolor y con el silbido en la oreja, la miraba a los ojos.
No podría quemarla con mis Rayos x, pero le molestaba que la mirase así a los ojos. No creo que yo pudiera sonreír, pero por dentro, sonreía.
El mapa no había caído, mi secreto estaba a salvo, y ella nunca lo conocería. Se fue antes de hora, con un ataque de nervios y sentí que todo cambiaría, mientras me tocaba la dolorida oreja del orgullo, que latía por su cuenta.


Un día, cuando sonó la campana, me fui hasta el viejo patio y me puse a leer, apoyado contra un árbol. Tardaron en descubrirme y después de un rato de hacerme burla, se acercaron.
Seguí leyendo.
Sonó la campana. Y fuimos a clase. Ellos en un grupo desorientado. Yo, orgulloso de mi libro. El Príncipe Valiente siempre tenía un plan y era muy listo.
Al siguiente recreo hice lo mismo pero sólo vino la mitad del grupo. Fueron abandonando. Sólo insistía uno alto, que era el más feroz de todos y estaba en mi clase, y otro que iba siempre con él, imitando sus gestos. Se separaron y el más bajo me preguntó qué leía, sonriendo como si fuéramos amigos, mientras el otro esperaba una distracción para quitarme el libro.
-Esto -le dije.
Y le pegué en la cara con la parte dura del libro.
Le volví a pegar varias veces y el libro era la espada del Príncipe Valiente, y la chica de pelo negro era la Princesa Aleta, y en alguna parte, el Rey Arturo, contemplaba mi proeza. El más alto salió corriendo y nunca volvió a molestarme. El otro se quedó con la cara hecha un bollo y lo llevé hasta una maestra para que lo curasen. Cuando le preguntaron cómo se había hecho eso, dijo que se había caído jugando en el patio y se había golpeado la nariz.
La maestra me dio las gracias por ser tan buen compañero y ayudar a mi amigo. Yo no dije nada.



Tenía que ocurrir. Un niño de mi clase, que sí era judío pero lo ocultaba celosamente, comentó algo en su casa. Su madre habló con la mía. Mamá me dijo algo de ir al cine juntos, como solíamos hacer.
En un descuido, buscó en mis orejas y descubrió la herida.
Supongo que lo confesé todo.
Casi todo. Lo de los mapas, no. Tampoco lo de los chicos que me hacían burla ni de la ayuda del Príncipe Valiente. Sólo lo de la maestra.
Mamá organizó una de sus revoluciones y echaron a la maestra. Parece que tenía antecedentes parecidos de otros colegios y estaba en tratamiento. Mamá dijo que a Hitler también le hubiera venido bien un tratamiento, pero que ella no lo hubiera aceptado como maestro para su hijo.


El Viejo me invitó a comer pizza al centro y eso era raro. Los dos solos. Me habló del holocausto y de la persecución de los judíos, y del Faraón y de las aguas que se abrían. Yo algo sabía de eso, porque me lo enseñaron en catecismo, antes de echarme. El viejo me dijo que no había que avergonzarse de ser judíos y yo le pregunté si él era judío. Dijo que no. Bueno, si. Que era complicado de explicar y que si quería otra coca cola y más pizza.


El chico judío se pegó a mí en los recreos, nunca supe si para que le diera las gracias o para que lo defendiera con mi libro amarillo. Decía que los judíos tenían que estar unidos, que si yo iba a la sinagoga y cosas así.
Yo le dije que no era judío. Yo no era nada.
El único país en el que me sentía seguro, era el de los libros. Sobre todo si tenían tapas duras de cartón.


La niña de pelo negro dejó de rondarme cuando mi oreja se curó del todo. Se interesaba por otro chico. El alto, que ya no se burlaba de mí, fue el nuevo objeto de sus atenciones.
Yo ya me preparaba para otra mudanza, otro colegio, otra falta de amigos.
Pero era muy popular y no por escribir redacciones bonitas, sino porque en el patio la leyenda se había deformado y era yo el que había echado a la maestra, pegándole con una gruesa regla de madera. Otros decían que había sido con un libro y yo, para no desmentir ni apoyar ninguna teoría, me sentaba a leer un libro amarillo en los recreos. Nadie me molestaba.


Seguí robando mapas y dibujaba en ellos los viajes del Abuelo, sus peripecias de continente en continente. Y en mis sueños, el Abuelo era como el Ulises de otro libro que había empezado.
Nunca tuve pesadillas con la maestra, pero algunas noches, antes de dormirme, pensaba en ella un buen rato. Me tocaba la oreja y buscaba la cicatriz y me sentía orgulloso de mi oreja del orgullo. Por si acaso, siempre dormía con un libro cerca de las manos. Lo hago todavía.

Así

Este lo leo que cada vez que puedo. No es un gran poema, pero a veces necesitas explicarte por qué no te arrojaste bajo aquél tren. Funciona. Aunuque hay más trenes, claro.)


Siempre ha sido así
así de complejo y brillante
por momentos.
Siempre a dos milímetros del tren que me convenía
abordar
el que veía partir desde el andén
o más tarde intentaba correr delante de él.
No sé cómo habrá sido para ti
y tampoco me importa demasiado
cada uno tiene su propio mapa
pero el mío lo cambié hace mucho
por una peonza con el eje torcido
y un puñado de hojas secas
y crujientes.
Siempre ha sido así
así de estéril y selvático
al mismo tiempo.
Siempre y desde muy temprano
con el ingenuo cinismo de saber que el sueño
que hoy montaba
mañana me parecería un corcel de bronce
o yeso.
Siempre ha sido así
así de tristemente eufórico
y caliente.
Siempre acostándome con las palabras en defensa propia
malcriado por mis coartadas de papel
poniéndoles los cuernos
con la vida
pero volviendo siempre a su cama conocida
y sin pedir perdón.
No sé cómo habrá sido para ti
que escribes robándole horas a la noche
o sueñas con tener tu propio castillo
como la pava que se inventó lo de harry potter.
Tampoco me importa demasiado
cada uno lleva a la espalda
su propia mochila maloliente
y a la mía no le queda mucho espacio.

Y es que siempre ha sido así
así de llano y escarpado
sin barandillas
siempre escalando cuesta abajo
dejando libre mi lugar precisamente meses antes
de empezar a cosechar lo que había sembrado
y sin fertilizar más que lo necesario.
No sé cómo habrá sido para ti
y tampoco me importa demasiado
cada uno se cubre con su propia manta
del olvido
y como m dijo una noche
borracho
mi amigo
gonzalo torrente malvido
"tú escribes
cabrón
por que no te aguantas
a ti mismo".
No sé como habrá sido para ti
y tampoco me importa demasiado
yo sigo por aquí
y siempre ha sido así
duro
pero feliz
como un jodido salmón
que necesita nadar contra corriente
para sentirse vivo
mientras pueda.
Siempre ha sido así
y no he aprendido otra manera
ni me importa que exista
la póliza de seguros contra el miedo a uno mismo.
Que seas feliz
si puedes.
y mientras tanto
si dices que quieres escribir
escribe
y no me toques los cojones.-

viernes, 12 de enero de 2007

Estaciones


El sol de bote del invierno si transparenta las bragas de las nubes
/es una maravilla
la lluvia que bautiza a perdigones los cristales de mis gafas
/es una maravilla
la insurrección de tus pezones contra el frío
que le enseñan el braile a cualquier tela

/es una maravilla
una flor de primavera si es más que un manojo de lágrimas de plástico
/es una maravilla
el amor inocente de los otros /es una maravilla
las resacas ligeras como párpados /son una maravilla
las faldas de las muchachas en verano con esa vocación de servilletas
o de mantel individual que augura un buen bocado

/son una maravilla
usar las noches como días mejorados de penumbra

/es una maravilla
dormir en un portal la borrachera de algún amor casual
y despertar sin que te hayan atracado

/es una maravilla
diagnosticar la radiografía del otoño analizando el esqueleto de los árboles
/es una maravilla
sentir nostalgia de lo que aún no has conocido

/es una maravilla
la balada para un loco de piazzolla cantada por valeria
en la recoba a las seis de la mañana

/es una maravilla.
Ahora que el invierno ha regresado

y acecha como un oso entre la nieve
y las gripes se disponen a tejer en mi piel el encaje de las fiebres
ahora que a veces creo

que este invierno puede ser mi último invierno
me encantaría cruzar el lago helado lavándome de las premoniciones
y ser capaz de llegar vivo
a la otra orilla
para volver a empezar a transitar mis estaciones.
Si lo consigo

/será una maravilla

Horas de vuelo




Empecé a preocuparme seriamente
por la muerte
la semana en que empezó a salirme pelo
en los cojones.
Me refiero a pelo de verdad
y no la pelusa adolescente de hasta entonces.
Con mis amigos hablábamos todas las noches
de la muerte
y yo pensaba con razón que donde hay pelo
si vives lo suficiente
acaban por brotar las canas
como las flores blancas
de la muerte.

Luego caí en la cuenta de que era del todo imposible
que yo llegara vivo a los 50
y dejé preocuparme por las canas.
Quedaba el otro miedo
el miedo enorme a una enfermedad incurable
con su lento desguace y su reloj de arena.

Y un domingo a las seis de la mañana
nadando entre cerveza
les dije a mis amigos
que si algún día me detectaban una muerte lenta
alquilaría una avioneta
la elevaría hasta romper las nubes
y la dejaría caer contra el hotel sol del comahue
en el que se daba cita la aristocracia local
de mi pequeña y patagónica ciudad
y buena parte de las niñas
rubias ricas
que no me hacían ni puto caso.
Mis amigos festejaron la ocurrencia
hasta que comprendieron que estaba hablando en serio
y dejaron de hablar de la muerte
para empezar a hablar de gabriela
una morena que venía a ser lo mismo.
Simulé olvidarme del asunto
pero durante años me revisaba atentamente
los cojones
y antes de cumplir los veinte
me reconcilié con mi viejo para que me pagara
un curso de pilotar avionetas.
El instructor era un tipo bajito y amable
que acumulaba una montaña de trofeos
y algo así como 6000 horas de vuelo en su carné
pero a pesar de ese historial
como no había hecho la carrera militar
el único puesto al que podía aspirar
era el de azafato en una línea comercial.
En lugar de eso cruzó el país
para enseñarnos a volar
en un pequeño aeroclub de mi pequeña ciudad.
Vivía en el mismo hangar en que dormían los aviones
y yo llegaba casi al alba con pasteles
y hacíamos café antes de ponernos a limpiar
la pipper de metal madera y tela del año 39.
Él siempre hablaba del cercano día
en que su mujer y su pequeña hija llegarían
para vivir con él en una pequeña
y bonita casa
con jardín.
Y algunas veces hasta yo me lo creía.
Pero sólo algunas veces.
Cuando empezamos a volar de verdad
la primera vez
apunté con el morro de la pipper
al perfil altivo del hotel sol del comahue
y me sentí mucho mejor.
Cuando bajamos me dijo el instructor
que yo servía para aquello
pero si no quería seguir la carrera militar
lo que tenía que hacer era acumular
horas de vuelo.
Acabaron las clases y solía verlo
en alguno de los bares
en los que yo acumulaba horas de vuelo
y una noche borracho confesó
que su pequeña mujer lo había abandonado.
Luego no lo ví más y supe que se marchó de la ciudad.
Después, mi vida fue resbalando cuesta arriba
había tanto que hacer:
una revolución que parecía posible
tres o cuatro amores imposibles
los cuentos los poemas las novelas.
Ocurre más o menos así:
La vida te va viviendo
y tú la bebes
y en ese trago se agotan las botellas.
Un día aterricé en este país
en el que la gente reía con el mismo acento
que mi abuelo
y me sentí uno más
y empecé a saltar como una ficha de parchís
de ciudad en ciudad
acumulando horas de vuelo.


Supongo que no puedo quejarme
los poemas y los cuentos siguen ocurriendo
el amor también ocurre todavía
las novelas esperan su momento
de la revolución mejor no hablemos
me temo que hablamos demasiado
y no hicimos casi nada.
Hace unos años adquirí la higiénica costumbre
de afeitarme periódicamente los cojones
pero como soy un descuidado
lo olvido durante meses
y luego me toca hacerlo sin mirar
tiene su mérito.
Levo cinco años soportando unas molestias
en la tripa
que calmo tomando cada día
unas pastillas que un médico piadoso
me recetó para usar dos semanas como máximo.
Y siempre me las apaño para dejar pasar el turno
de esos análisis urgentes
que mi doctora me ordena cuando la asusto
y la seguridad me concede para seis meses después.
Lo malo es que hace poco desperté con la certeza
de que por estas fechas más o menos
mi antiguo instructor de vuelo
se habrá jubilado de azafato en una línea comercial
y le habrán dedicado un pequeño y emotivo acto
para regalarle un reloj bañado en oro
antes de mandarlo para siempre a mirar el cielo
con su pequeña mujer
en su pequeña y bonita casa con jardín.
También caí en la cuenta de que me faltan
unos tres años para cumplir los cincuenta
y entre las piernas siento un cansancio de cana.
Así que pido mil perdones
por interrumpir aquí este anteproyecto de poema:
tengo que ir a revisarme los cojones
y de paso
averigüar a cuánto cuenta en estos tiempos
el alquiler de una avioneta.-

(12) A dios le gustaba el circo




Los murmullos rebotaban contra la carpa, que era muy alta. La más alta que había visto en mi vida. Los asientos se iban ocupando, porque era la primera función del gran circo en la ciudad. Y era un circo verdaderamente grande. De los que sólo actuaban en las grandes ciudades o en la capital. Todo el mundo estaba ahí, aunque las entradas eran caras, y los adultos vestían sus mejores ropas, como si fuera una fiesta. Yo iba de mal humor, mi hermanita se llenaba los ojos con todo, igual que un rato antes se los llenaba de lágrimas pensando en el Abuelo, mis tíos me señalaban detalles para sacarme del silencio, y el Viejo se enfadó un par de veces porque yo no ponía nada de mi parte.
Salió un tipo vestido de gala, pero con lentejuelas brillantes y rojas en las solapas, y nos dijo que nos preparásemos para asistir al espectáculo más grande del mundo. Todos los presentes en la carpa aplaudieron menos yo.
El espectáculo más grande del mundo me importaba una mierda y seguía pensando que no teníamos nada que hacer en el circo, mientras el Abuelo se moría a mil kilómetros de distancia.
Salieron payasos y los reflectores los seguían mientras intentaban pegarse. Los reflectores eran como un ojo de dios en la oscuridad de la carpa y yo me cagaba en dios porque el Abuelo se estaba muriendo.
El Abuelo no había tenido suerte en el amor, acaso por esa cara de bueno, o porque no había aprendido a tiempo que si eres buena persona estás pidiendo a gritos que te jodan.
Era carpintero y cuando yo nací cruzó la ciudad con una cuna enorme y pesada que no le dejaron subir en ningún transporte. Dejó una puerta a medio colocar para venir a conocerme, y aunque era riguroso en su trabajo, no volvió a colocarle la puerta a esa vieja hasta tres días después, cuando se le pasó la borrachera.
El Abuelo sabía el nombre de la estrellas y cuando yo era más pequeño y las llamaba por su nombre, yo sentía que la estrellas eran amigas del Abuelo. Hablaba poco y nunca presumía. Todo lo que contaba lo contaba con gracia, salvo cuando hablábamos del Che. Entonces se ponía serio y miraba el póster que colgaba en el cuarto que compartíamos, frente a una lámina con la historia de las Revoluciones que ocupaba toda la otra pared. Y hablaba del Che o me leía un trozo de su diario en Bolivia. El Abuelo no creía en dios. Creía en el Che, que al menos tenía cara, “tenía un par de cojones”, y te miraba desde el póster.
Los payasos se fueron, a seguir pegándose bofetadas en su camerino, y salió una chica muy linda, que hacía cosas con un caballo. Bailaba sobre el caballo, daba saltos mortales, giraba apoyada en una mano. El caballo era blanco y muy bonito, pero tenía cara de aburrido y soportaba el ojo del reflector como yo toleraba los intentos del Viejo y de mis tíos por animarme. Me decían que pensara en otra cosa.
En qué otra cosa.
A mil kilómetros, el Abuelo agonizaba y la palabra cáncer era tan grande que podía tragárselo a él y al resto del mundo. Sin el Abuelo el resto del mundo era una mierda, incluso el mago que sacaba cosas de su sombrero y cortaba por la mitad un cajón con una chica dentro. Pensé que no me gustaba el circo, que era todo lo contrario del Abuelo. La magia del Abuelo era una magia chica, sin galera ni reflectores. Pero hacía que las cosas ocurrieran y si le dabas un árbol, él te devolvía una silla para sentarte a leer.
Mamá estaba con el Abuelo, en la capital.
Llevaba meses ahí, y aunque el Viejo me dijo esa noche con lágrimas en los ojos que se iba a poner bien, sabía que moriría pronto, tal vez mientras estábamos en el circo viendo al mago hacer desaparecer a su ayudante, que tenía la misma mirada del caballo y se moría de ganas de desaparecer de verdad. Aplausos. Todos aplaudían y yo lo intenté para que dejaran de mirarme como si el enfermo de cáncer fuera yo y no el Abuelo recogiendo su vida a mil kilómetros de distancia. No me salió. Fingí que aplaudía y los miré y ellos aprobaron y los odié. Todo está en manos de dios, me había dicho el Viejo y yo dije que entonces la cagamos y él me miró raro y dijo otra vez que me parecía tanto a mi madre.
Dios. Yo no sabía rezar. Nunca supe. Pero en las películas había visto mil veces que decían que lo importante no era la fórmula sino el sentimiento con que pidieras.
Pedí, mientras un contorsionista, en lo alto de una plataforma, se doblaba hasta lo imposible y pensé que podría morderse sus propios huevos y deseé que lo hiciera.
Llamé a la puerta de dios, desde esa butaca del circo. Le dije que no se llevara al Abuelo ni esa noche ni hasta dentro de mucho tiempo, que me llevara a mí.
Dios había salido a comer o ya habría cerrado la oficina, porque no me respondió. Pero a causa de mi cultura de televisión americana, pensé que era porque no podía aceptar el trueque. Yo acababa de cumplir los doce años y tenía que vivir mucho más, para que él me pudiera gastar todavía unas cuantas putadas.
Entonces le propuse que se llevara a otro. A uno que no hubiera vivido de sus manos, que no se riera de aquella manera, ni usara para los días de sol un sombrero de explorador, ni guardara en una maleta vieja de siglos sus libros preferidos y gastados.
A uno que no hubiera aprendido a leer por su cuenta, a fuerza de voluntad y ganas de saber, a uno que no rogase para no morir antes que Franco, porque volver a su tierra no le importaba tanto, pero sí vivir un minuto más que el dictador.
Dios seguía comunicando, pero cuando todo el circo miró hacia arriba, creí que me había contestado.
Eran los trapecistas. Dos hombres y una mujer.
Empezaron a volar y eso sí me interesó, hasta que bajé la mirada y vi la red. Un rato después, el de las solapas rojas dijo por el micrófono que pedía silencio absoluto en la sala, porque cualquier distracción podría causar la muerte del artista. Y quitaron la red. Sólo el trapecista rubio estaba preparado. Los otros, uno a cada extremo, le enviaban el trapecio y se retorcían las manos. El tipo empezó a volar, alcanzado el otro trapecio en el último instante, después de tres giros en el aire.
Si caía de ahí podía morir, pensé, y le pedí a dios que lo cambiara por el Abuelo, que nunca había jugado en el aire pero me hacía camiones de madera que eran mejores que los juguetes japoneses que un padre marino le traía a un amigo del colegio.
El redoble de platillos anunció un momento especial y el del micro dijo algo de más difícil todavía. El rubio voló hasta un trapecio y desde allí a otro, y a otro, apenas los tocaba con las manos y yo apretaba las mías porque si el trapacista rubio caía al suelo y se partía el cuelo, el Abuelo viviría. En uno de los giros calculó mal y quedó colgando de una mano y yo le di gracias a dios y le prometí que creería en él y también que nunca le contaría al Abuelo el trato que había hecho para tenerlo de vuelta en casa.
Hubo un grito.
Dos.
El trapecista balanceó el cuerpo y se agarró con las dos manos y se puso de pié en el trapecio y agradeció los aplausos que estallaron después, y saltó hasta otro trapecio. Durante el viaje hasta casa, el Viejo y mis tíos discutían si el accidente había sido real o estaba preparado. Yo dije que no, que no estaba preparado. Y como fue la primera vez que hablé en toda la noche, ellos callaron.
Esa noche murió el Abuelo. Por la hora que supe después, puede haber sido la misma en la que dios decidió que prefería un trapecista rubio a un carpintero calvo y bonachón.
Y yo decidí que no podía creer en dios.
Porque a dios le gustaba el circo, y en su cuarto, estaba seguro, no tenía un póster del Che.

(13) Septiembre

(Escribí este cuento hace casi veinte añis y llevaba más tiempo viviendo con él. No es gran cosa, supongo, pero en su momento me emocionó rozar siquiera la posibilidad de traducir recuerdos en palabras y convertirlas en un relato. Lo pego sin releer, porque seguro que si lo hago empiezo a meterle mano y le robo la inocencia. Forma parte de una novela corta echa de a saltos que se llama "El niño que quería ver más" y que igual algún día se publica. Y si no, que le den. Lo divertido fue escribirla, recordar sin moralejasy conquistar la certeza de que, tantos años antes, ya era el mismo gilipollas que sigue queriendo tener una visión de Rayos X para verles las bragas a las muchachas.)
(13) Septiembre



El coche avanzaba dando tumbos por el camino al que llamar desparejo era un elogio. Afuera, mi pequeña provincia triangular proclamaba la primavera en cada oportunidad, mientras las montañas, allá a lo lejos, pretendían que todo era una farsa y que la nieve vencería. Y a mí todo eso me importaba un carajo.
Dentro del coche, mis padres le vendían las maravillas de la Patagonia a mi primo José, recién llegado de la Capital y mi hermana se aburría viendo pasar el paisaje hacia atrás, que era una forma tan buena como cualquier otra de aburrirse.
Mi primo tenía diecinueve años, y eso, a mis trece, era tener un héroe en casa. No necesitaba esforzarme para comunicarle a mi Viejo versiones aceptables de mis pensamientos. Allí estaba mi primo, que hasta fumaba y no intentaba darme conferencias sobre lo correcto y lo incorrecto. Además, no era un simple familiar de visita, sino algo así como un desterrado político. Una nebulosa militancia comunista en la universidad, acompañada de unas calificaciones escasas, lo empujaron -eso y mi tío, creo- hacia nuestra remota y pujante región. Me guardaba los cigarrillos, hablábamos de mujeres y me daba consejos. Y yo lo idolatraba.
Pero en aquél momento, mi primo José, marxista y rebelde, tampoco me importaba un carajo. Tenía un secreto que me hacía verlo todo desde lejos y sonreír hacia adentro cuando alguien me trataba como a un niño.
Ya no era un niño. “Todo un hombrecito”, había dicho mi Viejo, sin poder ocultar su orgullo. Y durante ese instante, todo estuvo bien.
Pero después comenzaron la bromitas delante de sus amigos o clientes, las alusiones a mi debut y la vergüenza, ardiendo en mi cara.
Sin embargo, el episodio me permitía mirar a los otros de mi edad por sobre el hombro y recibir su admiración cuando les contaba y sabían, sin dudas, que esta vez era verdad. Demasiadas tardes nos habíamos pasado mintiéndonos aventuras sexuales estrambóticas con mujeres imaginarias y fingiendo creernos mutuamente, como para no distinguir la verdad.
Un sacudón un poco más fuerte de lo normal, el coche que volvía a estabilizarse y unas ganas de fumar un cigarrillo que debería esperar hasta que llegáramos a El Chañar. Allí mis padres nos abandonarían durante tres días en el centro del paisaje. Para mí serían unas vacaciones con mi heroico primo y la posibilidad de fumar sin ocultarme ni masticar a mordiscos pastillas de menta para camuflar el aliento a tabaco. Para José, el comienzo de un trabajo que no había buscado: cuidador de una obra en construcción perdida entre montañas lejanas, a cien kilómetros de ninguna parte.
Me rocé los labios con dos dedos, como si con el gesto pudiera imitar el humo que debería esperar.
Alguien me dijo algo y gruñí por respuesta. La conversación siguió sin descanso. Lo bueno de la adolescencia era que nadie esperaba de uno nada más profundo que un gruñido. El sol publicitario se colaba por la ventanilla cerrada para evitar la entrada del polvo y le puse una cortina de párpados y hastío y recuerdos que la luz no podía tocar, porque eran recuerdos de la penumbra. Recuerdos de la primera vez.
casa como cualquier otra del barrio. Pero con las persianas cerradas y la puerta principal con señas de no haber sido utilizada en años. El jardín tiene el descuido propio de los jardines heredados, terreno inútil pero necesario para el molde de un barrio de clase trabajadora. A cada lado de la casa gris, una vecina munida de su correspondiente escoba finge que todo es normal, y mira el furgón del Viejo, al Viejo y a mí, como si formáramos parte del paisaje desde siempre.
Pero el repetido frotar de las escobas gastando baldosas anticipa que no se marcharán de allí hasta no vernos entrar.
Por un momento, recuerdo las leyendas nebulosas de mis amigos mayores respecto a “estas” casas, y temo/deseo que un coche de la policía corone la esquina anunciando el desastre. Me divierte imaginar al Viejo explicando a los agentes que traía al nene «a debutar», y la sonrisa cómplice de los policías, y la incomodidad del Viejo y el obligatorio intento de soborno barato y previsible. De alguna manera, anhelo que el «negocio» no pueda cerrarse, a la vez que un cosquilleo en el estómago opina que debe ocurrir. Y yo con estas ganas de fumar y sin poder hacerlo delante del Viejo. Porque una cosa es que te traiga a iniciarte sexualmente, “como me hubiera gustado que hiciera mi padre”; y otra muy distinta fumar en sus narices. Por fin la puerta del costado se abre, a la vez que una cortina marrón y pesada parpadea en la habitación que da a la calle. Un frotarse enérgico de escobas nos acompaña mientras el pasillo nos engulle, y el murmullo de las viejas calcula mis pocos años como si fueran menos.
El coche se sacudió otra vez y el paisaje, calcado del que dejáramos atrás diez minutos antes, vaciló lo suficiente como para traerme de regreso al tapizado y la familia. El calor de la primavera impaciente derrotó la voluntad hermética de los míos y una ventanilla cayó obediente en su ranura. José encendió un cigarrillo negro, sin saber que me torturaba. Aspiré el humo prestado y cerré los ojos otra vez. Alguien me preguntó si el aire que entraba por la ventanilla abierta me molestaba. Y a mí el aire y la ventanilla me importaban un carajo.
pasillo húmedo techado de parra espesa perforada de sol aquí y allá, que lleva a un patio también en sombras. Doña Carmen, puta veterana con aspecto de ama de casa adicta a la lágrima de la tele, habla con el Viejo del negocio utilizando palabras vagas y cuidadosamente cultas. Me sonríe, tranquilizadora, que es sólo cuestión de unos minutos y podré «pasar». Pero lo que me hipnotiza no es tanto el futuro inmediato dentro del cuarto, como las chispas que un hombre ceñudo y cincuentón arranca a un cuchillo que afila con parsimonia. Un enorme cuchillo. Debemos esperar un poco, pónganse cómodos, por favor. ¿Una copa de vino, señor? Tinto. ¿Y para el chico, una coca cola? Mejor un vino, que ya es todo un hombre. Y las sonrisas que quieren ser cómplices y no. Y el chiiiis del cuchillo que chispea y esta necesidad de escapar, pero otras chispas bajo mi vientre me retienen. El vino no apaga nada ni sabe bien, pero sirve para beberse el tiempo y mirar otra cosa que no sea el sonido del cuchillo. Sale una chica de unos diecisiete años, delgada y morena, con un vaquero cortado a tijera casi en las nalgas. Habla con la vieja en un idioma que es el mío pero no puedo perder el tiempo en comprender. Y me mira. Con picardía, lástima, curiosidad, me mira. Que sea ella, ruego a nadie. Que sea con ella. Tiene el cabello corto y flota por el patio, como flota la enorme camiseta sin mangas sobre su cuerpo, dejando ver o imaginar en el vaivén un soplo de sus pechos desnudos. Que sea con ella, por favor. ¿Más vino? Nena, un poco de vino para los señores, sí mamá, es la hija y no creo que siendo la hija, aunque con un poco de suerte... Me tiende el vaso y ya no hay lástima cuando me mira: me evalúa, como calculando mi peso. Será ella, estoy seguro. Aunque si es la hija. Sumo y comprendo que acaso el padre sea el gastador de cuchillos. Dejo de mirarla, por las dudas. Mi viejo me codea inoportuno y susurra que estaría bien que fuera con ella, ¿no? Sé que me pongo rojo y me maldigo, lo pienso mejor y lo maldigo a él, por leerme con tanta claridad. La vieja Doña Carmen sale de la casa e informa que “la señorita ya está preparada para recibirte”.
No era gran cosa la escuela en construcción: apenas un cerco de ladrillo y cemento de medio metro de altura, casi un plano en relieve. Más allá, una frágil construcción de chapa fingía proteger los materiales y las maquinarias; y al costado un endeble rancho también de chapas onduladas pretendía ser la vivienda del cuidador.
Y el paisaje que no nos perdía de vista ni por un momento. Montañas redondas y bajas por todas partes, siempre demasiado lejos como para tocarlas. Y ni un puto lugar para esconderse a fumar.
Mi viejo se ofreció a encender el fuego antes de irse y se le adivinaban las ganas de quedarse a asar la carne con nosotros y contar anécdotas del campo y cantar un poco después del cuarto vino. Pero debían volver a la ciudad antes de que se hiciera de noche.
Nos volvió a cubrir de consejos sobre el uso del 38 largo que prestó a mi primo para que estuviéramos protegidos, y que lo mejor es mantenerlo descargado y que con las armas no se juega y en tres días estoy de vuelta y que te portes como un hombre.
como todo un hombrecito, carajo, ponga otro vino, señora, ¡que mi hijo ya es un hombrecito, macho lindo! La chica pasa delante de mí y la cortina me cae en la cara porque me distraigo celebrando mi buena suerte de que sea ella. El salón es un salón de casa de barrio, la cocina necesita una mano de pintura y el pasillo es oscuro y tibio. No sé que hacer pero mis ojos se graban el trasero delgado de la chica y la desvisten ya de parpadeo en parpadeo. Se detiene y señala la puerta. “Te espera”, dice como si dijera “me gustaría ser yo”, o acaso lo imagino.
Es un cuarto grande y de límites imprecisos porque las gruesas cortinas mienten que es de noche. Me quedo en el umbral hasta que mi vista se acostumbra. Dos camas en la parte que puedo ver. Un gran armario divide el dormitorio en dos, señal de que es familia numerosa, o de que suelen acumular trabajo. Cuadros religiosos, óleos de serie en todas las paredes. La Sagrada Familia, La Ultima Cena, María con su rubio hijo en brazos. Y un gran rosario presidiendo la cama más próxima. Y sobre la cama, ella.
Nunca sabré su nombre aunque me lo dice y será mentira. Una sombra desnuda recostada en la cama, palpitando carne. Me saluda y pregunta si tengo miedo, y no, no tengo. Pero tampoco me muevo del lugar en que las chispas curiosas de la entrepierna tironean con la necesidad de salir de aquí. Se sienta en la cama y es un poco regordeta pero real, no una imaginación ni una película ni la hermana de un amigo espiada a través de la ventana. Real. Se acerca más en la cama y la miseria de luminosidad que se cuela tras la cortina la vuelve más real. No bella, no perfecta, no la chica. Sólo real. La mano piensa por mí y se extiende y toca un pecho que tiene al menos veinte años más que mis dedos. Ríe y captura la mano para atraerme y pasea la mano por el pecho y la lleva de visita al otro. La baja hasta que toca vello y más allá tibieza húmeda. Vuelve a reír. Me pregunta el nombre y no alcanzo a inventarme uno falso porque me está quitando la camisa. Me pregunta la edad y le digo que quince. No se lo cree pero abre mi vaquero y lo baja sin tocarme la piel que se quema. Los zapatos, dice y me los quito como si no fueran mis pies ni mi cuerpo. Pero son. Y mío es el dolor rojo que hierve cuando me baja los calzoncillos también sin rozarme. Saco un pie y cuando hago equilibrio para sacar el otro, su mano llega desde ninguna parte y me toca. Las chispas no iluminan la habitación, pero queman. Ya soy todo un hombre, dice; y le agradezco el tacto o la casualidad de no decir hombrecito. Su mano recorre y comprueba y es diferente a la fantasía o las revistas. Acerca la cabeza y cuando los labios me tocan siento miedo y alegría. Sigue así un poco más y se detiene por que si no no me vas a durar nada. Se recuesta en la cama y me llama. Salto con prisa y busco la entrada entre sus piernas. Todavía no, cada cosa a su tiempo, nene. Y su brazo estirado busca a tientas en la pared, hasta que encuentra lo que busca: en la cruz del gran rosario, sobre la cabeza del cristo, descansa un condón.
Me lo pongo sin pensar no quiero pensar y pienso: sé donde estoy y a lo que he venido. Ahora sí, despacio. Pese a estar tan cerca, vuelvo a estar lejos, aunque toda una parte de mi se suma al calor que entra en su calor y se mueven; otra parte dice que falta algo. Le voy poniendo rostros en cada movimiento: mi novia de besos castos y nada más; la prima de un amigo; la hermana mayor de otro, conocida en tantas incursiones a la ventana del baño; la chica aquella que viaja cada mediodía conmigo rumbo al colegio y a la que nunca hablaré; la hija de Doña Carmen. Me quedo con esa. Y ya nada me divide: me voy conmigo en una urgencia que me lleva a convertirme en líquido.
No había mucho que ver por el lugar y después de una comida improvisada y un poco de vino, fumamos y fumamos. José respondió al interrogatorio como en una rueda de prensa. El Che Guevara, la lucha de clases y acabar con la opresión. La Revolución como nacimiento del hombre nuevo, caiga quién caiga. Y la victoria final, que era inevitable.
Desarmamos el revólver, revisamos las balas, lo cargamos. Sólo un tiro cada uno, que hay que guardar las otras cuatro balas para una emergencia.
La lata se burlaba de nosotros a quince metros mal medidos.
La primera bala, la mía, pasó a cinco metros.
La segunda, la de José, despertó un volcán de polvo un metro más abajo de la lata.
Tomamos un poco de vino y hablamos de mujeres. Cuando nos cansamos de mentir, pusimos la radio de onda corta que mi Viejo nos prestó con mil recomendaciones. Sintonizaba emisoras ignotas en inglés y portugués, y otras más cercanas. Pero eso no tenía gracia. Buscando en el dial, encontramos una emisora de Santiago de Chile.
otras veces, más o menos una vez por semana, y aunque el viejo rezonga y me dice que ya es hora de que me busque la vida por mi cuenta, en el fondo está orgulloso de traerme. A la mujer sin nombre no he vuelto a verla en casa de Doña Carmen, y la que me “atiende” ahora es más joven, ronda los treinta años y tiene un cuerpo muy bonito. Me ha tomado cierto aprecio y roba minutos a lo obligatorio, y me enseña y me da consejos; y hasta me deja probar alguna especialidad que está fuera de la tarifa. Dice que quiere que cuando sea mayor, disfrutes y hagas disfrutar a las mujeres y no como el bruto de mi marido. Las concesiones son un secreto entre ella y yo y dependen del estado de ánimo que tenga esa semana o de cómo le haya ido la noche anterior en el cabaret. Es rubia artificial pero meticulosa hasta el extremo de teñirse también el vello y a veces se llama Carol y a veces Jenifer.
Pero pese a todo, sigo soñando con que un día me toque la hija de Doña Carmen. Por eso fatigo al viejo cada semana desde la primera vez, hace tres meses. Y casi estoy arrepentido de habérselo contado al viejo. Pero cuando ahora lo veo hablar con Doña Carmen y proponerle el asunto, me alegro de que sea él y no yo el que tiene que plantearlo. ¿Comprende, señora? Es una atracción natural, son jóvenes los dos y usted qué se ha creído, que esta es una casa decente y mi hija no, pero no lo tome así, Doña Carmen, era sólo una idea pero sin ánimo de ofender, claro que con una tarifa especial y como es usted un buen cliente, yo no, señora: mi hijo; como su hijo es un buen cliente, creo que podría arreglarse desde luego con toda la discreción, desde luego.
Y mientras discuten y acuerdan, temo que vuelva el tipo del cuchillo o algún otro guardián de la moral de esta casa decente, pero no. Además, la hija está fuera de la ciudad y cualquier trato, si prospera, tendrá que esperar. Comienzo a arrepentirme de haber confesado al viejo mis desvelos: hay cosas que no alcanza con que te las compren. Prefiero robarlas o conseguirlas, que es casi lo mismo.
El sonido de la radio era sibilante, iba y venía. Pero lo que alcanzamos a oír dejó a José de piedra: levantamiento militar en Chile, informaciones contradictorias, música marcial en otra emisora chilena. Por fin volvimos a sintonizar y era un discurso telefónico del presidente Allende denunciando el golpe y los intereses del capital levantados contra la voluntad popular. Se fue otra vez la voz, y cuando volvió, su tono era trágico pero firme: más temprano que tarde volvería el pueblo a llenar las grandes alamedas. Se fue la voz.
Buscamos frenéticos durante horas, hasta que una emisora de Buenos Aires ratificó los confusos rumores y el mundo se había colado por la antena de la radio en aquél lugar lejos de todo. El presidente Allende habría muerto defendiendo el palacio presidencial, con un casco en la cabeza y una ametralladora en la mano.
José pateó una chapa y se le escaparon una lágrimas. Yo sentí un nudo prestado en la garganta y le encendí un cigarrillo negro. Caminando en círculos, José pateaba piedras y masticaba palabras. De pronto vio la lata intacta sobre el poste de madera. Apretó el 38 con las dos manos y disparó, empujando la bala con el grito. La lata no se inmutó. José separó las piernas, apuntó con cuidado durante una eternidad y volvió a disparar. La lata seguía en su sitio.
Levanté una piedra del suelo y la arrojé con todas mis fuerzas. La lata voló tres o cuatro metros y desapareció tras un matorral.
y cómo decirles que no quiero, que no me interesa ir a casa de Doña Carmen y compartir a Jenifer/ Carol con mis dos primos y un amigo? Es como un sacrilegio a la hombría de manada que sale de caza y yo, después de todo, soy el único veterano del grupo que el viejo conduce en su papel de tío, padre y vecino mundano. Parece que tienen un radar para detectarme la rabia, porque me gastan bromas estúpidas, ellos, que ni siquiera saben lo que es una mujer desnuda. Llegamos por fin y las viejas eternas barren con fuerza unas baldosas que deben tener surcos profundos como pozos. Y otra vez deseo que un coche de policía venga y me rescate de compartir lo único íntimo que he tenido. Pero nunca llegan cuando son necesarios y Doña Carmen en persona recibe al contingente y nos conduce pasillo adentro por el túnel de parra que ya me conoce el miedo, la impaciencia y hasta el paso. Ocasión especial y pasamos todos al salón y nos sirven coca-cola. Doña Carmen traspasa la cortina de la habitación de los cuadros religiosos para convencer a la rubia de que nos reciba a los cuatro, y ruego que hoy esté de malhumor y diga no. O que en vista de la cantidad de clientes, me toque por fin la hija de Doña Carmen. O mejor que les toque a los otros. O yo qué sé.
La coca cola se deshace en burbujas tibias y Doña Carmen vuelve con Carol/Jenifer que nos estudia con la mirada, como el que elige entre varias bicicletas y no tiene ganas de pedalear. Se detiene en mí y me clava a la silla con un reproche fugaz que seguramente imagino. Seré el primero.
Una vez que estamos solos, me trata con frialdad profesional, no recuerda mi nombre y se empeña en liquidar la tarea en cuatro terremotos de cadera. Pero de algo vale lo que me ha enseñado y le robo unos terremotos más, no muchos para ser los últimos, que de repente no me interesa seguir y me siento ridículo en este comercio en el que no me quieren. Apenas todo termina, nada de cigarrillo a medias ni reflexiones ni hablarme de sus dos hijos, y mucho menos propina sexual. Que pase el que sigue, me ordena y quiero hablarle. No tengo todo el día, nene, y la cortina me lame el rubor de la cara cuando salgo otra vez al salón. Pasa uno de mis primos, catorce años de impaciencia y muerto de terror. Enciendo un cigarrillo y me importa un carajo que el viejo mire a punto de decir algo: no lo dirá.
Antes de que acabe el cigarrillo, sale un primo con cara haber descubierto la pólvora en el mismo momento en que le estalló en la mano; y entra el otro, alto y gordo primo mío que se ha comido las uñas de impaciencia.
No alcanzo a imaginarlo sobre ella, cuando ya está de regreso y no, no es que se haya olvidado de algo, es que ya ha terminado. Pasa mi amigo Saúl y cuando vuelve, lo secunda la rubia vestida con una bata y malhumor y dice como al pasar que ya me los pasé a los cuatro y que por favor, señor, no me traiga más mocosos. Y todo esto lo dice mientras me mira.
La noche nos descubrió recogiendo de una y otra emisora los restos del golpe de Estado, las mentiras de rigor, las verdades disfrazadas. Preparamos algo de comer casi sin hablar y sólo después del segundo vaso de vino José empezó a hablarme de Allende. A medida que hablaba se inflamaba y el dolor se le volvía esperanza. Y la esperanza, hambre. Por poco no me deja sin comer. Me habló de la visita de Fidel a Chile, de las nacionalizaciones de las minas de cobre, del boicot de los yanquis de mierda; y de que Allende tenía razón, más temprano que tarde, más temprano que tarde.
Atrancamos la puerta con una gruesa tabla y una botella de ginebra nos empapó los fantasmas. Los ruidos del campo no sabían de grandes gestas revolucionarias y el tren de la Historia, por allí, no había pasado.Y si pasaba seguiría de largo, seguramente.
José recordó la melancolía a la vez que al otro lado de las delgadas chapas, un millón de ruidos, murmullos y aleteos nos hacían sentir más aislados. Lo de Chile era sólo un ensayo, dijo José, y como les había salido bien, después nos tocaría a nosotros, seguro que nos tocaría a nosotros, los hijos de puta no querían dejar un sólo país sin amnesia nacional, pero con nosotros no iban a poder, seguro.
Algo sonó en el techo de chapa, como unos pasos leves o un arrastrase sin apuro. Qué quién anda ahí, exigió saber José y el ruido se detuvo. Volvió a comenzar, carajo, que te voy a cagar a tiros, sea quien sea, dijo José. Será un bicho del campo, dije yo agradeciendo que sus nervios y su pánico me hicieran olvidar los míos. Qúe va a ser un bicho, con ese ruido. Yo qué sé, un zorro, cualquier cosa. José buscó el 38 y lo amartilló, te voy a cagar a tiros hijo de puta, gritó y entreabriendo la puerta se asomó a la noche. Lo pensó mejor y volvió a entrar.
La caja de balas, reclamó en voz muy alta, como para que se enterara lo que fuera que caminaba el techo. Los voy a cagar a tiros, gritó José, asesinos, los voy a cagar a tiros.
Un nuevo rumor de pasos se burló desde el techo y José disparó hacia las chapas, una vez, dos veces. Algo revoloteó y se alejó o acaso lo imaginé. Dos agujeros gemelos dejaron entrar algo de la noche. Lo cagué a tiros, declaró orgulloso José. Y como se le ocurra volver... Como se le ocurra volver vamos de culo, dije. Ya no nos quedan balas.
el viejo no entiende bien porqué cada vez que me propone volver a lo de Doña Carmen, me hago el tonto. Y no se lo pienso decir, prefiero que crea que ya encontré en alguna de las chicas del barrio lo que iba a buscar en esa casa. Y gratis. Hasta cierto punto es así, pero lo que me daba la rubia era algo más, conocimiento o como se llame.
Acabo de ver a la hija de Doña Carmen en el centro. Es la primera vez que la veo fuera de la casa. Va muy maquillada y parece mayor todavía que la rubia. Y más flaca. No me había dado cuenta de que fuera tan flaca. Me reconoce y me saluda. Simulo que no la he visto y sigo caminando. Pensará que no he querido saludarla por vergüenza de los secretos que me conoce. O que soy demasiado tímido y todavía me gusta. Y me importa un carajo lo que piense.
Cuando el lunes el viejo me fue a buscar, José regresó con nosotros. El campo lo agobiaba, dijo, y ya buscaría trabajo en la ciudad. Pero ya en casa me confesó que en la primera oportunidad que tuviera iba a cruzar a Chile, para luchar con la resistencia a la dictadura que surgiría muy pronto. Eso, o se iría a Cuba.
Al año siguiente ingresó en la Policía.

miércoles, 10 de enero de 2007

Retratos alcohólicos/ Flora y Fauna del BuKOWSKI CLUB

Vamos, que a Igor heras, ilustrador de (pero no con) fortuna, le ha dado por dibujar lo indibujable y además de memoria. Más difícil todavía, señora, porque ya es jodido dibujar asi y sin chuleta a gente a la que -en muchos casos, sólo has visto una cuantas veces. Pero hacerlo con los ciegos que son habituales en la casa, tiene más mérito todavía.

Y lo importante, el tío sabe. Que no te despiste esa carita de bueno, yo hago lo que me sale... y va y se sale.

Servidor, en general,tiene cierta manía a la caricatura como género, acaso porque los espejos me brindan una diario y con poca gracia. Pero Igor consigue darle un toque de arte el muy cabrón...

Total, que para joderle un poco la perfección del asunto, me he colado para agregarle un perfil a cada personaje. No esperes demasiado, que al lado de los dibujos de este capullo, sobran las palabras.

En todo caso, empezamos con:



Gonzalo Torrente Malvido



Cara de ave de paso
de presa
sin corral
grumete,capitán
y polizón
de una flota de cuentos que flotan
ligón impenitente
escritor en capilla
buscador de diamantes bajo faldas tableadas
agente secreto de un tal Conrad
embajador de Stevenson
infante de Discépolo
prisionero de Borges…
Si le apetece,
Gonzalo,
el malvado Malvido,
engaña a su única mujer,
su eterna novia,
la que más ha querido,
una tal Literatura, rubia de bote
y se desliza por una bossa nova
capaz de sacudir el tanga
a la mulata de culo más leído.
Pero luego volverá
a meterle mano a la novela
a desayunar con cava y cenar con colacao
persiguiendo muchachas
y relatos
cabeza gacha
sin sombra de recato
sin el menor pudor pecador irredento
porque Gonzalo sabe
y siempre supo
que la vida
es puro cuento.

lunes, 8 de enero de 2007

Apuntes para una breve historia del artisteo, I

(Para Silvi & Patty)
En el principio no fue el verbo, sino el gruñido.
Los humanos vivíamos en cuevas, no nos lavábamos demasiado, y sólo pensábamos en comer, cagar y follar. Como ahora, pero sin DVD.
Gruñir bastaba para comunicarse, porque no había mucho que decir: miedo, rabia, dolor, y una pregunta interminable que nadie se hacía "¿Qué coño hacemos en este mundo lleno de mamuts y sin ningún bar a la vista?"
Estaban demasiado ocupados en sobrevivir como para andar con dudas.
El mamut no duda. El cazador, sí, pero sólo una vez.
El cazador, digamos que se llamaba Grok, solía ser el más fuerte de la cueva, traía la comida y en recompensa, le tocaba siempre el mejor trozo de carne de mamut y el mejor trozo de entrepierna de Ñam, la buenorra de la cueva, la de las tetas más grandes, la mejor reproductora.
El resto de los habitantes de la cueva tenían una utilidad más o menos difusa, pero basada en:
a) hacerle la pelota a Grok para que les siguiera dando carne
b) buscar alguna utilidad aparente (mascar cuero para ablandarlo, guarradas así.)
El caso era encajar de alguna manera y hacerle la pelota Grok.
En esa cuva había un enclenque, un canijo cavernícola que digamos de llamaba Puajj.
Daba asquito verlo: poco pelo en la cara, los ojos saltones, siempre pensando en otra cosa. Puajj no hacía nada de utilidad (le daba alergia mascar cuero, supongo), y apenas le hacía la pelota a Grok.
A puaj le gustaba Ñam. Mucho. Todos los atardeceres, se subía a una piedra alta fuera de la cueva y se la meneaba a las luz del crepúsculo pensando en Ñam. También lo hacía al amanecer. Y a la hora de la siesta. Digamos que Puajj se pasaba el día meneándosela a cuenta de la tetona Ñam, que no le hacía el menor caso.
Como Puajj no hacía nada útil ni le hacía la pelota a Grok, comía poco, las sobras de las sobras del mamut, y aunque un mamut de buen tamaño cunde lo suyo, a él le tocaba lo justo para sobrevivir.
Puede que esa combinación de factores (comer poco y meneársela constantemente) llevara a Puajj a preguntarse por qué él era diferente, por qué Grok se comía la mejor pechuga de mamut y la mejor pechuga de la cueva y por qué Puajj no.
Desde su piedra, entre paja y paja, Puajj observaba todo: las cacerías, las carreras de las bestias, los cambios de las estaciones, a Ñam lavándose el chocho en el río (pausa para nuevo meneo), y acaso de tanto ver y preguntarse, se quiso responder y no tenía palabras. Pero tenía una piedra que manchaba. Y una cueva sin decorar.
Dibujó las palabras que no tenía: el mamut que le gustaría cazar, al cabrón de Grok (y lo dibujó delgado, hecho de palitos), las tetas de Ñam. dibujó lo que no tenía, dibujó su pregunta sobre una diferencia que no le había pedido a nadie y luego se durmió.
Puede que antes se la meneara, pensado en Ñam.
De lo que ocurrió luego, se pueden elaborar varias hipótesis, pero el resultado es el mismo.
Acaso Grok, al ver los dibujos, los tomó como un homenaje. Acaso Ñam se fijara por primera vez en el enclenque de la cueva, que había hecho algo diferente a los demás. Acaso le dieron a Puajj de hostias por haber manchado las paredes.
Pero algo cambió. Si Grok cazaba, ¿cómo saber que no era gracias a los garabatos de Puajj. Y si no cazaba, también. Si volvía vivo de sus andanzas, era por los dibujos de Puajj. Y si se lo merendaba un bicho, también.
Puajj por fin tenía una función en la caverna, aunque ni siquiera él sabía cuál era. Pero molaba. Los mismos que antes escupían a su paso, ahora lo miraban de otro modo. Su jodida diferencia empezó a dar dividendos. Los primeros derechos de autor de la historia fueron un buen filete de mamut y un buen filete de Ñam.
Es probable que le preguntaran a Puajj qué significaban esos dibujos, y que Puajj mintiera, como todo artista, como el primer artista, al fin y al cabo.
Pero os apuesto la mano izquierda, chicas, a que nadie le preguntó POR QUE los habia hecho.
Otro día hablaremos de lo hicieron los decendientes de Puajj, el enclenque, como esa pregunta vital y de cómo se convirtieron en sacerdotes cabrones, carceleros de los conocimientos vendidos al mejor postor.
Entre tanto, recordad a Puajj, el enclenque, el primer artista. Soñad, haceros preguntas.
Y no dejéis de menearosla.